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CAPITULO APARTE EL
AMOR Y LA CIUDAD A.1 ¿CÓMO
AMAN LAS CASAS? No
quedaría yo tranquilo y me consideraría algo así como un traidor a mi
vocación profesional si no intentara tratar aquí de la ciudad. Pero como
este asunto es un poco especial considero a éste como un “Capítulo
Aparte", que ha de salirse, por fuerza, de las reglas que me he impuesto
para el desarrollo del resto de la obra. Entrando
en el tema tendría que contestar la pregunta que se plantea en el título
de este punto: ¿Cómo aman las casas? Visto lo sostenido anteriormente,
la respuesta es obvia: las casas aman uniéndose unas a otras para integrar
una entidad distinta de cada una de ellas y de orden superior donde su
destino alcance a cumplirse cabalmente. Podríamos
decir que el destino de una casa, de una vivienda, es ser la cáscara, el
recipiente, de la familia que alberga y como tal el permitir al hombre y a
la familia el cumplir con las funciones naturales y sociales que les son
propias. Hace
ya muchos años, allá por la década del treinta, los Congresos
Internacionales de Arquitectos Modernos, produjeron un informe que estuvo
llamado a tener gran notoriedad y trascendencia: se conoció como Carta de
Atenas y si bien muchas de sus propuestas han ido quedando desactualizadas
con el correr de los años, puede sernos útil todavía para orientar la
búsqueda en que nos hemos embarcado. Sostiene
la Carta de Atenas que la vida del hombre se desarrolla en un ciclo
cotidiano que puede resumirse en tres funciones: Habitar, Trabajar y
Recrearse, a las que la vida moderna ha agregado una cuarta:
Circular. Estas
funciones que configuran el ciclo cotidiano de la vida del hombre se dan
por igual tanto en la vida urbana como en la rural. Analizada
en primer término la vida rural desde este punto de vista, notaremos que
el problema múltiple se simplifica, pero esta simplificación no reside en
la eliminación de alguna de las funciones antedichas, sino en que dichas
funciones se encuentran íntimamente ligadas entre sí por un elemento que
las vincula, de manera que, al satisfacerse una deben satisfacerse todas
o, quizás mejor, que la falta de satisfacción de una de ellas, impide el
cumplimiento de las demás siendo su consecuencia el sacrificio de las
condiciones de vida. Este
elemento único en que el campesino cumple su ciclo cotidiano de vida es la
vivienda rural. Ha
dicho Damageon, citado por Jean Brunhes en su Geografía Humana, que "...
el campesino ha ideado su vivienda como un instrumento de trabajo y la ha
adaptado a las condiciones de su explotación", señalando a propósito de
estudios realizados en Europa, que..."mientras en ciertas llanuras
agrícolas, el granero parece aplastar la casa ocupando tres cuartas partes
de su altura, aquí, (país de viñedos) por el contrario, la casa parece
levantada por la bodega"... acotando Brunhes: "La casa de la zona del
lúpulo en Franconia tiene plantas bajas de la altura de varios pisos para
los secaderos". El
granero, así como los demás implementos rurales, constituyen por extensión
el hogar del chacarero así como el pequeño taller forma parte inseparable
del de el artesano rural; y ello con la quinta que da sustento a la
familia, constituye la unidad tipo indivisible. Esto
en cuanto al "trabajar"; en cuanto al "habitar" mismo, la vivienda rural
debe ser una unidad en sí, debe tener su propia provisión de agua y su
propia planta de potabilización, si le es necesaria, la eliminación de las
excretas también le es exclusiva, llegando sus instalaciones a completar
el ciclo de mineralización de los detritos. Para la provisión de luz y de
energía debe contar con equipos propios que completen la función en sí
mismos, ya sean éstos electrógenos o que sirvan a igual fin. De la
misma manera debe poseer su amplia despensa y sus depósitos de
combustibles capaces de resistir el bloqueo de la lluvia o el aislamiento
por falta de transporte adecuado. Tampoco
ha olvidado el campesino de dotar su hogar con los lugares donde el
esparcimiento diario ayuda a descansar el cuerpo de las tareas rurales,
así es amplio el sitio frente al fogón donde el cuento y el dicho se hacen
tradición en las noches de invierno, y es sombreado el patio donde se
matea y se canta en los atardeceres estivales. Como
un barco en alta mar, la vivienda rural reúne todos los elementos
necesarios a la satisfacción de las necesidades cotidianas del hombre,
siendo, por lo tanto, una unidad en sí misma, y lo es porque por la misma
naturaleza de la vida en el campo, no puede ser de otra manera. Si faltara
a la vivienda rural alguno de estos elementos, dejaría de ser
"vivienda". No
ocurre de igual manera en la vida urbana. El ciudadano habita en su
vivienda, trabaja fuera de ella y fuera de ella también, logra el
esparcimiento que lo distrae de su tarea. En procura de esos sitios donde
trabaja y se recrea y de regreso de ellos a su hogar, el hombre de la
ciudad viaja: "circula". La
vida cotidiana no se desarrolla, pues, íntegramente en la vivienda sino
que participa de la actividad entera de la ciudad. La vivienda urbana no
es una unidad en sí misma sino que forma parte de un sistema: la ciudad.
No puede por ningún motivo considerarse aislada: sus instalaciones
sanitarias, de energía eléctrica, de gas y teléfonos forman intrincadas
redes que la vinculan estrechamente a las demás, significando como
servicios públicos una prolongación indispensable de las tareas
domésticas. El recolector municipal continúa fuera de la casa la labor
higiénica de su ama. La luz que ilumina la calle alarga en la noche la
seguridad del hogar. La casa se une indisolublemente al almacén de la
esquina y a todo el pequeño comercio cotidiano, al cine de barrio, al café
con billares y a la parada del colectivo o a la estación del subterráneo.
Se prolonga en la ciudad como la familia en el municipio o como el hombre
se complementa con sus semejantes. Las
casas aman pues integrando ciudades y esa ha de ser su vocación en tanto
la vocación del hombre sea vivir en sociedad y, según hemos visto ya,
es integrando distintas formas de sociedades como el hombre puede trascender
y, en definitiva, como el hombre ama. A.2 EL
PROCESO DE URBANIZACIÓN
Se
llama proceso de urbanización a la tendencia de los hombres a vivir en
ciudades. Esta tendencia, por lo que puede apreciarse es irreversible,
incoercible y creciente, e independiente de cualquier sistema político,
social o económico. Sociólogos,
demógrafos, urbanistas han tratado de descubrir las causas de este
fenómeno al que muchas veces se ha atribuido las más nefastas
consecuencias y al que se le carga la culpa de cuanto mal aqueja a la
sociedad. Entre
nosotros el núcleo demográfico del Litoral, que se extiende desde la Plata
a Santa Fe y Paraná, alberga cerca de once millones de habitantes, es
decir, poco menos que la mitad de la población del país, y su sola mención
provoca la indignación de los políticos de turno y del periodismo
sensacionalista o defensor de indefinidos intereses, que se rasgan las
vestiduras clamando contra “las estructuras" o las políticas demagógicas,
o contra la dependencia, los ferrocarriles y otro montón de cosas y
enseguida proponen soluciones tales como trasladar la Capital Federal al
interior del país o hacer que los habitantes de las Villas Miseria vuelvan
al campo. Según
dice el profesor N. Ullas, de la Unión Soviética, en un trabajo presentado
ante el X Congreso Mundial de Arquitectos, "Teniendo, en cuenta las
tendencias modernas en los cambios que se producen en la densidad de
población, tanto de las ciudades como del campo, se puede suponer que
hacía el año 2.000 el número de personas que vivirán en ciudades con una
población de más de 5.000.000 de habitantes supondrá el 60 % de toda la
población de la Tierra, y en ciudades de más de 100.000 habitantes cerca
del 25 %. Esto
implica no sólo el incremento de población de los grandes centros urbanos
sino también la despoblación de los pequeños. Los
que reniegan contra los habitantes de la Villas Miseria y proponen su
"vuelta al campo" parecen no reparar en el hecho de que la mayoría de
ellos no proviene de áreas rurales sino de pequeños núcleos urbanos por lo
general muy mal equipados. Que
el proceso de urbanización, mal que les pese a ciertos ideólogos, es
independiente de los sistemas políticos, económicos o sociales lo
demuestra el trabajo ya comentado del profesor Ullas. Refiriéndose a la
Unión Soviética sostiene: "...la cifra de la población urbana se ha
elevado en el país aproximadamente en 100 millones de personas, lo que
representa un aumento del 18 % al 56 % del total de la población. El
número de ciudades de la URSS ha aumentado aproximadamente en 1.200,
llegando ahora a un número total de cerca de 2.000. Anualmente aparecen en
el mapa de la Unión Soviética 20 a 22 ciudades nuevas y unos 65 poblados
de tipo urbano. En la actualidad hay en el país más de 40 aglomeraciones
de población de tipo urbano que pasan de los 500.000 habitantes, de ellas,
12 tienen una población que sobrepasa el millón de habitantes... “ Y con
relación a la despoblación de los pequeños núcleos dice: "Se ha realizado
un considerable trabajo en cuanto a la reestructuración de la población
rural: tiene lugar ininterrumpidamente un proceso de agrupación de los
poblados rurales para formar poblados mayores, al mismo tiempo que se
renueva y moderniza su edificación (se construyen nuevas viviendas,
edificios públicos y culturales y se urbanizan). Debido a ello, el número
total de poblados rurales se ha reducido en los años del Poder Soviético
de 1.050.000 a 470.000 aproximadamente. Solo en el período de 1959 a 1967
el número de puntos poblados rurales se redujo aproximadamente en unos
235.000 “ Más
adelante dice: "Como resultado de la realización de los proyectos
propuestos, el número de lugares poblados ligados a la producción agrícola
hacia el año 1981 deberá reducirse gradualmente de 470.000 a 175.000, y
más adelante la reducción será de 5,5 veces, en lugar de las pequeñas
aldeas que existen en la actualidad se construirán grandes poblados con
una población de 2.000 y más habitantes". Para
un observador norteamericano, el Dr. Ralf A. Gakenheimer de la Universidad
de Carolina del Norte, en un artículo aparecido en la Revista de la
Sociedad Interamericana de Planificación: “Las áreas metropolitanas de la
mayoría de los países latinoamericanos son claramente identificables y
separables de las demás áreas urbanas de estas naciones. Las dinámicas de
desarrollo, la concentración de la oportunidad económica y social y la
experiencia de grandes inversiones previas como alicientes para una mayor
inversión, han sido las causas de que su tamaño, complejidad, importancia
dentro de las economías nacionales y tendencias de crecimiento sean mucho
mayores que en las demás. La concentración en las capitales y metrópolis
secundarias de la gran mayoría de la población de los países y de
porcentajes aun más altos de sus inversiones económicas y oportunidades
para el desarrollo social, las señalan como las regiones con más alta
prioridad para la planificación... Como centros de oportunidad social y
económica, las ciudades metropolitanas atraen la mayor parte de la
inmigración rural–urbana, y, sin lugar a dudas, a la gente más motivada. A
su vez, estas ciudades proporcionan el liderazgo en todas las esferas de
la sociedad nacional. Guían – por conducción directa y con el ejemplo – la
economía y la política de la nación. Los esfuerzos hechos hacia la
descentralización de las inversiones, la devolución del poder de
formulación de políticas, y las políticas demográficas tendientes a
limitar el crecimiento metropolitano, no son susceptibles de alterar
significativamente este esquema, aun a través del tiempo." Y un
estudioso argentino, el Arquitecto Mario C. Robirosa, también en una
publicación de la Sociedad Interamericana de Planificación nos dice: “Los
gobiernos, conscientes de la intensificación de los problemas agravados
por dicho modelo espacial: congestión urbana y villas miseria,
desocupación, estancamiento productivo, incapacidad de obtener ingresos
necesarios por parte de vastos sectores de la población marginados del
acceso a mejores oportunidades de vida, abandono de áreas potencialmente
productivas, deterioro de la capacidad de retención de mano de obra, en
especial la más calificada, por parte de las ciudades intermedias, etc.,
han procurado intervenir en el modelamiento espacial, aunque sin los
resultados buscados. Las
estrategias utilizadas han sido, en primer lugar, la acción directa,
modificando en distintas áreas del país sus aptitudes locacionales para el
asentamiento y el crecimiento de la actividad económica. Ello se ha
efectuado mediante inversiones públicas en obras de infraestructura y
viales, en obras proveedoras de energía, de agua, etc., en relación a
áreas críticas o rezagadas, o en "polos de desarrollo" teóricamente
viables. Los efectos de dichas obras no alcanzan, sin embargo, por lo
general, a modificar las ventajas o desventajas comparativas de esas áreas
para las inversiones privadas de los sectores más dinámicos en comparación
con las áreas de localización más tradicional. Poco ha logrado el Estado
con tales acciones, a pesar de sus altos costos, pudiendo aun resultar sus
efectos contrapuestos a los fines perseguidos; en el caso, por ejemplo, de
obras viales que mejoran la accesibilidad de áreas pero que, al abaratar
los costos de transferencia, tienden a drenar bienes y población de áreas
rezagadas, por un efecto similar al de los vasos comunicantes Por
mi parte yo podría aportar una vivencia personal extraída de mi actividad
profesional: En una localidad ubicada en una de las más ricas regiones
ganaderas de la Provincia de Buenos Aires, se planteaba el problema de
emigración de los jóvenes como consecuencia, se decía, de carecerse de un
adecuado establecimiento de enseñanza secundaria. Terminada su instrucción
primaria los jóvenes estudiantes viajaban a una localidad mucho más
importante, distante unos 30 Km., luego, claro, hacían allí sus
relaciones, buscaban trabajo y a poco abandonaban el pueblo natal. Se
concluyó que era necesario crear un buen Centro Integral de Educación
Media y construirle un edificio adecuado, y así se hizo. Conclusión: se
dio posibilidad de educación media a muchos más jóvenes y ahora, entre los
que procuran seguir estudios universitarios y los que buscan posibilidades
de trabajo acordes con la instrucción recibida, la emigración ha aumentado
hasta alcanzar la casi totalidad de la población juvenil. Algo
podemos concluir de todo esto: que el proceso de urbanización, el
crecimiento de los grandes centros urbanos y la despoblación de los
pequeños es universal y nada tiene que ver con los regímenes políticos.
Que la planificación, a la manera soviética, propaganda aparte, puede
ordenar o acompañar el proceso, pero ni intenta siquiera impedirlo. Que,
según dice Gakenheimer, las ciudades metropolitanas atraen a la gente "más
motivada" y que los esfuerzos hechos, en orden a la descentralización, con
medidas económicas o políticas, aún las demográficas, no son capaces de
alterar significativamente, ni aún a través del tiempo, el esquema
planteado o, como sostiene Robirosa, poco se logra con las medidas
estatales ensayadas hasta ahora que son, muchas veces,
contraproducentes. La
conclusión es obvia: El problema no ha sido planteado en sus verdaderos
términos ni analizado en su real dimensión. Se han ensayado posiciones
sociológicas, económicas o políticas, pero, las más de las veces, no se ha
buscado la verdad, más bien parece que todo esto se ha tomado como excusa
para defender actitudes ideológicas o posiciones adoptadas a priori. Quizás
debamos considerar el proceso de urbanización como una consecuencia más
del proceso de complejificación que es a su vez, como sostiene Theilard de
Chardin un proceso de concientización y de interiorización. Ocurre
que el hombre necesita naturalmente de los demás hombres. Empujado por su
creciente concientización busca en la ciudad, cada vez más, la
comunicación con los otros hombres como un imperativo de su naturaleza. Y
así la ciudad crece con el aporte de más y más hombres como dando paso
tras paso en ese proceso de complejificación que lo es también de
crecimiento universal del ser en todos los sentidos. El
hombre es un ser cada vez más complejo y necesita de cada vez más
complejas instituciones para satisfacer sus crecientes necesidades
materiales y espirituales. Podemos pensar entonces que solo habrá de
aceptar, y, consecuentemente, podrán subsistir, aquellas ciudades que
hayan alcanzado un grado de complejidad acorde con las actuales exigencias
del hombre. En tanto las demás, las que no den satisfacción a esas
exigencias serán abandonadas, y, lógicamente, tenderán a desaparecer,
salvo aquellas que uniéndose con otras próximas e integrando
conurbaciones, alcancen en conjunto la dimensión y complejidad
necesaria... Y podemos decir ahora como aman las ciudades: Creciendo y
uniéndose unas con otras, cambiando de naturaleza al tiempo que cambian de
escala, hasta que exista una única ciudad que albergue a la humanidad
entera. Quizás a esa Super– humanidad de la que hablábamos en el capítulo
anterior. Que
tal única ciudad habrá de existir un día, lo sostiene firmemente
Constantino Doxíadis, padre de la Ekística y fundador de la Escuela
Tecnológica Ateniense. Doxíadis, a quien se ha adherido con todos sus
bagajes Arnold Toynbee, pronostica que para mediados del Siglo XXI
existirá ya una única ciudad que agrupe a todos los habitantes del mundo:
“Ecumenópolis". Esta ciudad será la culminación del proceso que comenzó
con la aldea tribal, siguió con los poblados, las ciudades estado, las
capitales, las metrópolis y que encuentra su expresión hoy en las
megalópolis tales como Boston–Washington, Tokio–Osaka o La Plata–Buenos
Aires–Santa Fe. Ni
Doxíadis ni Toynbee creen que el proceso pueda revertirse ni que la gran
conurbación prevista sea evitable. ''El interrogante que se plantea –
dice Toynbee en su “Ciudades en Marcha" – no es si Ecumenópolis va a surgir
a la vida; es si su creador, la humanidad, va a ser su amo o su víctima
¿Lograremos hacer de la inevitable Ecumenópolis un hábitat tolerable para
los seres humanos? A.3 AVENTURANDO
SOLUCIONES
Y ese
es el problema. La ciudad puede compararse en muchas cosas a una obra de
la Naturaleza. Pero no es una
obra de la Naturaleza. En una planta o en un animal sano, por ejemplo, el
crecimiento armónico del ejemplar y de cada una de las partes que lo
componen se da naturalmente. Algo así como una computadora perfectamente
programada va regulando paso a paso ese ajustado crecimiento. Pero
en la ciudad eso no ocurre así. Y ello es debido a una muy clara
circunstancia. La ciudad es una obra del hombre, no se hace sola, no está
previamente programada por la naturaleza. Es el hombre quien la hace y es
él quien debe programarla. El
hombre posee aquellas facultades que le son exclusivas: discernimiento,
libertad, voluntad. Desde su aparición sobre la Tierra él debió usar de
ellas para sobrevivir en un medio que muchas veces le parecía hostil y
que, cuando menos, lo provocaba y lo exigía. Y.
así, en la medida que usó de esas facultades extraordinarias, superó a las
dificultades, venció al caos y pudo cumplir con el mandato bíblico de
henchir la tierra y dominarla. Pues
bien, hoy le toca usar de su discernimiento, de su libertad y de su
voluntad para influir en el crecimiento de la ciudad, para que ella, que
es cada vez más necesaria, no sea también, por su desidia y desinterés,
cada vez más hostil e inhumana. Como
en aquellos momentos en que aprendió a dominar el fuego o a pulir la
piedra, también se juega en esto, quizás, su propia existencia. Por
eso es tan necesario ver claro en esta materia. En tanto no se acepte que
este proceso que afecta a las ciudades es un aspecto más de la evolución
del Universo se seguirán proponiendo soluciones absurdas que solo logran
seguir complicando el problema y sacrificando a la gente. El
aceptarlo puede conducirnos a encarar seriamente el ordenamiento de ese
fatal desarrollo tomando las disposiciones para que la ciudad del futuro
sea el receptáculo idóneo para la vida integral del hombre. Ese
receptáculo capaz de albergar en grata convivencia cada vez más hombres,
más buenos y más felices. Pensemos
entonces que los grandes núcleos urbanos seguirán creciendo, tratemos de
que crezcan fuertes y sanos, ordenados, coherentes, con la densidad
adecuada para una correcta vida urbana, con las áreas verdes, campiñas y
“Cinturones Ecológicos" que necesitan ineludiblemente para usos
higiénicos, recreativos, de producción de alimentos frescos, etc. Con una
distribución de funciones capaz de asegurar para cada una de ellas el
ámbito más adecuado, y para el conjunto una actividad fluida y sin los
perjuicios propios de una mala zonificación. En fin, apliquemos a las
ciudades las conocidas normas del planeamiento urbano. Y
pensemos también en la fatal desaparición de los pequeños núcleos
incapaces de satisfacer las actuales necesidades del hombre. A ellos
habría que aplicarles algo así como un tratamiento geriátrico que les
asegure una vejez digna y los ayude a bien morir. Será inútil tratar de
insuflar en ellos una vida que se les escapa por imperio de circunstancias
que, en definitiva, no son controlables por el hombre. En
aquella población de la Provincia de Buenos Aires a que me he referido, su
intendente municipal tramitaba con ahínco la obtención de un crédito para
la construcción de 50 casas para cubrir una sentida demanda local. Hecho
un análisis urbanístico pudo comprobarse que en la localidad había 130
casas desocupadas. Parece absurdo construir 50 casas donde sobran 130 y no
habrá problema de la vivienda que se resuelva ni economía nacional que
funcione bien si no se aprecian estas cosas. Olvidemos
aquello de “volver al campo". El hombre debe vivir en ciudades, y el campo
debe funcionar como un lugar de trabajo, como una industria más, en la que
se aplique lo más moderno de la ciencia y de la tecnología, para que no
sea el hombre sacrificado por la necesidad de producción: el hombre no ha
sido hecho para las cosas sino las cosas para el hombre, también el campo
y la producción. Aceptemos,
pues, la fatalidad de todo este proceso y acompañémoslo inteligentemente,
puestos los ojos en el futuro, con imaginación y audacia y, sobre todo,
con un gran respeto por nuestros hermanos, destinatarios de todos los
esfuerzos. Y
quizás entonces seamos capaces de evitar, sabiendo qué se nos viene, las
consecuencias terribles del impetuoso crecimiento de una ciudad librada a
su suerte: las que surgirán de la desordenada ubicación de las funciones
urbanas y de las desequilibradas densidades de población; las que se
producirán como consecuencia de inmigraciones masivas para las que, por
cerrar los ojos, no se prevé el adecuado equipamiento, las que se
derivarán de la paulatina anulación de los espacios verdes, y las más
graves, las perniciosas derivaciones de la "secularización":
despersonalización, masificación, anonimato e impunidad, subvaloración de
la familia, anulación de la amistad y de las relaciones primarias,
utilitarismo, culto por el confort, hedonismo, alienación. Todo
ello puede evitarse, si el problema se plantea y se encara bien. La
técnica tiene sus recursos y se sabe qué debe y puede hacerse. Y, claro,
si se encara con firmeza y honestamente se desea encontrar soluciones.
Pero ¡Ahí está lo duro! para esto hace falta amor. Mientras que los
intereses sean más importantes que el hermano, la especulación en tierras,
las economías externas y todas esas cosas, no habrá muchas oportunidades
de superar el caos. No se
puede servir a dos señores... Hay que elegir. Si buscamos el Reino de Dios
y Su Justicia, lo demás lo tendremos por añadidura... Terminábamos
el Capítulo 4 diciendo que el hombre se perdió la vida en Gracia para la
que el Padre lo creó, quizás por un ponderado, libre, sostenido y
reflexivo desamor. Nos preguntamos ahora: La historia de la ciudad, ¿no es
también la historia de ese desamor? ¡No
por nada Caín es el primer urbanista! ... Pero
veamos cómo fue la caída del hombre... Buenos Aires, agosto de 1975
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