Revelación Apócrifa

   

por el Arq. Luis Alberto Vernieri López

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CAPITULO APARTE

EL AMOR Y LA CIUDAD

A.1      ¿CÓMO AMAN LAS CASAS?

No quedaría yo tranquilo y me consideraría algo así como un traidor a mi vocación profesional si no intentara tratar aquí de la ciudad. Pero como este asunto es un poco especial considero a éste como un “Capítulo Aparte", que ha de salirse, por fuerza, de las reglas que me he impuesto para el desarrollo del resto de la obra.

Entrando en el tema tendría que contestar la pregunta que se plantea en el título de este punto: ¿Cómo aman las casas?

Visto lo sostenido anteriormente, la respuesta es obvia: las casas aman uniéndose unas a otras para integrar una entidad distinta de cada una de ellas y de orden superior donde su destino alcance a cumplirse cabalmente.

Podríamos decir que el destino de una casa, de una vivienda, es ser la cáscara, el recipiente, de la familia que alberga y como tal el permitir al hombre y a la familia el cumplir con las funciones naturales y sociales que les son propias.

Hace ya muchos años, allá por la década del treinta, los Congresos Internacionales de Arquitectos Modernos, produjeron un informe que estuvo llamado a tener gran notoriedad y trascendencia: se conoció como Carta de Atenas y si bien muchas de sus propuestas han ido quedando desactualizadas con el correr de los años, puede sernos útil todavía para orientar la búsqueda en que nos hemos embarcado.

Sostiene la Carta de Atenas que la vida del hombre se desarrolla en un ciclo cotidiano que puede resumirse en tres funciones: Habitar, Trabajar y Recrearse, a las que la vida moderna ha agregado una cuarta: Circular.

Estas funciones que configuran el ciclo cotidiano de la vida del hombre se dan por igual tanto en la vida urbana como en la rural.

Analizada en primer término la vida rural desde este punto de vista, notaremos que el problema múltiple se simplifica, pero esta simplificación no reside en la eliminación de alguna de las funciones antedichas, sino en que dichas funciones se encuentran íntimamente ligadas entre sí por un elemento que las vincula, de manera que, al satisfacerse una deben satisfacerse todas o, quizás mejor, que la falta de satisfacción de una de ellas, impide el cumplimiento de las demás siendo su consecuencia el sacrificio de las condiciones de vida.

Este elemento único en que el campesino cumple su ciclo cotidiano de vida es la vivienda rural.

Ha dicho Damageon, citado por Jean Brunhes en su Geografía Humana, que "... el campesino ha ideado su vivienda como un instrumento de trabajo y la ha adaptado a las condiciones de su explotación", señalando a propósito de estudios realizados en Europa, que..."mientras en ciertas llanuras agrícolas, el granero parece aplastar la casa ocupando tres cuartas partes de su altura, aquí, (país de viñedos) por el contrario, la casa parece levantada por la bodega"... acotando Brunhes: "La casa de la zona del lúpulo en Franconia tiene plantas bajas de la altura de varios pisos para los secaderos".

El granero, así como los demás implementos rurales, constituyen por extensión el hogar del chacarero así como el pequeño taller forma parte inseparable del de el artesano rural; y ello con la quinta que da sustento a la familia, constituye la unidad tipo indivisible.

Esto en cuanto al "trabajar"; en cuanto al "habitar" mismo, la vivienda rural debe ser una unidad en sí, debe tener su propia provisión de agua y su propia planta de potabilización, si le es necesaria, la eliminación de las excretas también le es exclusiva, llegando sus instalaciones a completar el ciclo de mineralización de los detritos. Para la provisión de luz y de energía debe contar con equipos propios que completen la función en sí mismos, ya sean éstos electrógenos o que sirvan a igual fin.

De la misma manera debe poseer su amplia despensa y sus depósitos de combustibles capaces de resistir el bloqueo de la lluvia o el aislamiento por falta de transporte adecuado.

Tampoco ha olvidado el campesino de dotar su hogar con los lugares donde el esparcimiento diario ayuda a descansar el cuerpo de las tareas rurales, así es amplio el sitio frente al fogón donde el cuento y el dicho se hacen tradición en las noches de invierno, y es sombreado el patio donde se matea y se canta en los atardeceres estivales.

Como un barco en alta mar, la vivienda rural reúne todos los elementos necesarios a la satisfacción de las necesidades cotidianas del hombre, siendo, por lo tanto, una unidad en sí misma, y lo es porque por la misma naturaleza de la vida en el campo, no puede ser de otra manera. Si faltara a la vivienda rural alguno de estos elementos, dejaría de ser "vivienda".

No ocurre de igual manera en la vida urbana. El ciudadano habita en su vivienda, trabaja fuera de ella y fuera de ella también, logra el esparcimiento que lo distrae de su tarea. En procura de esos sitios donde trabaja y se recrea y de regreso de ellos a su hogar, el hombre de la ciudad viaja: "circula".

La vida cotidiana no se desarrolla, pues, íntegramente en la vivienda sino que participa de la actividad entera de la ciudad. La vivienda urbana no es una unidad en sí misma sino que forma parte de un sistema: la ciudad. No puede por ningún motivo considerarse aislada: sus instalaciones sanitarias, de energía eléctrica, de gas y teléfonos forman intrincadas redes que la vinculan estrechamente a las demás, significando como servicios públicos una prolongación indispensable de las tareas domésticas. El recolector municipal continúa fuera de la casa la labor higiénica de su ama. La luz que ilumina la calle alarga en la noche la seguridad del hogar. La casa se une indisolublemente al almacén de la esquina y a todo el pequeño comercio cotidiano, al cine de barrio, al café con billares y a la parada del colectivo o a la estación del subterráneo. Se prolonga en la ciudad como la familia en el municipio o como el hombre se complementa con sus semejantes.

Las casas aman pues integrando ciudades y esa ha de ser su vocación en tanto la vocación del hombre sea vivir en sociedad y, según hemos visto ya, es integrando distintas formas de sociedades como el hombre puede trascender y, en definitiva, como el hombre ama.


A.2      EL PROCESO DE URBANIZACIÓN

Se llama proceso de urbanización a la tendencia de los hombres a vivir en ciudades. Esta tendencia, por lo que puede apreciarse es irreversible, incoercible y creciente, e independiente de cualquier sistema político, social o económico.

Sociólogos, demógrafos, urbanistas han tratado de descubrir las causas de este fenómeno al que muchas veces se ha atribuido las más nefastas consecuencias y al que se le carga la culpa de cuanto mal aqueja a la sociedad.

Entre nosotros el núcleo demográfico del Litoral, que se extiende desde la Plata a Santa Fe y Paraná, alberga cerca de once millones de habitantes, es decir, poco menos que la mitad de la población del país, y su sola mención provoca la indignación de los políticos de turno y del periodismo sensacionalista o defensor de indefinidos intereses, que se rasgan las vestiduras clamando contra “las estructuras" o las políticas demagógicas, o contra la dependencia, los ferrocarriles y otro montón de cosas y enseguida proponen soluciones tales como trasladar la Capital Federal al interior del país o hacer que los habitantes de las Villas Miseria vuelvan al campo.

Según dice el profesor N. Ullas, de la Unión Soviética, en un trabajo presentado ante el X Congreso Mundial de Arquitectos, "Teniendo, en cuenta las tendencias modernas en los cambios que se producen en la densidad de población, tanto de las ciudades como del campo, se puede suponer que hacía el año 2.000 el número de personas que vivirán en ciudades con una población de más de 5.000.000 de habitantes supondrá el 60 % de toda la población de la Tierra, y en ciudades de más de 100.000 habitantes cerca del 25 %.

Esto implica no sólo el incremento de población de los grandes centros urbanos sino también la despoblación de los pequeños.

Los que reniegan contra los habitantes de la Villas Miseria y proponen su "vuelta al campo" parecen no reparar en el hecho de que la mayoría de ellos no proviene de áreas rurales sino de pequeños núcleos urbanos por lo general muy mal equipados.

Que el proceso de urbanización, mal que les pese a ciertos ideólogos, es independiente de los sistemas políticos, económicos o sociales lo demuestra el trabajo ya comentado del profesor Ullas. Refiriéndose a la Unión Soviética sostiene: "...la cifra de la población urbana se ha elevado en el país aproximadamente en 100 millones de personas, lo que representa un aumento del 18 % al 56 % del total de la población. El número de ciudades de la URSS ha aumentado aproximadamente en 1.200, llegando ahora a un número total de cerca de 2.000. Anualmente aparecen en el mapa de la Unión Soviética 20 a 22 ciudades nuevas y unos 65 poblados de tipo urbano. En la actualidad hay en el país más de 40 aglomeraciones de población de tipo urbano que pasan de los 500.000 habitantes, de ellas, 12 tienen una población que sobrepasa el millón de habitantes... “

Y con relación a la despoblación de los pequeños núcleos dice: "Se ha realizado un considerable trabajo en cuanto a la reestructuración de la población rural: tiene lugar ininterrumpidamente un proceso de agrupación de los poblados rurales para formar poblados mayores, al mismo tiempo que se renueva y moderniza su edificación (se construyen nuevas viviendas, edificios públicos y culturales y se urbanizan). Debido a ello, el número total de poblados rurales se ha reducido en los años del Poder Soviético de 1.050.000 a 470.000 aproximadamente. Solo en el período de 1959 a 1967 el número de puntos poblados rurales se redujo aproximadamente en unos 235.000 “

Más adelante dice: "Como resultado de la realización de los proyectos propuestos, el número de lugares poblados ligados a la producción agrícola hacia el año 1981 deberá reducirse gradualmente de 470.000 a 175.000, y más adelante la reducción será de 5,5 veces, en lugar de las pequeñas aldeas que existen en la actualidad se construirán grandes poblados con una población de 2.000 y más habitantes".

Para un observador norteamericano, el Dr. Ralf A. Gakenheimer de la Universidad de Carolina del Norte, en un artículo aparecido en la Revista de la Sociedad Interamericana de Planificación: “Las áreas metropolitanas de la mayoría de los países latinoamericanos son claramente identificables y separables de las demás áreas urbanas de estas naciones. Las dinámicas de desarrollo, la concentración de la oportunidad económica y social y la experiencia de grandes inversiones previas como alicientes para una mayor inversión, han sido las causas de que su tamaño, complejidad, importancia dentro de las economías nacionales y tendencias de crecimiento sean mucho mayores que en las demás. La concentración en las capitales y metrópolis secundarias de la gran mayoría de la población de los países y de porcentajes aun más altos de sus inversiones económicas y oportunidades para el desarrollo social, las señalan como las regiones con más alta prioridad para la planificación... Como centros de oportunidad social y económica, las ciudades metropolitanas atraen la mayor parte de la inmigración rural–urbana, y, sin lugar a dudas, a la gente más motivada. A su vez, estas ciudades proporcionan el liderazgo en todas las esferas de la sociedad nacional. Guían – por conducción directa y con el ejemplo – la economía y la política de la nación. Los esfuerzos hechos hacia la descentralización de las inversiones, la devolución del poder de formulación de políticas, y las políticas demográficas tendientes a limitar el crecimiento metropolitano, no son susceptibles de alterar significativamente este esquema, aun a través del tiempo."

Y un estudioso argentino, el Arquitecto Mario C. Robirosa, también en una publicación de la Sociedad Interamericana de Planificación nos dice: “Los gobiernos, conscientes de la intensificación de los problemas agravados por dicho modelo espacial: congestión urbana y villas miseria, desocupación, estancamiento productivo, incapacidad de obtener ingresos necesarios por parte de vastos sectores de la población marginados del acceso a mejores oportunidades de vida, abandono de áreas potencialmente productivas, deterioro de la capacidad de retención de mano de obra, en especial la más calificada, por parte de las ciudades intermedias, etc., han procurado intervenir en el modelamiento espacial, aunque sin los resultados buscados.

Las estrategias utilizadas han sido, en primer lugar, la acción directa, modificando en distintas áreas del país sus aptitudes locacionales para el asentamiento y el crecimiento de la actividad económica. Ello se ha efectuado mediante inversiones públicas en obras de infraestructura y viales, en obras proveedoras de energía, de agua, etc., en relación a áreas críticas o rezagadas, o en "polos de desarrollo" teóricamente viables. Los efectos de dichas obras no alcanzan, sin embargo, por lo general, a modificar las ventajas o desventajas comparativas de esas áreas para las inversiones privadas de los sectores más dinámicos en comparación con las áreas de localización más tradicional. Poco ha logrado el Estado con tales acciones, a pesar de sus altos costos, pudiendo aun resultar sus efectos contrapuestos a los fines perseguidos; en el caso, por ejemplo, de obras viales que mejoran la accesibilidad de áreas pero que, al abaratar los costos de transferencia, tienden a drenar bienes y población de áreas rezagadas, por un efecto similar al de los vasos comunicantes

Por mi parte yo podría aportar una vivencia personal extraída de mi actividad profesional: En una localidad ubicada en una de las más ricas regiones ganaderas de la Provincia de Buenos Aires, se planteaba el problema de emigración de los jóvenes como consecuencia, se decía, de carecerse de un adecuado establecimiento de enseñanza secundaria. Terminada su instrucción primaria los jóvenes estudiantes viajaban a una localidad mucho más importante, distante unos 30 Km., luego, claro, hacían allí sus relaciones, buscaban trabajo y a poco abandonaban el pueblo natal. Se concluyó que era necesario crear un buen Centro Integral de Educación Media y construirle un edificio adecuado, y así se hizo. Conclusión: se dio posibilidad de educación media a muchos más jóvenes y ahora, entre los que procuran seguir estudios universitarios y los que buscan posibilidades de trabajo acordes con la instrucción recibida, la emigración ha aumentado hasta alcanzar la casi totalidad de la población juvenil.

Algo podemos concluir de todo esto: que el proceso de urbanización, el crecimiento de los grandes centros urbanos y la despoblación de los pequeños es universal y nada tiene que ver con los regímenes políticos. Que la planificación, a la manera soviética, propaganda aparte, puede ordenar o acompañar el proceso, pero ni intenta siquiera impedirlo. Que, según dice Gakenheimer, las ciudades metropolitanas atraen a la gente "más motivada" y que los esfuerzos hechos, en orden a la descentralización, con medidas económicas o políticas, aún las demográficas, no son capaces de alterar significativamente, ni aún a través del tiempo, el esquema planteado o, como sostiene Robirosa, poco se logra con las medidas estatales ensayadas hasta ahora que son, muchas veces, contraproducentes.

La conclusión es obvia: El problema no ha sido planteado en sus verdaderos términos ni analizado en su real dimensión. Se han ensayado posiciones sociológicas, económicas o políticas, pero, las más de las veces, no se ha buscado la verdad, más bien parece que todo esto se ha tomado como excusa para defender actitudes ideológicas o posiciones adoptadas a priori.

Quizás debamos considerar el proceso de urbanización como una consecuencia más del proceso de complejificación que es a su vez, como sostiene Theilard de Chardin un proceso de concientización y de interiorización.

Ocurre que el hombre necesita naturalmente de los demás hombres. Empujado por su creciente concientización busca en la ciudad, cada vez más, la comunicación con los otros hombres como un imperativo de su naturaleza. Y así la ciudad crece con el aporte de más y más hombres como dando paso tras paso en ese proceso de complejificación que lo es también de crecimiento universal del ser en todos los sentidos.

El hombre es un ser cada vez más complejo y necesita de cada vez más complejas instituciones para satisfacer sus crecientes necesidades materiales y espirituales. Podemos pensar entonces que solo habrá de aceptar, y, consecuentemente, podrán subsistir, aquellas ciudades que hayan alcanzado un grado de complejidad acorde con las actuales exigencias del hombre. En tanto las demás, las que no den satisfacción a esas exigencias serán abandonadas, y, lógicamente, tenderán a desaparecer, salvo aquellas que uniéndose con otras próximas e integrando conurbaciones, alcancen en conjunto la dimensión y complejidad necesaria... Y podemos decir ahora como aman las ciudades: Creciendo y uniéndose unas con otras, cambiando de naturaleza al tiempo que cambian de escala, hasta que exista una única ciudad que albergue a la humanidad entera. Quizás a esa Super– humanidad de la que hablábamos en el capítulo anterior.

Que tal única ciudad habrá de existir un día, lo sostiene firmemente Constantino Doxíadis, padre de la Ekística y fundador de la Escuela Tecnológica Ateniense. Doxíadis, a quien se ha adherido con todos sus bagajes Arnold Toynbee, pronostica que para mediados del Siglo XXI existirá ya una única ciudad que agrupe a todos los habitantes del mundo: “Ecumenópolis". Esta ciudad será la culminación del proceso que comenzó con la aldea tribal, siguió con los poblados, las ciudades estado, las capitales, las metrópolis y que encuentra su expresión hoy en las megalópolis tales como Boston–Washington, Tokio–Osaka o La Plata–Buenos Aires–Santa Fe.

Ni Doxíadis ni Toynbee creen que el proceso pueda revertirse ni que la gran conurbación prevista sea evitable. ''El interrogante que se plantea – dice Toynbee en su “Ciudades en Marcha" – no es si Ecumenópolis va a surgir a la vida; es si su creador, la humanidad, va a ser su amo o su víctima ¿Lograremos hacer de la inevitable Ecumenópolis un hábitat tolerable para los seres humanos?


A.3      AVENTURANDO SOLUCIONES

Y ese es el problema. La ciudad puede compararse en muchas cosas a una obra de la Naturaleza. Pero no es una obra de la Naturaleza. En una planta o en un animal sano, por ejemplo, el crecimiento armónico del ejemplar y de cada una de las partes que lo componen se da naturalmente. Algo así como una computadora perfectamente programada va regulando paso a paso ese ajustado crecimiento.

Pero en la ciudad eso no ocurre así. Y ello es debido a una muy clara circunstancia. La ciudad es una obra del hombre, no se hace sola, no está previamente programada por la naturaleza. Es el hombre quien la hace y es él quien debe programarla.

El hombre posee aquellas facultades que le son exclusivas: discernimiento, libertad, voluntad. Desde su aparición sobre la Tierra él debió usar de ellas para sobrevivir en un medio que muchas veces le parecía hostil y que, cuando menos, lo provocaba y lo exigía.

Y. así, en la medida que usó de esas facultades extraordinarias, superó a las dificultades, venció al caos y pudo cumplir con el mandato bíblico de henchir la tierra y dominarla.

Pues bien, hoy le toca usar de su discernimiento, de su libertad y de su voluntad para influir en el crecimiento de la ciudad, para que ella, que es cada vez más necesaria, no sea también, por su desidia y desinterés, cada vez más hostil e inhumana.

Como en aquellos momentos en que aprendió a dominar el fuego o a pulir la piedra, también se juega en esto, quizás, su propia existencia.

Por eso es tan necesario ver claro en esta materia. En tanto no se acepte que este proceso que afecta a las ciudades es un aspecto más de la evolución del Universo se seguirán proponiendo soluciones absurdas que solo logran seguir complicando el problema y sacrificando a la gente.

El aceptarlo puede conducirnos a encarar seriamente el ordenamiento de ese fatal desarrollo tomando las disposiciones para que la ciudad del futuro sea el receptáculo idóneo para la vida integral del hombre. Ese receptáculo capaz de albergar en grata convivencia cada vez más hombres, más buenos y más felices.

Pensemos entonces que los grandes núcleos urbanos seguirán creciendo, tratemos de que crezcan fuertes y sanos, ordenados, coherentes, con la densidad adecuada para una correcta vida urbana, con las áreas verdes, campiñas y “Cinturones Ecológicos" que necesitan ineludiblemente para usos higiénicos, recreativos, de producción de alimentos frescos, etc. Con una distribución de funciones capaz de asegurar para cada una de ellas el ámbito más adecuado, y para el conjunto una actividad fluida y sin los perjuicios propios de una mala zonificación. En fin, apliquemos a las ciudades las conocidas normas del planeamiento urbano.

Y pensemos también en la fatal desaparición de los pequeños núcleos incapaces de satisfacer las actuales necesidades del hombre. A ellos habría que aplicarles algo así como un tratamiento geriátrico que les asegure una vejez digna y los ayude a bien morir. Será inútil tratar de insuflar en ellos una vida que se les escapa por imperio de circunstancias que, en definitiva, no son controlables por el hombre.

En aquella población de la Provincia de Buenos Aires a que me he referido, su intendente municipal tramitaba con ahínco la obtención de un crédito para la construcción de 50 casas para cubrir una sentida demanda local. Hecho un análisis urbanístico pudo comprobarse que en la localidad había 130 casas desocupadas. Parece absurdo construir 50 casas donde sobran 130 y no habrá problema de la vivienda que se resuelva ni economía nacional que funcione bien si no se aprecian estas cosas.

Olvidemos aquello de “volver al campo". El hombre debe vivir en ciudades, y el campo debe funcionar como un lugar de trabajo, como una industria más, en la que se aplique lo más moderno de la ciencia y de la tecnología, para que no sea el hombre sacrificado por la necesidad de producción: el hombre no ha sido hecho para las cosas sino las cosas para el hombre, también el campo y la producción.

Aceptemos, pues, la fatalidad de todo este proceso y acompañémoslo inteligentemente, puestos los ojos en el futuro, con imaginación y audacia y, sobre todo, con un gran respeto por nuestros hermanos, destinatarios de todos los esfuerzos.

Y quizás entonces seamos capaces de evitar, sabiendo qué se nos viene, las consecuencias terribles del impetuoso crecimiento de una ciudad librada a su suerte: las que surgirán de la desordenada ubicación de las funciones urbanas y de las desequilibradas densidades de población; las que se producirán como consecuencia de inmigraciones masivas para las que, por cerrar los ojos, no se prevé el adecuado equipamiento, las que se derivarán de la paulatina anulación de los espacios verdes, y las más graves, las perniciosas derivaciones de la "secularización": despersonalización, masificación, anonimato e impunidad, subvaloración de la familia, anulación de la amistad y de las relaciones primarias, utilitarismo, culto por el confort, hedonismo, alienación.

Todo ello puede evitarse, si el problema se plantea y se encara bien. La técnica tiene sus recursos y se sabe qué debe y puede hacerse. Y, claro, si se encara con firmeza y honestamente se desea encontrar soluciones. Pero ¡Ahí está lo duro! para esto hace falta amor. Mientras que los intereses sean más importantes que el hermano, la especulación en tierras, las economías externas y todas esas cosas, no habrá muchas oportunidades de superar el caos.

No se puede servir a dos señores... Hay que elegir. Si buscamos el Reino de Dios y Su Justicia, lo demás lo tendremos por añadidura...

Terminábamos el Capítulo 4 diciendo que el hombre se perdió la vida en Gracia para la que el Padre lo creó, quizás por un ponderado, libre, sostenido y reflexivo desamor. Nos preguntamos ahora: La historia de la ciudad, ¿no es también la historia de ese desamor?

¡No por nada Caín es el primer urbanista! ...

Pero veamos cómo fue la caída del hombre...

 Buenos Aires, agosto de 1975

 

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