Revelación Apócrifa

   

por el Arq. Luis Alberto Vernieri López

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EL ARQUITECTO Y SU LIBRO


E
n tiempos bíblicos, los elegidos para profetas no podían descansar en paz. Ni bien pegaban un ojo ya estaba Jehová susurrándoles al oído izquierdo del alma que debían plantarse a la puerta del templo y ponerse a vociferar cosas que eran verdades incontestables y ponían en evidencia a los poderosos pero que el pueblo, abstraído en su pecaminosa cotidianidad, no se encontraba en condiciones de sopesar. 

El mensaje de los profetas era siempre inquietante, el porvenir sólo deparaba una sucesión de cada vez más espantosas tragedias que arrastrarían al mundo hacia una definitiva macrotragedia final.

Eso sí, en el epílogo Dios intervendría personalmente y, en un solo día, administraría a la humanidad toda la justicia de la que había adolecido a lo largo de la historia, inaugurando un nuevo tiempo en el que la capacidad de saber del hombre no encontraría límites y en el que nuestra especie se desarrollaría en armonía con la creación.

 

Hoy, cuando ya es evidente que navegamos los rápidos de la historia, sin freno, hacia la catarata final, cuántos de nosotros habrá que, por las noches, intentan identificar entre sirenas de ambulancias, rugir de motocicletas o entre el bramido que emite el televisor del vecino, una voz que diga con claridad en qué dirección orientar la barca de manera que se mantenga a flote hasta el día de ganar las mansas aguas prometidas. Son éstos días de sufrimiento, tantas y tan diferentes son las cosas que nos hacen sufrir y nuestra vida transcurre tan "en carne viva" que nuestros sentidos permanecen embotados, incapaces de transmitirnos informaciones que nos sean útiles para huir de la oscuridad. Observando al mundo, es difícil hacerse a la idea de la misericordia de Dios.

Probablemente sin advertirlo, el autor de Revelación apócrifa fue acariciado por esa luz que viene del cielo. Tal vez, el principio de todo haya sido una reacción sorpresiva del corazón, un "conmoverse" ante el dolor de algún ser viviente. Tal vez entonces ya se barruntara que un Dios-amor jamás negaría al hombre el acceso a la sabiduría necesaria para obtener el consuelo, y que esa sabiduría tenía que estar en algún lugar al alcance de nuestra vista. Lector apasionado de los textos bíblicos, estaba informado de que la sabiduría "... se deja ver fácilmente de los que la aman, y hallar de los que la buscan" y también de que "... quien madrugare en busca de ella no tendrá que fatigarse; pues la hallará sentada en su puerta". Y él incluso estaba dispuesto a fatigarse un poco.

Y así fue como una bendita mañana (me la imagino temprana, en el momento mismo de rayar la aurora), arquitecto y sabiduría tuvieron una larga conversación, en cuyo transcurso el arquitecto fue informado de la revelación ansiada: Las criaturas habitan un universo infinito en armonía con éste, y son amadas por el Creador de la misma manera que el arquitecto (padre cariñoso) amaba a sus hijos; que nuestra especie deberá derramar aún cuantiosas lágrimas antes de comprender el arcano de la responsabilidad, llave que abre las puertas de la libertad, puertas que, sin embargo, un día se abrirán ante nosotros.

A partir de estas premisas articuló toda una filosofía que plasmó laboriosamente en estas páginas que conforman un libro imposible desde el punto de vista de la industria editorial porque sólo contiene las palabras que tiene que contener y no se extiende ni una línea más ni una línea menos de lo que tiene que durar. Tampoco contó con el excesivo entusiasmo de sus amigos sacerdotes católicos, temerosos tal vez de que la apabullante libertad con que expresaba sus ideas le pudiera hacer caminar, involuntariamente, al borde de la herejía.

Y, sin embargo, hoy Revelación apócrifa está en la red brindándole al ansioso navegante "una manera diferente de ver las cosas".
 


Jorge Luis Vernieri Guibourg

Barcelona, 12 de agosto de 2000

 

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