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EL
ARQUITECTO Y SU LIBRO
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En tiempos bíblicos, los elegidos para profetas no podían
descansar en paz. Ni bien pegaban un ojo ya estaba Jehová susurrándoles
al oído izquierdo del alma que debían plantarse a la puerta del
templo y ponerse a vociferar cosas que eran verdades incontestables
y ponían en evidencia a los poderosos pero que el pueblo, abstraído
en su pecaminosa cotidianidad, no se encontraba en condiciones de
sopesar.
El mensaje de los profetas
era siempre inquietante, el porvenir sólo deparaba una sucesión
de cada vez más espantosas tragedias que arrastrarían al mundo hacia
una definitiva macrotragedia final.
Eso sí, en el epílogo
Dios intervendría personalmente y, en un solo día, administraría
a la humanidad toda la justicia de la que había adolecido a lo largo
de la historia, inaugurando un nuevo tiempo en el que la capacidad
de saber del hombre no encontraría límites y en el que nuestra especie
se desarrollaría en armonía con la creación.
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Hoy, cuando ya es evidente
que navegamos los rápidos de la historia, sin freno, hacia la
catarata final, cuántos de nosotros habrá que, por las noches,
intentan identificar entre sirenas de ambulancias, rugir de motocicletas
o entre el bramido que emite el televisor del vecino, una voz
que diga con claridad en qué dirección orientar la barca de manera
que se mantenga a flote hasta el día de ganar las mansas aguas
prometidas. Son éstos días de sufrimiento, tantas y tan diferentes
son las cosas que nos hacen sufrir y nuestra vida transcurre tan
"en carne viva" que nuestros sentidos permanecen embotados, incapaces
de transmitirnos informaciones que nos sean útiles para huir de
la oscuridad. Observando al mundo, es difícil hacerse a la idea
de la misericordia de Dios.
Probablemente sin advertirlo, el autor de Revelación apócrifa
fue acariciado por esa luz que viene del cielo. Tal vez, el principio
de todo haya sido una reacción sorpresiva del corazón, un "conmoverse"
ante el dolor de algún ser viviente. Tal vez entonces ya se barruntara
que un Dios-amor jamás negaría al hombre el acceso a la sabiduría
necesaria para obtener el consuelo, y que esa sabiduría tenía
que estar en algún lugar al alcance de nuestra vista. Lector apasionado
de los textos bíblicos, estaba informado de que la sabiduría "...
se deja ver fácilmente de los que la aman, y hallar de los que
la buscan" y también de que "... quien madrugare en busca de ella
no tendrá que fatigarse; pues la hallará sentada en su puerta".
Y él incluso estaba dispuesto a fatigarse un poco.
Y así fue como una bendita mañana (me la imagino temprana, en
el momento mismo de rayar la aurora), arquitecto y sabiduría tuvieron
una larga conversación, en cuyo transcurso el arquitecto fue informado
de la revelación ansiada: Las criaturas habitan un universo infinito
en armonía con éste, y son amadas por el Creador de la misma manera
que el arquitecto (padre cariñoso) amaba a sus hijos; que nuestra
especie deberá derramar aún cuantiosas lágrimas antes de comprender
el arcano de la responsabilidad, llave que abre las puertas
de la libertad, puertas que, sin embargo, un día se abrirán
ante nosotros.
A partir de estas premisas articuló toda una filosofía que plasmó
laboriosamente en estas páginas que conforman un libro imposible
desde el punto de vista de la industria editorial porque sólo
contiene las palabras que tiene que contener y no se extiende
ni una línea más ni una línea menos de lo que tiene que durar.
Tampoco contó con el excesivo entusiasmo de sus amigos sacerdotes
católicos, temerosos tal vez de que la apabullante libertad con
que expresaba sus ideas le pudiera hacer caminar, involuntariamente,
al borde de la herejía.
Y, sin embargo, hoy Revelación apócrifa está en
la red brindándole al ansioso navegante "una manera diferente
de ver las cosas".
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Jorge Luis Vernieri Guibourg
Barcelona, 12 de
agosto de 2000
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