Revelación Apócrifa

   

por el Arq. Luis Alberto Vernieri López

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CAPITULO 10

EL GOBIERNO DE CIRO

10.1 ..    ARREGLOS FINALES

La trompada escatológica que pegó el intemperante de Ciro Dan habría de precipitar los acontecimientos.

En el Cielo, reintegrados ya Dios Hijo y Gabriel a sus quehaceres habituales, se analizó lo actuado, se ponderó una vez más, con método y paciencia, toda la información disponible y, elaborada convenientemente, se arribó a una conclusión que no por intuida resultó menos trascendente: El terrible paréntesis que había comenzado con la tentación de Eva, eso que algunos teólogos habían llamado "el ciclo adámico", llegaba inexorablemente a su fin.

La consecuencia lógica de ello es que debía implementarse todo aquello que habría de devolver a su estado normal todo lo que Dios Padre había previsto desde los primeros momentos de su maravilloso plan.

Sin embargo, el mal producido en dicho lapso obligaría a mantener, aun por mucho tiempo, estructuras y procedimientos llamados a desaparecer más tarde o más temprano.


10.2 ..    LA ESTRATEGIA DE CIRO DAN

Por su parte, también Ciro evaluaba la nueva situación y definía con sagacidad y osadía sobrehumanas las políticas que debían conducirlo al éxito final que tanto ambicionaba.

Pensó, no sin razón, que había llegado el momento de afianzar definitivamente su poderío económico.

Hacía ya muchos años que se disponía de los medios técnicos necesarios para controlar y ordenar todo el movimiento económico y financiero que pudieran originar todos y cada uno de los habitantes del planeta.

La cosa había empezado en Bruselas, allí por los tiempos del auge del Mercado Común Europeo... Unos técnicos muy avezados habían creado una supercomputadora capaz de leer en sus múltiples terminales, un número grabado en forma invisible en cada ciudadano y elaborar la información que, sobre el mismo, le fuera requerida.

Tal como estaba la cosa, en aquel tiempo, en menos de siete segundos, podía saberse en Bruselas la situación jurídica o política o de crédito de cualquier persona, empresa u organización que pretendiera operar en cualquier parte del mundo ya se tratara de una simple compra en un supermercado o de una transacción internacional.

La fabulosa máquina operaba en base a tres series de seis dígitos cada una lo que indujo a sus creadores a llamarla, burlonamente, "La Bestia'' ya que su número clave era. el 6–6–6 apocalíptico

El uso de "La Bestia" fue primero experimental, luego se aplicó a los negocios del Mercado Común, más adelante se pasó a inscribir, con tatuajes invisibles hechos con rayos infrarrojos, a los niños recién nacidos que quedaron así incorporados a los archivos permanentes, luego se incorporó a cuanta empresa, institución o entidad de cualquier clase o dimensión que fuera, susceptible de operar poco o mucho en el campo económico y ya, ahora, todos; pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, llevaban en su mano derecha o en su frente el número de "La Bestia''.

Poco le costó a Ciro cursar la media docena de telegramas que habrían de poner en marcha, hasta en sus menores detalles, un plan que había sido larga y minuciosamente elaborado.

Y desde ese momento, nadie que careciera de ese número identificatorio pudo ya ni comprar, ni vender, ni viajar, ni recibir servicio alguno.


10.3 ..    EL PODER POLITICO

La segunda acción de Ciro se ordenó a consolidar los poderes políticos que ya le habían sido acordados y a asumir, de una vez por todas, aquellos que aun escapaban de sus manos.

Tampoco habría de costarle mucho.

Un plan, concebido según algunos analistas en los comienzos del Siglo XX, había sido prolijamente desarrollado y enriquecido año tras año con los aportes de la experiencia y la sabia aplicación de una cada vez más sofisticada tecnología.

Según su acertada apreciación de las circunstancias, Ciro concluyó que había llegado el momento de poner en marcha la última etapa de ese plan y concentrar en su persona todos los hilos del poder mundial. La población ya estaba madura para ello: Los países que conjuntamente con la República Unida integraban la Confederación Mundial de Naciones estaban en manos de testaferros incapaces de oponer resistencia alguna, y fuera de ellas los grupúsculos insignificantes que pretendían de independientes estaban tan presionados por las condiciones económicas y tan trabajados por los "medios de comunicación social" que no valía la pena ni tenerlos en cuenta.

Lo primero era lanzar una adecuada campaña de "esclarecimiento" El pueblo podría conocer así la conveniencia de centralizar en un único mandatario y en un único gobierno todos los resortes del poder político mundial. Las ventajas eran obvias: al terminar las diferencias entre los distintos factores de poder, se acabarían las tensiones y se terminaría definitivamente con las guerras. Al alejarse para siempre el peligro bélico se podrían desmantelar los organismos militares y los mecanismos de seguridad y represión, de tal forma se daría fin al terrible armamentismo que consumía el 50 % del producto mundial y sumía en el terror a una población siempre amenazada por la posibilidad de una contienda atómica, y con los recursos liberados por el desarme podrían encararse, por fin, los anhelados programas de producción de alimentos, de mejoramiento de la salud y de difusión de la cultura, tanto tiempo postergados.

Así se hizo, y sabios, políticos, filósofos, periodistas, actores, literatos y todo eso, aportaron lo mejor de sus ideas y de sus palabras para consolidar un proyecto que, en verdad, nadie sabía de donde había salido.

El paso siguiente era la elección del mandatario que regiría en adelante el destino del mundo.

Mientras unos discutían detalles del mecanismo electoral que debería adoptarse otros sugerían nombres de políticos de mayor o menor prestigio que podrían aspirar al cargo.

En orden a los mecanismos electorales pronto se concluyó que la convocatoria tendría que ser universal, es decir que abarcaría a todos los países del mundo, incluyendo a los "independientes" cuyos ciudadanos podrían libremente expresar su opinión mediante recursos adecuados que deberían ser oportunamente implementados. Ello implicaba también que la concurrencia al comicio no podía ser obligatoria sino tan sólo voluntaria, votarían quienes quisieran votar. También quedó claro que el resultado sería "no vinculante", es decir que nadie quedaría obligado por él, y que su resultado solo sería tomado en cuenta para adoptar las medidas constitucionales que mejor condujeran a lograr el fin buscado.

Los que barajaban posibles candidatos pronto cayeron en la cuenta que sólo Ciro Dan reunía las condiciones de sabiduría, prudencia y prestigio universal que el postulante debía ostentar. Y poco a poco, uno tras otro, los candidatos sugeridos de una u otra forma, luego de agradecer el alto honor que les había sido conferido al proponer sus nombres, declinaron toda aspiración. Por su parte los mandatarios de todos los países del mundo, encabezados por Ciro Dan en su carácter de Secretario General de la Confederación Mundial de Naciones, expresaban formalmente su voluntad de delegar de inmediato y en forma definitiva los poderes de que estaban investidos en la persona que fuera elegida por el pueblo.

Dos meses fueron suficientes para llevar a su clímax la campaña de "esclarecimiento" y completar la organización del comicio en todos sus detalles.

De ellos, los sobresalientes eran: Todos los ciudadanos sin distinción de nacionalidad, raza, color, sexo, estado o condición estaban convocados a expresar su opinión. Se habilitarían en todo el mundo una cantidad adecuada de locales donde los ciudadanos podrían emitir su voto que sería secreto.

En cada mesa receptora operaría una terminal de la "super–computadora" que leería el "número identificatorio" de cada uno de los ciudadanos que se presentara a votar, registraría su voto, y desencadenaría el proceso que habría de concluir con el cómputo final.

Demás está decir que la super–computadora tenía la capacidad de discriminar a quienes por una u otra razón estaban inhabilitados para emitir su voto o a aquellos que intentaran votar más de una vez. Los castigos, en ambos casos, eran tan severos que no habría, en la práctica, quien intentara hacer trampas.

Como, dada la renuncia voluntaria de los candidatos sugeridos, solo había quedado al fin de la campaña un solo postulante, se optó por que la ciudadanía votara por Sí o por No. "Sí", implicaba la aceptación del sistema propuesto y la consagración del único candidato, "No", significaba su rechazo.

A fin de facilitar los cómputos finales y conservar las constancias necesarias para el caso de un eventual y poco probable reclamo, se convino en que los votantes depositarían su voto en dos urnas diferentes: en una se acumularían los Sí y en la otra los No, todo ello en el mismo cuarto oscuro donde tan solo la terminal de la computadora podría registrar, con la sola finalidad de garantizar el orden, la seriedad y la imparcialidad del comicio, cada uno de los movimientos del votante.

Llegó el día del comicio. La elección se realizó en orden y con la adhesión de notable cantidad de votantes. En razón de las diferencias de horario los cómputos sólo comenzaron a conocerse cuando el comicio llegó a su término en el último lugar del mundo, incrementando la natural expectativa en los lugares donde habían terminado primero. Los resultados, según los cómputos oficiales, fueron dados de inmediato a conocer. La concurrencia había sido masiva, solo un cinco por ciento de los ciudadanos habilitados, impedidos por diversas causas, había dejado de votar, y de los concurrentes el 80 % había optado por Sí y solo un 20 % por No. El éxito, como se esperaba, había sido rotundo.

Apenas conocidos los guarismos, todos los gobernantes del mundo, cumpliendo el compromiso contraído, renunciaron a sus cargos poniendo sus mandatos en manos de Ciro, y no solo los mandatarios de primera línea, sino también los de segundo nivel y aún los subalternos que permanecieron en sus puestos al solo fin de la prosecución de los servicios a su cargo y a la espera de que Ciro dispusiera su substitución o los confirmara.

Tres días después se llevó a cabo la solemne asunción del mando y Ciro quedó instituido, al fin, como primer mandatario de todos los pueblos del planeta.

Todos los ''medios de comunicación social", como no era para menos, ponderaron y enaltecieron a "las elecciones más limpias y democráticas de toda la historia de la humanidad'' y al "más grande de los gobernantes ungido en el mundo por la voluntad popular".


10.4 ..    MEDIDAS DE GOBIERNO

Las circunstancias imperantes en el momento en que Ciro asumió el novísimo mandato no se diferenciaban gran cosa de aquellas descriptas en el Capitulo 9. Si algo había ocurrido desde entonces era precisamente, su paulatino agravamiento.

Ciro aprovechó sabiamente esa situación para dar contenido a su discurso inaugural. Usando de un esquema a la sazón profusamente ensayado, comenzó descargando furibundas acusaciones contra los enemigos del pueblo, de la libertad y de la justicia que se emboscaban en reductos obscurantistas y reaccionarios y se enquistaban en posiciones de privilegio para sumir a todos los hombres del mundo en la miseria y en la angustia.

El se comprometía solemnemente a terminar con ellos. Los perseguiría hasta sus mismas madrigueras y destruiría de una vez para siempre a quienes en medio del boato y la lujuria hacían escarnio de los dolores de una humanidad sometida y hambrienta.

Y también ahora, no luego, ya mismo, terminaría con la guerra, con la represión, con los campos de trabajo, con la injusticia, con el hambre y el dolor. La revolución Capital–socialista ya iniciada llegaría muy pronto a su más alto grado de radicalización y profundidad y el pueblo podría alcanzar al fin la felicidad que se merecía.

Dijo muchas cosas más, prometió todo lo que el pueblo amaba y denostó duramente todo lo que el pueblo aborrecía y terminó su discurso diciendo, con el emocionado énfasis que sabía dar a su voz: "Porque con el Capital–Socialismo no solo se vota, también se come, se cura y se educa..." con lo que arrancó de sus oyentes, junto con el más clamoroso de los aplausos, la más incondicional adhesión.

El nuevo gobierno mundial comenzó de inmediato a tomar las medidas administrativas que contribuirían a dar satisfacción a sus más genuinas inquietudes.

Su primera disposición fue la de confirmar en sus respectivos cargos a la gran mayoría de las autoridades anteriores de todas las naciones del planeta, incluyendo a no pocos de los independientes. También se confirmó, prácticamente, a la totalidad de funcionarios y empleados. Solo fueran desplazados unos pocos que, por una u otra causa, no se consideraron suficientemente leales.

Por razones de mejor ordenamiento, los antiguos países pasaron a llamarse "Regiones" y los viejos mandatarios fueron desde entonces "Autoridades Regionales".

También se dio forma institucional, mediante el dictado del correspondiente Decreto, al Consejo Sinárquico. En realidad este Consejo existía ya desde hacía mucho tiempo, mucho antes, aún, de que Ciro hubiera iniciado su maravillosa carrera, pero siempre había funcionado en una forma un tanto subrepticia.

Sus funciones eran de asesoramiento y asistencia al supremo mandatario y estaba integrado por lo más conspicuo del saber y del poder mundial. Muchos de sus miembros actuales habían recibido, como herencia, su derecho de pertenencia ya que eran hijos o nietos de antiguos emperadores, reyes, presidentes, ministros de gobierno, secretarios de estado que, en su momento, habían pertenecido a las logias masónicas, los Consejos por la Paz y los Derechos del Hombre, los "Bilderbergers", las sectas religiosas y los "Clubes de Servicios" precursores.

Como que el nuevo gobierno de Ciro era verdaderamente universal, no cabía ninguna clase de preferencia de carácter local o sectorial por lo que resultaba indispensable reubicar su sede en una ciudad que reuniera en sí todos los caracteres propios de tan alta condición.

Ciro Eligió Roma: la Ciudad Eterna. Allí, en la misma Roma, estaba el Vaticano, y en el Vaticano estaba el Papa. Bueno, el Papa, el viejo y verdadero Papa, no estaba. Hacía mucho que había desaparecido y junto con él muchos de sus colaboradores más adictos. Se decía que se había refugiado en una zona desértica y que se movía por todo el mundo visitando las comunidades católicas clandestinas donde solía rezar la Santa Misa revestido con un viejo poncho de vicuña que usaba a manera de casulla.

En el Vaticano quedaban, sí, numerosos prelados: cardenales, obispos, camarlengos y todo eso, y estaba el Vicario, o el Profeta, según se lo llamaba, que había sido designado prescindiendo de los antiguos ritos y al solo fin de afrontar una situación que se consideraba transitoria.

El Vicario había asumido hacía una punta de años, cuando, como consecuencia de las primeras persecuciones de Ciro, los pocos católicos que aún quedaban, habían debido dispersarse y el Papa verdadero había resuelto acompañarlos en su exilio restituyendo algo así como una Iglesia preconstantiniana, al decir de algunos.

Las nuevas autoridades vaticanas habían demostrado una gran comprensión y tolerancia y habían expresado de la forma más inequívoca su voluntad de convivir con el poder temporal en la más perfecta paz y armonía. Todas las formas tradicionales fueran conservadas y aun, algunas muy antiguas, restituidas. Se reimplantó el latín, que ya hacía mucho que nadie entendía, como idioma eclesial obligatorio y se evitó cuidadosamente que en encíclicas, homilías u oraciones se abordaran temas que pudieran colisionar con aspectos sociales, económicos o políticos reservados a la autoridad civil.

Cuando Ciro llegó a Roma lo primero que hizo fue visitar al Profeta. Este lo recibió en sus aposentos privados donde, durante media hora, conversaron amablemente sobre temas de interés general. Luego y rodeados de numeroso séquito, salieron al balcón desde donde saludaron a una multitud enardecida.

Desde el balcón vaticano, flanqueado por un Guardia Suizo que estaba a su derecha y por un Jenízaro que estaba a su izquierda, Ciro hizo el más extraordinario anuncio que jamás se hubiera hecho en el mundo.

Desde la fecha y como aporte supremo a la paz que se instauraba, se disponía el desmantelamiento de todos los misiles con cabezas atómicas instalados en todas las regiones del mundo.

No vale la pena ponerse a describir la reacción popular, ni los editoriales periodísticos, ni los comentarios televisivos, ni la opinión minuciosamente registrada de sabios, científicos, artistas, vedettes, futbolistas, boxeadores, etc. Todos pueden muy bien imaginarlo.

Hasta no faltó un periodista, quizás exageradamente pacifista, que sugirió a los gobernadores regionales que, emulando el maravilloso ejemplo dado por el gobierno mundial, desmantelaran sus ejércitos y destruyeran sus arsenales para dar fin, de una vez por todas, a los interminables conflictos armados que por razones fronterizas, de diversas reivindicaciones o por motivos sociales, políticos o religiosos se sucedían desde poco antes de mediar el Siglo XX en las tres cuartas partes del planeta. La crónica no da cuenta del éxito de la iniciativa.

Después del anuncio y como forma de celebrar tan fausta noticia, el Profeta agasajó a Ciro con una cena como no se había visto antes en la Ciudad de las Siete Colinas. Asistieron a ella todos los funcionarios vaticanos vestidos de púrpura y escarlata y las autoridades regionales – ex reyes y ex presidentes – luciendo hermosos uniformes o sobrias chaquetas "Mao" y todos brindaron en copas de oro, bebieron del viejo vino, disfrutaron a discreción de los más refinados manjares y gozaron hasta el hartazgo de los más antiguos y de los más modernos placeres.


10.5 ..    EL CASO DE LOS MISILES DESMANTELADOS

Cuando terminó la segunda guerra mundial, en aquel lejano 1945. las dos grandes potencias vencedoras habían llegado a un acuerdo: la mitad del mundo quedaría bajo la influencia de una y la otra mitad bajo la influencia de la otra. El acuerdo, tomado libremente y sin presiones, ya que los enemigos comunes habían sido definitivamente aniquilados, no alcanzó para disipar las desconfianzas que mutuamente se tenían.

Como primera medida, ambas se rodearon de espacios pertenecientes a terceras naciones en las que ejercieron presiones y acciones tendientes a interponer adecuadas "tierras de nadie" ante un previsible ataque de la contraria y así, la una con la "Cortina de hierro" y la otra con el "Patio trasero" sacrificaron a sus intereses y a lo que estimaban su seguridad a los pueblos inocentes que tuvieron la desgracia de estar cerca.

Pero ello no resultó suficiente. Los avances tecnológicos tanto en el orden de la cohetería como en el de la física nuclear dieron lugar a la aparición de nuevas armas cada vez más precisas y poderosas que otorgaban a sus poseedores ventajas intolerables para el adversario. Así nacieron los misiles con cabezas atómicas y así se desencadenó la carrera armamentista más terrible que pudiera concebirse. A partir de entonces no sólo los países que estaban cerca sufrieron por la amenaza de una "tercera. guerra" sino todas las naciones del planeta entero.

Claro está que, aunque nadie lo decía, los misiles y las bombas no salían de la nada. Alguien los inventaba, alguien los proyectaba, alguien los construía. Unos proveían materiales, otros partes especializadas y otros, también, ganaban mucha plata con el negocio. Mucha plata: mucho trabajo acumulado, mucha hambre no satisfecha, mucho dolor y mucha miseria de muchos hombres que no tenían ni alimentos, ni casa, ni vestidos, ni nada.

Antiguos parientes de Ciro, por línea materna y paterna, y sus eventuales consocios presinárquicos, descubrieron la posibilidad del negocio, lo estudiaron, lo perfeccionaron, con hábiles políticas consiguieron controlarlo en ambos extremos del litigio y terminaron implementándolo con recursos de tan maravillosa sutileza que el mundo quedó encadenado sin remedio en una espiral de terror y de angustia que podía ser sabiamente aprovechada.

Año tras año, nuevos descubrimientos científicos, nuevos adelantos técnicos, materiales más resistentes y la posibilidad de desatar más violentas explosiones, obligaban a sustituir misiles anticuados por otros más modernos.

Los inventores y fabricantes, con lógica absoluta, hacían conocer a los gobernantes sus nuevos hallazgos. Estos, por su parte, decían que sus respectivos países no querían agredir a nadie pero, concluían, debían disuadir a cualquier precio a su adversario exhibiendo un potencial tan poderoso como el suyo y se veían obligados, por ello, a suscribir nuevos contratos de fabricación e instalación de misiles que llenaban de satisfacción y de dinero a inventores, fabricantes e intermediarios.

A veces se levantaban voces contrarias a política tan nefanda. Algunos, muy sensatos decían: Si se han acumulado armas atómicas como para destruir cinco veces la totalidad del planeta, porqué no suprimir cuatro quintas partes de la potencia instalada; con la quinta parte restante podría destruirse de una sola vez toda la Tierra y eso ya sería bastante ¿No? Pero no convencían a nadie; pronto, aquí y allá, se producían escaramuzas fronterizas, atentados terroristas, encendidas polémicas ideológicas y cosas así, y los nuevos motivos de inquietud, difundidos detalladamente por los medios de comunicación social, convencían a todo el mundo de que la distensión aún no era posible.

Los parientes de Ciro y sus consocios presinárquicos descubrieron también que esto de la amenaza de una guerra atómica ofrecía además la posibilidad de hacer otros negocios no menos lucrativos. El solo pensar en ella tenía aterrorizada a la gente. La incertidumbre por el futuro que le aguardaba la sumía en la angustia y todos, sobre todo los jóvenes, que se consideraban sin porvenir, buscaban evadirse de una u otra forma, de la visión de un destino tan cruel. El grupo empresario aportaría el remedio: Drogas, alcohol, pornografía, trata de blancas, iniciación sexual temprana con el consiguiente incremento en el consumo precoz de estimulantes y anticonceptivos y otras cosas que ya se les ocurrirían.

Para que uno y otro negocio se desarrollaran satisfactoriamente era indispensable contar con la adhesión de una población convencida y sumisa.

Seguramente sería la ciencia la que aportara, una vez más, los recursos necesarios, y ellos, en tal caso, lo s sabrían aprovechar.

Los agentes de ventas, los publicitarios, habían abierto el camino. La propaganda podía convencer a la gente de que consumiera tales o cuales productos. Algo hacía que la preferencia de unos o de otros se pudiera volcar en un determinado sentido. Todo era cuestión de llegar al fondo de la cosa. Sicólogos, sociólogos, técnicos en estadística y especialistas en investigación de mercado unidos en una magnífica tarea interdisciplinaria penetraron en lo íntimo de las motivaciones y de los estímulos. Hurgaron en las causas y en los efectos hasta sus raíces más profundas y llegaron a establecer los métodos más eficaces para inducir a la gente a creer cualquier cosa, a querer cualquier cosa y hasta a hacer cualquier cosa iChau libertad...!

Tal es el origen de las campañas de "concientización" y de "esclarecimiento" como aquella que tan buenos resultados le había dado a Ciro Dan. Y tal es el porqué de la aparición periódica de notas, artículos, programas televisivos y películas pacifistas sobre el "día después" con los que se mantenía aterrorizada a la gente.

Un día, apenas comenzada la penúltima década del Siglo XX, se difundió una noticia bastante alarmante: algunos elementos de control electrónico de los misiles instalados por una de las grandes potencias, habían dado muestras de inseguridad, de ello podía deducirse que la información que llegaba a los comandos estratégicos no tenían la exactitud requerida y que, en definitiva, podía pasar cualquier cosa.

Los responsables de todo eso pronto dieron las explicaciones del caso, menudearon los desmentidos y entre negaciones al peligro y ponderaciones a la seguridad se trató de tranquilizar a la gente a pesar del recrudecimiento de los comentarios aterradores. De cualquier manera el asunto se olvidó muy pronto. Pero hubo alguien que siguió pensando en la cosa.

Uno de los integrantes del Pre–Consejo que entonces manejaba el negocio, quedó inquieto por las consecuencias de una falla como la que eventualmente se había detectado. Cierto es que mucho se había hablado de la posibilidad de un error humano que desencadenaría una tragedia y que no pocas veces se había alertado sobre la factibilidad de una falla técnica, pero en todos esos casos, nuevas medidas de seguridad, con el correspondiente aporte de suculentos "adicionales", habían llevado tranquilidad y satisfacción a unos y otros.

Pero, ¿si aún con todo eso el peligro existiera? ¿Si pese a todos los resguardos fuera posible la falla técnica o humana? ¿Qué sería de ellos? Y aunque ellos pudieran refugiarse en sus "bunkers" y no les pasara nada, ¿A dónde iría a parar el negocio? ¿Por qué dejar que se perdiera así, por una imprevisión, una operación tan lucrativa? Algo podría hacerse. Algo se debía hacer.

Comentó la cosa con algunos de sus socios más lúcidos y pronto aparecieron las conclusiones: si los inventores eran ellos, si los fabricantes eran ellos, si los instaladores eran ellos; si ellos mismos o su gente más adicta y comprometida hacían las especificaciones técnicas, supervisaban las obras, proveían de materiales y partes especializadas y autorizaban los pagos ¿qué dificultad podía plantearse si hacían las cosas de manera que las bombas que llevaban los misiles no pudieran explotar nunca?

Primero, tanteando la cosa y con miedo al principio, introdujeron unas pequeñas modificaciones en los detonadores que les restaron toda eficacia, dándoles el margen de seguridad que necesitaban.

Ya lanzado el proceso y cuando el negocio parecía más seguro, se produjo un incidente que pudo mandarlo al bombo.

El "grupo de trabajo" o "pre–consejo", como lo hemos llamado, que por entonces regía desde las sombras los destinos del mundo, no era, en forma alguna, homogéneo, sus integrantes provenían de distintas naciones, respondían a diversos intereses, a veces encontrados, estaban presionados por variados factores de poder que los empujaban en uno u otro sentido y si bien, en su conjunto, eran fieles al destino común que todos perseguían, entre ellos se trampeaban y traicionaban, tratando de desplazar a quien les hacía sombra en procura de un mayor grado de poder. Eso daba lugar a la caída en desgracia de los perdedores y consecuentemente, de extrañas comprobaciones policiales, crímenes inexplicables y todo eso: un prestigioso banquero que aparecía ahorcado bajo un puente, un almirante de Andinia, una región de la cola del mundo, con veleidades políticas, encarcelado por "ocultar pruebas" y cosas así que conmovían a la opinión pública de todos los rincones de la Tierra.

Pues bien, uno de esos grupos, representaba a los fabricantes y proveedores de armas químicas y biológicas. Estos querían una mayor participación en los presupuestos bélicos y hacía tiempo que presionaban para que buena parte de los misiles fueran substituidos por sus productos. Su participación en las notas descalificantes del armamentismo nuclear no carecía de eficacia.

A fin de convencer a los políticos de la eficiencia de sus sistemas, hicieron una demostración en una ex–colonia que todavía no había terminado de salir del estancamiento en que la había sumido su democrática metrópolis: Aduciendo una lamentable falla técnica, probaron que con sus gases podía matarse en menos de dos horas a más de 2.500 personas razonablemente dispersas y dejar incapacitadas a otras 200.000.

Poco después, media docena de distinguidos mandatarios de distintos países, algunos de ellos, seguramente, de buena fe, se reunieron en el mismo país para dar una declaración plena de emoción y rebosante de amor por la vida, que condenaba terminantemente la posibilidad de una guerra nuclear y pedía, enfáticamente, el desmantelamiento del aparato misilístico.

Los grandes bonetes de la política mundial ya se habían reunido y fijado fecha para seguir discutiendo el asunto en sus menores detalles.

La suerte de los cohetes, según parecía, ya estaba echada. Pero los partidarios de los misiles no se iban a arredrar por tan poca cosa. Pronto explicaron sus razones, pusieran de manifiesto las omisiones y las contradicciones de los pacifistas y no faltó quien los ridiculizara ni los medios de comunicación social que popularizaran las caricaturas.

Al fin todo quedó en nada. Los grandes bonetes se reunieron, discutieron, se infirieron mutuos agravios y salieron de las reuniones más enemistados que nunca.

Los fabricantes de bombas y misiles, chochos de la vida, decidieron seguir adelante con su plan.

No obstante todavía les quedaba una duda: comentando todo esto uno de ellos dijo, vaya a saber en que idioma:

– Si, viejo, nosotros así quedamos totalmente desarmados, pero todavía hay algunos países que están desarrollando su propia tecnología y en cualquier momento podrían hacer una bomba de verdad... Eso sí sería peligroso...

– No te aflijas, nene – contestó el viejo – les hacemos firmar el "Tratado de no-proliferación nuclear" que nos facilite la inspección de sus instalaciones y ¡Chau! – Y así se resolvió agregar un nuevo ítem a su agenda.

Solucionados estos problemitas, habiendo pasado sin inconvenientes la primera prueba, renacida pues la confianza, siguieron adelante con su plan.

El segundo paso fue sustituir los costosos materiales fisionables por otros de aspecto muy parecido pero mucho más baratos. Luego simplificaron mecanismos y sistemas que por la función asignada solo debían usarse en el caso extremo de un desesperado lanzamiento. Cada modificación introducida abarataba el producto pero, siendo siempre un "adicional" el precio que los comitentes debían pagar por él era cada vez mayor. El negocio iba viento en popa.

Para la fecha en que Ciro anunció el desmantelamiento de los misiles, éstos no eran más que carcasas multicolores rellenas con chatarra.

Pero no se crea que el negocio estaba perdido. El Consejo lo tenía todo estudiado.


10.6 ..    MÁS MEDIDAS DE GOBIERNO

La tarea de Ciro apenas había comenzado. Mucho faltaba aún para que su insaciable ambición quedara satisfecha. No le eran suficientes ni la fuerza de las armas, ni el poder político, ni el manejo del dinero. No le bastaba ni la sumisión ni la obsecuencia, no le conformaba ni el amor ni el terror.

Allí, en lo más recóndito de su ser algo muy íntimo, muy profundo, le exigía más y más. Tanto, tanto, que nada humano podía colmar nunca.

Una vez, solo una, llegó a entrever la verdadera esencia de su angustia. Y esa vez, casi desconociéndose a sí mismo, perplejo como nunca, debió recurrir a toda su energía para rechazar con violencia una idea absurda. Fue aquel día en que, mano a mano, se enfrentó con Cristo.

¡No!, Eso ¡jamás!

No. ¡Claro que no! El ya estaba jugado y no habría de aflojar precisamente cuando el éxito se le ofrecía más cercano.

Radicalizar y profundizar su política, tal era su camino y nada lo desviaría de él.

Convocó, pues, a los dirigentes Satanistas; no tuvieron que conversar demasiado, tanto él como ellos sabían bien lo que querían. Pronto llegaron al acuerdo que instrumentaría las nuevas medidas de gobierno.

Una nueva campaña de concientización puso el tema en la calle. Con el despliegue acostumbrado y con abundantes referencias a los opresores obscurantistas y a los retrógrados cavernarios, sabios y literatos, actores y periodistas abogaron por una mayor "libertad de conciencia", por la pronta supresión de "viejas ataduras espirituales" y por una profunda reforma de las "estructuras culturales". Los jóvenes satanistas aportaron, multitudinaria y bullangueramente, el calor popular, y Ciro, exigido por el clamor de las masas, se vio obligado a instituir como culto oficial a la religión demoniaca y a permitir que el pueblo mismo lo ungiera Sumo Sacerdote.

Ello no implicaba, desde luego, nuevas persecuciones: sólo las viejas.

Como bien lo recordaron los medios de comunicación a lo largo de la campaña, la luminosa Constitución que Ciro había dado a su República Unida y que ahora se reconocía como Ley Fundamental del Gobierno Mundial, consagraba como inalienables todas las libertades y derechos individuales y colectivos y su ejercicio irrestricto solo quedaba sujeto a las normas que lo regularan.

Se incluía en ello, como debía ser, a la libertad de cultos y al derecho de cada ciudadano a optar por el de sus preferencias. En tanto no interfiriera con la acción política reservada a los representantes del pueblo ni contuviera propuestas incompatibles con los sabios preceptos constitucionales, toda religión oficialmente reconocida era lícita y nada podía oponerse a su libre ejercicio.

El mundo había entrado ahora en un "Estado de Derecho" y solo era necesario que todos y cada uno de los ciudadanos cumpliera cabalmente con las leyes, decretos, códigos, ordenanzas, edictos, resoluciones, disposiciones, circulares, estatutos, reglamentos y normas complementarias y de interpretación dictadas por sus legítimos representantes y se ajustara a los usos y costumbres consagrados y a la jurisprudencia de ordinario reconocida, para que su libertad gozara de la más absoluta garantía.

¡Ojo!, pues, retrógrados y obscurantistas, que Ciro estaba ahí y como el Hermano Grande, ¡vigilaba!

Los satanistas, ganada la calle, y protegidos y apoyados por los jenízaros, impusieron su ley en todas las ciudades del mundo.

Ese natural estilo, que ya le conocemos, agravado, todavía, por la soberbia que da el poder, debía por fuerza desembocar en frecuentes choques con la buena gente que, por más que lo intentara, no podía evitar agravios y provocaciones.

Muchas veces, la lógica reacción ante tanto vejamen no se ajustaba a lo establecido en la legislación reglamentaria del ejercicio de las libertades individuales y, entonces, los jenízaros, de acuerdo con los usos y costumbres, enviaban a los protestones a los campos de trabajo. Dentro del régimen económico establecido, el sistema era insustituible, y no había la menor posibilidad de que Ciro o su Consejo pensaran en cambiarlo.

Lo que sí habían pensado Ciro y su Consejo, era la forma de reemplazar los ingresos perdidos por el desmantelamiento de los misiles.

Debía iniciarse ya la consiguiente campaña.

Esta vez la cosa fue así: Alguien, en un lugar remoto del planeta, vio descender un plato volador. Un diario dio la noticia como trascendido. Otro diario la ridiculizó.

Un sabio eminente, consultado por una emisora, sostuvo que la vida extraterrestre era muy posible. Un astrónomo notable, en un programa de televisión, dio cifras sobre los millones de estrellas que podían disponer de planetas con condiciones similares a la Tierra, y, consiguientemente de un tipo de vida similar. En el ínterin, muchos otros vecinos en muchos otros lugares, dieron cuenta de luces raras en el cielo, de ruidos como truenos en días despejados, de raras marcas de pastos quemados, y no faltó quien describiera con todo detalle a unos hombres gigantescos vestidos de plateado, que se desplazaban torpemente entre los árboles de un monte cercano.

La cosa ya estaba planteada, solo faltaba la tragedia. Y hubo tragedia.

En una pequeña aldea, solo poblada por gente buena y campesina, una terrible explosión seguida de un incendio horroroso destruyó todas las casas y acabó con todos los habitantes, la opinión pública reclamó una investigación y Ciro la dispuso de inmediato.

La conclusión fue desconcertante: debía descartarse toda posibilidad de una acción voluntaria o de un error humano. No podía atribuirse lo ocurrido a ninguna causa natural, nada, pero nada, permitía pensar en algo así como rayos o meteoritos o erupciones, ni nada de eso. De ninguna manera podía concebirse ningún grado de espontaneidad para tal cosa en tal sitio. ¿Qué, entonces?

Solo quedó flotando en el aire una absurda posibilidad que alguien, en un periódico sensacionalista bastante desacreditado, se atrevió a insinuar con timidez: Un acto hostil perpetrado por una potencia extraterrestre, quizás por vía de ensayo o con intención intimidatoria. Desde luego, nadie lo creyó.

Por ese entonces la tierra estaba azotada por muy frecuentes y muy violentos cataclismos: terremotos, erupciones, huracanes, desbordes de ríos y de mares parecían ensañarse con los más débiles y los más pobres. La miseria y el hambre generalizadas se agravaban con tales pruebas de hostilidad natural ante cuyas consecuencias el gobierno mundial y los regionales solo respondían con discursos.

Un alto funcionario, en uno de esos discursos, hizo conocer la opinión de destacados científicos sobre la evidencia que se poseía de que tales fenómenos no serían tan naturales como se creía sino que podían ser provocados por seres extraños poseedores de enormes recursos técnicos y muy perversos instintos en su afán de conquistar y someter a la Tierra.

Algunos, entonces, empezaron a creer. Y más aun cuando Ciro mismo, en otro oportuno discurso, no descartó la posibilidad de que muchos humanos resentidos: los desestabilizadores de siempre, ese veinte por ciento que había votado contra la unidad y la paz, ayudara ahora, desde las sombras en que se emboscaban, a los que querían esclavizar a la Tierra.

La gente exigió la defensa del planeta y el castigo de los traidores y Ciro juró satisfacer ambas demandas hasta sus últimas consecuencias.

Muchos nuevos misiles, más grandes y más pesados, pero igual de inútiles que los anteriores, se instalaron en todas las regiones, esta vez apuntando a las estrellas y costosos equipos, radares, telescopios ópticos y electrónicos y cosas parecidas se distribuyeron por todas las ciudades.

También se resolvió seguir adelante con los programas regionales de satélites espías, como los que otrora fueron asignados a lo que se llamó "La guerra de las galaxias", porque, si bien ahora, ninguna región nada tenía que recelar de otra, la vigilancia del espacio era cada vez más necesaria.

El costo de todo esto era terrible, pero mucho más terrible sería caer en manos de tan malvados alienígenas. El pueblo sabría afrontar con su proverbial entereza esta nueva situación no querida por nadie aunque tuviera que postergar, por última vez, sus legítimas aspiraciones a la vida más digna que se merecía.

Sólo ese 20 % de entregadores mal nacidos podían negar su esfuerzo, pero esos, todos podían estar seguros, irían a parar a los campos de trabajo.


10.7 ..    TERCER ANIVERSARIO

Cuando cumplió su tercer aniversario como Presidente Mundial, Ciro, tal cual lo había hecho en los años anteriores, dijo un hermoso discurso que recibió los más sentidos elogios de la prensa.

Poco aportaría transcribirlo porque ya conocemos bastante bien sus intenciones, su objetividad y su estilo. Mejor será, sin duda, ahondar un poco más en el conocimiento de la situación político–institucional y socio–economica del mundo en esa época y, en la medida que lo podamos, en el porqué y en el cómo se había llegado a ella.

Todo lo que hasta ahora se ha dicho de la forma de ser y de actuar de Ciro, puede haber llevado a algunos lectores a imaginar que se trataba de algo así como una especie de tirano autocrático, arbitrario y prepotente para quien no existía ni la ley ni el derecho. Nada más falso: Ciro era un gobernante democrático, elegido libremente por el pueblo, que ejercía sus funciones de acuerdo con la Constitución y las leyes, y que respetaba los derechos y las libertades de los ciudadanos según había sido legalmente establecido. Por lo menos, en todo lo formalmente exigible. No vamos a juzgar intenciones ni a detenernos en tales o cuales recursos mas o menos "modernos" e "imaginativos", ¿Verdad?

El Mundo era, según había quedado constituido a partir de la última reforma jurídica a la que hemos asistido, una República democrática, representativa y federal.

Una República: la soberanía pertenecía a todos los habitantes. Democrática y Representativa: el gobierno estaba ejercido por el pueblo quien lo hacía por intermedio de sus representantes libremente elegidos. Y Federal: Si bien existía un gobierno mundial al que la ley reservaba determinadas incumbencias, las regiones tenían sus propias autoridades su propia legislación.

Tanto el Gobierno Mundial como cada uno de los regionales estaba compuesto por tres poderes convenientemente diferenciados. El Poder Legislativo, encargado de sancionar las leyes, el Poder Ejecutivo que debía cumplirlas y hacerlas cumplir y el Poder Judicial al que quedaba reservado administrar Justicia y castigar a los infractores. Todos los cargos eran electivos y minuciosas leyes establecían el tiempo, la forma y los alcances de cada mandato.

¿Y el Consejo Sinárquico, entonces?

El Consejo era un organismo consultivo de nivel mundial, consejero y asesor del Presidente, y estaba integrado por altas personalidades provenientes de todas las regiones. No dictaba leyes ni tomaba ninguna medida de gobierno. Sólo las sugería.

El pueblo elegía libremente sus representantes entre los candidatos oficializados y muchas veces participaba en "consultas populares" que, previas "campañas de esclarecimiento", le permitían opinar sobre importantes cuestiones sin que ello implicara de ninguna manera influir sobre la libertad de acción de funcionarios o legisladores.

Las leyes no eran muy severas, más bien diríamos que eran un tanto "permisivas" y a los infractores no se los castigaba, a menudo, con demasiado rigor.

Pongamos un ejemplo: La ley para la "defensa de la Vida" aprobada con ligeras variantes por todas las legislaturas regionales, definía en un amplio y detallado articulado en cuáles circunstancias se permitía el ejercicio de la eutanasia o la práctica del aborto o de los infanticidios rituales.

También establecía con precisión las penas que correspondían a quienes se excedieran de lo estrictamente legal. No obstante, cuando el acusado podía demostrar cierto razonable desconocimiento de la ley o la bondad de sus intenciones, los jueces solían ser benignos y lo despachaban con el pago de una pequeña multa.


10.8 ..    EL ABORTO JUSTIFICADO

Una legislación que recientemente ha sido promulgada en algunos países de Europa y que tiende notablemente a difundirse por todo el mundo, establece cuáles circunstancias se estiman valederas para decidir la interrupción voluntaria del embarazo.

Al parecer la "conciencia jurídica" universal acepta como justificados los siguientes casos: Primero; Que la presencia de la criatura en el vientre de la madre afecte gravemente su salud y pueda causarle la muerte. Segundo; Que se detecten deformaciones incorregibles que pudieran dar lugar al nacimiento de un ser discapacitado. Tercero; Cuando el embarazo sea consecuencia de una violación.

El primer caso puede encuadrarse claramente en lo que se conoce como "legítima defensa": la criatura amenaza de muerte a la madre y ésta, con todo derecho, se defiende.

Imaginemos un chiquilín de cinco o seis años. No sabemos cómo ni dónde ha encontrado un revolver cargado y, entre veras y bromas, amenaza con él a su madre.

¡Te mato... mamá! dice apuntando al pecho de la mujer. Esta ve, azorada, cómo el pequeño dedo se crispa sobre la cola del disparador, repara, impotente, en el gatillo que lentamente retrocede. Presiente el fatal desenlace y entonces, muy asustada pero aun serena, alcanza a manotear un hacha y, a tiempo, parte de un certero golpe la cabeza de su hijo.

Todos comprendemos de inmediato que se trata de un claro caso de defensa propia, ella tenía, sin dudas, derecho a resguardar su vida.

Desde luego que la criatura que está en el vientre de la madre no va a usar un arma tan ostensible como un revolver cargado, ha de llevar en sí, ya que de eso se trata, otros agentes más sutiles pero igual de letales que, tanto o más que el revolver, amenacen a la mujer, y, desde luego, ésta no va a usar un hacha ¿verdad?

El segundo caso también tiene su interés. Bien puede uno imaginar todo lo que conlleva de dolor y sacrificio la presencia en una familia de un ser incapacitado.

No voy a caer en la ingenuidad de sugerir que, quizás, si se le pudiera preguntar a la criatura, ésta optará por vivir, aún con sus seguros defectos, no voy a hacer referencia tampoco a tantos casos, que la historia y la literatura han divulgado, de personas que venciendo sus naturales deficiencias físicas, dieron maravillosas muestras de su clara inteligencia y de su exquisitez espiritual. Todos sabemos que se trata de casos excepcionales.

En la Grecia clásica, las madres solían tirar a sus hijos débiles o deformes desde la cumbre del monte Taijeto.

Hoy, gracias a la ecografía, las aspiradoras y a otros notables avances científicos, nuestras jóvenes madres pueden ahorrarse muchos días de gestación y el dar el poco estético espectáculo, tan reñido con nuestra fina sensibilidad, de arrojar a sus hijos recién nacidos desde la cima de un peñasco.

El tercer caso es el de la violación: Frente a la violencia, frente a la sordidez. Ante la lascivia y el sadismo del violador. Frente a la brutalidad y su ferocidad... ¡La pena de muerte!

–¡No, hombre! ¡No! ¡Que no estamos en la Edad Media!

– No para el violador, digo, ¡Pena de muerte para la criatura! –¡Bestia!

Buenos Aires, 23 de marzo de 1984


10.9 ..   MAS SOBRE POLITICA

Como hemos visto, ni las leyes eran demasiado severas ni la justicia exageradamente rigurosa. Muchas pequeñas infracciones, pequeños delitos, siempre que no mediaran agravantes, se salvaban con pagos de multas de montos moderados.

Eso sí, del pago de la multa no se salvaba nadie.

Los delitos de tipo económico eran los más severamente castigados y dada la aplicación de "la Bestia" el monto de las multas se deducía automáticamente del "crédito" que cada uno pudiera tener. No obstante no faltó quien intentara una evasión fraudulenta y, descubierto que fue, dio con su humanidad, por muchos años, en un campo de trabajos

La justicia se aplicaba a todos por igual y los derechos reconocidos constitucionalmente se respetaban con verdadero celo. Todos eran inocentes hasta que su culpa había sido legalmente probada y el presunto delito debidamente calificado y sancionado por juez competente.

Alguna vez, vaya uno a saber por qué, a algún conspicuo funcionario o a un miembro del Consejo se le descubrió y probó una acción delictuosa y entonces todo el peso de la ley y todo el poder de la justicia cayó sobre él y lo hizo literalmente añicos.

Sobre todo si se trataba de tráfico de armas, o de drogas, o de pornografía y trata de blancas. Las leyes, en eso, eran sumamente severas, y las policías y los servicios de inteligencia llevaban un control muy estricto sobre el menor movimiento de todos y cada uno de los ciudadanos. ¡Guay de quién pretendiera "cortarse solo" y hacer negocios por su cuenta!

Digamos también que la sociedad era pluralista. Si bien existía una ideología en auge aceptada por la generalidad: el Capital–Socialismo, también obraban de hecho infinidad de matices y de tendencias. Había regiones más "Capitalistas" en las que los dueños del poder económico ejercían el poder político y las había más "Socialistas", donde los titulares del poder político manejaban a su arbitrio los recursos económicos. Había partidos "Conservadores" que querían que todo siguiera como estaba, y partidos "Revolucionarios" que pretendían cambiarlo todo. Los había "Radicales" que exigían que los cambios fueran realmente profundos y "Moderados" que unas veces estaban por el Si pero No y otras estaban por el No pero Si y también "Liberales" que sostenían que cada uno debía poder hacer lo que le viniera en gana, reviente quién reviente.

La gente con vocación política, del 2 al 3 por ciento de los habilitados para votar, se volcaba en los comités de las agrupaciones que mejor interpretaban sus preferencias y que en realidad eran las únicas entidades intermedias con vigencia.

Las viejas asociaciones, tales como las Cooperadoras Escolares u Hospitalarias, los clubes "sociales y deportivos", los sindicatos, sociedades de socorros mutuos, cooperativas y todo eso, habían prácticamente desaparecido, no por que estuvieran prohibidas ni nada de eso, el derecho de asociarse con fines útiles estaba garantizado por la Constitución, sino, simplemente, por que habían caído en desuso.

Alguien dijo una vez que eran "atisbos corporativistas" incompatibles con una verdadera democracia y más tarde, un fogoso diputado explicó que traían "tenebrosas reminiscencias medievales". Todo ello hizo que fueran desprestigiándose paulatinamente. Los sucesivos gobiernos fueron poco a poco dejándolas de lado, suprimiéndoles atribuciones, ignorando sus pedidos y ya, en la época de Ciro la "eficiencia administrativa" del Gobierno Capital–Socialista, hizo que su accionar fuera totalmente innecesario.

Los que querían podían reunirse a tratar o a discutir cualquier cosa, en cualquier parte y a cualquier hora. Nadie quería ni podía impedirlo. Pero todos debían tener bien en cuenta que el pueblo no deliberaba ni gobernaba sino por medio de sus representantes y que toda reunión de personas, con armas o sin ellas que se atribuyera los derechos del pueblo o, aún peticionara en nombre de éste, cometía delito de sedición. Por eso, si una o varias personas manifestaban públicamente algún concepto, o hacían alguna propuesta, o solicitaban algo, que por su amplitud y generalidad excedía lo que normalmente podía ser considerado como sus convicciones o apetencias estrictamente individuales, se hacía pronto sospechoso de sedición o, por lo menos de "intenciones desestabilizantes". Claro está que, en estas condiciones, los que "querían" eran cada vez menos.

Por eso los todavía "motivados" concurrían asiduamente a los comités. Allí podían hablar y discutir y hacer sus propuestas, a título exclusivamente personal, desde luego, las que eran analizadas por las autoridades partidarias y elevadas, en su caso, a los estratos administrativos que pudiera corresponder.

En algunos corrillos solía comentarse que, una vez, una propuesta que un vecino hizo en un comité de barrio había originado una "consulta popular" con su "campaña de concientización" y todo; de ahí la importancia de la "participación".

En épocas electorales, dos o tres veces por año, la actividad en los comités era realmente intensa. Todos podían intervenir con total libertad de expresión. Los medios de comunicación social estaban al alcance de todos los partidos y ningún candidato pudo quejarse nunca, con razón, de que alguna autoridad pública o funcionario del gobierno le hubiera impedido expresar su opinión.

Tanto la prensa escrita como la radio y la televisión estaban en manos privadas y el gobierno no ejercía censura alguna sobre ellas. Todos los órganos publicaban o propalaban aquello que sus propietarios consideraban de interés popular o de adecuada relevancia y desechaban, de pleno derecho, lo que les parecía inconveniente o inoportuno. La Sociedad Inter–regional de Prensa –SIP – había sido lapidaria en este asunto: "Tanto la censura como la imposición gubernamental de publicar tales o cuales notas es incompatible con una verdadera Libertad".

El hecho de que todos los medios de comunicación social, así como la provisión de papel prensa, tintas de imprenta, maquinaria, repuestos, etc. estuvieran en manos de miembros del Consejo o de algunos de sus asociados, podía explicar ciertas coincidencias en las opiniones publicadas, pero eso era una cosa meramente circunstancial.

La gran actividad política que se desarrollaba en los comités giraba de ordinario en torno de la confección de las listas de candidatos y solía dar lugar a impensadas "rupturas" y "escisiones" y también, como consecuencia de ellas, a extraños "frentes" o "alianzas" en las que Conservadores, Revolucionarios, Radicales, Moderados y Liberales se unían o separaban o, salvando diferencias, pasaban de uno a otro partido. Eso solía concluir con la renuncia de un distinguido candidato "en aras del bien común" o al sentido abrazo de "viejos adversarios".

Tanto trajín pre electoral y tanto afán condujo alguna vez también a la muerte repentina e inesperada, por infarto o derrame cerebral, de algún postulante que se perfilaba con serias posibilidades.

La puja electoral culminaba siempre con las campañas de esclarecimiento que el Gobierno Mundial y los Regionales implementaban en beneficio de la ciudadanía, donde las cosas, superada la natural confusión, quedaban, al fin, en su verdadero lugar y se concretaba, por último, en el acto comicial propiamente dicho en el que, perfeccionados artefactos electrónicos garantizaban un trato igualitario e imparcial a todos los partidos, a todos los candidatos y a todos los electores, servían, con oportuna información, al orden y seguridad del comicio y aseguraban, también, el resultado. Por lo general, éste no sorprendía a nadie pues, de ordinario, se ajustaba a lo aconsejado por las autoridades al cierre de la campaña y a lo vaticinado por las numerosas encuestas realizadas durante el proceso.

Cerremos este capítulo señalando que los mandatarios elegidos: Diputados, Representantes, Senadores, Concejales y todas esas yerbas, desarrollaban luego una agotadora y meritoria gestión en bien de la Comunidad y que si, a veces, llevados por su comprensible pasión humana, dedicaban muchas sesiones a reprocharse mutuamente las alianzas y rupturas pre–electorales, no pocas las empleaban en exponer, en largos y circunstanciados discursos, su posición filosófica, sociológica, técnica, económica, ética y propedéutica sobre la posibilidad de otorgar una pensión vitalicia a la viuda de un ex ministro muerto hacía 21 años. También aprobaban y convertían en leyes las sugerencias enviadas por el Consejo, cosa que, a veces, resultaba agobiante: una Cámara de Diputados debió aprobar en una sola noche más de cincuenta leyes ¿Qué más se podría pedir?

Es lógico, por lo expuesto, que tanto el sistema como las autoridades tuvieran el adecuado "consenso". Solo grupos minúsculos de religiosos fanatizados, en especial viejos cristianos y viejos judíos que, contrariando a sus respectivas dirigencias oficiales, se habían negado a que se les tatuara el número identificatorio de "La Bestia", quedando así marginados de toda actividad social, se refugiaban en cavernas o deambulaban por desiertos llevando una vida de subsistencia más que precaria entre ayunos voluntarios o forzosos y en medio de plegarias esperanzadas y de funciones litúrgicas muy espaciadas, muy sobrias y muy emotivas.

Los cristianos esperaban la "Segunda Venida", recibían esporádicas visitas del viejo Papa con su poncho de vicuña o de alguno de los pocos obispos que lo habían seguido y rezaban una oración muy corta y muy sentida: "¡Ven Señor Jesús!".

Los judíos, aquéllos que se habían librado, por fin, de una dirigencia que los había arrastrado, desde los tiempos bíblicos, de apostasía en apostasía, de cautiverio en cautiverio y de masacre en masacre, esperaban a Enoch y a Elías, cada vez con más frecuencia volvían sus ojos a aquel Cristo crucificado que quizás hubiera sido el verdadero Mesías, y hurgaban entre viejas escrituras y viejas profecías tratando de encontrar la razón y el sentido de todo lo que estaba pasando.

Esta gente que así vivía, lo pasaba realmente muy mal, pero la otra, la que había permanecido dentro del sistema, no la pasaba mejor.

La tendencia, ya denunciada en los Siglos XVIII y XIX, hacia una mayor concentración de los bienes disponibles en muchas menos manos, había llegado, ahora, a límites otrora inconcebibles.

Si muchas veces se había dicho que cada vez había menos ricos cada vez más ricos y cada vez había más pobres cada vez más pobres, ya ni se hablaba del tema. Los pocos ricos lo tenían todo y lo podían todo y los muchos, muchísimos pobres no tenían nada ni podían nada.

Ya ni siquiera podían robar. La definitiva sustitución del papel moneda por el "dinero electrónico" que controlaba "La Bestia" y lo astuto de su implementación, les había quitado hasta esa última posibilidad.

Ahora cada uno tenía que vivir de su "Crédito". El "crédito" no era tan solo el saldo entre lo que se ganaba y lo que se gastaba, también influían en él las diversas medidas financieras tomadas por las autoridades para asegurar la deseada marcha de la economía: posibilidad del pago en cuotas de algunos productos con la lógica deducción de los intereses correspondientes; descuento automático del costo de algunos servicios, pagos de impuestos, derechos, tasas, patentes y todo eso, retención de saldos mínimos obligatorios para el pago de servicios menores: viajes urbanos, compra de estimulantes, expendedores callejeros de agua fresca y de aire puro, y ese tipo de cosas, que no se abonaban mediante la lectura directa del número tatuado bajo la piel, sino con el uso de una tarjeta plástica provista de otro número concordante. También intervenían en la fijación del "Crédito" la aplicación de algunas disposiciones gubernamentales que impedían a quien legalmente correspondiera del uso de tal o cual servicio o de la compra de tal o cual producto o lo inhibían para la realización de tales o cuales acciones que requerían identificación y para las cuales no estaban autorizados.

Los pocos ricos tenían un "Crédito" prácticamente ilimitado y a los muchos pobres el "Crédito" se les acababa mucho antes que sus más elementales necesidades. Lo que a los pobres se "acreditaba" no tenía más sentido ni finalidad que el pan mojado en vino que se les solía dar a los galeotes desfallecientes.

Entre los pocos ricos y los muchos pobres había una franja, no muy ancha, de profesionales, técnicos, administradores, publicistas, escritores, periodistas, políticos, artistas, deportistas y hasta algunos artesanos y obreros especializados, encargados de satisfacer las necesidades y los caprichos de los ricos y de organizar los espectáculos y las concentraciones populares que, junto con las elecciones y las consultas, constituían el "circo" que los pobres recibían en lugar de "pan".

Toda esta gente tenía, por supuesto, un "Crédito" más amplio, es decir que su mendrugo podía ser un poco más grande y su trago de vino, quizás, más sabroso. Si se portaban bien podían subir algunos peldaños más: aumentar su crédito y hasta gozar, a nivel de partiquinos, de las francachelas del "jet–set". Pero a medida que subían más, más se comprometían y se hacían más vulnerables y no pocos fueron a dar con sus huesos en algún campo de trabajo por causa de los desaciertos políticos o económicos de sus mandantes.


10.10 ..   HISTORIA REPETIDA

La institución de los campos de trabajo fue, sin dudas, una de las conquistas más notables de las organizaciones defensoras de los derechos. Civiles (O.D.D.C.)

Ya mucho antes de que Ciro ascendiera al Gobierno Mundial, la "conciencia jurídica" de los pueblos civilizados había superado muchas arcaicas concepciones relativas a los delitos y a los castigos.

Las ejecuciones capitales realizadas en público, tales como la horca con castración, destripamiento y descuartizamiento que hacían las delicias del pueblo inglés de la época Isabelina o las espectaculares quemas en hogueras o el guillotinamiento de nobles previo paseo en carreta, propio de la Francia de fines del Siglo XVIII y aun las más recientes electrocuciones pasadas por televisión, habían caído totalmente en desuso.

La teoría de la "expiación" había sido sustituida por la de la "intimación" y ésta por la de la "corrección".

Viejas constituciones habían dejado establecido que las cárceles debían ser sanas y limpias y que solo debían usarse para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas y, si bien alguna vez se discutió si la ''seguridad'' garantizada se refería a la de la Sociedad frente a la acción de los delincuentes o a la de los delincuentes ante posibles reacciones de la Sociedad agraviada, pronto quedó en claro que la única seguridad que se garantizaba era la de los delincuentes.

La ponderación de ciertas actitudes antisociales de los grupos juveniles evolucionó en orden a proteger a los jóvenes de una sociedad responsable de la crisis que los impelía a delinquir y que encontraba sus motivaciones en lo inadecuado de las viviendas, en el desorden urbano, en la conflictiva e inestable institución familiar y cosas así.

La teoría de la corrección, al afirmar que el castigo tenía como única finalidad mejorar al delincuente para permitir su readaptación a la Sociedad, junto con los avances de la psicología y la psiquiatría, abrieron amplios horizontes en el tratamiento de las actividades antisociales de jóvenes y viejos y muy pronto quienes antaño eran llamados reos, delincuentes o criminales, pasaron a ser considerados rebeldes o disconformes o, en el peor de los casos, psicópatas más o menos peligrosos.

Cátedras universitarias, congresos especializados y sesudas publicaciones proclamaron y difundieron principios que pronto fueron aceptados por la sociedad en pleno.

"La comprensión psicológica del criminal no ayuda a éste con preferencia sino, precisamente, a la Sociedad" "El criminal transforma en acciones sus instintos inadaptados a la sociedad, lo mismo que haría un niño si pudiese''. "La única diferencia que hay entre un delincuente y un hombre normal consiste en que éste domina, por lo menos parcialmente, sus instintos motores criminales", etc., etc. ...

La aceptación de que toda acción antisocial encontraba su origen en un desequilibrio mental atribuible a unas u otras causas, ajenas por lo común a la voluntad del actor, determinó que el concepto "inadaptación social" sustituyera a lo que antes fue conocido como "crimen" o "delito" o "contravención" y todo, desde un homicidio hasta un desacato policial y desde una riña con lesiones a un robo con fractura o una protesta airada frente a una arbitrariedad gubernamental, merecieran similar consideración y proporcional tratamiento.

Dentro de este contexto general varias circunstancias se fueron agregando a manera de piezas de un rompecabezas que solo Ciro fue capaz de armar para configurar, por fin, un cuadro soñado por él desde el más remoto inicio de su vocación política.

Una de estas piezas la constituye una manera de entender lo que podemos llamar "justicia retributiva": el inadaptado ha causado con su accionar un mal a la Sociedad, debe pues compensar dicho mal con la realización de un bien equivalente.

Sin perjuicio de la aplicación de las antiguas penas económicas, poco a poco se fue generalizando el criterio de buscar la reparación de faltas menores con la prestación de pequeños servicios. Así, una contravención municipal, una acción imprudente, la participación en una manifestación no autorizada, de no mediar agravantes, por supuesto, pudo ser reparada con la limpieza de tales o cuales dependencias públicas o con el trabajo como peón en una lavandería o una imprenta oficial durante el tiempo que el magistrado actuante juzgara equitativo.

Otra de las piezas del rompecabezas que habría de armar Ciro fue el auge de la laborterapia como elemento de diagnóstico, pronóstico y tratamiento de enfermos mentales crónicos.

Dejemos hablar a los especialistas: "La humanidad ha evolucionado desde el fondo de la historia mediante el trabajo y el esfuerzo y es así que, desde el punto de vista individual, el trabajo y el esfuerzo son los motores de la rehabilitación". "La laborterapia actuando como un poderoso estímulo externo empuja a la formación de centros vicariantes que son los que llevan al individuo hacia su rehabilitación y resocialización". "Hacemos trabajar a los enfermos porque el trabajo útil es inherente a la personalidad humana equilibrada de tal modo que quien no trabaja ha de ser siempre un psicópata"... etc., etc.

Muchos otros conceptos expresados por los especialistas daban vueltas y vueltas en la cabeza de Ciro hasta que un día les encontró la aplicación que deseaba: "Las tareas han de ser manuales, pesadas, colectivas y al aire libre". "Antes que nada obligar a educarse a los familiares aceptando lecciones de higiene mental". ''No habrá mejoría en el enfermo si no hay un cambio adecuado en el ambiente a que debe reintegrarse". "Hasta que la familia no llore lágrimas de sangre, su enfermo no podrá mejorar". "No puede modificarse la vida de un crónico cuando hay alguien que escucha al enfermo en sus quejas o en sus caprichos". "El enfermo que siente tras de sí un apoyo en sus caprichos es incurable". ...

Y, por fin, la última pieza de este rompecabezas: "el proceso de urbanización''; Uds. ya saben de qué se trata.

Las grandes ciudades, jamás atendidas, siguieron creciendo. Más y más gente se agolpó en suburbios cada vez más desordenados, cada vez peor equipados, cada vez más sucios y contaminados. Junto con el deterioro físico creció el deterioro moral: la "secularización" se ensañó con la familia, terminó con la amistad, premió a la indiferencia y al egoísmo, el anonimato fue protegido y se instituyó la impunidad. Todas las condiciones que sociólogos y psicólogos consideraban antaño propicias a un incremento de la "inadaptación social'' crecieron hasta lo insoportable y la delincuencia juvenil y la otra, también.

Así como crecieron las grandes ciudades se siguieron despoblando las pequeñas, fueron desapareciendo las aldeas rurales y las actividades agropecuarias, cada vez más faltas de brazos, languidecieron peligrosamente. También fue cada vez más dificultoso encontrar quienes trabajaran en las minas y quienes hacharan los montes y no fue suficiente la cada vez más sofisticada tecnología para reemplazar a quienes huían del abandono y de la marginación.

Hasta aquí las "piezas", veamos ahora cómo las ensambló Ciro.

Desde que su abuelo lo inició en los secretos del manejo político, Ciro se había copado con una vieja institución y cavilaba permanentemente sobre la forma de reimplantarla en su beneficio.

Estudioso de los clásicos, coincidía con Platón en que ella era necesaria en los hechos y que bien podía formar parte de su "Estado Ideal'' y con Aristóteles en que se justificaba tanto por su carácter de institución natural como por los beneficios que se derivaban de su aplicación.

Con los juristas de la Roma clásica compartía la convicción de que el vencedor tenía derecho de vida y muerte sobre el vencido y que si aquel le concedía el inmenso beneficio de la vida, éste debía sometérsele y servirle en todo cuanto se le ordenara.

Recorriendo la historia había descubierto su similar origen en todos los pueblos y había captado el hecho, casi maravilloso, de que fue, precisamente, cuando cada uno de ellos pudo superar el estadio de cazadores o recolectores y la agricultura los hizo sedentarios y urbanizados y morigeró sus costumbres y sintieran un mayor respeto por la vida de los demás, cuando su institución preferida alcanzó las características que tanto admiraba.

¡La esclavitud!. Lástima que los tiempos la habían hecho caer en desuso. En realidad, no en desuso, sino en desprestigio, ya que, siempre, en una u otra época, o en uno u otro lugar, o en una u otra forma, unos hombres más afortunados habían logrado hacerse servir por otros hombres más desgraciados.

Según Ciro veía las cosas, había llegado ya el momento de su restitución. Claro que con otro nombre. claro que con características más adecuadas a los tiempos que se vivían... claro también que no por imposición de nadie sino en forma democrática; digo: Capital Socialista.

Ciro sabía cómo hacerlo. Tenía el Consejo integrado por los hombres más sabios del mundo provenientes de todos las países y de todas las actividades humanas, Tenía a los políticos, a las legislaturas de todo el mundo, siempre dispuestos a convertir en leyes sus avanzadas sugerencias. Tenía a toda la prensa y a todos los medios de comunicación social permanentemente inquietos por el progreso de las instituciones.

Tenía también a sus eternos "compañeros de ruta" siempre tan "útiles", y siempre igual de "idiotas". Y tenía, por fin, a su capacidad personal, su sagacidad, su voluntad de hierro y su inalterable perfidia que lo habían ubicado donde estaba.

Él sabía cómo hacerlo: Una palabra pronunciada al pasar... Una idea sugerida al oído... Una insinuación oportuna... y pronto comenzarían a pedirle que hiciera lo que más quería hacer.

Las ODDC fueron las primeras en pedir. Pidieron que se aboliera definitivamente la pena de muerte y que destruyeran en todo el mundo todos los elementos con que se practicaban las macabras sentencias.

Ciro fue más allá. Por decreto, ya que el carácter de la medida lo justificaba y "ad referéndum" de la pertinente sanción legislativa, indultó a priori a todos los que por una u otra causa pudieran ser condenados a la pena capital en cualquier parte del mundo y dispuso la destrucción de horcas, garrotes, guillotinas, sillas eléctricas, cámaras de gas, paredones, y todo eso, así como de cualquier elemento de intimidación o tormento que pudiera existir.

Se fijó un día, que fue declarado feriado de la Confederación, y en las plazas principales de pueblos y ciudades se procedió, por milésima vez en la historia de la humanidad, a la destrucción de tan horrendo equipo.

Quienes asistieron al espectáculo pudieron ver como se amontonaban cepos, grilletes, cadenas, picanas eléctricas y de las otras, avanzados "detectores de mentiras" e "inductores de la verdad", frascos de drogas desconocidas, instrumentos punzantes, quemantes y golpeantes, todos en perfecto estado de conservación y uso y en tal cantidad y variedad que nadie pudo imaginar siquiera una semana antes que pudieran existir.

Fue una fiesta que la prensa mundial destacó y ponderó como merecía.

Las ODDC. , chochas de la vida, decidieron continuar su campaña. Uno de sus integrantes, casualmente miembro del Consejo, llevó la inquietud surgida de un Congreso Mundial sobre Delincuencia y Psiquiatría acerca de la real vigencia de las instituciones penales toda vez que estaba absolutamente comprobado el carácter patológico de las actividades antisociales y lo absurdo de todo castigo. Sostenían en abono de su posición que "... la pena es para el neurótico la condición necesaria para la repetición de sus infracciones, ella purga al criminal destruyendo así sus impedimentos morales".

Basta pues de castigos inhumanos e ineficientes y paso libre a los modernos métodos de rehabilitación.

Ciro, sensible como siempre, se hizo eco del pedido y pronto dispuso la eliminación de todas las cárceles, prisiones, presidios y penitenciarías y su sustitución por "Centros de Recuperación". En realidad lo que se cambió fue el nombre, porque los edificios, los reglamentos y las autoridades quedaron como estaban, pero, sin lugar a dudas, ese solo hecho era clara expresión de una voluntad favorable.

Las reformas de fondo llegarían un poco después, ya no hubo más presos, ni detenidos, ni prisioneros, ni penados, ni siquiera internos, todos fueron desde entonces "pacientes". Los ex–carceleros recibieron cursos acelerados de enfermería, de psicología aplicada y cosas semejantes y fueron instruidos adecuadamente en el manejo de chalecos de fuerza, sábanas mojadas en agua helada, ligaduras de seguridad y de tales y cuales drogas de eficiencia comprobada.

Quienes ejercían este oficio no llegaron a extrañar los prácticos instrumentos destruidos poco antes en las plazas; pronto comprendieron que una palabra oportunamente pronunciada, una idea sutilmente sugerida o, en el peor de los casos, una droga sabiamente administrada, podían dar tan buenos resultados como los garrotazos de poco antes. Uno de ellos explicaba: "3 a 5 c.c. de trementina subcutánea profunda y pronto tenemos alta temperatura e inmovilidad absoluta. El enfermo agitado se inmoviliza y el ansioso deja de quejarse pues un simple movimiento de cualquier parte del cuerpo estimula e incrementa el gran dolor producido, y tanto el furioso como el suicida, como el ansioso, son muy respetuosos del dolor y procuran evitarlo. A los enfermos les convencen más los hechos que las palabras... "

Simultáneamente con este cambio comenzó a discutirse en los círculos especializados las virtudes y defectos de tales o cuales métodos de rehabilitación y resocialización, y pronto se destacaron los valores de los recursos que ofrecía la laborterapia.

La prensa abundó en información, dio minuciosos detalles, propició consultas y todo eso y pronto se escuchó la voz de las ODDC abogando por una rápida puesta en práctica de la moderna metodología incluyendo la destrucción de las vetustas cárceles construidas por las antiguas dictaduras, totalmente inadecuadas para el fin perseguido y la habilitación de establecimientos especiales ubicados en los lugares adecuados, donde los pacientes pudieran desarrollar las tareas al aire libre que aconsejaban los especialistas y que los conducirían a su reintegración como seres útiles a la sociedad de la que, sin culpa propia, habían sido marginados.

Ciro comprendió todas esas inquietudes, las hizo suyas y dispuso la creación de colonias adecuadas en áreas con capacidad agricolo–ganadera donde fueron trasladados los primeros pacientes. También, en la forma destacada que el tema merecía, dispuso la demolición inmediata de varias viejas prisiones, en tanto se explicó que solo se conservarían unas pocas como lugares de estada transitoria mientras se substanciaban los procesos que fuera del caso o se disponía el traslado de los pacientes a su destino definitivo.

Algo más adelante se habilitaron nuevas colonias, esta vez sin alharaca, en áreas bananeras, azucareras, boscosas, portuarias, algodoneras, arroceras, mineras y todo eso...

A esta altura de los acontecimientos ya se sentía la necesidad de un amplio debate que pusiera las cosas en claro y diera pie para el dictado de una legislación completa y coherente, que abarcara la totalidad de la problemática planteada.

No todo era miel sobre hojuelas. En un periódico muy leído, propiedad, por casualidad, de un miembro del Pre–Consejo, se decía: "Los muchachos, por un quítame ahí esos panfletos, hacen una barricada con media docena de autos ajenos y vuelcan un par de autobuses y les prenden fuego, si mal no viene con sus pasajeros a bordo y a eso ¿el Gobierno piensa remediarlo con "curitas"? ... "Somos enemigos de la represión pero también somos enemigos del desorden ..." "No queremos castigos injustos e inútiles pero tampoco nos gusta la impunidad ..."

"Nada de eso", contestaba un funcionario, "Esté segura la población de que las reformas en aplicación, al actuar sobre las causas mismas del malestar social, irán erradicando paulatinamente los motivos de rebeldía y pronto podremos gozar todos de la paz y la concordia que merecemos" ... "No tema la ciudadanía, que las fuerzas del orden, ahora como siempre, están en condiciones de impedir los desbordes de quienes, quizás por culpa de viejos errores, no han aprendido todavía a convivir con sus semejantes.''

El interés público sobre este tema crecía cada vez más; los medios de comunicación social le ofrecían cada día más espacio y la gente, por fin, terminó por no hablar de otra cosa. Fue entonces cuando Ciro dispuso la realización de una "Consulta Popular" previo debate y "Campaña de esclarecimiento" que sirviera de fundamento a la legislación comprensiva que luego habría de promulgar el Parlamento de la Confederación Mundial de Naciones.

Se abrió, pues, el debate: todo el mundo opinó, todo el mundo discutió, se hicieron propuestas, se rebatieron, hubo denuestos y agravios, hubo desmentidos, ratificaciones, dos o tres prohombres se distanciaron disgustados y otros cuatro o cinco se reconciliaron en bien de los ideales comunes; y luego el Gobierno, para finalizar la "campaña", sintetizó y aclaró todas las posiciones en beneficio del pueblo menos lúcido y por fin quedó en claro que estaban de acuerdo con el Plan y votarían por Si aquellos que amaran la Paz, quienes sentían respeto por todos los hombres y tenían plena fe en el futuro venturoso del género humano, y quienes estaban dispuestos a hacer los sacrificios que la empresa demandara a fin de que cada persona, chica o grande, linda o fea, sana o enferma, encontrara en éste, nuestro querido Mundo, un lugar propicio para desarrollarse plenamente como ser útil a sí mismo y a la sociedad de la que provenía y a la que se debía.

Solo votarían por No quienes desde siempre habían hecho un culto del odio y del desprecio a los hombres, quienes propiciaban la marginación de sus semejantes con la sola mira de dar satisfacción a su invariable egoísmo. Quienes, por prevalecer con sus mezquinos apetitos, no dudaban en poner su férrea bota sobre la cabeza de los demás.

Luego tuvo lugar la votación optativa y no vinculante. La población concurrió a los comicios en forma masiva y expuso su brazo o su frente ante las lectoras de "La Bestia" que registraron los ''números identifícatorios", autorizaron la emisión del voto, lo registraron y lo procesaron todo dentro de la programación que, a fin de evitar la "encrucijada alevosa y traidora del cuarto oscuro" había sido oportunamente implementada.

Los resultados, tal como lo habían adelantado las encuestas previas, fueran terminantes: Por Sí: 80 % – Por No: 20 % ¡Ese 20 % de siempre... Ya se sabía donde irían a parar!...

Ante tal respuesta popular el Consejo se abocó de inmediato a estudiar las dos o tres leyes que, a modo de "documento de trabajo", se iban a proponer a la legislatura para su consideración y, si ella estimaba conveniente, su oportuna sanción.

El Honorable Congreso las aprobó sobre tablas durante una sesión que terminó a las 5 de la madrugada. Había comenzado a la 3 y media por que los Señores Representantes habían debido asistir a una cena protocolar con espectáculo y "divertissement" que había terminado un poco tarde, si bien la campanilla llamando al recinto había estado sonando ininterrumpidamente desde las 17 hs. del día anterior.

Los lineamientos de la legislación aprobada fueron los siguientes:

1. u            Se instituye el concepto de que no existen "delincuentes". Todo acto de inconducta social, de cualquier origen, naturaleza o consecuencias es atribuible a circunstancias neuróticas o psíquicas, congénitas o adquiridas, de la que el autor del hecho es víctima y no culpable y que, por ello, exige de la Sociedad su asistencia y no su castigo,

2. u            No obstante lo antedicho se entiende que todo acto de inconducta implica un agravio a la Sociedad que, dentro de un contexto de "justicia retributiva" el causante debe compensar en la medida de su capacidad y posibilidades.

3. u            Ante la circunstancia de cualquier acto de inconducta social debe procederse en orden a los dos principios enunciados precedentemente.

4. a)     Con relación al agravio social los jueces determinarán en forma equitativa pero benévola, el tipo y grado de la reparación exigible. Nadie podrá ser obligado a hacer o a dar más de lo que la justicia establezca.

5. b)     En orden a las causas profundas de la inconducta es inalienable la obligación del Estado de readaptar y resocializar al causante de manera de lograr su reinserción en la Sociedad lo antes posible y con el pleno ejercicio de sus facultades.

6. u            Para el cumplimiento de lo estipulado en el inciso b) del punto precedente, se encomienda al Poder Ejecutivo que, de acuerdo con los decretos reglamentarios y demás medidas de gobierno que adopte, proceda al estudio, diagnóstico, pronóstico y tratamiento de cada uno de los casos que la justicia someta a su consideración y disponga de cada persona afectada por todo el tiempo que fuera necesario para su total recuperación.

7. u            Se recomienda, sin perjuicio de la adopción de otros métodos y sistemas que la autoridad de aplicación considere conveniente, el empleo de los principios y metodologías propios de la laborterapia a cuyos efectos se lo autoriza a trasladar e internar a los pacientes en establecimientos adecuados y a inducirlos a realizar las tareas que a su juicio mejor contribuyan a su recuperación.

8. u            En orden a la retribución por las tareas que los causantes deban realizar, debe tomarse en cuenta lo siguiente:

9. a)     Las tareas impuestas por los jueces como consecuencia del daño causado no recibirán compensación alguna, pues está claro que la única compensación pendiente es, precisamente, la que el causante debe saldar con su tarea.

10. b)     Las tareas que deba realizar el causante como terapia aplicable a la recuperación de su salud mental, recibirán igual compensación que la que habitualmente se asigna a operarios libres por la ejecución de otras similares. De los haberes acreditados por la razón precedente deberán deducirse los gastos por alojamiento, alimentación, vestuario y atención médica que produzca el causante. El saldo remanente será acreditado y retenido a su orden en una cuenta que será liberada en oportunidad en que aquel sea dado de alta.

11. u            Ya que se estima inseparables el daño causado con la inconducta social y las causas profundas que lo motivaron, cada caso considerado debe ser tratado como único y global, es decir, que a partir de la medida judicial que se disponga no habrá solución de continuidad entre el período que llamaremos de "compensación" y el que conoceremos como de "curación", de manera que el causante pueda reincorporarse a la Sociedad, al fin de su tratamiento, como una persona sana y hábil y libre de toda deuda.

12. u            Queda claro que desde el momento en que un paciente es puesto en manos del Estado, éste es total y absolutamente responsable por el comportamiento del mismo, por su salud, por su readaptación a las normas sociales y por todo cuanto aquel pueda hacer en perjuicio de sí mismo, de terceros próximos (compañeros, médicos, autoridades, etc.) y de la Sociedad en general.

13. u            La autoridad responsable podrá en cada caso disponer el lugar de radicación del paciente, asignarle tareas, impartirle enseñanzas, aplicarle medicaciones y todo lo que fuera necesario para lograr su más pronta recuperación.

14. u            Cuando la autoridad pertinente lo considere conveniente podrá encomendar a terceras personas reales o jurídicas, de reconocida probidad y solvencia, la custodia y atención de pacientes en adecuado estado de salud física y mental por el tiempo que estime beneficioso. En tales casos dichas personas se harán responsables del paciente asignado en todo lo establecido precedentemente, quedando claro que, de ninguna manera, podrán asignarle y exigirle la realización de tareas o la prestación de servicios no autorizados por esta ley.

15. u            Cuando a pesar de los tratamientos aplicados y luego de ensayadas reiteradamente las medicaciones más aconsejadas, no fueran obtenidas mejoras apreciables y se repitieran los casos de inconducta hasta poner en peligro a terceros próximos o a la Sociedad, se podrá declarar '`incurable" al enfermo considerado, cosa que solo podrá hacerse previa instrucción del sumario correspondiente y el dictamen de una comisión especial constituida por el Director del establecimiento al que pertenezca el causante, por un médico clínico, un psiquiatra, un miembro del cuerpo de atención inmediata (enfermero) a cargo del causante y un compañero de éste en adecuado grado de lucidez.

16. u            En caso de declararse a un enfermo "incurable", será de aplicación lo previsto en los artículos 105 a 117 de la Ley de Defensa de la Vida, Capítulo V (De la Eutanasia).

17. u            Dada la importancia que para la recuperación del causante tiene el comportamiento de su medio familiar, todos los familiares y parientes del causante que la autoridad competente considere necesario, deberán estar a su disposición y realizar los cursos de higiene mental y acciones concomitantes que resulten aconsejables. Si el ambiente familiar al que debe reintegrarse el enfermo luego de su curación no ofreciera suficientes garantías podrá postergarse el alta del causante.

En una de las leyes aprobadas se convalidaba y ratificaba todo lo hecho por el Poder Ejecutivo hasta la fecha y se lo recomendaba el pronto dictado de los decretos reglamentarios y normas de aplicación complementarias y la inmediata puesta en vigor de todo lo dispuesto.

Los últimos artículos eran "de forma".

La divulgación del texto de estas leyes motivó los más elogiosos comentarios de la prensa escrita y televisiva, y, si bien hubo algunos tímidos comentarios si no adversos, al menos dubitativos, éstos pasaron prácticamente inadvertidos.

Las ODDC, manifestaron su conformidad en principio pero advirtieron que permanecerían permanentemente alerta para exigir el estricto cumplimiento de todos los derechos de los que el hombre había sido constantemente desposeído.

Ciro, como no podía ser menos, puso en práctica de inmediato lo aconsejado por la legislatura, dictó los decretos y normas del caso en uno de los cuales se delegaba en organismos de menor jerarquía: tribunales de faltas municipales, destacamentos de los cuerpos de seguridad, etc. muchas de las atribuciones concedidas por la ley, de manera de agilizar los trámites y evitar que la eterna burocracia obstaculizara el logro de los altos fines perseguidos.

A poco de andar la cosa, se generalizó el nombre de "Campos de Trabajo" conque la buena gente había empezado a reconocer a los "Centros de Recuperación" y el mismo Ciro, sin inmutarse desde luego, usó este nombre cuando en el ardor de sus frecuentes discursos debía anatematizar a los siempre emboscados obscurantistas, retrógrados, conspiradores y desestabilizadores.

Algún pensador dijo una vez que toda civilización, toda cultura, podía ser juzgada sobre la base de la pregunta "¿Cómo trata a la gente?".

Veamos nosotros, para terminar esto, como fue tratada, en definitiva, la gente a partir de la aplicación, a la manera Capital–Socialista, de las leyes que hemos comentado.

Todas las personas que desde tiempo atrás vivían en "libertad condicional" pudieron pronto, por obra de cualquier incidente grande o pequeño, ser obligados a prestar servicios, grandes o pequeños, donde la autoridad de aplicación de la ley: comisarios, jueces de paz, etc., lo dispusiera. Al comenzar el período de "compensación" se iniciaban los primeros estudios tendientes a determinar la procedencia o no de un período de "curación".

En esta etapa alcanzaban singular valor las amistades, antecedentes, prácticas políticas o religiosas del causante y todas esas cosas.

La primera disposición quedaba al arbitrio de la autoridad actuante que, sin dilaciones ni burocracias inútiles elevaba el asunto al tribunal inmediato superior. Este podía disponer, prima facie, los estudios correspondientes y el causante permanecía "demorado" en alguna de las viejas cárceles subsistentes haciendo "pequeñas tareas" hasta que se disponía su destino definitivo,

En esta etapa influía mucho la opinión que del sujeto se formaban las autoridades que le trataban de cerca. El tipo protestón, el indolente, el que se indignaba ante los malos tratos, el que expresaba ideas contrarias al gobierno a al sistema, etc., podía estar seguro que sería sometido a un largo "tratamiento". ¡Ni pensar lo que podía pasarle al que intentaba fugarse o encabezaba un motín!

Verificada su condición de "enfermo" se le instituía como "paciente" y comenzaba un "tratamiento" que nadie podía aventurarse a predecir cuanto duraría ya que ello dependía de las condiciones del enfermo para superar su mal.

Simultáneamente las asistentes sociales actuaban sobre la familia del causante a fin de proceder a su "educación mental" y el reacomodamiento necesario para recibir a su pariente cuando volviera "resocializado". Bien puede comprenderse que una desobediencia flagrante o una protesta airada podía dar lugar a que se "incoara un nuevo proceso".

El paciente en tratamiento era trasladado de inmediato a un Centro de Recuperación, digamos, a un Campo de Trabajo donde se asignaban tareas: Trasladar sobre la cabeza enormes cachos de bananas, cuidadosamente envueltas en pliofilm desde las plantaciones hasta los embarcaderos o las factorías distantes varios kilómetros; Cosechar algodón, embolsarlo y cargar los bultos hasta los depósitos; Cortar caña dulce, recolectar arroz, trabajar en las minas y salinas, hachar quebracho y fabricar durmientes, trabajar de estibadores en los puertos y, si tenían bastante suerte, realizar las viejas tareas rurales.

Los que tenían más suerte y contaban con las adecuadas recomendaciones podían ser "encomendados" a alguna personalidad que cuidaría de ellos y le asignaría tareas más civilizadas.

A las muchachas, sobre todo, se las trataba con mayor consideración y si eran bonitas y dóciles podían, al principio por lo menos, pasarla un poco mejor. Después la cosa se les complicaba.

Las revisaciones médicas periódicas, cada 6 meses, podían determinar que un, enfermo había asimilado el tratamiento y está en condiciones de reintegrarse a su familia, sí ésta también lo estaba. Lo habitual era que, por una u otra causa, debiera postergarse la decisión por un nuevo período, A veces un acceso de rabia o una profunda depresión en el causante determinaba que las autoridades inmediatas lo consideraran "incurable" y... bueno ...

Algunos sin embargo "curaban", y volvían a sus hogares destruidos físicamente, apáticos, catatónicos, pero eso sí, sumisos y obedientes. Se podía aplicarles legalmente las previsiones del famoso Capítulo V, pero la buena gente se resistía.

Ciro, desde su despacho, repasó satisfecho los resultados obtenidos. Con una sola medida había resuelto unos cuantos problemas bastante difíciles.

Había logrado la "colaboración" de la ciudadanía para la realización de una gama de tareas urbanas no especializadas que no contaban con muchos adeptos y pesaban bastante en los presupuestos municipales. Había superado uno de los más graves problemas planteados por el "proceso de urbanización" y tenía asegurada la mano de obra necesaria para la totalidad de la producción primaria.

Había conseguido controlar las rebeldías juveniles y las seniles y solo podrían manifestar, por lo menos por segunda vez, quienes él autorizara.

Tenía bajo control muchas familias, que no eran sino semillero de disconformes y que en lo sucesivo tendrían que hacer buena letra si querían conservar a todos sus miembros.

Se había sacado de encima a las ODDC que ya no jeringuearían por un buen rato.

Disponía de un adecuado número de "ayudantes" que podían servirle a él o a quienes él quisiera y que constituían un buen premio y estímulo entre sus seguidores más leales.

Ciro se quedó pensando..., "Los clásicos tenían razón", fue su conclusión.


10.11 ..    DERECHOS Y LIBERTADES

No podemos dar por terminada esta reseña sin dedicar algunas palabras a la libertad y a los derechos.

Como hemos visto a lo largo de este trabajo, la Libertad fue otorgada por Dios Padre al hombre e incluida, como factor determinante de su propia naturaleza, desde el instante mismo de su creación, y El mismo la respetó y la defendió en todo momento de la manera más inequívoca.

¿Adónde había ido a para esa libertad del hombre, así creada, así exigida y así preservada, que tantos desvelos había causado a los programadores de la Comp–Sal–Pro?

El hombre, desde siempre, tuvo en mucho ese maravilloso regalo de Dios e hizo cuanto pudo por preservarlo y gozar de él. Pero, también desde siempre, el ejercicio de la libertad de cada uno tropezó con la de los demás. Después de la ruptura del Hombre con Dios, vino la ruptura del Hombre con el Hombre y, en los comienzos mismos de la Sociedad, Caín, que fue incapaz de aceptar el derecho de Dios de preferir al más débil, usó de su libertad para matar, por celos, a su hermano.

Desde entonces la historia de la humanidad es la historia del fratricidio. La lucha de cada hombre es la lucha por su libertad, aún al precio de la libertad de los demás. Y. frente al mandato de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo, la opción más generalizada ha sido por el egoísmo y por el odio.

Cierto es que en todos los tiempos muchos trataron de poner cierto orden en este encontrado juego de las libertades de unos frente a los derechos de otros y de los intereses de algunos frente a las necesidades de los demás, y, en cada época, de acuerdo con lo que alguien llamó "conciencia jurídica" se procuró establecer normas que habrían de lograr las relaciones sociales supuestamente más adecuadas entre las personas entre sí y entre las personas y las cosas. A este conjunto de leyes y disposiciones se le llamó "Derecho".

A fines del Siglo XVIII se definió lo que se consideró como derecho fundamental del hombre entendiéndolo como inherente a la propia persona humana, inalienable y necesario al propio desarrollo individual y social. Los derechos del hombre se particularizaron y enumeraron y se incluyeron en las primeras "Constituciones" que se formularon en esa época para regir las relaciones entre el Estado y los ciudadanos.

Esas "constituciones" fueron copiadas y ligeramente adaptadas por las diversas naciones que sucesivamente fueron alcanzando su vida independiente y con ligeras modificaciones llegaron a ser el punto de partida de la que Ciro Dan había redactado para su "República Unida" y que luego fue adoptada como ''Ley Fundamental del Gobierno Mundial".

Todas las "Constituciones", palabras más, palabras menos, se proponían otorgar la libertad a todos los ciudadanos, asegurar la paz interior y exterior, promover el bienestar general, afianzar la justicia, y todas esas cosas. Todas garantizaban a los ciudadanos por igual, sin distinción de estado o condición alguna, el ejercicio de aquellos derechos consagrados en 1789 y en 1948: Derecho a la vida, a la libertad, a la igualdad ante la ley, a la seguridad personal y social, a la propiedad, a constituir una familia, a trabajar, a asociarse, a pensar, a tener y practicar una religión, a publicar las ideas por la prensa sin censura previa, a enseñar y aprender, etc., etc., etc. Todos esos derechos podían gozarse libremente tan solo condicionados por las leyes que reglamentaran su ejercicio. Como los constitucionalistas, incluyéndolo a Ciro, bien se palpitaron que las leyes reglamentarias podían alterar el ejercicio de todos los derechos y de todas las libertades, agregaron en las constituciones uno que otro artículo que garantizaba las garantías.

Pero con eso y todo, esas leyes, y quien dice leyes, dice también todo ese fabuloso espectro de medidas de gobierno que hemos visto en 10.6., rodearon a las libertades, a los derechos y a las garantías de tanto engorro y complejidad que su ejercicio se volvió poco menos que ilusorio.

Mucho antes de que Ciro y su Consejo perfeccionaran el sistema hasta alcanzar su más alto nivel, ya todo era difícil y complicado. Estaba garantizada la libertad de trabajo que, en sus diversas formas, gozaba de la protección de las leyes que aseguraban al trabajador condiciones dignas y equitativas de labor, jornada limitada, descanso y vacaciones pagas, retribución justa, salario mínimo, vital y móvil, igual remuneración por igual tarea, participación en las ganancias de las empresas, con control de la producción y colaboración en la dirección, protección contra el despido arbitrario y estabilidad. Cualquiera podía trabajar siempre y cuando, claro está y según el caso, se tuviera título habilitante debidamente legalizado e inscripto en el Ministerio del Interior y de Educación y Justicia o de Relaciones Exteriores y Culto y en el Consulado correspondiente ya se tratara de trabajar en el propio país o en el extranjero, se estuviera inscripto en la Matrícula Profesional y al día con la Tesorería. Se contara con la Libreta de Trabajo, el Certificado de Salud expedido por Bienestar Social, el Certificado de Buena Conducta expedido por la Policía, el Documento Nacional de Identidad con el último domicilio debidamente certificado, el Carnet del Sindicato, la Tarjeta de la Obra Social; si se aprobaba el examen de idoneidad, el test vocacional y la encuesta motivacional; si se superaban los tres meses de trabajo a prueba y, sobre todo, si se conseguía trabajo.

Si no se conseguía trabajo, también se podía trabajar como artesano o vendedor ambulante si uno disponía de los mismos documentos y certificados señalados más arriba y si además cumplía con las ordenanzas municipales y los edictos policiales y si se instalaba en lugares permitidos y no circulaba por sitios prohibidos. Si el guarda del tren no le impedía vender sus productos y el colectivero le permitía ofrecer su mercadería a los pasajeros.

También se tenía derecho a navegar, entrar, permanecer, transitar y salir del territorio nacional, siempre que, según los casos, desde luego, se tuviera el Pasaporte actualizado por la Policía previo trámite y obtención del Certificado de Buena Conducta y el de Libre Deuda expedido por la Dirección General Impositiva, se sacara el Certificado de Vacuna Internacional, se obtuviera la Visa en el Consulado correspondiente y el Visto Bueno de Inmigración, si además se adjuntaba una declaración jurada legalizada ante Escribano Público debidamente registrado por la que se garantizaba el medio de vida permanente del causante en su país de origen y su formal renuncia a toda gestión para obtener trabajo o realizar cualquier otra actividad en el país visitado, si no se pretendía sacar de un país o entrar en otro productos no autorizados ni se intentaba llevarse una cantidad de dinero superior a la permitida o ingresar una inferior a la exigida y desde luego, si se disponía del correspondiente pasaje, expedido en forma reglamentaria, para un medio de transporte legalmente autorizado.

Pero éstas no eran más que pequeñas dificultades, comunes a toda organización administrativa y originadas, a veces, en cierto exceso de celo por parte de los funcionarios. Debía contarse, además, con aquellas propias de los "usos y costumbres" o de ciertas "corruptelas" de ordinario toleradas y que sumaban impedimentos mucho más difíciles de salvar a los que por sí sola ya oponía la mera aplicación de la ley. Así, por ejemplo, para conseguir trabajo se requería: no tener menos de una determinada edad ni más de otra; acreditar una adecuada antigüedad y experiencia en las tareas que se aspiraba a desarrollar; dar cuenta de los empleos anteriores, con indicación de razón social del empleador, ubicación del lugar de trabajo, tiempo de permanencia en cada uno, etc. y explicando con claridad y en calidad de declaración jurada, las razones por las cuales habían sido dejados; exhibir los comprobantes, certificados y recomendaciones que se solicitaran; tener buena presencia, no menos de tal estatura, afeitarse la barba, o dejársela crecer; vivir en una casa decente (nada de conventillos o Villas Miserias, por supuesto), ser soltero o soltera, declarar su voluntad de no contraer matrimonio; no tener hijos y comprometerse a no tenerlos mientras se permaneciera en el puesto, ofrecer una garantía pecuniaria proporcional a los bienes que el futuro empleado pudiera llegar a manejar; firmar un contrato por un año que, con los recaudos correspondientes, podría ser renovado a su vencimiento de tal manera que el empleado no pudiera acreditar nunca una antigüedad mayor; dejar la renuncia firmada con la fecha en blanco y firmar recibos por los montos que se le exigiera, mayores o menores, a lo realmente percibido, a fin de facilitar los manejos financieros del empleador. Esto, sin contar con las habituales "prestaciones extraprofesionales" que las chicas y "anche" los muchachos se veían compelidos a satisfacer ante los requerimientos, no siempre sutiles, de sus superiores con poder de decisión.

Cierto es que había leyes laborales que preveían todas estas cosas y castigaban los abusos y todo un Fuero del Trabajo con Jueces, Camaristas y todo eso, pero esa máquina empezaba a funcionar cuando alguno de los que habían conseguido empleo era despedido sin causa o no se le pagaba lo estipulado o cosas así y, ya se sabe, si bien la mitad de los abogados laboralistas ayudaba a los empleados, la otra mitad ayudaba a los patrones.

Mucho más fácil resultaban las cosas si uno se decidía a trabajar por cuenta propia. Lo único que hacía falta era tener dinero. Dinero para comprar el "Fondo de Negocio" o la "Llave''; para comprar el edificio o alquilar el local; para ponerlo "decente" y hacerle los arreglos y reformas exigidas por la Municipalidad para autorizar su habilitación, para conversar con los inspectores, para pagar los derechos, permisos y patentes del caso, para conseguir el teléfono, comprar la mercadería, conversar con los corredores y distribuidores en procura de un abastecimiento regular, proveer de ropa de trabajo a los empleados para que no desmerecieran la presentación y cosas así.

Más fácil todavía era dedicarse a la artesanía o ser vendedor ambulante. Solo se necesitaba dinero para comprar los materiales y las herramientas, disponer de un local donde trabajar, de un vehículo en el que transportar la mercadería; hacer una buena presentación a fin de ganar por concurso una plaza aceptable, conversar con los inspectores, pagar los certificados, patentes, permisos y derechos establecidos, afiliarse al gremio correspondiente y pagar la cuota de "protección"; hacer un regalito al guarda del tren o al colectivero y cosas así.

En todo caso, el disponer de dinero facilitaba mucho las cosas y no tener dinero... bueno... ¡No tener dinero!

También era conveniente tener dinero para ejercer el derecho constitucional de entrar y salir del país y todo eso. Los trámites se hacían más fáciles si uno estaba dispuesto a pagar algo más por ellos. Había gestiones "Urgentes'' o ''Preferenciales" que costaban unos pesitos más y una que otra "atención" o "cortesía". Era más fácil conseguir el pasaje en el medio, la fecha y el horario elegido. Se podía obtener una mejor ubicación, una atención más solicita, menos problemas con el equipaje, esperas más confortables – salones VIP y todo eso – si uno disponía del dinero necesario. Y si uno no tenía dinero... bueno... ¡No tener dinero...!

Y exactamente con todos los demás derechos y libertades consagradas por la Constitución y las leyes: Acceso a una vivienda digna: Si uno tenía dinero y la podía comprar pagándola al contado; o si contraía una deuda hipotecaria a pagar en cuotas actualizadas más sus intereses, de acuerdo con el régimen establecido por la Circular tal, reglamentaria de la ley cual, cosa que implicaba que cuanto más se pagaba, más se debía, hasta que el saldo de la deuda superaba, a igualdad de moneda, el valor de la propiedad y uno seguía pagando toda la vida o le sacaban la casa y lo dejaban sin nada.

También podía acceder a una vivienda digna si suscribía un contrato de alquiler presentando los correspondientes codeudores y garantías y se comprometía a pagar puntualmente los impuestos inmobiliarios, los servicios de obras sanitarias, las expensas ordinarias y extraordinarias y declaraba bajo juramento que en la casa no iban a habitar niños pequeños, ni perros, ni gatos; que el inquilino no era jubilado, que no estudiaba música, ni ejercía en la casa profesión, trabajo o comercio alguno y si, desde luego, pagaba por adelantado el monto total del contrato por 24 meses de alquiler, más dos meses de garantía y otros dos meses de comisión a la Empresa Inmobiliaria, todo ello, preferiblemente, en moneda extranjera.

Publicar por la prensa sus ideas sin censura previa: No siempre los gobiernos lo creían prudente y unas veces por unas razones y otras veces por otras, todas muy atendibles, por supuesto, consideraban oportuno suprimir tal franquicia. Pero cuando no los gobiernos, tampoco lo facilitaban las editoriales las que, por disposición de sus propietarios, o de sus directores, o de sus secretarios de redacción, solo publicaban las ideas que se les daba la gana; o la parte de las ideas que les gustaba y la parte que no les gustaba, no; o las publicaban junto con comentarios, agregados, intercalados, reticencias y todo eso que desnaturalizaban su sentido e inducían a error a los desprevenidos lectores, luego vendrían las aclaraciones, rectificaciones y demás.

Por ello, para publicar las propias ideas por la prensa – dejando a un lado la siempre posible intervención estatal, desenfadada o subrepticia – era necesario: ser propietario de la editorial, disponer de imprenta propia o, en su caso, conseguir una que se animara a hacer el trabajo, conseguir el papel, conseguir las tintas, conseguir los avisadores superando los distintos tipos de boicots o listas negras al uso, evitar los conflictos gremiales, obtener el visto bueno de los "recorridos" y la buena voluntad de los canillitas y arriesgarse a la bomba o a la pateadura que lo mismo podía venir de la derecha, de la izquierda, del centro, o de tales o cuales intereses.

Pero eso era antes. Más tarde, en los tiempos de Ciro Dan, todo fue mucho más simple. El que tenía "crédito" podía hacer lo que quisiera y cuando lo quisiera, y el que no tenía "crédito" ni intentaba siquiera hacer nada. Y, si por un casual muy poco probable, alguien que tenía "crédito" intentaba hacer algo inconveniente, muy pronto se quedaba sin "crédito" y... ¡Chau picho!

No obstante debemos decir, para ser justos, que, en realidad, el ejercicio de las libertades individuales, ya desde los viejos tiempos, había progresado mucho. Se habían acabado para siempre los prejuicios arcaicos y las restricciones pacatas. Podía pues vivirse en plenitud y nadie tenía por qué meterse en la vida de nadie, Cada uno era artífice de su propio destino y podía hacer, si le venía en gana, de su brazo una trompeta.

Clubes había, como el Antillenne, el Indicienne o el Cantabricienne, con muy lujosas instalaciones ubicadas en los lugares más hermosos del mundo, donde cualquier persona, por el adecuado pago en dinero o en "crédito", según las épocas, podía gozar con absoluta libertad del mejor paisaje, del mejor alojamiento, del mejor menú, de la más adecuada compañía, de los espectáculos más sofisticados, de las más inauditas experiencias y de los ritos más espeluznantes, todo ello con la exacta dosis de música, ritmo, luz, color, aromas, sabores, caricias, estimulantes, sexo y sangre, que expertos psicólogos programaban para cada caso personal y para cada presupuesto.

Los que no tenían tanto dinero o tanto crédito para todo eso, podían gozar también, aunque con ciertas limitaciones, de todos esos avances de la libertad individual. Podían mirar las tapas de las revistas pornográficas al pasar frente a los quioscos, o a las mujeres desnudas de los carteles publicitarios, o extasiarse ante las vidrieras de los "porno–shop" y ante las carteleras de los "porno–show" y más aun, si estaban dispuestos a sacrificar alguna porción de su "crédito" o su dinero, podían comprarse una botella de licor y emborracharse, o fumarse unos porritos de marihuana, o pasar un rato ameno en alguna "casa de masajes" o alcanzar la máxima emoción en un servicio vudú o, demoníaco. Todo, claro, dentro de las leyes que reglamentaran su ejercicio.

Pero nada de esto tiene nada que ver con la libertad. Esto no se refiere más que a ciertas franquicias o licencias que en algunas épocas de la historia, los hombres consideraron conveniente otorgarse a sí mismos, y que, con el éxito que hemos podido apreciar, implementaron con las normas jurídicas comentadas más arriba.

La libertad, el maravilloso regalo de Dios, es otra cosa. Recapitulemos un poco: habíamos visto en 3.6. que el hombre no podía ser considerado, en modo alguno, como una nueva familia de animales. Y no podía serlo por que su presencia en la Naturaleza introducía tres nuevas condiciones inéditas hasta el momento de su aparición: el discernimiento, la libertad y la voluntad. El discernimiento para distinguir intelectualmente entre lo verdadero y lo falso y entre lo bueno y lo malo. La libertad, para elegir entre las alternativas planteadas por el discernimiento. Y la voluntad, para ordenar la propia actividad en procura del bien libremente elegido.

Dijimos también que el hombre tenía conciencia, es decir, tenía conocimiento reflexivo de sus propios procesos psíquicos y por ello, por saber que tenía discernimiento y podía juzgar y que tenía libertad y podía elegir y que tenla voluntad y podía querer, el hombre aparecía ante sí mismo como responsable de sus propios actos y de su propia vida.

Como ya vimos en 2.5., el hombre era así y tenía esas condiciones por que Dios Padre, expresamente así lo había querido. Porque lo quería responsable y meritorio, porque ese ser nuevo, distinto a todo lo preexistente, habría de ser su colaborador en la permanente recreación de! Universo y participante y heredero luego, por propio derecho, de Su Gloria eterna y ese destino tan maravilloso exigía una dignidad que nada de lo creado había tenido antes ni tendría después.

El mérito de cada hombre, que habrá de ponerlo en el Cielo por su propio derecho, solo puede fundarse en su responsabilidad. Y la responsabilidad del hombre solo puede encontrar su origen en la libertad.

Es cada hombre, solo frente a sí mismo, quien elige: Blanco o Negro, Verde o Colorado. Y esa elección solo es posible ante el cabal conocimiento de las cosas. Para optar por una u otra hay que reconocer con claridad las diferencias que las separan. Y para ello es indispensable captar la información que envían los sentidos, cotejarla con los datos que aporta la memoria, elaborar, el cúmulo de detalles y matices que cada cosa trae consigo, verificarlos, sopesarlos, pensar, razonar y luego, por fin, decidir.

¿Qué pasó con todo eso?

Hemos visto en 10.5. el origen de las "campañas de esclarecimiento'' tan habituales en los tiempos de Ciro.

Todo había comenzado con la propaganda. El primer ser humano que usó de la propaganda fue una mujer: Eva; cuando le ofreció la manzana a Adán, diciéndole que era buena. Pero no fue ella la que la inventó. "La serpiente era el más astuto de todos los animales... y dijo a la mujer: De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comieres del árbol se os abrirán los ojos y seréis como dioses... No cabe la menor duda: la propaganda es un invento del Demonio.

Desde entonces y hasta hoy, siempre hubo quienes pretendieron orientar la voluntad de los hombres en beneficio propio y quienes no trepidaron en usar de la falsedad y de la mentira si ello resultaba útil a sus fines.

Los especialistas suelen distinguir, con inteligentes especulaciones, a la propaganda de la publicidad. La primera tiende a captar adeptos para tales o cuales ideologías o determinados puntos de vista en cuestiones socio económicas; la segunda se orienta, más bien, a hacer conocer las bondades de unos u otros productos y servicios sin intentar, en forma alguna, influir sobre la decisión del público. La una se aplica a cosas de la política, es propia de regímenes dictatoriales y totalitarios y solo puede conducir a la gente a un destino fatal de esclavitud y miseria. La otra es solo un aspecto más de la producción y el comercio, se vincula con la economía de mercado, con la libre empresa y con el adelanto tecnológico puesto al servicio de la Comunidad, su única finalidad es que cada vez un mayor número de personas tenga un fácil acceso a productos necesarios a la felicidad del hombre y el resultado de su gestión no puede ser otro que el logro de un mundo más pleno y de una humanidad más realizada.

Los propagandistas son malos y feos.

Los publicistas son lindos y buenos.

Los mismos especialistas convienen en ubicar el origen de la propaganda, tal cual hoy la conciben, en el transcurso de la Primera Guerra Mundial, en particular con la aparición y el desarrollo de la radiofonía y el de la publicidad, si bien estiman que ha existido siempre, lo asocian con el auge de la producción en masa, del "confort" del cual es padre y de las modernas técnicas que le proporcionan extraordinarios medios de difusión y de persuasión. Según su análisis, ciertos desvíos de la publicidad han podido favorecer el consumo de productos ineficaces, dudosos y hasta nocivos. Con el apoyo de la psicología moderna (a la que algunas veces ha precedido en sus descubrimientos), aprovechando los estudios sobre reflejos condicionados y reacciones masivas, ha llegado a aprovechar las pasiones y los apetitos y lo más irracional del hombre.

Pero claro, concluyen, éstas son solo deformaciones inevitables en toda actividad humana que no alcanzan a empañar los extraordinarios beneficios de la gestión publicitaria y el hecho, comprobado a diario, de ser un motor de la economía, una extraordinaria fuente de empleos, un incentivo para el arte en todas sus expresiones y un semillero de verdaderos talentos.

Ya, desde mucho antes de los tiempos de Ciro, esas "lamentables deformaciones" habían demostrado su indiscutible eficacia e iban logrando, poco a poco, el más completo manejo de las reacciones de la gente frente a las situaciones que le planteaban.

Frente a una cosa tan inocente como el consumo cotidiano, por ejemplo, Pronto pudo concluirse que mucho mejor negocio se hacía si la gente adquiría algo, no porque fuera mejor o más barato, sino porque tenía "más prestigio" o daba "mejor imagen". Así, aquello de ilustrar al público sobre la naturaleza, la calidad, la cantidad o el costo de un producto fue al poco tiempo sustituido por medidas orientadas más bien a evitar y dificultar el conocimiento de tales condiciones y a despertar en cambio reacciones de simpatía y adhesión fundadas en falsas asociaciones con cosas atrayentes que nada tenían que ver con lo que se pretendía adquirir.

Fue así que, en un momento dado, resultó imposible a un ama de casa frente a la góndola de un supermercado, asociar en forma más o menos inmediata el tamaño de un envase con la cantidad de producto que contenía, la cantidad de producto con su precio por unidad de medida, el precio por unidad de medida con la calidad reconocida y la calidad reconocida con la nomenclatura usada en el despliegue publicitario.

Algunas señoras vivarachas y muy tecnificadas llevaban a la compra sus maquinitas de calcular, con la intención de dilucidar si un envase "Supereconómico" que contenía 1.235 gramos de un producto de calidad "Especial'' a un costo de 385 pesos, resultaba más conveniente que otro de tamaño ''Familiar" con 518 gramos del mismo producto de la misma marca, pero en calidad "Ultra" al precio de $ 181,63. Pero quedaban totalmente desconcertadas al terminar las cuentas. Y de nombres de productos, variedades, calidades, etc., ni hablemos. Una comida semi–preparada, cuyo nombre comercial era ''Arroz a la Valenciana" declaraba en su envase estar compuesta por: Arroz, Verduras deshidratadas, Especias, Proteínas, Leche en polvo, Cloruro de Sodio, Glutamato, Cúrcuma y Colorante, Saborizante y Conservador autorizados; y otra comida, también semi–preparada, cuyo nombre comercial era "Risotto a la Italiana" informaba que sus componentes eran: Arroz, Verduras deshidratadas, Especias, Proteínas, Leche en polvo, Cloruro de Sodio, Glutamato, Cúrcuma y Colorante, Saborizante y Conservador autorizados.

En definitiva, quien quería elegir, debía decidir por el color del envase, las bellas fotografías de la Corrida de Toros o de los Canales Venecianos que los ilustraban, las bonitas letras de su rótulo, lo pegadizo del "jingle" conque había sido anunciado o los esculturales cuerpos de la rubia o la morenita que hacían la presentación.

Todavía quedaba la posibilidad de optar por el prestigio de la marca o la responsabilidad del fabricante, pero ambas cosas estaban cimentadas también, en los colores, las fotografías, los bonitos rótulos, los "jingles" pegadizos y las despampanantes mujercitas desnudas que acompañaban, en los afiches y en los programas de televisión, la presentación de sus productos.

Y esto, con las lógicas y oportunas variantes, era igual para todo producto y para todo servicio.

El sistema, como todo entre nosotros, fue "progresando" y "perfeccionándose". Más y mejores recursos se le fueron incorporando; un mejor conocimiento de la humana naturaleza y de los mecanismos mentales adquiridos por la psicología individual y de masas, fueron sabiamente aprovechados y, agregado a esto, las circunstancias de la paulatina transformación de empresas en oligopolios y de estos en monopolios, "multinacionales" primero, "mundiales". después, fue dando a este oficio la fisonomía que en definitiva alcanzaría en los tiempos de Ciro y que podría resumirse en el hecho de que, de ninguna manera se orientaba a satisfacer las necesidades o a ilustrar los conocimientos o a proveer información a eso que, alguna vez y con cierto dejo de respeto y consideración, fue llamado "el consumidor" sino a desinformarlo y desorientarlo como mejor manera de servir los exclusivos intereses de los accionistas según eran interpretados por los responsables de la planificación de la producción y del "marketing".

Y esto para una cosa tan inocente y tan pedestre como el consumo cotidiano.

¡Que no se haría para el mejor manipuleo de la voluntad y la libertad de los ciudadanos a través de la confusión ideológica y política para mejor controlar el destino de la humanidad!

Los mecanismos fueron los mismos, los recursos disponibles más intensamente aplicados.

Muy probablemente el primer paso fue una deliberada desvalorización de las palabras. Ya Platón había hablado hace mucho de las palabras inventadas para ocultar las ideas y un filósofo, asesinado bastante avanzada la segunda mitad del Siglo XX por una banda terrorista que luego se probó "legalmente" que no había existido nunca, alertaba a sus discípulos sobre el respeto que se les debía: Quien accede a renunciar al sentido de una palabra, decía, está predispuesto a traicionarlo todo.

Probablemente otros llegaron también a la misma conclusión y resolvieron, como de tantas otras cosas, aprovecharse de ella.

De hecho la confusión fue creciendo y a poco de andar ya no se podía saber a ciencia cierta que quería decir cualquier político que dirigiera al pueblo una de sus acostumbradas peroratas.

Palabras, harto frecuentemente usadas, tales como democracia, libertad, dictadura, corporativismo, totalitarismo, socialismo, comunismo, derecha, izquierda, centro, con sus correspondientes "ultra" (No, ultra centro, no) podían querer decir cualquier cosa según en boca de quien y en que oportunidad se pronunciaran.

Conceptos tales como legalidad, derecho, justicia, se barajaban tranquilamente para usar cualquiera de ellos con el sentido que se le quisiera dar en el momento oportuno de la arenga.

La palabra "derecho", por ejemplo, quería decir una cosa usada en "Estado de Derecho", otra totalmente distinta en ''Derechos del hombre'', tal como los han definido la Asamblea Constituyente o las Naciones Unidas, y otra distinta también, que nada tenía que ver con las dos anteriores, en "derechos humanos", tal como los exigen sus activos defensores.

¿Y "Democracia"? No se refería de manera alguna a ningún sistema definido de gobierno. Se aplicaba por igual a Imperios., Monarquías o Repúblicas; a sistemas presidencialistas o parlamentarios; a metrópolis colonialistas o a sus colonias; a países imperialistas que se habían enriquecido esquilmando a los demás y a los empobrecidos por ceder a las presiones y exigencias de las democracias poderosas. Tampoco se refería a un determinado mecanismo electoral, se llamaba democrático tanto un sistema de elección directa por el cual los ciudadanos elegían a sus autoridades sin intermediarios y a formas indirectas, de hasta tercer o cuarto grado, donde la autoridad resultaba elegida por cuerpos intermedios de muy confusa formación. Según la "democracia" de que se tratara, unos cuerpos eran elegidos por el pueblo y otros no; algunos podían estar constituidos por oligarquías o aristocracias y, a veces, su pertenencia era hereditaria, y en ninguna quedó claro nunca si un representante del pueblo, representaba a todo el pueblo o tan solo a aquellos que lo habían votado, o a los habitantes del distrito donde había sido elegido, o a los de todo el país, o si en realidad lo que había sido elegido era un partido y el representante debía ajustarse a la "disciplina" que éste le impusiera y cosas así.

Y a todo esto debe agregarse la variedad de mecanismos y sistemas para computar los votos y adjudicar las nominaciones: Mayorías y minorías; voto optativo u obligatorio; distribución proporcional con variada gama de ecuaciones y coeficientes; por distritos o regiones, o en forma global o lo que Ud. quiera.

La palabra democracia solía acompañarse de calificativos que modificaban, acentuaban, agregaban o suprimían algunas características que de ordinario se atribuían al vocablo. Así la democracia podía ser: liberal, social, popular, progresista, funcional, orgánica, nacional, representativa, participativa, cristiana, avanzada, etc., etc.

Algunos politicólogos definían la democracia como "la materialización del consenso" y otros como "la institucionalización del disenso" y otros más, para obviar toda discusión, sostenían que la democracia era "una forma de vida" o que se trataba de "un estado de ánimo" y no faltó quien sostuviera que "la democracia era el gobierno de los democráticos" para agregar de inmediato "... y los democráticos somos nosotros.''

Digamos también que la democracia, bastante estable en los países poderosos, resultaba siempre muy precaria y vulnerable en los empobrecidos, donde cientos de enemigos se emboscaban para destruirla, de ahí que la mitad de los dictadores del mundo se encaramaron y perpetuaron en el poder para defenderla de las asechanzas de la izquierda y la otra mitad lo hicieron para protegerla de los designios de la derecha.

Cabe consignar, por último, que la solidaridad y la consecuencia no eran las virtudes más destacadas de las "democracias". Las poderosas solían conspirar contra las pobres con el objeto de establecer en ellas gobiernos favorables a sus intereses y más de cuatro dictadores fueron ostensiblemente sostenidos por alguna de ellas.

A veces prestaban enormes cantidades de dinero a las autoridades "de facto" y cuando estas caían y eran sustituidas por gobiernos constitucionales y democráticos les exigían con presiones de todo orden y hasta amenazas no del todo veladas, su inmediato pago más los correspondientes intereses y los obligaban así a "cumplir con los compromisos contraídos" "ahorrando sobre el hambre y la sed de los pueblos".

Esto de las amenazas merece algo más de atención: Una vez, la mayor democracia del mundo, celosa defensora de los derechos humanos y de lo que se llamaba, vaya uno a saber por que, modo de vida occidental y cristiano, hizo saber, a través de destacados funcionarios, que a los países deudores que se negaran al pago de sus deudas, no solo se les confiscarían cuantos bienes poseyeran: barcos, aviones, cuentas particulares en el exterior, etc., sino que además se les imposibilitaría el recibir del exterior medicamentos vitales, mencionándose explícitamente a la insulina. Ello equivalía a tomar como rehenes a los diabéticos de las democracias pobres y condenarlos a muerte si éstas no se avenían a pagar lo adeudado en los términos impuestos por las democracias poderosas.

Con todo eso, "democracia" era la palabra con mayor prestigio dentro del vocabulario político; en realidad quería decir lo bueno, lo justo, lo noble, la tolerancia, la equidad, la simpatía, y, como es lógico, todos estaban con la democracia.

Totalitario, en cambio, quería decir tiránico, arbitrario, abusivo, prepotente, sanguinario, y claro está, todos repudiaban al totalitarismo.

Corporativismo ... bueno ... es muy difícil saber lo que quería decir un político cuándo pronunciaba esta palabra, no, desde luego, ni comunitarismo ni soviético (por decirlo en ruso) pero, de cualquier manera, se sabía que era una mala palabra, un dicterio que se usaba en cualquier ocasión para incriminar al enemigo.

Otra mala palabra era "derecha". Nadie quería ser de "derecha". Hasta los diputados se peleaban en el recinto por ocupar los escaños que estaban más a la izquierda. Desde luego que no había partidos "de derecha". Los más alejados de la izquierda eran los de "centro". ¡También! Si el narcotráfico, los secuestros, los atentados dinamiteros, las conspiraciones, siempre las realizaban los "derechistas" ¿Quién podía querer ser de derecha?

Los de Centro, con toda lógica, por otra parte, llamaban a todos los demás "izquierdistas", dando a la palabra un claro sentido insultante.

Pero el insulto, el verdadero insulto, el que todos usaban cuando todo agravio, todo denuesto, toda injuria había sido agotada era el de ¡Fascista!

La palabra no tenía nada que ver con el régimen instituido por la "Giovinezza" italiana allá por la lejana tercera década del Siglo XX, ni se refería a sus aciertos ni a sus miserias, que nadie conocía. Era un insulto que se endilgaba a todo lo odioso y a todo lo repudiable que siempre era cometido, como decía un periodista, por los "fascistas de derecha" o los "fascistas de izquierda'''.

Alguien dijo una vez que todos los hombres llevábamos en el interior de nuestro ser "un enano fascista" que nos impelía a cometer todo género de arbitrariedades y porquerías con lo que la palabra alcanzó la entidad de "pecado original".

Muchas palabras tales como Liberal, Capitalista, Socialista, podían ser en bocas de unos un insulto y en bocas de otros un piropo.

Un señor "liberal" era, por lo general, una persona respetable, pero una "mujer liberal" ... bueno ... no tanto, pero eso era antes.

Antes, también, "socialismo" era lo antitético de "democracia". Sobre todo el Marxismo, que era la forma más evolucionada y "científica" del socialismo. Luego apareció el Socialismo Democrático, que nadie pudo saber con certeza qué era, sobre todo teniendo en cuenta que sus dirigentes más prestigiosos aceptaron doctorados y distinciones honoríficas de más de una dictadura fusiladora y represora. Más tarde se instituyó la Social–Democracia que presto declaró que no tenía nada que ver con el Marxismo y que según pudo comprobarse luego tampoco tenla nada que ver con el socialismo y ni siquiera con la democracia, por lo menos, tal como la entendía la buena gente, es decir: lo bueno, lo justo, etc., etc.

En este indecente manoseo de las palabras en el que ninguna quería decir nada o cualquiera podía significar cualquier cosa, el prestigio o desprestigio de ésta o aquella se lograba a fuerza de la repetición constante y machacona del concepto que se quería imponer hasta que se conseguía borrar de las mentes su sentido anterior y sustituirlo por el deseado.

No nos puede extrañar pues, que Ciro, que era maestro en estas lides, consiguiera desplazar a la palabra "democracia" y reemplazarla por "Capital–Socialismo". Por ello a partir de su irrupción en la política, Capital–Socialismo fue sinónimo de cuanto lindo y bueno pudieran ofrecer las instituciones y, consecuentemente, fuera el más comprometido deber de un gobernante "defender el Capital–Socialismo", "Educar para el Capital–Socialismo", "Perseguir a los enemigos del Capital–Socialismo".

La repetición continua y machacona daba excelentes resultados. Pudo afirmarse así que si una mentira se repetía cientos de veces, terminaría convirtiéndose en una verdad. Este fue el segundo pilar donde se apoyaría la estructura política de Ciro.

Un político importante, digamos, ya en la campaña electoral o desde su función de gobierno, denunciaba algo, cualquier cosa, inventada por él mismo o por sus asesores psico–sociales. La denuncia aparecía en los diarios, se propalaba por radio y televisión y muy pronto todo el mundo tenía conocimiento de ella. Nadie la verificaba, nadie comprobaba nada, no se ofrecía ninguna clase de pruebas, no se aclaraban circunstancias, nada. Sólo la denuncia, y esta se repetía cien, mil veces, a cada momento, en cada oportunidad, viniera o no al caso. Y por fin, el hecho fraguado resultaba aceptado sin discusión por todos. Claro está que quienes habían resultado injustamente involucrados, desmentían y protestaban y entonces sus propias palabras eran usadas irónicamente por los mismos medios que habían divulgado la denuncia para revertirlas en su contra. A veces, los inculpados recurrían a la justicia, y hasta podían llegar a obtener alguna satisfacción, pero ello no alcanzaba a superar nunca un nivel estrictamente personal y, a lo mejor, con mucha suerte, a obtener una pequeña nota en el rincón más oscuro de uno que otro medio. Pero los dueños de la maquinaria desinformativa no cejaban, repetían y repetían la denuncia original pasando ya por encima de lo que había significado en sí misma para hacer hincapié en lo que el hecho denunciado implicaba como sistema o norma de conducta y el falso fraude o pacto o negociado o crimen, se convertía en paradigma y referencia que encasillaba rígidamente todo el ser y el quehacer de la persona o de la institución que se había buscado destruir.

"Si una mentira se repite cientos de veces se convierte en una verdad". Otros usaron el sistema mucho antes que Ciro, pero este lo llevó a su máxima perfección y hubiera podido usarlo como emblema de su blasón si lo hubiera tenido.

Y como dintel de este monumental trilito de la infamia, el desaprensivo manejo retroactivo de la historia y la tramposa utilización de los hechos del pasado para ponerlos al servicio de los intereses del presente y de las maquinaciones del porvenir.

Con palabras equívocas, que lo mismo podían significar una cosa que otra, lo que se dijo entonces, debidamente glosado hoy, podía usarse para cualquier designio. Y si eso, así trabajado, se repetía cientos de veces, podía muy bien servir para "usar" a próceres respetados en beneficio de los intereses más bastardos.

La formidable técnica disponible ayudaba mucho. Lo que alguna vez fue registrado en noticieros cinematográficos, recompaginados a "piacere". redispuestos los acontecimientos sin el respeto por la cronología, intercaladas escenas de laboratorio magníficamente realizadas, escamoteadas circunstancias relevantes y todo ello acompañado de intencionadas "locuciones", inducía al ya predispuesto espectador a los más groseros errores de interpretación y lo conducía, mansamente, a las conclusiones que los autores y sus mandantes se habían propuesto. Y el engendro se repetía, se daba en los cines, se pasaba por televisión, entero, por cachitos, de atrás para adelante, ¡qué sé yo!

Algunos viejos, que habían vivido alguno de los acontecimientos decían ¡Pero no! ¡No puede ser! Si en aquel año el Vicepresidente era Mongocho ...

Si Fulanez todavía estaba preso... Y los jóvenes le solían contestar, ¡Callate, viejo, como te podés acordar, ¡Ya estás chocho ...!

El mismo tipo de maniobreo se solía aplicar a "estudios serios" realizados por gente de verdadero valor. Su estilo sobrio, su aparente rigor, una documentación profusa y bien circunstanciada, rodeaban a la obra de la atmósfera necesaria para convencer al más reacio. Claro está que no faltaba el escamoteo de hechos y circunstancias que los autores no consideraban relevantes pero que sí lo eran o la inédita consideración de ciertas documentaciones, que tras pacientes investigaciones habían sido recientemente descubiertas, que arrojaban "nueva luz" sobre los hechos que obligaban a deducir nuevas conclusiones. Las nuevas conclusiones, como bien puede suponerse, confirmaban y apoyaban siempre las opiniones, las ideas, las previsiones y los proyectos que interesaban al pre–consejo de los primeros años y al Consejo de los últimos.

Todo este manejo, insistente, bien organizado, apoyado en los aportes más serios de las Ciencias del Hombre, aplicado rigurosamente a todo, desde la venta de garbanzos hasta las campañas de esclarecimiento pre–electoral, habían terminado por obnubilar a la buena gente que ya no podía hacer un juicio cierto de lo que había pasado ni de lo que estaba pasando. Todo era siempre confuso e inseguro. Nada era nunca claro. Las noticias que se daban siempre dudosas, versiones, desmentidas, ratificaciones, rectificaciones. Si uno era testigo presencial de algún hecho y luego leía la correspondiente nota, podía comprobar que todo era incorrecto: el lugar, la hora, el color del auto... Si uno sabía un poco de algún tema, por razones de vocación o de oficio, podía verificar que el editorialista que lo abordaba ni sabía ni entendía una papa... Pero nadie estaba en todas partes ni ninguno sabía de todo. Y poco a poco, la prédica constante e insidiosa había terminado por minar las últimas reservas y las últimas resistencias.

Todos estaban, por fin, entregados. Llegado el momento de decidir, de decidir cualquier cosa, nadie sabía nada, nadie distinguía nada.

Y entonces sí, con absoluta precisión, con total certeza, jugaban los estímulos. Así como las moléculas del agua de la cacerola, sometidas al aumento paulatino del calor, se van convirtiendo en vapor. Así, la buena gente sometida a estímulos sabiamente elegidos, iban haciendo lo que se esperaba de ellas, a mayor estímulo más gente en menos tiempo respondía, matemáticamente, en la forma deseada.

Ya no quedaba nadie libre. Ya no había nadie responsable. Ni aún los canallitas del Consejo, llenos de maldades y porquerías. Ellos también habían quedado entrampados en la maraña de intereses y compromisos que habían estado tejiendo y ya sus reacciones, tan influenciadas como las de cualquiera por las tácticas del sistema, solo respondían al instinto de supervivencia y a la necesidad de evasión.

Jesús, desde la Cruz, viendo a los soldados romanos que se repartían sus vestiduras y a los judíos vociferantes que querían vengar en Él sus eternas frustraciones había dicho al Altísimo: "Padre, perdónales, por que no saben lo que hacen". Ahora, desde el Cielo, testigo de tanta miseria, rogaba a Dios Padre: Perdónalos, Abba, perdónalos, por que tampoco éstos saben lo que hacen.

Solo Ciro sabia lo que hacía, solo él era lúcido, solo él era libre, solo él era responsable.


10.12 ..    EL HOMBRE Y LA NATURALEZA

A la ruptura del Hombre con Dios, siguió la ruptura del Hombre con el Hombre y a ésta la del Hombre con la Naturaleza. Ya vimos algo de esto en capítulos anteriores. Debemos ahora dedicar unas palabras al estado a que habían llegado las relaciones con el medio natural cuando ya mediaba el cuarto año de la presidencia mundial de Ciro.

Comentábamos en el punto 10.6. que para esa época la Tierra padecía de frecuentes y violentos cataclismos que causaban muchas víctimas, sobre todo entre las gentes más pobres y más desvalidas. También habíamos visto en 5.3. que la Santísima Trinidad había dispuesto que se aprovecharan todas las circunstancias, incluso éstas tan terribles, para hacerles servir a la recuperación de todos y cada uno de los hombres perdidos para la Gloria por causa del pecado. Debemos decir ahora, y es bueno que esto quede bien en claro, que estos cataclismos no eran ningún "flagelo", ningún "castigo de Dios" como se les solía decir. No los "mandaba" Dios, no estaban programados por la Comp–Sal–Pro, ni nadie en el Cielo había pensado jamás en castigar a nadie.

Esos fenómenos naturales eran, precisamente naturales, pero, no por eso, dejaba el hombre de tener su parte de responsabilidad en los padecimientos que ellos provocaban en sus hermanos Y. más indirectamente, en la dimensión y frecuencia que estos acontecimientos habían ido adquiriendo a través del tiempo.

El hombre, como bien lo hubiera podido explicar el mismísimo Pero Grullo, había convivido con la Naturaleza desde su aparición sobre la Tierra, pero a medida que fue tomando conciencia de su propio valer y de su propio poder fue paulatinamente separándose de ella. Dios se la había dado en propiedad y le había dado también un mandamiento: Henchid la Tierra y dominadla. Dominar una cosa quiere decir tratarla con Señorío pero tratar con señorío no es lo mismo que esclavizar, humillar, ultrajar, corromper, degradar y todo eso que el hombre terminó por hacer con su heredad.

En un primer momento el hombre trató a las cosas con respeto, quizás, también, con miedo; luego, a medida que las fue conociendo mejor, fue ganando en audacia y se animó a obtener de ellas más de lo que a primera vista, parecían dispuestas a brindarle. No obstante ello la relación seguía siendo coherente. Allí por el Siglo XVI, por ejemplo se dieron normas, para evitar que una incorrecta ocupación del suelo en la fundación de nuevas poblaciones, provocaran inevitables encontronazos con la Naturaleza. Pero ya, también, el egoísmo, el afán de lucro y la desaprensión dieron lugar a que, al amparo de distancias difíciles de salvar, se burlara la intención del legislador. Pero a partir del Siglo XVIII, cuando los secretos más íntimos de la Naturaleza empezaron a ser conocidos por el hombre, y éste, ante ello, empezó a escalar las más altas cumbres de su autovaloración y su soberbia, las relaciones se empezaron a poner más tirantes.

El esfuerzo del hombre no se orientó ya a aprovechar los recursos que la Naturaleza, con su habitual generosidad le prodigaba sino a "vencerla": "dominar" se trocó en los hechos por "subyugar" y menospreciar y transgredir las leyes naturales pareció ser el camino más seguro para alcanzar la riqueza y la fama. El hombre se convirtió así en el depredador más completo y pertinaz que jamás conoció la Tierra. Entre sus obras más notables podemos señalar las siguientes: Tala de bosques hasta su total extinción; explotación indiscriminada hasta el total empobrecimiento de la tierra fértil; extensión creciente de áreas erosionadas y desérticas por obra de malas técnicas agrícolas; contaminación sistemática de las aguas de ríos y mares; salinización, profundización y agotamiento de napas subterráneas; explotación del subsuelo hasta el agotamiento de recursos no renovables; contaminación sistemática y creciente de la atmósfera; persecución y explotación de especies animales hasta su desaparición ... y podríamos seguir...

También el hombre se dedicó con denuedo a realizar otras obras que, sin que las podamos incluir en la lista precedente, debían influir sobre el comportamiento de la Naturaleza: Construcción de diques y represas con la creación de extensos lagos artificiales; construcción de "polders" y relleno de áreas costeras de mares y ríos para "ganar tierra"; desecamiento de áreas pantanosas; traslado de aguas de unas áreas a otras mediante la construcción de canalizaciones; ensayos atómicos aéreos o subterráneos; sistemático desmantelamiento de bloques de hielo polar para su traslado a áreas desérticas, etc.

La Naturaleza, por su parte, siguió fiel a sus propias leyes y, frente a cada nueva agresión, debió recomponer su equilibrio, y, muchas veces, esa recomposición tomó desprevenido al hombre que no se había detenido a pensar siquiera en las consecuencias de una actitud tan imprudente y, a pesar de su tan cacareado racionalismo, tan irracional.

Pero además el hombre, demostrando tanto como su desprecio por la Naturaleza, su desinterés frente a las necesidades y a los sufrimientos de sus hermanos, completó el esquema que habría de definir el cuadro que estamos comentando, con acciones fundamentadas en su egoísmo y en su afán de lucro.

Fue común la habilitación de zonas inundables para áreas de viviendas y algunas veces, claramente, de los mismos lechos de los ríos. Muchas veces los asentamientos fueron clandestinos y con ello se violaban precisas disposiciones, pero no pocas veces fueron autorizados loteos en áreas que no cumplían, mínimamente, las exigencias legales. En el primer caso la "culpa'' la tenían los futuros "damnificados". si es que es "culpa" no tener donde meterse, y en el segundo la culpa era compartida entre los propietarios de la tierra, los rematadores y los funcionarios deshonestos confabulados para estafar a la buena gente, y aquí culpa va sin comillas. De igual modo se ubicaron viviendas en áreas convulsionadas por terremotos, o expuestas a erupciones, y cosas semejantes, sin que se tomaran los mínimos recaudos de seguridad a pesar de haber leyes y códigos antisísmicos y cientos de recursos técnicos que, bien aplicados, hubieran evitado mucho dolor y muchas lágrimas.

Pero ... ya hemos visto cómo se cumplían las leyes ...

Alguien dijo alguna vez que Dios perdona siempre, que el hombre sólo perdona muy pocas veces, pero que la Naturaleza no perdona nunca.

Cuando por obra del desequilibrio causado por el hombre se fueron modificando algunas condiciones ambientales y entonces empezó a llover más en algunos lugares donde antes llovía menos, y el agua no encontró los cauces naturales que exigía su escurrimiento, o la nieve se acumuló en las montañas más de lo jamás previsto y se produjeron, primero aludes y bloqueos, y luego deshielos desmesurados, la inundación arrasó con todo.

Los diarios despotricaron entonces contra la hostilidad de la Naturaleza y contra la inclemencia de los elementos, apelaron a la solidaridad y organizaron colectas, tomaron muchas fotos y entrevistaron a muchos funcionarios durante dos o tres días. Y la pobre gente de siempre, lloró a sus muertos, perdió su casa y sus enseres, y debió empezar de nuevo ...

En aquel mecanismo providencial que controlaba la Comp–Sal–Pro, todo este dolor debía servir para mucho: Para aquellos a quienes se les había acabado el tiempo, su acceso a la Gloria había comenzado, quizás algunos, más de cuatro seguramente, debían seguir acreditando méritos en el "lapso equilibrador" interpuesto, pero detrás de él estaba la esperanza y la seguridad de un feliz destino, pero otros, los que debían resultar influenciados por los acontecimientos, los que frente a todo ese despliegue de la Naturaleza debían recapacitar sobre su propia vida, su propio comportamiento, su propia inserción en el Universo, esos, como bien dijo Juan, no se convirtieron de las obras de sus manos, ni dejaron de adorar a los demonios ni a los ídolos de oro y de plata, ni se convirtieron de sus asesinatos, ni de sus hechicerías, ni de sus fornicaciones, ni de sus rapiñas.

Otro capitulo que en este orden del comportamiento humano no puede soslayarse, es el de la contaminación.

Si hay algo que define el desprecio del hombre por el orden natural, su absurda soberbia y su brutal egoísmo, es esta degradación sistemática a que ha sometido a los dos elementos más indispensables para su propia existencia: el aire y el agua.

Tratar este tema con un mínimo de detenimiento me obligaría a intercalar otro "Capítulo Aparte", por lo que voy a remitir al lector a tanto cuanto se ha escrito sobre este asunto y saltando sobre el tiempo trataré de describir, tan someramente como pueda, el nivel alcanzado en los últimos tiempos de Ciro.

Como bien puede suponerse la polución ambiental había seguido en aumento. Situaciones como aquella ocurrida en los primeros años de la segunda mitad del Siglo XX cuando en una de las ciudades más grandes de Europa en 5 días se produjeron 4.000 muertes por causa del "Smog" no dejaron ninguna enseñanza. El aire se siguió contaminando más y más, las alarmas que obligaban a parar los motores de los autos hasta que bajara el nivel tóxico del aire se repitieron cada vez con más frecuencia y cada vez en más lugares. De nada pudieron ni las advertencias de los científicos, ni el clamor de los ecólogos, ni las manifestaciones de los "verdes". Siempre pudo más el poder dinero y ante cada tímido intento legislativo ganó, como siempre, la trampa infame.

Cuando los intereses económicos y el poder político se terminaron de identificar, el tema pasó a segundo plano. Quienes manejaban la economía y las leyes en su propio beneficio descubrieron, como antes lo habían hecho con otras cosas, que satisfacer la necesidad de agua y de aire puros podía ser también un buen negocio. Su interés radicó en hacer lucrativo este negocio comenzando por mantener intacto el "mercado".

Fue así que aumentó la contaminación del agua, el aire se hizo más irrespirable, proliferaron los basurales a cielo abierto porque resultaba mejor negocio la práctica del cirujeo, que mantenía ocupada a mucha gente por casi nada, que las costosas instalaciones de selección mecánica y además, extendían la contaminación bastante más allá de las habituales áreas centrales ampliando en forma interesante el mercado potencial.

Con respecto a la provisión de aire puro, se empezó a generalizar la instalación de expendedores callejeros donde los necesitados, asmáticos, cardíacos, etc., podían obtener unas bocanadas que les permitieran seguir adelante, por lo menos hasta el próximo artefacto. Desde luego debía pagarse algo por ello, unas monedas primero, el consabido "crédito", después.

Más adelante, al aumentar la polución, empezaron a utilizarse unos artefactos portátiles en forma de pequeña cartera o mochila que proveía de aire a una mascarilla conectada a ella por un tubo flexible y que se recargaba también en los expendedores callejeros mediante su adecuado manipuleo y previa la inserción de la "tarjeta de crédito" en la ranura correspondiente.

Durante algún tiempo las viviendas particulares fueron un refugio más o menos seguro en el que se podía respirar sin mayores problemas, era necesario, eso sí, cumplir con el repetido consejo de mantener bien cerradas las puertas y ventanas y, en todo caso, el uso de acondicionadores convencionales. Pero más adelante eso no fue suficiente, la contaminación en aumento llevó la angustia a todo el mundo, hasta que una prestigiosa firma mundial lanzó al mercado un novísimo acondicionador – "nada que ver con todo lo anterior" – que se diferenciaba en el mecanismo, el tamaño y la forma de los artefactos conocidos hasta entonces y que usaba, como purificador un líquido patentado, nada barato y bastante difícil de conseguir. Los artefactos, su instalación, la provisión de liquido y el infaltable "service", estaba a cargo de esa importante empresa y de sus filiales distribuidas por todo el mundo. Para respirar ... no había otra.

También el agua estaba contaminada. No solo el agua de los mares, los ríos y las napas subterráneas, sino también el agua corriente que distribuían las cañerías de los servicios públicos. Los sistemas de potabilización, diseñados para menores proporciones de contaminantes, no daban abasto para satisfacer la demanda de la población por cuya razón el agua distribuida no ofrecía ninguna seguridad.

Las autoridades, siempre solícitas, advertían constantemente a la población y el mercado proveía los elementos necesarios para paliar las dificultades.

El agua corriente podía usarse tan solo para la higiene doméstica y personal, y, aún para ello, debían adicionársele diversos tipos de bactericidas y desinfectantes de fácil adquisición.

Podría habérsela usado para la preparación de alimentos si se la hervía, pero de cualquier manera el gusto que ya había adquirido por obra del tratamiento original la hacía poco apetecible.

Para usos culinarios y como bebida existían una notable variedad de aguas especialmente tratadas que cubrían toda la gama de necesidades y de gustos que podía plantear la población. Para cocinar, preparar infusiones y todo eso estaba "Acqua daiet", sin aditivos, sin sabor, sin olor, sin efervescencia y sin calorías. Los supermercados la proveían en envases comunes de un litro y en damajuanas familiares de cinco. Su costo era relativamente aceptable.

Un poco más caras eran las bebidas envasadas que en una interesante gama de sabores y colores, y con distintos niveles de gasificación, se disputaban las preferencias del público. Las había transparentes, azulcitas, verdecitas, anaranjadas, amarillitas, con gustitos a limón, a naranja, a pomelo, apenas pispeantes, gasificadas y super espumantes, pero la más popular era una de color marronoso, de gusto entre acre y dulzón, muy efervescente, que parecía alquitrán diluido y que quizás fuera alquitrán diluido: los bromatólogos solían decir a los oídos de sus familiares "sabemos que es una porquería, pero no tenemos idea de con qué está hecha". Entre las virtudes de esta bebida estaba la de servir para despegar autoadhesivos muy resistentes y entre los inconvenientes el de formar, si se derramaba y no se limpiaba enseguida, unos enchastres imposibles.

Dos grandes firmas mundiales habían logrado acaparar la totalidad del consumo y se habían ubicado geográficamente de manera de no molestarse demasiado. En algunos países estaban las dos y rivalizaban en publicidad pero en la mayoría, donde entraba una no entraba la otra y la dueña del mercado tenía a su merced toda la sed de la población.

Las firmas eran dos, pero, en los hechos, el dueño era uno solo. Ciro era el poseedor de los paquetes mayoritarios de ambas empresas y se encargaba de que todo anduviera siempre sobre ruedas para el mejor éxito del negocio.

La gente de todo el mundo lo sabía, y Ciro, ni poco ni mucho, se preocupaba de disimularlo. Por eso, cuando venía el caso, la buena gente solía repetir "agua que has de beber, a Ciro la has de deber". Y algunos altos jerarcas, en las fiestas habituales, se atrevían a repetirle a Ciro, en chiste claro, la frasecita. Ciro, entonces, sonreía satisfecho, él no tenía ascendientes ingleses pero tomaba la cosa con verdadera "flema" británica que, como dijo alguien hace mucho, no era sino la impavidez del cinismo.


10.13 ..    TESTIMONIO Y PROFECIA

Cinturón Ecológico: debieron ser no menos de 50.000 hectáreas verdes; parquizadas, cultivadas, forestadas. Con césped, flores, plantas, hortalizas, frutales y, sobre todo, árboles, muchos árboles. Todo un conjunto de tierras habilitadas para brindar al aire metropolitano el oxígeno indispensable y a 11 millones de habitantes, los espacios suficientes para su descanso y recreación. Un conjunto de predios integrados en un sistema regional de parques recreativos y deportivos que llegara a satisfacer, algún día, las necesidades crecientes de la población en aumento de una de las conurbaciones más grandes del Orbe.

Debió ser eso...

Alguien, con manifiesta intención peyorativa, lo llamó "Obra Faraónica". Fue un acto fallido. Ese tal lo asoció, quiera que no, con las magníficas realizaciones del Egipto histórico, quizás con la sistematización, también ecológica, de las crecientes del Nilo, tal vez con alguno de sus admirables conjuntos ¿Abu–simbel, Luxor?

Otro pudo haber que, con igual o mejor intención, dijera de él que era una "Realización Babilónica" si, en vista de su cometido, recordara las terrazas floridas, los "jardines colgantes", que fueran maravilla del mundo antiguo. Y pudo haber también quien pensara que era una "obra de Romanos" si, al ponderar el esfuerzo que requería, lo comparara con el acueducto de Segovia o con la Vía Flaminia.

Si el ponedor de motes hubiera sido mas afecto a la mitología que a la historia podría haberlo comparado con un "Trabajo de Hércules" al observar la apreciable similitud entre la eliminación de basurales a cielo abierto y la "limpieza de los establos de Augías". O también "Empresa Homérica", al caer en la cuenta que para emprenderla se requería el coraje de un Aquiles y para proseguirla y llevarla a buen fin, la habilidad, la astucia y el tesón de Ulises.

Si hubiera sido lo que debió ser, cualquiera de estos "ditirambos" pudo habérsele aplicado con razonable propiedad.

Si hubiera sido lo que debió ser...

Pero no fue nada...

Pudo más la mediocridad y la sub–dimensión – no solo de ahora, también de antes – para deshacer lo poco que había llegado a hacerse y para postergar, quizás por siempre jamás, la posibilidad de una realización semejante. Como otros tantos Midas invertidos, no faltaron quienes, con solo tocarlo, consiguieron hacer cenizas de lo que pudo ser oro en polvo.

Pero no dramaticemos... La tecnología moderna y el régimen económico–social en que estamos insertos, ofrecen para todo alternativas interesantes y propuestas increíbles.

Dentro de unos cuantos años – no tantos, tampoco – quizás coincidiendo con la época en que los parques, de haber sido hechos y conservados, pudieran lucir todo su esplendor, y los árboles y bosques, de haber sido plantados y cuidados, brindaran toda su lozanía, un futuro Gobierno, seguramente democrático, tal vez Radical; deberá designar al funcionario que negocie con la Empresa Multinacional Monopolizadora de Suministro de Aire Limpio (EMMSAL), la instalación, en lugares estratégicos de la ciudad, de aparatos expendedores. Estos aparatos han de ser, sin duda, mucho más perfectos y sofisticados que los que hoy ya están en funcionamiento en algunas ciudades de Japón, y los transeúntes, aquí como allá, podrán obtener de ellos, mediante el depósito de unas pocas monedas, refrescantes bocanadas de aire puro.

Cardíacos, asmáticos, viejos y achacosos en general, que no habrán de faltar, podremos tomarnos un resuellito, y hasta alguno habrá, hedonista o muy necesitado, que, con módico aporte adicional, pueda obtener su aire enriquecido con una mayor proporción de oxígeno... Todo eso, claro está, si resulta rentable.

En esta casa, unos ilusos y despistados como yo, algunos ya "idos" y otros inexplicablemente insistentes (¡Dios los bendiga!) nos creímos que podríamos lograr que la gente tuviera el aire puro necesario y los espacios libres requeridos, con solo aplicar recursos tan primitivos como plantar árboles y habilitar parques, aún sabiendo que la tierra necesaria había que ganarla metro a metro, aún descontando que buena parte de ella solo estaría disponible, luego de rellenada con basura, si éramos capaces de dar a la Naturaleza el tiempo que exigía.

De esta casa salgo ya definitivamente y al irme siento necesidad de expresar un deseo que, por lo que a mí me toca, no deja de tener su poco de egoísmo. ¡Qué el negociador de aire puro tenga mucho éxito!

Cinturón Ecológico ¡adiós!

Nueva Pompeya, 24 de setiembre de 1984.

a 30 días de la VII Asamblea Anual.

 

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