Revelación Apócrifa

   

por el Arq. Luis Alberto Vernieri López

Libro de visitas

Correo


Inicio

CAPITULO 11

FINAL Y RECOMIENZO

11.1 ..   EL FIN DE CIRO

Al promediar el cuarto año del Gobierno Mundial de Ciro, la buena gente, la que trabajaba duro pero nunca tenla suficiente "crédito", la que habitaba en los suburbios desequipados, la que tenía su familia y la amaba y buscaba para ellos una vida más digna, la que ayudaba y era ayudada por sus vecinos tan sufridos como ellos, la buena gente siempre explotada, siempre esquilmada, siempre engañada, siempre usada y tirada a la basura, estaba harta. El indecoroso manejo ideológico y político que no les daba descanso y los sometía hora tras hora a la presión psicológica de la eterna mentira, la sistemática confusión y la continua propuesta de estímulos indecentes; la opresión económica – la persecución de Dioclesiano, como la llamó alguno – que la empobrecía cada vez más; los continuos cataclismos que los tornaban desamparados frente a la total indiferencia de las autoridades y la contaminación siempre en aumento y cada vez más difícil de soportar por los faltos de recursos, sumaban razones para procurar escapar a tantas miserias.

Los tiempos no estaban ni para un Espartaco, ni un Robin Hood, ni un San Vicente de Paul, ni siquiera para un Superman. Los señores del Consejo también habían estudiado historia y, con el siempre solícito aporte de muy destacados especialistas, habían tomado las providencias para que semejantes brotes no pudieran volver a ocurrir.

Por eso, los más decididos, sin ponerse de acuerdo entre ellos, quizás sí, imitándose unos a otros, decidieron abandonar las ciudades y refugiarse, como los viejos cristianos y judíos que los habían precedido, en los desiertos y en las montañas.

Aprovechando la oscuridad de la noche y cargando sobre las espaldas sus pobres cositas, muchos consiguieron burlar la vigilancia de los jenízaros y llegarse hasta zonas inhóspitas mucho más hospitalarias que los tugurios donde vivían.

La caravana de los "evadidos" se fue intensificando y la falta de la mano de obra dócil y barata se empezó a notar en los fabulosos "centros de producción e intercambio" que constituían el rasgo cultural más destacado de la época.

El problema llegó al Consejo, se planteó, se debatió y se llegó a la conclusión de que "debía hacerse algo".

El resto de la gente, como en los días precursores al diluvio, comía, bebía, compraba, vendía, tomaba mujer y marido, en tanto que el Consejo, presidido por Ciro, trataba de cómo implementar las represalias a los que huían de las ciudades.

Cerca de la medianoche del día en que se cumplían los tres años y medio de su gobierno, Ciro tomó la palabra, su verba fogosa que enardecía hasta a los más apáticos, arrastró a sus consejeros, sin que atinaran siquiera a sugerir alternativas, a convalidar las atrocidades que minuciosamente detallaba y habrían de "hacer tronar el escarmiento". Pronto se aprobarían y con las medidas que presto serían convertidas en ley por el Congreso, la suerte de esos malditos desertores quedaría sellada para siempre.

Ciro terminó de hablar, tomó de un vaso el agua que necesitaba para refrescar su boca y miró su reloj: solo segundos faltaban para las doce.

Y de repente sucedió. Como el relámpago que sale por el oriente y brilla hasta el occidente, así fue la segunda venida de Dios Hijo.

Todos los hombres del mundo lo supieron al instante, pero no todos fueron capaces de comprender de inmediato el profundo sentido del acontecimiento.

Ciro, sí. Él lo sabía, lo sabía desde hacía mucho tiempo, pero nunca lo quiso creer. Cuando, muy pocas veces por cierto, la idea se presentó en su mente, él se negó a considerarla y antepuso, como un escudo invulnerable, la confianza en su capacidad personal para superar escollos y el poder formidable de ese a quien llamaba su "padre adoptivo".

Y ahora que el momento había llegado comprendió de golpe que su capacidad personal ya de nada servía y que su padre adoptivo había perdido todo poder sobre la Tierra.

Entonces estalló su rabia; el odio que anidaba en su corazón creció hasta el desborde, su furia incontrolable se proyectó hacia todo lo existente y maldijo a Dios, maldijo a Cristo, maldijo a su padre y a su madre; sobre todo, se maldijo a sí mismo. Como queriendo huir de su propio cuerpo se tensó hasta lo imposible, sus puños se crisparon, su cara se puso roja, desgarró un grito horrible y su cabeza ya sin vida golpeó con fuerza sobre su escritorio. Luego ... el Silencio.

Si alguien se hubiera ocupado en hacer su autopsia hubiera diagnosticado: apoplejía. Pero cuando llegó el momento la gente ya andaba en otras cosas.

Ciro se encontró de repente en las puertas del infierno. Un diablo de segunda, todo rojo, con cuernos, alas membranosas y cola flechuda, lo estaba esperando. Mirándolo con su sonrisa más diabólica le dijo: – Bienvenido a casa; entra, siervo fiel... y pegándole una patada en el traste lo mandó al quinto subsuelo.

,Algunos comentaristas, basados en serios informes, dicen que allí se encontró con el Profeta, pero, por lo que yo sé, eso no es del todo seguro.


11.2 ..   EL DÍA 1.261

Cuando al día siguiente se hicieron los consabidos comentarios, muchos dijeron que lo habían visto a Cristo llegar en una nube con todo su poder y su gloria, Otros hablaron de cataclismos coincidentes con el momento de la venida y no faltó tampoco quien diera testimonio de la resurrección de tal o cual muerto.

Todo eso se aclararía más adelante, cuando la información pudiera compilarse, depurarse y elaborarse seriamente.

Ahora la cosa era otra.

La noticia no había sido trasmitida ni por radio ni por televisión, ni había sido publicada por ningún diario. Todos se habían enterado, sí, pero sin intervención de medio alguno. Lo habían sabido, eso era todo. Y en esto los testimonios eran coincidentes.

Inmediatamente de tal conocimiento, se había producido un silencio total y prolongado. Por más de media hora nadie habló, nadie se movió, las máquinas se paralizaron, las luces se apagaron, y cada hombre, en el lugar en que estaba, vivió en su interior la experiencia de tres maravillosos encuentros: se encontró con Cristo, se encontró consigo mismo y se encontró con los demás hombres. Una suave música sonó en el fondo de su conciencia y un coro que cantaba: Gloria a Dios en las alturas y Paz en la tierra a los hombres que ama el Señor.

Y luego, al volver la luz, al reiniciarse el movimiento de las cosas, cuando pudieron hablar, algo muy íntimo y profundo había cambiado: una paz como no la habían sentido nunca, una seguridad como nadie recordaba, los había rescatado de la constante duda, de la permanente intranquilidad y de la eterna angustia. Y en esto también eran coincidentes todos los testimonios.

Con la segunda venida de Dios Hijo, que había dado fin al ciclo adámico, la Redención se había consumado plenamente y nada le faltaba ya, por que Dios Padre, en su infinita Misericordia, había querido abreviar los tiempos de tribulación en consideración a la buena gente, esa que con su amor, poco o mucho, había sido capaz de hacer funcionar la "máquina".

El hombre había vuelto a ser aquella criatura formada por Dios a su imagen para ayudarlo a ensanchar el mundo y para acompañarlo luego en la Gloria eterna. Y había vuelto a ser limpio y puro como el primer día: amigo de Dios, hermano de todos los hombres, cariñoso y respetuoso admirador de la Naturaleza.

Ahora se reconocía libre, nunca antes había podido sentirse así. Quizás tan solo aquel coya que entre los cerros de la quebrada supo gritar una vez con acento de baguala "Soy libre y soy dueño y puedo querer", fuera prefiguración de este hombre nuevo que, desuncido del yugo del pecado, asumía con plena conciencia la responsabilidad de sus actos.

Al reconocer a Dios como padre, pudo también reconocer en los hombres a sus hermanos. Comprendió, al fin, que nada podía hacer sin ellos y que ellos también lo necesitaban y mucho esperaban de él. Se supo importante, pero no más que nadie; se reconoció útil y necesario, pero no más que los demás. Se estimó y respetó a sí mismo y respetó y estimó a todos los hombres porque en los ojos de cada uno de ellos logró ver su propia imagen y la imagen de Dios.

Y amó a la Naturaleza, de la que había salido por expresa voluntad y elección de Dios; la Naturaleza que lo había alimentado, que lo había vestido y que le había enseñado tantas y tantas cosas; la Naturaleza, que en lo más grande y en lo más pequeño, en lo más simple y en lo más complejo, en lo más inmediato y en lo más lejano le había mostrado la magnificencia, la generosidad y la fidelidad de un Padre enamorado de todas sus criaturas.

_____________________

Cuando el día 1.261 la nueva sociedad se puso en marcha, sólo los hombres habían cambiado. Cada uno, libre y responsable, pensando en los demás, retomó sus tareas habituales y trató de hacerlo todo de la mejor forma posible. No escapaba al criterio de nadie que todo debía cambiar mucho y todos confiaban en que pronto se darían las nuevas directivas que habrían de devolver al mundo el orden trastocado. Lo que nadie sabía era de dónde partirían esas directivas. ¿Quién gobernaría? Cristo, desde luego, pero ¿cómo? ¿personalmente? ¿sólo? ¿conjuntamente con los mártires resucitados, como se había dicho? o por intermedio de alguien, ¿de quién? Nadie se atrevía a aventurar nada. Pero todos concluyeron que, como fuera, todo tenía que funcionar lo mejor posible, para que, quienes tuvieran que disponer lo que fuera necesario, encontraran herramientas útiles para realizar lo dispuesto.

Entre tanto la gente tenía que comer, vestirse, seguir viviendo. Así, pues, cada cual hizo lo suyo, pero lo hizo bien. Todos, hasta los canallitas del Consejo.

¡Hasta los canallitas del Consejo!

No es fácil comprender cómo ellos, autores de tantas maldades, entrampados en tanta porquería, podían ahora, de un día para otro, unirse a los que debían reconstruir un mundo que tanto habían ayudado a destruir. No lo entendemos: ¿No fueron castigados? ¿No fueron exterminados por la espada? ¿No fueron sus cuerpos arrojados al campo para que las aves de rapiña se hartaran de sus carnes?

Nosotros sí que somos "castigadores"... ¡Que no nos mida Dios con nuestra propia vara!

Pero Dios... Dios es Amor.

Agustín y el gordo Tomás ya habían dicho algo sobre este asunto: "Juzgue el que pueda si es mayor cosa crear justos a los ángeles que el justificar a los impíos. Mayor obra es que el impío se haga justo que crear el cielo y la tierra".

El impío ofende a Dios con su pecado y solo el ofendido puede perdonar la ofensa y eso lo hace cuando se apacigua con el ofensor. El pecado nos es perdonado en cuanto Dios se apacigua con nosotros y esta paz consiste en la dilección con que Dios ama a los hombres, que es eterna e inmutable.

El efecto de la dilección de Dios es la Gracia y de tal manera infunde Dios el don de la Gracia en el hombre que también conjuntamente mueve al libre albedrío a aceptar dicho don a aquellos que son capaces de esta moción. Dios mueve el alma del hombre convirtiéndola hacia El mismo y la primera conversión a Dios se realiza por la fe ya que es necesario que el que se llega a Dios crea que existe.

Cuatro cosas son necesarias para la justificación del impío: la Infusión de la Gracia, el movimiento del libre albedrío hacia Dios por la Fe, el movimiento del libre albedrío hacia la justicia y hacia detestar el pecado y, por fin, la remisión de la culpa.

Siendo infinita la virtud divina, puede disponer instantáneamente a la forma cualquier materia creada, y mucho más al libre albedrío del hombre, cuyo movimiento puede ser instantáneo por naturaleza. Y así la justificación del impío se hace por Dios instantáneamente.

Más de media hora de silencio, frente a sí mismos, frente a Cristo, tuvieron todos los hombres; también los canallitas del Consejo. ¿Qué les dijo Cristo a cada uno? ellos han de saberlo...

Pero no se crea que todos salieron igual, unos se sintieron ovejas pero otros se supieron cabritos. Muchos se reconocieron firmes candidatos al "lapso equilibrador" y no pocos concluyeron que se habrían de "jubilar" en él.

Los que manipuleaban a "La Bestia" y sabían de lo infame de su programación decidieron sacarla de servicio. Pudo haber sido el caos, pero no. Las señoras fueron al supermercado a proveerse como siempre y se enteraron que el "crédito" no corría más, y cada una se llevó a su casa lo estrictamente necesario para el día. Ni un poroto fue sacado sin necesidad. Es probable que muy pronto volviera a funcionar, pero sin tatuajes degradantes, ni maquinaciones tramposas, solo para mejor servir a todos, como tantas otras instituciones ideadas para mejor ayudar a vivir y convivir, convertidas luego por la perversidad del hombre en instrumentos de opresión y de injusticia.

Tampoco había cambiado nada en el orden de la Naturaleza. Tormentas y terremotos podían desatarse en cualquier momento, pero no era lo mismo, ahora los hombres eran hermanos y querían ayudarse unos a otros, seguramente si algo ocurría pronto llegaría el socorro.

También la contaminación seguía tan agresiva como siempre, pero ahora hasta el más desheredado tenía su mascarilla y podía disponer de su aire limpio, porque "La Bestia" no funcionaba y los hombres eran buenos.

Pero aun había algo más, algo inédito y mucho más profundo: El Sol y la Luna, el árbol, el pájaro y el lobo pudieron pronunciar por fin juntas dos palabras que en su idioma siempre estuvieran divorciadas: "Hermano hombre".

El día 1.261 había empezado una nueva era, con un hombre nuevo se constituía una nueva sociedad. Quien la anunció dijo que duraría mil años, pero según todos, quiso decir mucho, muchísimo tiempo.

Todo había vuelto a ser como Dios Padre lo había querido y de ahora en más este pueblo feliz y meritorio, integrado por hombres libres y conscientes se incorporaba al concierto de todos los pueblos creados por Dios Padre en todos los tiempos, en todos los universos y en todas las dimensiones.

Ustedes querrían saber, sin duda, como transcurrieron esos años, qué pasó, qué forma de gobierno se adoptó, qué leyes se dictaron, como terminó todo...

Yo también...

Pero, lo siento, de esto tampoco sé nada, nada me fue revelado y no me atrevo ni a insinuar nada.

Solo sé que, como en los otros mundos donde los hombres se mantuvieron unidos con Dios, la cosa fue como siempre debió haber sido.


11.3 ..   TODOS MENOS UNO

En el Cielo, la alegría por el desenlace no fue motivo para que se olvidaran las tareas con que debía rematarse el asunto.

Reunidos la Santísima Trinidad con los gerentes celestiales repasaron lo ocurrido y para cerrar la reunión Dios Padre se dirigió a Dios Hijo y lo invitó:

– Hijo, ahora dinos tú.

– Padre – contestó Cristo – He llevado a cabo la obra que me encomendaste realizar y te he glorificado en la Tierra. He manifestado Tu nombre a los que me has dado sacándoles el espíritu mundano y ellos han guardado Tu palabra. Eran tuyos y Tu me los diste y ellos aceptaron que Yo provengo de Ti, por eso te ruego por ellos, por los que me diste y por aquellos que por medio de su palabra también creyeron en mí.

Y te pido que ellos sean uno, como Tu y Yo somos uno y que a todos los que me has dado los tenga a mi lado donde Yo esté.

He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de la perdición, porque era necesario, Padre, que así fuera, y así fue escrito.

 

Inicio