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CAPITULO 3 HACIA
EL HOMBRE
3.1. LA
LUZ Y LA MATERIA Hágase
la luz – dijo Dios, y la luz se hizo, y ante el asombro de los gerentes
celestiales, apagó la cómputo–creadora. Sólo
la luz y el pensamiento del Padre habría de bastar para llevar adelante su
genial idea. Sólo luz y el pensamiento del Padre sería necesario para
crear esos seres que habrían de compartir la felicidad y la gloria de la
Trinidad Santa. La
luz: ese "Fluido" maravilloso y contradictorio que con sus "ondículas"
constituye la forma más sutil de la materia y también la más pura forma
del campo magnético y el más veloz de los vehículos posibles... y qué sé
yo cuantas cosas misteriosas más... La
luz, y no sólo aquélla que vemos con los ojos, por supuesto, más todavía
que la amplia gama de radiaciones de la que la luz visible es sólo una
parte, un algo más fino aun fue lo que Dios Padre creó y eso solo habría
de bastarle para poner en práctica su plan. No
tengo la menor idea de cómo se las arregló para organizar los universos
inferiores y superiores, pero por lo que se refiere a éste nuestro puedo
asegurarles que aplicó el principio general enunciado en el 1.9.: Tomó un
fotón y de él hizo dos electrones de signo contrario, con similar ingenio
hizo los neutrones y todo eso. Con
unos pocos protones, neutrones y electrones hizo el átomo... El átomo es
lo más parecido a la nada que se nos pueda ocurrir. Su pequeñez escapa a
toda posibilidad de imaginación: se necesitarían más de un millón de
átomos tocándose uno con otro para apenas igualar el grosor de esta hoja
de papel. En el interior del átomo está el núcleo que tiene un diámetro
equivalente a una cienmilésima parte del total pero que, en tan pequeña
proporción de volumen, concentra la práctica totalidad de la substancia
que lo compone: el 99,9 % de la masa del átomo. El
núcleo está compuesto por dos de los tres elementos fundamentales que
integran el átomo: protón y neutrón. La tercera clase, el electrón se
encuentra fuera del núcleo y gira en torno de él sujeto por fuerzas de
atracción eléctrica en forma similar a como lo hacen los planetas
alrededor del Sol. Proporcionalmente las distancias que separan los
elementos son mucho mayores en el átomo que en el sistema solar. Desde
luego que las cosas no son tan simples como todo lo dicho. Los hombres
sabios que estudian estas cosas han descubierto cerca (o más, qué sé yo)
de cuarenta tipos de partículas elementales y, como lo viene haciendo el
hombre desde que se lo mandó Dios, les ha puesto pintorescos nombres:
neutrinos, mesones, hyperones, etc., etc., cada uno con su antielemento,
por supuesto: antimesón, antihyperón, etc., y hasta les ha puesto
apellido: mesón mu, antihyperón sigma, etc., etc. El
hecho de que sea el núcleo quien monopoliza la casi totalidad de la masa
del átomo implica que en algunas partículas la masa sea cero, es decir que
están hechos de nada. Así pasa con los fotones y neutrinos, por
ejemplo.
A
nosotros no puede extrañarnos por que conocemos el proceso, pero a los
hombres sabios que no han tenido la dicha aún de leer este libro, el
asunto se sumerge en oscuras incertidumbres y empiezan a debatirse en la
inseguridad de si se trata de ondas o de puntos sin volumen, si ocupan o
no espacio o si son "ciertas particularidades matemáticas que rondan por
el espacio" como dijo alguno o, como también se dijo: representaciones
ideales de la realidad que quizás tenga tanto que ver con ella como el
número de teléfono con la personalidad del abonado. Todo
lo dicho, en fin, nos lleva a definir la materia como constituida por
pequeñísimas partículas de nada separadas por proporcionalmente enormes
dimensiones de vacío. El
estudio del átomo ni de lejos está agotado. Nuestros sabios descubren día
a día más y más maravillosas cosas. Ya desde el año 1964, por ejemplo, han
entrevisto la posibilidad de la existencia de partículas más diminutas aún
que entrarían en la constitución de las partículas elementales ya
conocidas. A estas "cositas" se las está llamando "quarks" y también
partículas subcuánticas. Como
bien concluirán ustedes, nuestros sabios están pisando los umbrales del
U+340. Pues
bien, siguiendo con nuestros comentarios diremos que estas partículas
elementales de las que hemos estado hablando nunca se encuentran aisladas
en la naturaleza, sino combinadas entre sí formando átomos. El
más simple de estos átomos es el de Hidrógeno: tiene un núcleo compuesto
por un solo protón y tiene también un solo electrón. Le
sigue el Helio con dos electrones girando en una misma capa. Luego el
Litio, con tres electrones en dos capas, y, así, complicándose
paulatinamente con núcleos cada vez más complejos y mayor número de
electrones girando en diversas capas hasta llegar a cosas como el
Laurencio con 103 electrones girando en 7 capas. Tampoco
los átomos se encuentran aislados en el Universo. También ellos, como
obedeciendo a la política de amor instituida por Dios Padre, se unen entre
sí para formar las moléculas. Ni al
átomo de Hidrógeno se lo puede encontrar solo. Aparece en la Naturaleza en
forma de una molécula compuesta por dos átomos y aquí, en nuestra tierra,
formando moléculas de agua, esa combinación de Hidrógeno y Oxígeno cuya
fórmula H2O nos introdujo, en aquellos tiempos escolares, en el
misterioso mundo de la química. 3.2 UNA
GOTA DE AGUA
Dos
átomos de Hidrógeno y uno de Oxígeno forman una molécula de agua. ¿Cómo
podríamos hacer para explicar qué es el agua? No se lo quiero explicar a
ustedes, ustedes saben de sobra qué es el agua. Me gustaría poder
explicárselo a un marciano de cualquier planeta que no tuviera agua. Debiera
quizás empezar por decirle que es un líquido. O un gas. O una roca. Bueno,
según la presión atmosférica o la temperatura que consideremos. Tendría
que decirle que como gas es más liviano que como líquido, tal cual ocurre
con casi todos los elementos capaces de cambiar de estado, pero que
también se hace más liviana cuando toma estado sólido, y para que
entendiera esto tendría que explicarle eso del ordenamiento molecular que
hace que el agua aumente de volumen cuando alcanza los 0 grados
centígrados, y no podría dejar de anotar la trascendencia de este
fenómeno: que el hielo flote sobre el agua y todo lo que significa para la
vida terrestre. No podría dejar de hablarle entonces del "ciclo
hidrólico", de la evaporación, de la formación de las nubes, de la lluvia,
del granizo, de los deshielos, del escurrimiento superficial de las aguas,
de los arroyos, de los ríos, de los océanos, y también del arrastre de
sedimentos, de la percolación, de la infiltración, de las corrientes y
depósitos subterráneos. Y no podría dejar de señalarle aquí que el agua es
el más poderoso agente geológico capaz de determinar cambios geográficos.
Y al hablar de los océanos tendría que mencionarle, por fuerza, la
facultad del agua de retener el calor y lo que ello implica en la
moderación del clima, y cómo ello hace posible la vida humana en la mayor
parte del planeta. Y al
hablar de los ríos tendría que detenerme en los desniveles y caídas de
agua y en el aprovechamiento que el hombre ha hecho desde antiguo de su
energía potencial. Y eso me llevaría a hablar de las represas y, claro, de
las usinas hidroeléctricas, y tendría que concluir que el agua es la madre
de la electricidad así obtenida. Compararía estas usinas con las
termoeléctricas y tendría que aceptar, aquí también, que es el agua la
madre de esta electricidad. Y, por curiosidad, incursionaría en el tema de
las usinas nucleares, y, ¡bueno! tendría que reconocer que también aquí el
agua es la madre. Y como una cosa lleva a la otra, tendría que detenerme a
considerar las maravillosas propiedades del vapor de agua y su aplicación
al transporte en los primeros años de nuestra era tecnológica y a todos
los usos que aún hacen del agua un auxiliar imprescindible en todas
las actividades del hombre. Y al
hablar de las actividades del hombre tendría que dedicar un buen párrafo a
la agricultura y con ello a las lluvias y al riego y a todo lo que el agua
significa en el proceso biológico y, para poder entrar en el tema, tendría
que referirme a curiosas propiedades del agua tales como la capilaridad,
la humectación, la tensión superficial y todo eso. Y al
incursionar en el tema biológico no podría dejar de decir que el agua es
el constituyente esencial de todos los seres vivos, desde la célula hasta
el hombre. Más aún tendría que afirmar rotundamente que el agua es la
madre de la vida. Tendría
pues que explicarle al marciano ese que el agua en la Tierra es a la vez
gas, líquido y sólido y que en ella se verifican fenómenos inéditos de
sutileza exquisita. Que es la principal colaboradora del Sol en la
transmisión de su energía al mundo, que es la amorosa moderadora de sus
ímpetus y eficaz reguladora y distribuidora de su calor. Que es la
paciente e inexorable escultora de la Tierra. Que es la mayor acumuladora
de fuerzas que tenemos, la madre de la electricidad que el hombre usa de
ordinario y que es también la hermana mayor de toda la tecnología. Que es
madre indiscutible de toda vegetación, principal actora del proceso
biológico, componente esencial de todos los seres vivos, engendradora de
la vida misma... Y en
este punto paro y le doy gracias a Dios por haber inventado el agua... y
les pregunto a ustedes: ¿quién puede considerarse acreedor a una sola gota
de agua? 3.3 LA
HIJA DILECTA DEL AGUA
Los
poetas mitológicos, en una no despreciable mayoría, han coincidido en
definir al agua como madre de la vida: "El espíritu de Dios se cernía
sobre la superficie de las aguas..."; "En el principio todo era tinieblas
y agua..."; "Nu era el océano primordial e ilimitado en cuyo seno estaba
la simiente de todas las cosas...” Y los
sabios de hoy también. Uno de ellos dice que se figura a la tierra de los
orígenes como rodeada de un océano sin limites del que empezaban a emerger
en algunos puntos aislados y por erupciones volcánicas, las protuberancias
continentales. Aguas tibias, licor pesado y activo, cargado de enormes y
complejas moléculas. Ese fue el medio, inevitablemente líquido, donde las
primeras células debieron formarse. Así
se originaron las primeras células a partir de las megamoléculas
verificándose otra vez la política del amor de Dios Padre. La
célula es la unidad mínima de vida. Los procesos vitales se inician a
partir de ella. Como ocurre con los átomos con relación a la materia, es
la célula el ente más elemental, en este caso, capaz de desarrollar
procesos de asimilación, desasimilación y reproducción que podríamos decir
son las funciones definitorias de la vida. Quizás
de una sola vez y para siempre nació la vida en el seno del agua,
cumpliéndose así una etapa más en el plan previsto por Dios Padre. Resistiré
heroicamente la tentación de resumir aquí cuanto he leído sobre el tema, y
la verdad es que me cuesta, pues estoy encandilado tanto por la
maravillosa conjunción de circunstancias que hicieron posible la aparición
de la vida cuanto por la no menos maravillosa fecundidad de la mente
humana capaz de reconstruir paso a paso tan extraordinario proceso. Dejo,
pues, aquí este tema seguro de que ustedes aprobarán tanta
discreción. 3.4 LA
COSA SE COMPLICA
Pero,
mal que les pese, no puedo dejar de detenerme un poco en el proceso que
lleva de la vida al hombre que es quien realmente nos interesa. La
célula, ladrillo con que se construye la vida, con ser el ente viviente
más elemental es ya bastante compleja. Bastaría mencionar alguno de sus
componentes para apreciarlo: membrana, protoplasma, núcleo, nucleolos,
cromosomas, mitocondrios, centrosomas, vacuolos, microsomas, etc. Y con
esta materia prima se construyen todos los seres vivientes vegetales y
animales. Vamos a dejar las plantitas a un costado y nos fijaremos en los
animales, empezando por los más elementales: los protozoarios, compuestos
por una sola célula. Estos
protozoarios, que constituyen por sí mismos un subreino de la Naturaleza,
empiezan a fascinarnos con la variedad y complejidad de sus formas:
flagelados, rizópodos, ciliados, esporozoarios, cnidoesporídeos, y dentro
de cada una de estas divisiones más variedad y sutileza de formas:
Eunélidos, Dinoflagelados, Noctilucas, Tripanosomas, Amebas,
Foraminíferos, Radiolarios, Vorticellas, Paramecios... y muchos de ellos
con características que escapan a nuestra inmediata capacidad de
comprensión: Los paramecios, por ejemplo, tienen veinte sexos. ¡Veinte
sexos! ... ¿Se imaginan que maravillosas películas podrían hacerse con
paramecios? Y
luego los metazoarios, formados por células altamente especializadas
adaptadas a la constitución de tejidos y órganos. Primero
los invertebrados, desde los microscópicos espongiarios, hasta los
gigantescos moluscos, pasando por el maravilloso mundo de los insectos con
su millonada de especies y variedades donde tanto se da la sutil belleza
de la mariposa como la compleja organización social de las abejas y las
hormigas. Y
luego los vertebrados. Los vertebrados comienzan a aparecer sobre la
Tierra como consecuencia de la paulatina complejificación de las especies
primitivas. Primero
aparecen los peces cuyo reinado puede establecerse por el período Devónico
hace unos 200 millones de años. Le
siguen los batracios y los reptiles que tienen su época de esplendor hace
unos 100 millones de años y cuentan con ejemplares dignos de mención como
el Diplodocus de 50 toneladas de peso y el Brontosaurio de 30 metros de
largo. Hace
75 millones de años aparecen las primeras aves. Destacamos entre ellas al
Odontornithes, pájaro raro con dientes en el pico. Los
mamíferos empiezan a cobrar importancia en el Paleoceno, el más antiguo de
los períodos de la era Terciaria. En el
Oligoceno, hace unos 25 millones de años, se desarrollan los primates.
Diez millones de años después se multiplican los catarrinos, monos con
nariz de apertura frontal y cola muy corta o nula. Hace
10 millones de años reinaban los mastodontes y mamuts; los chimpancés, los
gorilas y los orangutanes seguían creciendo y se descubren ya algunas
especies que preanuncian al hombre; El oreopitecus por ejemplo, al que se
le atribuye una antigüedad de 10 a 12 millones de años. Y así
hasta llegar al Cuaternario... 3.5 LA
CREACIÓN DEL ELEFANTE
Sobre
como hizo Dios para crear los animales se han elaborado las más variadas
teorías. Unas serias, meditadas, sesudas, ajustadas a sólidos
razonamientos de fuerte sustentación científica; otras fantasiosas y
superficiales. Cada uno puede elegir con más o menos igual derecho lo que
más le guste y, según las circunstancias, una u otra versión puede ser la
más adecuada. En el
punto anterior hemos seguido el proceso descubierto por los científicos y
no más llegando al versículo 20 del Capítulo I del Génesis tenemos la
versión del poeta bíblico. Un
actor argentino de sin igual personalidad y gracia, solía contar, allí por
los años treinta, en las famosas noches de un no menos famoso teatro de
revistas porteño, un cuento, me atrevo a afirmar que no más que un cuento,
sobre como había hecho Dios para crear a los animales. Los
había hecho, desde luego, de barro; de una arcilla suave y plástica que
adquiría en sus manos, rápida y obediente, las formas pensadas por el
Padre. Así
había creado las aves, desde los pequeños y movedizos colibríes hasta los
vanidosos y prosopopéyicos casuarios. Había creado los pequeños mamíferos,
los de largas orejas como las liebres, los de cola elegante y adornada
como las ardillas. Todas
las formas, todas las variantes, todas las combinaciones pasaron por la
imaginación de Dios Padre que las plasmaba con hábil mano en la dócil
arcilla. Su
técnica era simple y efectiva. Pensaba el animalito en su aspecto general,
modelaba la masa del cuerpo que ya al salir de sus manos comenzaba a
cobrar vida y luego se dedicaba a perfeccionar los detalles; –
Estas patas de atrás, grandes y fuertes, para que pueda saltar alto y
lejos... Las
formaba, y al tiempo que las colocaba en el cuerpo decía con fórmula
ritual: –
¡Que se te peguen! Y las
patas se pegaban y comenzaban a vivir con el resto del cuerpo. – las
patas de adelante cortas y débiles, apenas unos bracitos... total no las
ha de necesitar para caminar... ¡Que se te peguen! – y ahí estaban las
patas delanteras. – La
cola larga y fuerte... para que ayude a saltar y a equilibrar el cuerpo...
¡que se te pegue! – y la cola componía desde ese momento la figura
imaginada por Dios Padre. – Y
el cuello... y la pequeña cabeza... y una bolsa en el vientre para refugio
de la cría... ¡Qué graciosa ha de quedar asomando por ella su cabecita...
¡Que se te pegue! – Y así el canguro insólito cobraba vida tal como Dios
Padre lo había imaginado. Hizo
así pájaros y peces, mamíferos y reptiles, animales chicos y grandes,
graciosos y elegantes, pesados y torpones. Dios Padre seguía y seguía,
enamorándose de sus criaturas a medida que las creaba. – y
ahora voy a hacer uno chiquitito con colores brillantes como laca
japonesa... – y creaba la vaquita de San Antonio. – ...
y ahora uno fiero y grandote que con su piafar y sus bufidos ridiculice al
hombre irrazonable... – y creaba el rinoceronte, y, para colmo, le ponía
un cuerno en la nariz... y así uno... y otro... Iba
cayendo la tarde del quinto día y Dios Padre seguía entusiasmado su obra
creadora. El barro amasado para ser usado esa jornada se iba acabando, y
el mismo Dios Padre, luego de tarea tan ardua y excitante, iba sintiendo
los efectos del cansancio. – Voy
a hacer el último, con todo este barro que me queda – se dijo juntando lo
que quedaba del pastón original. – Va
a tener que ser grande, pesado y forzudo... – y empezó a modelar el
cuerpo pesado y enorme. – Las
patas cortas y fuertes para aguantar el peso... Que se te peguen! – La
cabeza no muy grande... el cuello ancho y corto... ¡Que se te pegue! –
Estos colmillos largos y estas orejas pantalludas que puedan abanicar para
infundir pavor a quienes quieran atacarte... ¡Que se te peguen! – Y
la cola larga y gruesa, proporcionada con el tamaño del cuerpo... Y
juntando el barro que quedaba modeló la cilíndrica cola, larga y pesada,
que debía completar la figura del elefante. Era
casi de noche y poco se veía cuando Dios Padre terminó de modelar la cola.
La tomó con ambas manos y se arrimó al elefante que, gozoso e inquieto
disfrutaba de su incipiente vida... –
¡Que se te pegue! – Dijo Dios Padre al tiempo que el elefante, curioso, se
volvía para mirar eso que Dios Padre llevaba entre las manos. Dios
Padre no pudo parar a tiempo. La inerte pieza de barro impulsada por la
energía divina fue a estrellarse, justo, justo, bajo la frente del
elefante. ¡Qué
lugar para semejante cola! Pero ya no había nada que hacer, y, para colmo,
ni barro quedaba ya. Solo unas migajas desparramadas aquí y allá. Dios
Padre, presuroso, ya entrada la noche, juntó los cachitos que quedaban,
hizo un chorizo largo y finito lo más adecuado que permitía la escasez del
material sobrante y cuidando bien que el animal no se moviera, con un
último y desilusionado "¡Que se te pegue!", pudo remediar, en parte al
menos, la antiestética chupinez del paquidermo. Así
es, según aquel actor, o quien le escribiera el libreto, la vera historia
de la creación del elefante. Yo,
personalmente, me siento muy inclinado a creerla porque, verán
ustedes... Una vez, a un pueblito del interior
donde jamás habían visto un elefante llegó un circo. Quiso la mala suerte
que en un descuido de sus cuidadores el animal se escapara y agarrara al
trotecito para el lado de las quintas. Fue
así que al rato llegó a la comisaría un peón despavorido. – ¡Venga
Sargento! ¡Venga pronto! y traiga la gente, que hay un animal enorme en
los repollos de Don Cosme... –
¿Qué animal? ¿Un caballo? –
¡Que caballo!, un animal grande... – ¿Un
toro...? –
¡No, que toro! Un animal grande... grande y raro... –
¿Pero...? ¿Grande como qué? ... raro, ¿Cómo raro? – Sí,
raro, ¡grande!, más grande que un toro ¡mucho más grande! Es raro, no le
vi la cabeza por que estaba de atrás, pero tiene una cola larga y gorda...
y es enorme... de color gris... y va caminando para atrás y con la cola
arranca los repollos... –
¡Que arranca los repollos con la cola!?, Pero estás loco!? ... Y qué hace
con los repollos? ¿Qué
hace con los repollos? ... ¡Si se lo digo se me va a enojar, sargento!
... 3.6 EL
HOMBRE, ¡AL FIN!
–
Dios Padre sigue, obstinado, con su plan. Usando la técnica más adecuada y
gastando energía hasta el derroche, va, paso a paso, configurando las
criaturas previstas. Dios
Padre no tiene apuro, aquel artificio del tiempo no corre para Él. Y le
sobra energía. ¡La energía divina!, Cuanto más da, más tiene, a medida que
la trasmite, se multiplica. Cada criatura que sale de sus manos sale
radiando energía, comunicándola y haciéndola fructificar en nuevas
creaciones que se incorporan automáticamente al plan divino. Los
hombres de ciencia, los filósofos y los poetas van descubriendo poco a
poco, las huellas de esta labor del Padre. De
los rastreos de los científicos que hemos podido seguir en 3.4. podemos
deducir algunas cosas. Por ejemplo, la existencia de unos tipos biológicos
en los que el proceso ha quedado estancado, y también la existencia de
otro tipo en que la evolución parece haber continuado en forma
ascendente. Esto
que se aprecia así como una evolución ascendente se expresa en la
constante modificación de los sistemas digestivos, respiratorios,
circulatorios y nerviosos de las especies a medida que se suceden
cronológicamente. Muy
especialmente puede apreciarse que la evolución del sistema nervioso se
caracteriza por la tendencia a una progresiva cefalización. A partir de
cierto período se encuentran seres en los que la constitución de su
sistema nervioso sugiere ya la capacidad de razonar. Y en
un determinado momento, – y sin que los hombres de ciencia se atrevan a
decir cuál, un ser adquiere el más alto grado de cefalización, la razón
sustituye al instinto y el discernimiento a los reflejos
condicionados. El
hombre... ¡Al fin! ¿Es
el hombre una nueva familia de animales? El
hombre tiene, sí, las mismas características biológicas del animal. Tiene
vida vegetativa, capacidad de desplazarse, sensibilidad e instintos. Pero
tiene algo más: discernimiento, libertad y voluntad. El
discernimiento es la facultad de juzgar con acierto, de distinguir
intelectualmente entre lo verdadero y lo falso, entre lo bueno y lo
malo. La
libertad es la facultad de elegir entre las proposiciones que plantea el
discernimiento, optando por lo que se aprecia como bueno y como
verdadero. Voluntad
es la capacidad de ordenar los esfuerzos a la consecución del bien
libremente elegido. Por
estas tres condiciones únicas entre todas las especies conocidas, el
hombre se destaca netamente y constituye dentro de la escala zoológica un
ser excepcional. Pero
lo bueno del caso es que el hombre sabe que tiene esas condiciones, sabe,
es decir, tiene conciencia. La
conciencia es el conocimiento reflexivo de la propia actividad
psíquica. El
hombre sabe que tiene discernimiento y que puede juzgar. Sabe
que tiene libertad y que puede elegir. Sabe
que tiene voluntad y que puede querer. El
hombre sabe todo eso y sabe que lo sabe. Y esas facultades y el
conocimiento que de ellas tiene, lo hacen responsable ante sí mismo de su
propia vida y de sus propias obras. No,
el hombre no es una nueva familia de animales, sino un ser nuevo, con el
que empieza una nueva era. El
"paso de la reflexión", como dijera el jesuita del "punto Omega", inaugura
una vida de otra clase, fabrica un mundo de otra clase, superpone a la
"biósfera" eso que llama la "noosfera": la capa pensante: abstracción,
lógica, matemáticas, invención, arte, poesía... vida interior... Algo
nuevo, algo distinto hay sobre la tierra. Eso que Dios Padre construyó con
tiempo–paciencia y con energía–amor, para que compartiera, capaz,
consciente, meritorio, la infinitud de su gloria. 3.7 TODOS
LOS “HOMBRES” – CADA HOMBRE
Los
hombres de ciencia van rastreando poco a poco, con gran esfuerzo y mucha
desconfianza, el proceso de que se valió Dios Padre para construir este
hombre que vive en nuestra Tierra. Desde luego que del proceso usado para
su creación en otros planetas o universos no tienen la menor idea. No solo
no tienen la menor idea de ello sino que, además, difícilmente admitan la
posibilidad de su existencia. Los
filósofos y los poetas son otra cosa. Un
filósofo, con bastante de poeta, que escribió un libro lleno de
sugerencias filosófico–literarias que leí hace mucho tiempo, tuvo la
revelación de la existencia de los "Ayfires", un pueblo de características
similares a las nuestras pero con una interesante diferenciación: al
llegar a una cierta edad, variable para cada individuo, comenzaban a
decrecer con la misma lentitud con que habían crecido hasta volver a ser
niños. Seguían desde luego decreciendo hasta hacerse microscópicos y
desaparecer al fin. A los "abuelitos microscópicos" se los conservaba en
algo así como "portaobjetos rituales" y se los veneraba con cariñoso
respeto. Más allá de los equívocos y conflictos creados por una juventud y
una adolescencia "para atrás" que los "Ayfires" resolvían con envidiable
sentido del humor, cada uno de ellos dejaba, al partir para la eternidad,
como último recuerdo, la estela blanca de la segunda inocencia. Es
interesante señalar que la revelación de la existencia de este pueblo la
tuvo a través de una niñita que, según él, medía una estatura de 5
milímetros de los nuestros, habitante de otro pueblo con el que no existe
ninguna posibilidad de contacto físico. Dato
interesante, puntualmente consignado, es que este pueblo se compone de
10.000 millones de habitantes. La vida media de estos hombrecitos es del
orden de diez siglos y llegan al final de ella sin asomo alguno de vejez
ni de alma ni de cuerpo. Señala el relator, que como tienen una memoria
prodigiosa, una enorme potencia mental y una voluntad moralmente
inquebrantable, la eficacia social de la comunidad supera cuanto pueda
imaginarse. Analizando
la información que este cura y filósofo nos ha dejado de estas diminutas
criaturas y de su mundo, puede concluirse que no pertenecen ni a nuestro
universo U+342 ni a ninguno de los de orden superior o inferior. Ello
me lleva a suponer que deben pertenecer a algún universo negativo o,
quizás, al de alguna creación paralela a la nuestra de las que, para ser
sincero, hasta ahora nada me ha sido revelado. Otros
escritores, filósofos y poetas se han referido con variada intención y
desigual acierto a los hombres de otros mundos. Ya hemos dicho algo de
esto en párrafos anteriores, pero lo que nos interesa dejar perfectamente
aclarado aquí es que esta tarea laboriosa, minuciosa, amorosa de Dios
Padre se repite, con la imaginable gama de recursos, en mundos y universos
grandes y pequeños, positivos y negativos, de antes, de ahora y de
después, para dar lugar a esos seres que habrían de compartir su gloria
según aquel plan que vimos en 2.5. Y no
solo esto, sino algo más. Ha de aclararse también que esa tarea laboriosa,
minuciosa y amorosa de Dios Padre la realiza particular y personalmente
para cada uno de esos ''hombres" sean como sean y de donde sean. Como a
los animalitos de aquel actor los hace pieza por pieza, pensando con amor
cada detalle, enamorándose más y más a medida que lo piensa y lo hace para
quedar enamorado hasta la sinrazón una vez concluido. ¿Qué
podemos decir de "cada uno" de nosotros? Veamos:
Cada uno de nosotros puede considerarse integrando una cadena cuyos
eslabones anteriores son nuestros padres y nuestros abuelos y cuyos
eslabones posteriores son nuestros hijos y nuestros nietos. Se
trata de una larga cadena que arranca cuando el primer ser animado alcanzó
la condición de "hombre" y ha de terminar al final de los tiempos cuando,
por la razón que sea, los hombres pierdan su condición física de
tales. Es
una cadena larga pero no infinita. Si nos atenemos a lo que han
descubierto los hombres de ciencia podríamos decir que empezó hace muchos
miles de años, según aceptemos como ''primer hombre'' a uno u otro de los
fósiles hallados, lapso que puede limitarse a unos 50.000 ó 100.000 años
si atribuimos tal condición humana al hombre de Neanderthal o al de
Cromagnon, y que ha terminar por uno de los variados cataclismos que tiene
previsto estos sabios: caída de la Luna, modificación de la inclinación
del eje de la Tierra, con el consiguiente desplazamiento de las aguas,
entrada del Sol en nova, etc., etc., terminará, decía, cuando por alguna
de estas razones la vida del hombre se haga imposible. Bien
mirada no se trata de una cadena sino de algo así como una red, pues,
claramente se ve que a cada eslabón corresponden, por arriba dos eslabones
y, por abajo, uno, varios o ninguno y los que sean están a su vez unidos a
los mismos o a distintos dos de arriba. Se
trata pues de una inmensa red que se extiende en el tiempo desde los
orígenes hasta el fin del hombre y que rodea todo lo por él habitado en el
planeta. Todos
los hechos humanos están tejidos en esta red como en un cañamazo. No
habremos, por fuerza, de encontrar un solo hecho humano fuera de ella.
Allí está bordado con belleza o tenebrosos colores todo lo que el hombre
ha hecho. En
esa red, en la que nosotros ocupamos un lugar preciso y definido, está
toda la historia y toda la política, todas las artes y toda la poesía,
todos los adelantos científicos, todos los gestos heroicos y sacrificados,
todas las ilusiones del hombre, sus búsquedas y sus hallazgos, sus luchas
y sus conquistas. Sobre
esa red, de que cada uno de nosotros es una malla insustituible, están
entretejidas también todas las miserias humanas: los crímenes, las
traiciones, los egoísmos, las defecciones, las cobardías. Allí, como
manchas oscuras, como huecos insondables, está todo lo que pudo ser y no
fue, todo lo que pudo hacerse y no se hizo. Cada
uno de nosotros es una malla insustituible en esa red en la que se
entretejen todos los hechos humanos. Un punto preciso, exacto,
irreemplazable. Pensemos
un poco en la infinita variedad de condiciones que se han dado para que
cada uno de nosotros sea quien es. Primero
una determinada, muy precisa y personal combinación genética. Una
combinación que nos vincula a través de nuestros padres y abuelos a todos
los hombres que nos precedieron a lo largo de los siglos. Una combinación
genética con billones de alternativas posibles que constituye una
condición única, prácticamente irreproducible. Luego
las condiciones y viscisitudes de nuestra gestación, incluyendo los sustos
y los antojos de mami, también únicas e irreproducibles. Luego
el haber nacido en un determinado momento de la historia y no en otro; no
nacimos ni antes ni después, no somos del Siglo V ni del año 2.000. También
somos hombres de una determinada cultura. Nadie es a la vez esquimal y
oriundo de Africa ecuatorial. Nosotros somos de aquí, tenemos un idioma y
no otro, una religión y no otra, unas costumbres, un folklore. Somos
hombres de un determinado clima, con un determinado régimen de
alimentación... Somos, en fin, el producto de una serie casi infinita de
combinaciones que hace que cada uno de nosotros sea el que es, y no sea,
ni pueda ser, ni quiera ser, otro. "Yo
soy yo", todos podemos decir esto con absoluta seguridad. Yo soy yo y
estoy aquí, en este lugar exacto del Universo, en este preciso momento de
la historia, en ente punto de la malla espacio–temporal que nadie,
absolutamente nadie, puede ocupar sino Yo. Yo soy yo, como me pensó Dios Padre, como me hizo con siglos y amor para que llene de acciones conscientes y libremente, este preciso punto de la red espacio–temporal.
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