|
|
CAPITULO 4 LA
LEY UNIVERSAL DEL AMOR 4.1 LA ENERGÍA
DE DIOS
Hemos
dicho en 3.6. que Dios Padre construyó esto nuevo que hay sobre la Tierra
y que soy yo y que sos vos y que somos nosotros, con “tiempo–paciencia" y
"energía–amor". La
paciencia de Dios puede definirse bien con esa acepción del diccionario
que dice que es la "espera o sosiego en las cosas que se desean mucho".
Dios nos ha deseado mucho, nos ha esperado mucho, y aún nos sigue
esperando, a todos nosotros, a cada uno de nosotros. Y esa espera de Dios
por nosotros es también como esa otra definición del diccionario: "Virtud
Cristiana que se opone a la ira". Sí, la Santa Paciencia de Dios se opone
a la Santa Ira de Dios. Dios implementa su paciencia con el tiempo, tiempo
para que el universo se hiciera, tiempo para que el hombre surgiera del
limo, tiempo para que nos formáramos en el vientre de nuestra madre,
tiempo para que creciéramos y maduráramos en capacidad y conciencia,
tiempo, al fin, para que le reconozcamos nuestro creador, nuestro padre
enamorado; tiempo y paciencia, infinita paciencia... Y
Amor. Esa Energía Divina que está en la propia esencia de Dios y por la
cual y con la que ha creado cuanto existe en este y en todos los universos
habidos y por haber. La
energía de Dios, esa que cuando más se da más se tiene, que se reproduce
en el instante mismo en que se transfiere, que hace bien y llena de felicidad
a quien la posee, a quien la entrega, a quien la recibe. Energía radiante,
que envuelve, se proyecta, se escapa, se filtra, por que es incontenible,
que consume sin destruir, construyendo, creando, creciendo, subiendo...
La Energía de Dios: el Amor. 4.2 EL
AMOR Y LAS COSAS
El
amor, dice el diccionario, es un “afecto por el cual busca el ánimo el
bien verdadero o imaginado y apetece gozarlo". El
asunto está, pues, en acertar con el "bien". Generalizando
mucho podríamos decir que el “bien” es, en definitiva, satisfacer la
propia vocación, cumplir cabalmente el propio destino. Se
amará aquello capaz de ayudarnos a alcanzar ese destino. El problema del
"amor" quedaría centrado entonces en el problema del "destino". Las
cosas, ¿Aman? Quizás
las cosas no amen, pero tienen amor. Dios las hizo con amor. Las cosas
"son" de amor. Y las
cosas por sí y en el momento mismo de existir cumplen con su destino y ni
aun el hombre puede privarlas de esa condición que el mismo Dios les ha
impuesto. Y si
las cosas no “aman" en el sentido que nosotros damos a la palabra, sí lo
hacen en cuanto unas a otras se buscan, se entregan, se completan, se
aniquilan, o lo que sea en la búsqueda inexorable de la mutua
finalidad. ¿Cómo
aman las cosas? ¿Cómo
ama un átomo? por ejemplo. No
parece ser el destino del átomo existir en sí mismo. Más bien parece ser
el de integrar moléculas. El átomo, sin dejar de ser él mismo, se entrega,
digámoslo así, se combina, se equilibra con otros átomos para integrar una
entidad de orden superior en la cual, su vocación, su destino, la
finalidad para la cual fue creado, se cumple cabalmente. Tampoco
parece ser el destino de las moléculas el existir para sí mismas, sino el
unirse unas con otras para formar, ellas también, una entidad de orden
superior a la que, genéricamente, podemos llamar materia. Y la
materia, que hemos englobado así como una cosa amorfa y monótona, lejos
está de serlo, sino que, por obra de ese amor que comienza expresándose
en las partículas elementales cuando integran los átomos y en los átomos
cuando integran las moléculas y en las moléculas cuando se combinan en
su infinita variedad de posibilidades, se engalana con miles de formas
colores, texturas, se hace tenue y sutil como el aire, escurridiza como
el agua, tenaz y fría como el acero. Y con todas esas condiciones se entrega
a su vez, fiel a su destino, para ayudar al hombre a encontrar el suyo. 4.3 EL
AMOR Y LA VIDA
Cuando
los átomos aman mucho integran unas moléculas enormes, complejas, capaces
de ascender a un nuevo estado, superior sin duda al de la sola
materia. Dios
Padre, que no puede con el genio, se emocionó con el amor de los átomos
capaces de amar tanto como para formar megamoléculas, y los premió
regalándoles algo nuevo, algo que no había existido hasta entonces: la
vida. La
vida es un muy selecto y delicado regalo de Dios... Pero
tampoco las megamoléculas así dotadas habrían de vivir por al solas y su
amor mutuo las integró en células. Y primero fueron los unicelulares que
llenaron de vida el mundo, y luego las células se unieron y combinaron
entre sí y formaron tejidos y estos se fueran complicando con más y más
variadas células y los metazoos siguieron creciendo, evolucionando,
complejificándose, de acuerdo con ese proceso, obra del amor, que todos
ustedes conocen, hasta llegar al más complejo y evolucionado de los
seres. Las
células aman, pues, integrando una entidad de orden superior que ha de ser
el ejemplar de la especie vegetal o animal de que se trate. Y estos
ejemplares aman apareándose, reproduciéndose, multiplicándose hasta llenar
el mundo con una capa de vida: la “biósfera”, conjunto armonioso que maravilla
y emociona que a su vez se entrega en cumplimiento de su destino al igual
que las cosas inanimadas, para ayudar al hombre a realizarse en su vocación
trascendente. 4.4 EL
AMOR Y LA NATURALEZA
“La
flor más pequeña mira y el amor de Dios admira". Así decían los viejos lo
que yo trataré de comentar ahora con muchas más palabras, por supuesto.
Porque detenernos siquiera un instante a observar la naturaleza no puede
sino anonadarnos ante tanta maravilla en todos los órdenes: Las formas,
colores, texturas, olores, gustos, sonidos, combinaciones, recursos,
astucias y no sé cuantas cosas más que se multiplican y diversifican más
allá de todo lo que el hombre sea capaz de imaginarse. No
puedo ponerme aquí a reseñar el proceso que va desde el Sol al hombre a
través de la naturaleza, ni meterme en honduras químicas o biológicas de
las que no entiendo nada, ¡qué sé yo de la trifosfopiridina nucleótica y
todo eso! Pero
sí quiero recordar la armonía y generosidad con que todo ese proceso se
desarrolla desde la fotosíntesis hasta el engorde de los terneros o la
reproducción de las pirañas. Dentro de ese proceso en el que unas especies
dependen de las otras para su subsistencia sorprende la superabundancia de
semillas y huevos que garantiza la continuidad y el crecimiento de la
propia especie y, más aun, la de aquellas a las que sirven de alimento en
un equilibrio biológico de tan maravilloso mecanismo que ni el hombre
mismo, pese a sus denodados esfuerzos, ha logrado romper. Buscando
cuál ha de ser la entidad de orden superior que las plantas y animales
forman para entregarse al cumplimiento del destino señalado por la
Providencia, nos tropezamos con el equilibrio biológico en el que los
procesos reproductivos cobran tanta importancia. Diríase
que los animales y las plantas aman reproduciéndose todo lo que pueden y
protegiendo con cientos de sutiles recursos a los ejemplares más jóvenes
de la especie. Así
cumplen ellos la misión encomendada, contribuyendo con una generosidad
que a veces se nos antoja rayana con el despilfarro, con una entrega que
no puede sino emocionar a quien la observa, a la formación de esa entidad
de orden superior que es la biósfera, y que los animales y plantas integran
con su amor. 4.5 EL
AMOR Y LOS HOMBRES
¿Y
los hombres?, ¿Que pasa con el amor y los hombres? Algunos
creen que el hombre ama cuando se aparea. Otros, más generosos, piensan
que lo hace cuando se aparea y se reproduce, o cuando atiende con
solicitud a sus crías, y así, de cualquier manera, reducen el amor del
hombre al de los animales. También
el hombre, cumpliendo con esta ley universal del amor que me ha sido
revelada, ha de amar dándose a sí mismo para integrar con el otro una
entidad distinta de ambos y también de orden superior. Pero,
entendámonos, cuando hablamos del hombre nos estamos refiriendo a ese ser
nuevo, distinto, que tiene vida pero una vida de otra clase que trasciende
la biosfera por que dispone de algo de que las plantas y animales carecen:
discernimiento, libertad, voluntad y conciencia. El
amor de los hombres será tal, pues, si esa entrega de sí mismo es
ponderada, libre, sostenida y reflexiva. Toda otra cosa será una expresión
incompleta, inmadura, diría "inhumana", de algo que puede parecerse al
amor pero que no ha de ser, en modo alguno, amor humano. La
finalidad del amor del hombre no puede ser la reproducción animal de más
ejemplares de la especie humana. En todo caso lo sería la formación de más
hombres cabales. Así, sería la familia una primera entidad de orden
superior que el hombre integra con amor. Pero
el hombre no sólo se siente llamado a la integración de la sociedad
matrimonial sino también a la de otras sociedades: grupos de hombres con
que, de una manera u otra, procuran satisfacer las necesidades materiales
y espirituales que se les plantean. El hombre también entrega algo de sí
en esas sociedades y logra así integrar entidades de orden superior a
través de las cuales se trasciende a sí mismo. Seguramente
es el municipio la segunda sociedad natural que el hombre se ve llamado a
integrar en procura de su propia realización, y también la sociedad
laboral y, en fin, todas esas sociedades a las que se ha dado en llamar
“entidades intermedias". A
ellas el hombre da algo de sí, pero ¿Se entrega con amor? ¿Es su entrega
ponderada, libre, sostenida y reflexiva?, ¿Es, después de todo,
"entrega"? Entre
nosotros todo es limitado y condicionado. Hay mucho egoísmo en nuestro
darnos a los demás; muchos deseos de ser importantes, de figurar, de ganar
"status", en las responsabilidades que asumimos; muchas ganas de parecer
más, de tener más oportunidades, de disponer de más cosas, se esconden
detrás de ciertas "entregas" a entidades de bien público. Cuando damos
algo estamos pensando en la retribución; cuando realizamos algún trabajo
estamos esperando el reconocimiento; cuando nos sacrificamos por alguien
nos condolemos y admiramos a nosotros mismos, y poco menos que exigimos la
"consideración", es decir, el consuelo de los demás. Mucho del bien que
hacemos, nos sirve para excusarnos de hacer otras cosas que nos gustan
menos, cuando no para satisfacer nuestra soberbia o para acallar nuestros
remordimientos. En fin, que el amor con que el hombre se da, es amor, sí,
pero poco. Sin embargo, por poco que sea, es amor. Y, como todo amor,
proviene de Dios: es la energía divina, esa que tanto se multiplica cuanto
se da y que, por algún mecanismo previsto por Dios Padre en su Divina
Providencia, ha de contribuir a alcanzarle al hombre ese destino
trascendente para el que fue creado. Alguna
vez, quizás dentro de mucho, este poquito de amor del hombre,
multiplicándose a sí mismo le sea suficiente para que pueda integrar una
nueva entidad de orden superior a la que cada hombre se entregue
plenamente, con la totalidad de sus atributos exclusivos y así, sin dejar
de ser él mismo, forme una super–humanidad capaz de obtener ya de Dios,
como premio a su amor, esa nueva vida para la que fue creado y que solito
se perdió, quizás por un ponderado, libre, sostenido y reflexivo
desamor. En el
Capítulo 5 vamos a ver cómo fue eso...
|