Revelación Apócrifa

   

por el Arq. Luis Alberto Vernieri López

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CAPITULO 4

LA LEY UNIVERSAL DEL AMOR

4.1      LA ENERGÍA DE DIOS

Hemos dicho en 3.6. que Dios Padre construyó esto nuevo que hay sobre la Tierra y que soy yo y que sos vos y que somos nosotros, con “tiempo–paciencia" y "energía–amor".

La paciencia de Dios puede definirse bien con esa acepción del diccionario que dice que es la "espera o sosiego en las cosas que se desean mucho". Dios nos ha deseado mucho, nos ha esperado mucho, y aún nos sigue esperando, a todos nosotros, a cada uno de nosotros. Y esa espera de Dios por nosotros es también como esa otra definición del diccionario: "Virtud Cristiana que se opone a la ira". Sí, la Santa Paciencia de Dios se opone a la Santa Ira de Dios. Dios implementa su paciencia con el tiempo, tiempo para que el universo se hiciera, tiempo para que el hombre surgiera del limo, tiempo para que nos formáramos en el vientre de nuestra madre, tiempo para que creciéramos y maduráramos en capacidad y conciencia, tiempo, al fin, para que le reconozcamos nuestro creador, nuestro padre enamorado; tiempo y paciencia, infinita paciencia...

Y Amor. Esa Energía Divina que está en la propia esencia de Dios y por la cual y con la que ha creado cuanto existe en este y en todos los universos habidos y por haber.

La energía de Dios, esa que cuando más se da más se tiene, que se reproduce en el instante mismo en que se transfiere, que hace bien y llena de felicidad a quien la posee, a quien la entrega, a quien la recibe. Energía radiante, que envuelve, se proyecta, se escapa, se filtra, por que es incontenible, que consume sin destruir, construyendo, creando, creciendo, subiendo... La Energía de Dios: el Amor.


4.2      EL AMOR Y LAS COSAS

El amor, dice el diccionario, es un “afecto por el cual busca el ánimo el bien verdadero o imaginado y apetece gozarlo".

El asunto está, pues, en acertar con el "bien".

Generalizando mucho podríamos decir que el “bien” es, en definitiva, satisfacer la propia vocación, cumplir cabalmente el propio destino.

Se amará aquello capaz de ayudarnos a alcanzar ese destino. El problema del "amor" quedaría centrado entonces en el problema del "destino".

Las cosas, ¿Aman?

Quizás las cosas no amen, pero tienen amor. Dios las hizo con amor. Las cosas "son" de amor.

Y las cosas por sí y en el momento mismo de existir cumplen con su destino y ni aun el hombre puede privarlas de esa condición que el mismo Dios les ha impuesto.

Y si las cosas no “aman" en el sentido que nosotros damos a la palabra, sí lo hacen en cuanto unas a otras se buscan, se entregan, se completan, se aniquilan, o lo que sea en la búsqueda inexorable de la mutua finalidad.

¿Cómo aman las cosas?

¿Cómo ama un átomo? por ejemplo.

No parece ser el destino del átomo existir en sí mismo. Más bien parece ser el de integrar moléculas. El átomo, sin dejar de ser él mismo, se entrega, digámoslo así, se combina, se equilibra con otros átomos para integrar una entidad de orden superior en la cual, su vocación, su destino, la finalidad para la cual fue creado, se cumple cabalmente.

Tampoco parece ser el destino de las moléculas el existir para sí mismas, sino el unirse unas con otras para formar, ellas también, una entidad de orden superior a la que, genéricamente, podemos llamar materia.

Y la materia, que hemos englobado así como una cosa amorfa y monótona, lejos está de serlo, sino que, por obra de ese amor que comienza expresándose en las partículas elementales cuando integran los átomos y en los átomos cuando integran las moléculas y en las moléculas cuando se combinan en su infinita variedad de posibilidades, se engalana con miles de formas colores, texturas, se hace tenue y sutil como el aire, escurridiza como el agua, tenaz y fría como el acero. Y con todas esas condiciones se entrega a su vez, fiel a su destino, para ayudar al hombre a encontrar el suyo.


4.3      EL AMOR Y LA VIDA

Cuando los átomos aman mucho integran unas moléculas enormes, complejas, capaces de ascender a un nuevo estado, superior sin duda al de la sola materia.

Dios Padre, que no puede con el genio, se emocionó con el amor de los átomos capaces de amar tanto como para formar megamoléculas, y los premió regalándoles algo nuevo, algo que no había existido hasta entonces: la vida.

La vida es un muy selecto y delicado regalo de Dios...

Pero tampoco las megamoléculas así dotadas habrían de vivir por al solas y su amor mutuo las integró en células. Y primero fueron los unicelulares que llenaron de vida el mundo, y luego las células se unieron y combinaron entre sí y formaron tejidos y estos se fueran complicando con más y más variadas células y los metazoos siguieron creciendo, evolucionando, complejificándose, de acuerdo con ese proceso, obra del amor, que todos ustedes conocen, hasta llegar al más complejo y evolucionado de los seres.

Las células aman, pues, integrando una entidad de orden superior que ha de ser el ejemplar de la especie vegetal o animal de que se trate.

Y estos ejemplares aman apareándose, reproduciéndose, multiplicándose hasta llenar el mundo con una capa de vida: la “biósfera”, conjunto armonioso que maravilla y emociona que a su vez se entrega en cumplimiento de su destino al igual que las cosas inanimadas, para ayudar al hombre a realizarse en su vocación trascendente.


4.4      EL AMOR Y LA NATURALEZA

“La flor más pequeña mira y el amor de Dios admira". Así decían los viejos lo que yo trataré de comentar ahora con muchas más palabras, por supuesto. Porque detenernos siquiera un instante a observar la naturaleza no puede sino anonadarnos ante tanta maravilla en todos los órdenes: Las formas, colores, texturas, olores, gustos, sonidos, combinaciones, recursos, astucias y no sé cuantas cosas más que se multiplican y diversifican más allá de todo lo que el hombre sea capaz de imaginarse.

No puedo ponerme aquí a reseñar el proceso que va desde el Sol al hombre a través de la naturaleza, ni meterme en honduras químicas o biológicas de las que no entiendo nada, ¡qué sé yo de la trifosfopiridina nucleótica y todo eso!

Pero sí quiero recordar la armonía y generosidad con que todo ese proceso se desarrolla desde la fotosíntesis hasta el engorde de los terneros o la reproducción de las pirañas. Dentro de ese proceso en el que unas especies dependen de las otras para su subsistencia sorprende la superabundancia de semillas y huevos que garantiza la continuidad y el crecimiento de la propia especie y, más aun, la de aquellas a las que sirven de alimento en un equilibrio biológico de tan maravilloso mecanismo que ni el hombre mismo, pese a sus denodados esfuerzos, ha logrado romper.

Buscando cuál ha de ser la entidad de orden superior que las plantas y animales forman para entregarse al cumplimiento del destino señalado por la Providencia, nos tropezamos con el equilibrio biológico en el que los procesos reproductivos cobran tanta importancia.

Diríase que los animales y las plantas aman reproduciéndose todo lo que pueden y protegiendo con cientos de sutiles recursos a los ejemplares más jóvenes de la especie.

Así cumplen ellos la misión encomendada, contribuyendo con una generosidad que a veces se nos antoja rayana con el despilfarro, con una entrega que no puede sino emocionar a quien la observa, a la formación de esa entidad de orden superior que es la biósfera, y que los animales y plantas integran con su amor.


4.5      EL AMOR Y LOS HOMBRES

¿Y los hombres?, ¿Que pasa con el amor y los hombres?

Algunos creen que el hombre ama cuando se aparea. Otros, más generosos, piensan que lo hace cuando se aparea y se reproduce, o cuando atiende con solicitud a sus crías, y así, de cualquier manera, reducen el amor del hombre al de los animales.

También el hombre, cumpliendo con esta ley universal del amor que me ha sido revelada, ha de amar dándose a sí mismo para integrar con el otro una entidad distinta de ambos y también de orden superior.

Pero, entendámonos, cuando hablamos del hombre nos estamos refiriendo a ese ser nuevo, distinto, que tiene vida pero una vida de otra clase que trasciende la biosfera por que dispone de algo de que las plantas y animales carecen: discernimiento, libertad, voluntad y conciencia.

El amor de los hombres será tal, pues, si esa entrega de sí mismo es ponderada, libre, sostenida y reflexiva. Toda otra cosa será una expresión incompleta, inmadura, diría "inhumana", de algo que puede parecerse al amor pero que no ha de ser, en modo alguno, amor humano.

La finalidad del amor del hombre no puede ser la reproducción animal de más ejemplares de la especie humana. En todo caso lo sería la formación de más hombres cabales. Así, sería la familia una primera entidad de orden superior que el hombre integra con amor.

Pero el hombre no sólo se siente llamado a la integración de la sociedad matrimonial sino también a la de otras sociedades: grupos de hombres con que, de una manera u otra, procuran satisfacer las necesidades materiales y espirituales que se les plantean. El hombre también entrega algo de sí en esas sociedades y logra así integrar entidades de orden superior a través de las cuales se trasciende a sí mismo.

Seguramente es el municipio la segunda sociedad natural que el hombre se ve llamado a integrar en procura de su propia realización, y también la sociedad laboral y, en fin, todas esas sociedades a las que se ha dado en llamar “entidades intermedias".

A ellas el hombre da algo de sí, pero ¿Se entrega con amor? ¿Es su entrega ponderada, libre, sostenida y reflexiva?, ¿Es, después de todo, "entrega"?

Entre nosotros todo es limitado y condicionado. Hay mucho egoísmo en nuestro darnos a los demás; muchos deseos de ser importantes, de figurar, de ganar "status", en las responsabilidades que asumimos; muchas ganas de parecer más, de tener más oportunidades, de disponer de más cosas, se esconden detrás de ciertas "entregas" a entidades de bien público. Cuando damos algo estamos pensando en la retribución; cuando realizamos algún trabajo estamos esperando el reconocimiento; cuando nos sacrificamos por alguien nos condolemos y admiramos a nosotros mismos, y poco menos que exigimos la "consideración", es decir, el consuelo de los demás. Mucho del bien que hacemos, nos sirve para excusarnos de hacer otras cosas que nos gustan menos, cuando no para satisfacer nuestra soberbia o para acallar nuestros remordimientos. En fin, que el amor con que el hombre se da, es amor, sí, pero poco.

Sin embargo, por poco que sea, es amor. Y, como todo amor, proviene de Dios: es la energía divina, esa que tanto se multiplica cuanto se da y que, por algún mecanismo previsto por Dios Padre en su Divina Providencia, ha de contribuir a alcanzarle al hombre ese destino trascendente para el que fue creado.

Alguna vez, quizás dentro de mucho, este poquito de amor del hombre, multiplicándose a sí mismo le sea suficiente para que pueda integrar una nueva entidad de orden superior a la que cada hombre se entregue plenamente, con la totalidad de sus atributos exclusivos y así, sin dejar de ser él mismo, forme una super–humanidad capaz de obtener ya de Dios, como premio a su amor, esa nueva vida para la que fue creado y que solito se perdió, quizás por un ponderado, libre, sostenido y reflexivo desamor.

En el Capítulo 5 vamos a ver cómo fue eso...  

 

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