Revelación Apócrifa

   

por el Arq. Luis Alberto Vernieri López

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CAPITULO 6

LA COSA ANDA

6.1      LA MÁQUINA FUNCIONA

Por fin la máquina entra en régimen. No fue fácil, debieron hacerse muchos ajustes en su circuito y más de una vez la "Relación insuficiente" fue paliada con aportes extraordinarios.

Todo el universo captable por los hombres empezó a trabajar para su salvación. La Comp–Sal–Pro 7G–981 y la Comp–Col–Circ 8G–TPL 42, en un trabajo de admirable coordinación, fueron ordenando las circunstancias generales y particulares que influían en cada uno de los hombres, haciendo intervenir a todas las cosas que de una u otra manera pudiera convenir. Animales, plantas, cosas, estrellas, planetas, hombres de aquí o de donde fueran, sonidos, colores, olores... ¡qué sé yo! Todo entrando y saliendo, subiendo y bajando en una danza de tan intrincados movimientos que nadie que no estuviera en la cosa podría entender ni medio.

Y nadie estaba en la cosa...

Algunos hombres se palpitaron que detrás de tanto bodrio tenía que haber algo coherente. Uno pensó que todo ocurría como si Dios estuviera bordando un hermoso tapiz del que sólo Él viera el frente y El sólo supiera cual sería su dibujo definitivo. Nosotros, todos los demás, sólo veíamos la parte de atrás del bordado, el revés de la trama, con un entrecruzamiento desordenado de hilos multicolores y de nudos antiestéticos, con un entrar y salir de la aguja sin sentido comprensible.

Y así es nomás, salvo que los hombres sí pueden entender el sentido de la cosa. Las tres personas de la Santísima Trinidad dieron muchas veces las indicaciones necesarias. Dios Padre se arregló mano a mano con Abraham, Moisés y tantos otros a los que les dejó instrucciones claras, consejos sabios. A través de ellos alertó a su Pueblo sobre cosas que iban a suceder y todo eso, pero ellos le fallutearon una y otra vez.

A Moisés, por ejemplo le dio diez consejos para que todos los hombres supieran qué cosas sería bueno que hicieran y cuáles otras no les crearían más que problemas. y se los dio grabados en piedra...

Muchachos, piensen en lo que realmente es importante, piensen en lo trascendente. No se entreguen a pavadas y a cosas ilusorias que pronto pasan. Yo soy su Dios, si Uds. no lo aceptan así, pronto harán un dios de cualquier cosa: el dinero, el sexo, el status, el tarot... ¡lo que venga!

No sean fallutos unos con los otros... y no pretendan meterme a Mí en sus porquerías.

No se anden sacando las cosas. Hay para todos si reparten bien. Todos han de tener lo que necesitan así que ¡vamos! que es feo que rapiñen unos a otros.

No se lastimen... ¡No vayan a matar a nadie! Todos son hijos míos, todos ustedes son hermanos ¡entiéndalo! Ustedes se necesitan y deben apoyarse mutuamente. Y apréndanse esto de memoria, a ver: los cuchillos, las tijeras y navajas de afeitar son cosas que los niños no tienen que tocar...

¡Muchachos! ¡no sean sucios! No desnaturalicen con usos y finalidad indebida esas potencias orgánicas que les fueron dadas para contribuir al crecimiento y mejoramiento del hombre en el universo... ¡Piensen en la dignidad de todo eso...!

Y así los demás. Muchos se avinieron a aceptar los consejos de Dios. Dijeron: Son los Mandamientos, hay que cumplirlos. Pensaron que tales o cuales cosas eran buenas o malas porque Dios las mandaba o prohibía. 0tros, tentados por el Diablo y soberbios como él, concluyeron como Adán que a ellos no se les fregaba un pito de Dios y de lo que le gustaba o dejaba de gustarle y que hacían lo que les daba la gana: ¡eso era la Libertad!

Pero pocos entendieron que las cosas no eran buenas o malas porque Dios las mandara o prohibiera sino que Él las mandaba o prohibía porque eran buenas o malas, porque hacían bien o hacían mal. Y así, como la mayoría no ha entendido esto, sigue haciendo cualquier cosa... pero después se queja de que todo anda como la mona.

También Dios Hijo, cuando se hizo hombre, dejó precisas instrucciones. Habló, dijo versos, contó cuentos, puso ejemplos, hizo milagros de todas clases y se jugó como todos sabemos para que todos pudiéramos ubicarnos en la forma debida. Cuatro narradores: un comerciante y recaudador de impuestos, un historiador y obispo, un médico y un poeta, pusieron por escrito sus palabras y consejos.

Y por fin, Dios Espíritu Santo, que no quiso ser menos, nos hizo siete regalos, siete dones especiales para que pudiéramos ayudarnos con ellos. Cada uno de esos regalos sirva para algo muy preciso: Gustar de las cosas de Dios. Entender sus designios. Descubrir, a través de ese dorso del tapiz, la maravilla que está tejiendo. También para poder aconsejar a los que, desorientados, no saben para donde agarrar. Para encontrar las fórmulas para comunicarnos con el Padre. Para tener la fortaleza necesaria para sobrellevar con integridad el compromiso de ser hombres y para comprender, por fin, la grandeza de Dios acatando con amoroso respeto aun sus más recónditos designios. Todo eso lo regaló Dios Espíritu Santo a quien lo quisiera, solo que, atento a lo dispuesto por Dios Padre acerca de la libertad, puso una condición: que se lo pidan.

Con todos estos consejos, ejemplos, regalos y todo eso, el hombre debiera tener elementos de sobra para saber qué debe hacerse, pero, como bien dice Miguel, el hombre es un tronco recalcitrante y no hay nada que hacerle.

Menos mal que está la máquina y que a su influjo todo procede, aunque no nos demos cuenta, en el sentido fijado por la Divina Providencia.

Quizás algunos ejemplos nos ayuden a comprender como se comportan las cosas, los animales y todo eso en procura del bien previsto por Dios para los hombres.


6.2      LA LEY DE LA P.I.O.I.

Un ingeniero electrónico de mi amistad descubrió en una revista norteamericana de la especialidad un artículo en el que se daba cuenta de un extraordinario hallazgo. El articulista, basado en pacientes y metódicas observaciones había descubierto y proponía a la consideración de sus colegas una Ley a la que había denominado “De la Perversidad Innata de los Objetos Inanimados" o de la P.I.O.I., para decirlo en siglas, como está de moda.

No he tenido acceso personal a dicho artículo, no conozco el nombre de su autor, desde ya sean para él todos los méritos de su investigación y sus conclusiones, yo he de limitarme a transcribirlas como me han llegado, con toda la fidelidad de que sea capaz.

Fíjense Uds., decía nuestro investigador, que si se le está poniendo manteca a una tostada y por un desgraciado movimiento ésta se le escapa de las manos, indefectiblemente ha de caer con la manteca para el suelo. Si se le cae la moneda que Ud. prudentemente había separado para pagar el ómnibus, seguro que ha de rodar hasta el más inaccesible de los rincones, y líbreles Dios de que haya un sumidero cerca, por que, sin la menor duda, por sus rejas ha de escurrirse la moneda.

Repase Ud., continuaba analizando, el comportamiento que a lo largo de su vida ha podido comprobar en los objetos que usa a diario, verá Ud. que vez tras vez, caso tras caso, ellos se han comportado como si realmente le tuvieran fastidio, ¡qué!, ¡fastidio es poco! , se han comportado en forma verdaderamente perversa.

Si se derrama el agua de la mesa, en una casa donde Ud. está invitado ¿Dónde cree Ud. que habrá de mojarle? Si se está vistiendo Ud. con apuro, ¿no ha de saltarse el botón del cuello? Y dónde cree Ud. que va a rodar el simpático botón sino a la pequeña ranura que queda entre el piso y el zócalo. Y las tijeras ¿no están siempre en el último lugar donde uno las busca? Bueno, aquí cabe una pequeña observación: las cosas siempre están en el último lugar donde uno las busca, pero ello se debe a que solo un tarado, o uno que otro filósofo, sigue buscando algo después de haberlo encontrado. Pero, disgresión a un lado, haga Ud. lo que haga, sigue nuestro investigador, puede dar por seguro que las cosas han de... paso... se cortó la cinta de la máquina... Bueno, ya la arreglé... decía? ah, sí!, decía que las cosas han de comportarse con los seres humanos con auténtica perversidad. Estos son hechos primarios de observación. Su generalización da lugar, pues, a la anunciada Ley: "los objetos inanimados se comportan con los seres humanos en la forma más perversa que les es posible”.

Pero, como ha ocurrido siempre, descubierta la Ley, hecha la trampa. El hombre es capaz de ingeniarse para aprovechar esta Ley en su propio beneficio. Así, pues, nuestro articulista sugería, usando un ejemplo de su profesión: Está Ud. reparando un equipo electrónico y en el proceso siente el clásico olor de una resistencia quemada. No pierda el tiempo experimentado con el "tester" los distintos circuitos; busque, sencillamente, la resistencia cuyo valor esté agotado en plaza o aquella otra que, para cambiarla, obligue a desmontar el aparato entero. Busque allí, verá que es ésa la resistencia quemada. Y si es Ud. ingeniero de minas, seguía con otro ejemplo, y le informan que la veta de explotación se ha cortado, no aplique ninguno de los criterios clásicos para iniciar cateos, aproveche la Ley de la P.I.O.l., comienza a buscar allí donde la naturaleza del suelo hace casi imposible la explotación, o donde termina la propiedad y se entra en terrenos de un señor reacio a las tratativas. Busque allí y se evitará trabajos infructuosos,

La Ley de la P.I.O.I. es comprobable a cada rato, su inteligente aplicación es posible y beneficiosa. Solo tiene un defecto: no es exacta.

Los objetos inanimados no se comportan con el hombre en la forma perversa que se ha dicho. Lo que pasa, en realidad, es que el perverso es él. Todas las cosas, siguiendo fieles al Plan del Padre, tienen por fuerza que chocar con este “Rey de la Creación" que con tanta aplicación se esfuerza en ponerse en contra de lo que Dios manda.

El hombre, sistemáticamente, corre hacia su destrucción, las cosas se le interponen, lo frenan, le crean problemas, interfieren su acción, pero él sigue, insistente, atropellado, huyendo de Dios y acercándose a la nada. Él sigue en lo suyo sin pararse a pensar ni en el bien ni en el mal. enceguecido por su pequeña y personal imagen de su bien inmediato.


6.3      EL CASO DEL VIAJERO APURADO

Se cuenta que un señor que estaba realizando un importante viaje de negocios, paraba momentáneamente en un hotel del que debía salir a primeras horas de la mañana siguiente rumbo al aeropuerto.

Su primera providencia fue avisar al conserje: – ... que me despierten sin falta a las cinco y media que debo tomar el avión...

– Está bien, señor – contestó el conserje mientras anotaba – 5:30, habitación 235.

Luego, llegado a su habitación, puso para mayor seguridad, su despertador a las seis menos cuarto,

Preparó su equipaje y, excitado aún por las alternativas de su viaje, se durmió repasando in mente las cuentas del fabuloso negocio.

Serían eso de las seis y media cuando se despertó sobresaltado ¡Cómo, las seis y media! ¿Y el despertador? No había sonado. Lo revisó y vio que la traba estaba baja... ¿Cómo era posible? no sé como, pero era; quizás su propia nerviosidad... ¡Quién sabe!...

¿Y el conserje? ¿Por qué no había llamado...? Lo llamó indignado por el teléfono interno.

–...¡Ay! ... disculpe Ud. señor... lo que nunca; ... que se saltó una válvula del calefactor justo a esa hora... y se nos paso el avisarle... disculpe señor...

Más de media hora de atraso. A vestirse apurado... El baño... para cuando llegue. Se estaba abrochando el cuello de la camisa cuando... ¡Lo dicho! se saltó el botón. No era cuestión de buscar una camisa nueva, se ajusta un poco más la corbata ¡y listo!

Baja corriendo, pide la cuenta. Como corresponde: no estaba hecha. ¡Será posible!... ¡más tiempo perdido!

– Se había desprendido el vale de la cena de anoche – explica el empleado – pero ya lo encontramos. Sírvase Ud., señor... ¡muchas gracias!

Pide al portero un taxi... y comienza la espera...

– A estas horas suele haber más, no sé que pasa hoy, señor. ...

Las ocho menos cuarto... y el avión sale a las nueve...

¡Y ese aeródromo! ...¿Por qué tendrán que estar tan lejos los aeródromos?!

Consigue por fin un taxi.

– ¡Rápido! ¡al aeropuerto!

Las ocho... a esta hora, según el pasaje, tendría que estar allí.

El taxi corre por la autopista cuando... ps. psss... psssspspssss... ¡Será posible! ... una pinchadura... y ahora que hacemos.

– Y para colmo dejé el auxilio en casa – dice el chofer.

– Quizás alguien lo acerque... haga señas, señor – aconsejó el taximetrero.

El primer coche pasó como una exhalación; el segundo igual. No paró el tercero, ni el cuarto, el quinto o el sexto. Sí, el sexto sí. Una camionetita Ford, del año 30 quizás. bastante destartalada la pobre.

– El avión... el aeropuerto... la hora...

– ¡Cómo no, señor! con todo gusto, suba Ud.

Y allí fue la catramina...

¡No llego! ... ¡No llego!

– Son las nueve menos veinte, ¿Cree Ud. que llegamos?

– Sí, ¡Cómo no! este cacharro viejo, así como Ud. lo ve, anda como un reloj. No se descompone nunca.

Bueno... casi nunca...

Pero no es nada, a veces se le tapa un poco el carburador, pero se arregla con un soplido...

¡Cierto! ... ¡Ya está! En marcha de nuevo, – Ahora sí que anda bien. El soplido en el carburador ha llenado al Ford de nuevos bríos y dispara por la carretera a sus buenos 35 Km. por hora.

Son las menos diez ¡No llego! ... ¡No llego!

Si llega... Ya está a las puertas del aeropuerto... Hay que detenerse a pagar el peaje... sólo que nadie tiene cambio

Paga... corre...

Oye, lejos aún:

– Su atención por favor... pasajeros... vuelo 345...

– ¡El mío!

– ... Puerta tres... o seis... ¡Qué sé yo! ... ¡esas voces gangosas de los altoparlantes...!

Debe ser la tres, Si, es la tres.

 Aquí está el pasaje... sólo este maletín de mano... Sí... No... Sí...

– Pronto que están subiendo los últimos pasajeros... van a retirar la escalerilla...

– ¡Todavía no que falta uno...!

– Suba Ud. ¡Rápido, señor!

Llegó.

Nuestro amigo respira agitado en el último asiento y mientras él se ajusta el cinturón de seguridad el avión se dirige lentamente a la cabecera de la pista.

– ¡Nunca creí que pudieran juntarse tantos inconvenientes! – dice para sí mientras el avión corre por la pista tomando altura.

¡No!, ¡Tomando altura no!

¿Por qué no toma altura? ... estamos llegando al final de la pista

¿Pero...? ¿Por que no toma altura? ... ¿Por qué no to...

Una masa informe de aluminio y fuego.

Chillar de sirenas.

Gritos de espanto.

Total: ¡¡Kaputt!!

Y en el Cielo, en el salón donde suelen reunirse los Angeles de la Guardia para cambiar impresiones luego de la tarea diaria, uno de ellos, cansado y desilusionado, contaba todas estas cosas y agregaba a manera de corolario:

– Lo que te digo, ¡che!, Hay tipos ¡im – po – si – bles...!

La perversidad innata de los objetos inanimados: ¡ cuentos!


6.4      LA PICANA ELÉCTRICA

Un día, hace mucho tiempo, cuando había otro gobierno, desde luego, en un puesto de Gendarmería Nacional, allí en el Sud, cerca de la frontera con Chile, un par de gendarmes discurrían preocupados:

– Viste – dijo Durand – volvieron a robar caballos: siete, del puesto chico del viejo Owen

– Sí – contestó Beinen – seguimos las güeyas, se las llevaron por la quebrada del Pichí–mahuén, como siempre... pero allí las perdimos...

– Pero sabés quien es ¿verdad?

–¡Claro que sé! ¿Quién va a ser?!

– Será posible que no podamos agarrar a ese tipo! Se burla de nosotros como si fuéramos chorlitos.

– Pero, ¡Si se las sabe todas! ... sólo agarrándolo con las manos en la masa... Pero, ¡quién puede hacerlo!

– Vos estás seguro que es el Jacinto?

– Claro que estoy seguro, ¿Y vos?

– Yo también, tengo quinientas pruebas pero ninguna sirve para nada...

– ¿Y si lo hiciéramos confesar?

– ¡Confesar! ... ¿Quién puede hacer confesar a este indio ladino?

– Por las buenas no, pero podríamos hacer como en Buenos Aires.

– ¿Cómo como en Buenos Aires?

– Sí. como en Buenos Aires, haciéndolo cantar.

– Y ¿Cómo íbamos a hacerlo cantar?

– Como se hace,... con la picana eléctrica...

–¡Vamos Beinen! ¡Acabala! De dónde vamos a sacar nosotros una picana eléctrica. Esperá que la voy a pedir por expediente a la Dirección General de Material...

–¡Pero Pibe! ... ¡Hay que avivarse! ... la fabricamos nosotros...

– Mirá, no tengo ni la menor idea de cómo se fabrica una picana eléctrica ni el más mínimo interés en meterme en semejante lío. Viejito, quedate tranquilo... si cae, cae... y si no... mala suerte.

– ¡No tan tranquilo! que si no hacemos algo pronto se va a armar la rosca... Ya han robado muchos caballos y los galeses están que arden... Un día se nos van a tirar con todo. Si lo hacemos cantar al Jacinto y largar los caballos antes que los pase a Chile, vamos a quedar fenómeno... ¿Cómo hacemos? : vos dejame a mí. Yo sé cómo hacer una picana eléctrica y cómo hacerlo cantar al negro ese...

– ¿ Y cómo lo vas a hacer...?

– Fijate: yo tengo una bobina vieja del Ford T, la conectamos al encendido del Jeep y la unimos con un cable largo a las puntas de una tijera... Yo tengo todo... Vamos al rancho de Jacinto, vos le metes al fierrito cuando yo te diga, y en cuanto yo lo toque vas a ver cómo canta. ¡Viejito! ¡como en Buenos Aires!, allí le hacen cantar la Cumparsita hasta a un sordomudo...

– ¡Qué sé yo! .... ¡Si te parece!

Y así fue nomás... Beinen se armó con todo lo necesario, hizo la instalación en el Jeep y llegada la nochecita se fueron hasta el rancho del indio Jacinto.

Durand conducía el Jeep no muy convencido, pero Beinen se regocijaba de antemano:

– ¡Vas a ver cómo va a saltar! ... y mañana tenemos los caballos en el corral... ¡vas a ver!

Cuando llegaron frente al rancho, Beinen hizo los últimos preparativos y conexiones y dio a Durand las últimas instrucciones:

– Vos esperá que yo entre. Cuando veas que le empiezo a gritar que cante de una vez, metele al acelerador y no aflojés hasta que yo te avise...

Beinen bajó del Jeep llevando la tijera por una parte convenientemente rodeada de cinta aisladora y evitando cuidadosamente el enredo del largo cable que la conectaba a su ingeniosa instalación.

Durand, atento a los movimientos de su colega, esperaba tenso. Por el agujero que hacía de puerta, apenas tapado por un cuero, desapareció Beinen. Ya dentro del rancho se le oyó decir:

– Te agarramos Jacinto. Esta vez va de veras. No te podés zafar. ¡Te agarramos! ¡Cantá! ¿dónde metiste los caballos? Cantá de una vez antes que te...

Durand comprendió que había llegado su turno. Puso en marcha el motor y apretó el acelerador, como con miedo, al principio...

– ¡Cantá!, ¡Indio maldito! ¿dónde están los caballos?

Durand apretó más fuerte, el ronquido del motor apagaba las voces que salían del rancho... Pero no había dudas: se había armado la baraúnda: Ayes, gritos, Golpes, corridas... Más ayes... más gritos. Durand entusiasmado metía fierro a fondo y cuando más lo hacía más gritos y más ruido del motor se confundían en un bochinche infernal.

Durand recapacitó un momento... era hora de aflojar: Si no ese salvaje de Beinen era capaz de matarlo al Jacinto y entonces... ¡Flor de lío! ... ¡Qué bárbaros habían sido! ...

Paró el motor, bajó del Jeep con miedo. En el rancho el ruido había cesado. Solo unos apagados ayes lastimeros y unas palabras entrecortadas se oían confusas.

Entró al rancho y tardó bastante en interpretar lo que veían sus ojos:

Tirado en el suelo, crispado y retorcido, con los dedos agarrotados en la parte metálica de la tijera, jadeando convulso, más colorado que nunca, Beinen trataba de desembarazarse del largo cable en que se enredaban sus piernas.

En un rincón, tembloroso, pálido, desorbitado, Jacinto balbuceaba con su voz más ronca:

– Yo, gendarme – apenas se le entendía, – no agarrar con eso. No Bain... Yo decir todo... Caballos estar en vallecito, detrás de arroyo seco... No Bain... Yo no...

Durand se acercó a Beinen.

– ¡Viejo! ¿Qué te pasa?

– ¡Nada!, no pasa nada – contestó con fastidio, ya repuesto pero jadeando un poco – No pasa nada... Agarralo a ese... lo llevamos al puesto.

– ¡Vos!, ¡Vení!

– Si, pero no tocar ¡eh! Yo decir todo. No tocar... No hacer como a Bain... Yo decir todo...

El Jeep lentamente recorría el camino de vuelta. Dentro de él tres hombres silenciosos meditaban cosas distintas:

Durand trataba de reconstruir lo ocurrido: Beinen caído, el cable enredado, la forma de tener agarrada la tijera... No se atrevía a hablar... intuía lo ocurrido y, a veces, se quería asomar a sus labios una sonrisa, pero intuía también, que en defensa de su integridad física, debía evitar que Beinen la viera.

El Indio Jacinto pensaba: ¡Que locos son estos porteños! y menos mal que no pudo tocarme con eso, ¡Debía quemar como el diablo! ¡Qué loco Bain, que cara ponía! ... ¡Menos mal que no pudo tocarme...!

Beinen pensaba: ¡maldita tijera! ¡Maldito cable! ¡Maldita bobina! ¡Maldito Jeep! ¡Malditos caballos! ...

Buenos Aires, marzo de 1972.

––––––––––––

Una vez consulté el caso con un juez amigo: No podían decirse de "eso" que fueran "apremios ilegales”... quizás "intimidación". El método en sí no era malo... por lo menos había demostrado ser eficaz... En caso de generalizarse habría que estudiarlo mas a fondo...

Estuve a punto de comentárselo a otro amigo, Comisario Inspector de la Policía Federal, pero no me atreví, ¡Son tan suspicaces!

Pensé que era mejor dejar la cosa así, de cualquier manera podía contar con algo más con qué sustentar mi opinión: La Ley de la P.I.O.I. eran puras macanas. Al final las cosas hacen de por sí lo que más conviene al hombre... a todos los hombres.

Pero el hombre se enfrenta una y otra vez hasta con las más elementales leyes de la naturaleza. Procurando satisfacer su egoísmo todo lo olvida, la prudencia, la experiencia de tantos errores pasados, el respeto que debe a su hermano, a los bienes del otro, ¡a la vida del otro!

Para él solo vale el aquí y el ahora de su pequeñita visión del mundo y después es capaz de sostener tan seguro y tan soberbio que la Naturaleza le es hostil.


6.5      SINIESTRO...

Cuando los días grises del otoño mojan la ciudad con garúa fina y persistente y un viento frío y húmedo llega del lado del río, se siente, allí en lo Intimo del ser, un estremecerse injustificado, un sobresalto raro, que viene de lejos, que no puede, ¡no!, relacionarse con esa calma fría y mansa que plantea el tiempo, pero que cala hondo, como la misma garúa, más allá de toda razón consciente.

Parecería que en días como esos afloran a las capas más superficiales del subconsciente, olvidados momentos de angustia, recuerdos imprecisos de frustraciones que fueron, de sensaciones de rabia y de impotencia que pasaron.

Si uno tuviera más memoria, el dolor se haría consciente. Fueron días como esos: grises, fríos, con viento persistente del sudeste, cuando leímos los titulares: SON MILES LOS DAMNIFICADOS. Se organiza el socorro. "Suman cientos los muertos y desaparecidos". CONMUEVE AL PAIS EL SINIESTRO...

Fueron días como esos, en el año 1948, en el 54 y en el 59. y antes y después. Fue en el mes de junio... y en agosto... y en julio y en setiembre... días así: grises y fríos, con un viento persistente del sudeste.

Cuanto fastidio dio entonces saber cómo había pasado todo. La gente había comprado un lotecito. Lo había comprado como pudo, donde la tierra parecía más barata. Con esfuerzo construyeron sus casitas... algunos hasta hicieron los ladrillos con la tierra del fondo... trabajo y esfuerzo de meses y meses, sumado al duro trabajo y esfuerzo cotidiano. Luego los muebles... y hasta la heladera y el televisor a pagar todavía en muchas cuotas...

¡Y esa noche!, nada hacía suponerlo, ¡si apenas garuaba! ... el viento, quizás, un poco mas fuerte que otros días... pero nada más...

El agua de la calle parecía que no bajaba... eso era todo... En realidad subía... despacito, cada vez un poco más alto. Cubrió la calle hasta el cordón... luego la vereda... despacio, llegó al umbral de la puerta de calle y luego se empezó a filtrar, lentamente, en el vestíbulo y en el dormitorio... ¡Es que no pararía nunca! ...

¡No! ¡No pararía nunca! Para algunos, por lo menos, no pararía nunca. Para el hijo de doña Ramona que quiso salvar el televisor para ver el partido... Para el bebé de Anita, que se ahogó en la cuna... Para la taradita Eugenia, que se reía y no atinó a escapar... Para la vieja Martina... Para ellos, el agua no paró nunca.

¡Y el Gobierno! ¡¿Qué hace?! Gritábamos indignados. ¿Cómo puede dejarse que esto suceda? ¿Acaso no se sabe que el río sube? ¡No es esta la primera inundación! ¿Por qué dejan que se engañe así a la gente?

¿Qué hace el Gobierno?

Algún funcionario municipal trató de dar una explicación... Existe la Ley 6.254... pero es muy resistida... y no se cumple... Aquí tenemos la ordenanza 3.272 pero... ¡Ya sabe!, la gente dice que son cosas de la burocracia... ¿Ud. sabe...? ¿Quién frena a los rematadores? Ellos lotean la tierra, hacen la propaganda... que está sobre el pavimento... que está a pocas cuadras de la estación... que tiene agua y luz... ¡Sí, sobre todo agua, cuando caen cuatro gotas! ... y la pobre gente compra.

La tarde es gris y fría y ha comenzado a levantarse un vientecito del sudeste... Pienso si será esta noche... o mañana... o el próximo julio o agosto...

Volveremos a leer los titulares... volveremos a organizar colectas y a dar la ropa vieja... ¡Todo el país se movilizará! ... y volveremos a gritar indignados: ¡Y el Gobierno!, ¿Qué hace?

Siguen en vigencia la Ley 6.254 y la ordenanza 3.272, pero no se cumplen... y al nuevo Decreto 14.381... lo siguen discutiendo.

Los rematadores dicen que son cosas de burócratas.

Buenos Aires, 2 de junio de 1970


6.6      ABSTRACTION UND EINFÜLUNG

Y para terminar con este tema de las cosas y sus relaciones con los hombres es importante, también, conocer la opinión de las cosas. Desde luego que ellas tienen su corazoncito, y les inquieta también conocer el cómo de su participación en el cumplimiento del mandato de Dios Padre.

Hace muchos años, apenas salido de la facultad, escribí algo sobre esto.

 

 

Abstraction und Einfülung.

Desde mis primeras incursiones por la historia y la filosofía de la Arquitectura, he sentido singular atracción por esta extraordinaria concepción de los idealistas alemanes. En realidad creo que antes de conocerla ya la practicaba. Quizás aquellas láminas de estereotomía que nos obligaban a sentirnos dovelas para comprender el luneto marcaron mi iniciación en los principios Worringerianos, y ahora, en pleno ejercicio de la profesión (es un modo de decir), me sorprendo muchas veces cavilando con criterio de hierro redondo o de ladrillo cuadrado.

¡Y cuánto simplifica los problemas la aplicación de esa teoría! Uno siente, comprueba, ¡vive!, los elementos mismos con que construye. Se da cuenta cabal de las mil herejías que con que ellos comete a diario, de las cosas que les obliga a hacer, de la forma como les obliga a mentir, de las substituciones y las postergaciones injustas que tantas veces les hace sufrir.

Entonces, recapacitando, uno se compromete solemnemente a respetarlos, quererlos como a buenos amigos, que lo son de veras, y sintiendo en todo su valor la universalidad de la oración de San Francisco, jura aplicarla a estos hermanos nuestros que si no viven como los animalitos o las flores, tanto o más que ellos, trabajan y sufren por nosotros. Yo quisiera hacer llegar a todos, eso que siente cuando logro ubicarme en el lugar de los materiales con que construyo.

Supongamos que Ud. es una baldosa. Una buena baldosa, consciente, trabajadora, bien asentada. Desde que la pusieron en su sitio Ud. no se ha movido, pues, comprende cabalmente su destino, decidió cumplir con su deber por pesado que fuera.

Jamás se le ocurrió juntar agua los días de lluvia para salpicar a los caminantes. Usted ni soñó siquiera con levantar una puntita apenas, pese a que un inocente tropezoncito hubiera introducido alguna variedad en lo monótono de su existencia.

 Tampoco pretende Ud. ser una baldosa heroica, en la acepción común del vocablo. Usted sabe bien que el heroísmo verdadero consiste en el diario cumplimiento del deber; que ese deber de siempre puede presentarse un día en la forma de un hecho extraordinario que Ud. cumplirá sencillamente como todos los días realizando entonces, quizás, eso que llamen "acto heroico". Los diarios podrán decir entonces con grandes titulares "Baldosa heroica salva la vida a un transeúnte”... Pero Ud. no espera eso ¡Claro que no!

Usted quiere simplemente cumplir con su deber. Usted solo quiere que al final de sus días puedan decir quienes la conocieron: “Era una buena baldosa" y que al yacer sus restos sepultados en un frío contrapiso, pueda repetirse con el Salmista: ... "Yo he procedido según mi inocencia... No me he apartado del recto sendero".

Usted es esa baldosa. Forma parte de una vereda cualquiera. Miles de veces la han pisoteado y Ud. ha resistido orgullosa de su función.

Usted, que con el tiempo aprendió a conocer a la gente hasta por las suelas de sus zapatos y que a nadie negó su apoyo, por pobre y feo que fuera, Ud., cumple ese día, como tantos otros, su abnegado deber: Oye los pasos de alguien que se acerca, los codazos de sus compañeras le indican que ya está sobre ellas. Ud. se prepara a recibir el pisotón. Va a cumplir una vez más esa acción de sostener. Ya ve encima el pie que ha de hollarla. Da gracias a Dios por permitirle colaborar con Él desde puesto de tanta modestia y el pie del chueco engañador pasa sobre Ud., sin rozarla siquiera para caer con fuerza sobre su vecina distraída.

Usted no dice nada pero un dejo de amargura queda en su corazón...

Usted era una baldosa buena. No merecía ese desaire.

Buenos Aires, agosto de 1950

 

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