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CAPITULO 6 LA
COSA ANDA
6.1 LA
MÁQUINA FUNCIONA
Por
fin la máquina entra en régimen. No fue fácil, debieron hacerse muchos
ajustes en su circuito y más de una vez la "Relación insuficiente" fue
paliada con aportes extraordinarios. Todo
el universo captable por los hombres empezó a trabajar para su salvación.
La Comp–Sal–Pro 7G–981 y la Comp–Col–Circ 8G–TPL 42, en un trabajo de
admirable coordinación, fueron ordenando las circunstancias generales y
particulares que influían en cada uno de los hombres, haciendo intervenir
a todas las cosas que de una u otra manera pudiera convenir. Animales,
plantas, cosas, estrellas, planetas, hombres de aquí o de donde fueran,
sonidos, colores, olores... ¡qué sé yo! Todo entrando y saliendo, subiendo
y bajando en una danza de tan intrincados movimientos que nadie que no
estuviera en la cosa podría entender ni medio. Y
nadie estaba en la cosa... Algunos
hombres se palpitaron que detrás de tanto bodrio tenía que haber algo
coherente. Uno pensó que todo ocurría como si Dios estuviera bordando un
hermoso tapiz del que sólo Él viera el frente y El sólo supiera cual sería
su dibujo definitivo. Nosotros, todos los demás, sólo veíamos la parte de
atrás del bordado, el revés de la trama, con un entrecruzamiento
desordenado de hilos multicolores y de nudos antiestéticos, con un entrar
y salir de la aguja sin sentido comprensible. Y así
es nomás, salvo que los hombres sí pueden entender el sentido de la cosa.
Las tres personas de la Santísima Trinidad dieron muchas veces las
indicaciones necesarias. Dios Padre se arregló mano a mano con Abraham,
Moisés y tantos otros a los que les dejó instrucciones claras, consejos
sabios. A través de ellos alertó a su Pueblo sobre cosas que iban a
suceder y todo eso, pero ellos le fallutearon una y otra vez. A
Moisés, por ejemplo le dio diez consejos para que todos los hombres
supieran qué cosas sería bueno que hicieran y cuáles otras no les crearían
más que problemas. y se los dio grabados en piedra... Muchachos,
piensen en lo que realmente es importante, piensen en lo trascendente. No
se entreguen a pavadas y a cosas ilusorias que pronto pasan. Yo soy su
Dios, si Uds. no lo aceptan así, pronto harán un dios de cualquier cosa:
el dinero, el sexo, el status, el tarot... ¡lo que venga! No
sean fallutos unos con los otros... y no pretendan meterme a Mí en sus
porquerías. No se
anden sacando las cosas. Hay para todos si reparten bien. Todos han de
tener lo que necesitan así que ¡vamos! que es feo que rapiñen unos a
otros. No se
lastimen... ¡No vayan a matar a nadie! Todos son hijos míos, todos ustedes
son hermanos ¡entiéndalo! Ustedes se necesitan y deben apoyarse
mutuamente. Y apréndanse esto de memoria, a ver: los cuchillos, las
tijeras y navajas de afeitar son cosas que los niños no tienen que
tocar... ¡Muchachos!
¡no sean sucios! No desnaturalicen con usos y finalidad indebida esas
potencias orgánicas que les fueron dadas para contribuir al crecimiento y
mejoramiento del hombre en el universo... ¡Piensen en la dignidad de todo
eso...! Y así
los demás. Muchos se avinieron a aceptar los consejos de Dios. Dijeron:
Son los Mandamientos, hay que cumplirlos. Pensaron que tales o cuales
cosas eran buenas o malas porque Dios las mandaba o prohibía. 0tros,
tentados por el Diablo y soberbios como él, concluyeron como Adán que a
ellos no se les fregaba un pito de Dios y de lo que le gustaba o dejaba de
gustarle y que hacían lo que les daba la gana: ¡eso era la Libertad! Pero
pocos entendieron que las cosas no eran buenas o malas porque Dios las
mandara o prohibiera sino que Él las mandaba o prohibía porque eran buenas
o malas, porque hacían bien o hacían mal. Y así, como la mayoría no ha
entendido esto, sigue haciendo cualquier cosa... pero después se queja de
que todo anda como la mona. También
Dios Hijo, cuando se hizo hombre, dejó precisas instrucciones. Habló, dijo
versos, contó cuentos, puso ejemplos, hizo milagros de todas clases y se
jugó como todos sabemos para que todos pudiéramos ubicarnos en la forma
debida. Cuatro narradores: un comerciante y recaudador de impuestos, un
historiador y obispo, un médico y un poeta, pusieron por escrito sus
palabras y consejos. Y por
fin, Dios Espíritu Santo, que no quiso ser menos, nos hizo siete regalos,
siete dones especiales para que pudiéramos ayudarnos con ellos. Cada uno
de esos regalos sirva para algo muy preciso: Gustar de las cosas de Dios.
Entender sus designios. Descubrir, a través de ese dorso del tapiz, la
maravilla que está tejiendo. También para poder aconsejar a los que,
desorientados, no saben para donde agarrar. Para encontrar las fórmulas
para comunicarnos con el Padre. Para tener la fortaleza necesaria para
sobrellevar con integridad el compromiso de ser hombres y para comprender,
por fin, la grandeza de Dios acatando con amoroso respeto aun sus más
recónditos designios. Todo eso lo regaló Dios Espíritu Santo a quien lo
quisiera, solo que, atento a lo dispuesto por Dios Padre acerca de la
libertad, puso una condición: que se lo pidan. Con
todos estos consejos, ejemplos, regalos y todo eso, el hombre debiera
tener elementos de sobra para saber qué debe hacerse, pero, como bien dice
Miguel, el hombre es un tronco recalcitrante y no hay nada que
hacerle. Menos
mal que está la máquina y que a su influjo todo procede, aunque no nos
demos cuenta, en el sentido fijado por la Divina Providencia. Quizás
algunos ejemplos nos ayuden a comprender como se comportan las cosas,
los animales y todo eso en procura del bien previsto por Dios para los
hombres. 6.2 LA
LEY DE LA P.I.O.I.
Un
ingeniero electrónico de mi amistad descubrió en una revista
norteamericana de la especialidad un artículo en el que se daba cuenta de
un extraordinario hallazgo. El articulista, basado en pacientes y
metódicas observaciones había descubierto y proponía a la consideración de
sus colegas una Ley a la que había denominado “De la Perversidad Innata de
los Objetos Inanimados" o de la P.I.O.I., para decirlo en siglas, como
está de moda. No he
tenido acceso personal a dicho artículo, no conozco el nombre de su autor,
desde ya sean para él todos los méritos de su investigación y sus
conclusiones, yo he de limitarme a transcribirlas como me han llegado, con
toda la fidelidad de que sea capaz. Fíjense
Uds., decía nuestro investigador, que si se le está poniendo manteca a una
tostada y por un desgraciado movimiento ésta se le escapa de las manos,
indefectiblemente ha de caer con la manteca para el suelo. Si se le cae la
moneda que Ud. prudentemente había separado para pagar el ómnibus, seguro
que ha de rodar hasta el más inaccesible de los rincones, y líbreles Dios
de que haya un sumidero cerca, por que, sin la menor duda, por sus rejas
ha de escurrirse la moneda. Repase
Ud., continuaba analizando, el comportamiento que a lo largo de su vida ha
podido comprobar en los objetos que usa a diario, verá Ud. que vez tras
vez, caso tras caso, ellos se han comportado como si realmente le tuvieran
fastidio, ¡qué!, ¡fastidio es poco! , se han comportado en forma
verdaderamente perversa. Si se
derrama el agua de la mesa, en una casa donde Ud. está invitado ¿Dónde
cree Ud. que habrá de mojarle? Si se está vistiendo Ud. con apuro, ¿no ha
de saltarse el botón del cuello? Y dónde cree Ud. que va a rodar el
simpático botón sino a la pequeña ranura que queda entre el piso y el
zócalo. Y las tijeras ¿no están siempre en el último lugar donde uno las
busca? Bueno, aquí cabe una pequeña observación: las cosas siempre están
en el último lugar donde uno las busca, pero ello se debe a que solo un
tarado, o uno que otro filósofo, sigue buscando algo después de haberlo
encontrado. Pero, disgresión a un lado, haga Ud. lo que haga, sigue
nuestro investigador, puede dar por seguro que las cosas han de... paso...
se cortó la cinta de la máquina... Bueno, ya la arreglé... decía? ah, sí!,
decía que las cosas han de comportarse con los seres humanos con auténtica
perversidad. Estos son hechos primarios de observación. Su generalización
da lugar, pues, a la anunciada Ley: "los objetos inanimados se comportan
con los seres humanos en la forma más perversa que les es posible”. Pero,
como ha ocurrido siempre, descubierta la Ley, hecha la trampa. El hombre
es capaz de ingeniarse para aprovechar esta Ley en su propio beneficio.
Así, pues, nuestro articulista sugería, usando un ejemplo de su profesión:
Está Ud. reparando un equipo electrónico y en el proceso siente el clásico
olor de una resistencia quemada. No pierda el tiempo experimentado con el
"tester" los distintos circuitos; busque, sencillamente, la resistencia
cuyo valor esté agotado en plaza o aquella otra que, para cambiarla,
obligue a desmontar el aparato entero. Busque allí, verá que es ésa la
resistencia quemada. Y si es Ud. ingeniero de minas, seguía con otro
ejemplo, y le informan que la veta de explotación se ha cortado, no
aplique ninguno de los criterios clásicos para iniciar cateos, aproveche
la Ley de la P.I.O.l., comienza a buscar allí donde la naturaleza del
suelo hace casi imposible la explotación, o donde termina la propiedad y
se entra en terrenos de un señor reacio a las tratativas. Busque allí y se
evitará trabajos infructuosos, La
Ley de la P.I.O.I. es comprobable a cada rato, su inteligente aplicación
es posible y beneficiosa. Solo tiene un defecto: no es exacta. Los
objetos inanimados no se comportan con el hombre en la forma perversa que
se ha dicho. Lo que pasa, en realidad, es que el perverso es él. Todas las
cosas, siguiendo fieles al Plan del Padre, tienen por fuerza que chocar
con este “Rey de la Creación" que con tanta aplicación se esfuerza en
ponerse en contra de lo que Dios manda. El
hombre, sistemáticamente, corre hacia su destrucción, las cosas se le
interponen, lo frenan, le crean problemas, interfieren su acción, pero
él sigue, insistente, atropellado, huyendo de Dios y acercándose a la
nada. Él sigue en lo suyo sin pararse a pensar ni en el bien ni en el
mal. enceguecido por su pequeña y personal imagen de su bien inmediato. 6.3 EL
CASO DEL VIAJERO APURADO
Se
cuenta que un señor que estaba realizando un importante viaje de negocios,
paraba momentáneamente en un hotel del que debía salir a primeras horas de
la mañana siguiente rumbo al aeropuerto. Su
primera providencia fue avisar al conserje: – ... que me despierten sin
falta a las cinco y media que debo tomar el avión... –
Está bien, señor – contestó el conserje mientras anotaba – 5:30,
habitación 235. Luego,
llegado a su habitación, puso para mayor seguridad, su despertador a las
seis menos cuarto, Preparó
su equipaje y, excitado aún por las alternativas de su viaje, se durmió
repasando in mente las cuentas del fabuloso negocio. Serían
eso de las seis y media cuando se despertó sobresaltado ¡Cómo, las seis y
media! ¿Y el despertador? No había sonado. Lo revisó y vio que la traba
estaba baja... ¿Cómo era posible? no sé como, pero era; quizás su propia
nerviosidad... ¡Quién sabe!... ¿Y el
conserje? ¿Por qué no había llamado...? Lo llamó indignado por el teléfono
interno. –...¡Ay!
... disculpe Ud. señor... lo que nunca; ... que se saltó una válvula del
calefactor justo a esa hora... y se nos paso el avisarle... disculpe
señor... Más
de media hora de atraso. A vestirse apurado... El baño... para cuando
llegue. Se estaba abrochando el cuello de la camisa cuando... ¡Lo dicho!
se saltó el botón. No era cuestión de buscar una camisa nueva, se ajusta
un poco más la corbata ¡y listo! Baja
corriendo, pide la cuenta. Como corresponde: no estaba hecha. ¡Será
posible!... ¡más tiempo perdido! – Se
había desprendido el vale de la cena de anoche – explica el empleado –
pero ya lo encontramos. Sírvase Ud., señor... ¡muchas gracias! Pide
al portero un taxi... y comienza la espera... – A
estas horas suele haber más, no sé que pasa hoy, señor. ... Las
ocho menos cuarto... y el avión sale a las nueve... ¡Y
ese aeródromo! ...¿Por qué tendrán que estar tan lejos los
aeródromos?! Consigue
por fin un taxi. –
¡Rápido! ¡al aeropuerto! Las
ocho... a esta hora, según el pasaje, tendría que estar allí. El
taxi corre por la autopista cuando... ps. psss... psssspspssss... ¡Será
posible! ... una pinchadura... y ahora que hacemos. – Y
para colmo dejé el auxilio en casa – dice el chofer. –
Quizás alguien lo acerque... haga señas, señor – aconsejó el
taximetrero. El
primer coche pasó como una exhalación; el segundo igual. No paró el
tercero, ni el cuarto, el quinto o el sexto. Sí, el sexto sí. Una
camionetita Ford, del año 30 quizás. bastante destartalada la pobre. – El
avión... el aeropuerto... la hora... –
¡Cómo no, señor! con todo gusto, suba Ud. Y
allí fue la catramina... ¡No
llego! ... ¡No llego! – Son
las nueve menos veinte, ¿Cree Ud. que llegamos? – Sí,
¡Cómo no! este cacharro viejo, así como Ud. lo ve, anda como un reloj. No
se descompone nunca. Bueno...
casi nunca... Pero
no es nada, a veces se le tapa un poco el carburador, pero se arregla con
un soplido... ¡Cierto!
... ¡Ya está! En marcha de nuevo, – Ahora sí que anda bien. El soplido en
el carburador ha llenado al Ford de nuevos bríos y dispara por la
carretera a sus buenos 35 Km. por hora. Son
las menos diez ¡No llego! ... ¡No llego! Si
llega... Ya está a las puertas del aeropuerto... Hay que detenerse a pagar
el peaje... sólo que nadie tiene cambio Paga...
corre... Oye,
lejos aún: – Su
atención por favor... pasajeros... vuelo 345... – ¡El
mío! – ...
Puerta tres... o seis... ¡Qué sé yo! ... ¡esas voces gangosas de los
altoparlantes...! Debe
ser la tres, Si, es la tres. Aquí está el pasaje... sólo este
maletín de mano... Sí... No... Sí... –
Pronto que están subiendo los últimos pasajeros... van a retirar la
escalerilla... –
¡Todavía no que falta uno...! –
Suba Ud. ¡Rápido, señor! Llegó. Nuestro
amigo respira agitado en el último asiento y mientras él se ajusta el
cinturón de seguridad el avión se dirige lentamente a la cabecera de la
pista. –
¡Nunca creí que pudieran juntarse tantos inconvenientes! – dice para sí
mientras el avión corre por la pista tomando altura. ¡No!,
¡Tomando altura no! ¿Por
qué no toma altura? ... estamos llegando al final de la pista ¿Pero...?
¿Por que no toma altura? ... ¿Por qué no to... Una
masa informe de aluminio y fuego. Chillar
de sirenas. Gritos
de espanto. Total:
¡¡Kaputt!! Y en
el Cielo, en el salón donde suelen reunirse los Angeles de la Guardia para
cambiar impresiones luego de la tarea diaria, uno de ellos, cansado y
desilusionado, contaba todas estas cosas y agregaba a manera de
corolario: – Lo
que te digo, ¡che!, Hay tipos ¡im – po – si – bles...! La
perversidad innata de los objetos inanimados: ¡ cuentos! 6.4 LA
PICANA ELÉCTRICA
Un
día, hace mucho tiempo, cuando había otro gobierno, desde luego, en un
puesto de Gendarmería Nacional, allí en el Sud, cerca de la frontera con
Chile, un par de gendarmes discurrían preocupados: –
Viste – dijo Durand – volvieron a robar caballos: siete, del puesto chico
del viejo Owen – Sí
– contestó Beinen – seguimos las güeyas, se las llevaron por la quebrada
del Pichí–mahuén, como siempre... pero allí las perdimos... –
Pero sabés quien es ¿verdad? –¡Claro
que sé! ¿Quién va a ser?! –
Será posible que no podamos agarrar a ese tipo! Se burla de nosotros como
si fuéramos chorlitos. –
Pero, ¡Si se las sabe todas! ... sólo agarrándolo con las manos en la
masa... Pero, ¡quién puede hacerlo! – Vos
estás seguro que es el Jacinto? –
Claro que estoy seguro, ¿Y vos? – Yo
también, tengo quinientas pruebas pero ninguna sirve para nada...
– ¿Y
si lo hiciéramos confesar? –
¡Confesar! ... ¿Quién puede hacer confesar a este indio ladino? – Por
las buenas no, pero podríamos hacer como en Buenos Aires. –
¿Cómo como en Buenos Aires? – Sí.
como en Buenos Aires, haciéndolo cantar. – Y
¿Cómo íbamos a hacerlo cantar? –
Como se hace,... con la picana eléctrica... –¡Vamos
Beinen! ¡Acabala! De dónde vamos a sacar nosotros una picana eléctrica.
Esperá que la voy a pedir por expediente a la Dirección General de
Material... –¡Pero
Pibe! ... ¡Hay que avivarse! ... la fabricamos nosotros... –
Mirá, no tengo ni la menor idea de cómo se fabrica una picana eléctrica ni
el más mínimo interés en meterme en semejante lío. Viejito, quedate
tranquilo... si cae, cae... y si no... mala suerte. – ¡No
tan tranquilo! que si no hacemos algo pronto se va a armar la rosca... Ya
han robado muchos caballos y los galeses están que arden... Un día se nos
van a tirar con todo. Si lo hacemos cantar al Jacinto y largar los
caballos antes que los pase a Chile, vamos a quedar fenómeno... ¿Cómo
hacemos? : vos dejame a mí. Yo sé cómo hacer una picana eléctrica y cómo
hacerlo cantar al negro ese... – ¿ Y
cómo lo vas a hacer...? –
Fijate: yo tengo una bobina vieja del Ford T, la conectamos al encendido
del Jeep y la unimos con un cable largo a las puntas de una tijera... Yo
tengo todo... Vamos al rancho de Jacinto, vos le metes al fierrito cuando
yo te diga, y en cuanto yo lo toque vas a ver cómo canta. ¡Viejito! ¡como
en Buenos Aires!, allí le hacen cantar la Cumparsita hasta a un
sordomudo... –
¡Qué sé yo! .... ¡Si te parece! Y así
fue nomás... Beinen se armó con todo lo necesario, hizo la instalación en
el Jeep y llegada la nochecita se fueron hasta el rancho del indio
Jacinto. Durand
conducía el Jeep no muy convencido, pero Beinen se regocijaba de
antemano: –
¡Vas a ver cómo va a saltar! ... y mañana tenemos los caballos en el
corral... ¡vas a ver! Cuando
llegaron frente al rancho, Beinen hizo los últimos preparativos y
conexiones y dio a Durand las últimas instrucciones: – Vos
esperá que yo entre. Cuando veas que le empiezo a gritar que cante de una
vez, metele al acelerador y no aflojés hasta que yo te avise... Beinen
bajó del Jeep llevando la tijera por una parte convenientemente rodeada de
cinta aisladora y evitando cuidadosamente el enredo del largo cable que la
conectaba a su ingeniosa instalación. Durand,
atento a los movimientos de su colega, esperaba tenso. Por el agujero que
hacía de puerta, apenas tapado por un cuero, desapareció Beinen. Ya dentro
del rancho se le oyó decir: – Te
agarramos Jacinto. Esta vez va de veras. No te podés zafar. ¡Te agarramos!
¡Cantá! ¿dónde metiste los caballos? Cantá de una vez antes que te... Durand
comprendió que había llegado su turno. Puso en marcha el motor y apretó el
acelerador, como con miedo, al principio... –
¡Cantá!, ¡Indio maldito! ¿dónde están los caballos? Durand
apretó más fuerte, el ronquido del motor apagaba las voces que salían del
rancho... Pero no había dudas: se había armado la baraúnda: Ayes, gritos,
Golpes, corridas... Más ayes... más gritos. Durand entusiasmado metía
fierro a fondo y cuando más lo hacía más gritos y más ruido del motor se
confundían en un bochinche infernal. Durand
recapacitó un momento... era hora de aflojar: Si no ese salvaje de Beinen
era capaz de matarlo al Jacinto y entonces... ¡Flor de lío! ... ¡Qué
bárbaros habían sido! ... Paró
el motor, bajó del Jeep con miedo. En el rancho el ruido había cesado.
Solo unos apagados ayes lastimeros y unas palabras entrecortadas se oían
confusas. Entró
al rancho y tardó bastante en interpretar lo que veían sus ojos: Tirado
en el suelo, crispado y retorcido, con los dedos agarrotados en la parte
metálica de la tijera, jadeando convulso, más colorado que nunca, Beinen
trataba de desembarazarse del largo cable en que se enredaban sus
piernas. En un
rincón, tembloroso, pálido, desorbitado, Jacinto balbuceaba con su voz más
ronca: – Yo,
gendarme – apenas se le entendía, – no agarrar con eso. No Bain... Yo
decir todo... Caballos estar en vallecito, detrás de arroyo seco... No
Bain... Yo no... Durand
se acercó a Beinen. –
¡Viejo! ¿Qué te pasa? –
¡Nada!, no pasa nada – contestó con fastidio, ya repuesto pero jadeando un
poco – No pasa nada... Agarralo a ese... lo llevamos al puesto. –
¡Vos!, ¡Vení! – Si,
pero no tocar ¡eh! Yo decir todo. No tocar... No hacer como a Bain... Yo
decir todo... El
Jeep lentamente recorría el camino de vuelta. Dentro de él tres hombres
silenciosos meditaban cosas distintas: Durand
trataba de reconstruir lo ocurrido: Beinen caído, el cable enredado, la
forma de tener agarrada la tijera... No se atrevía a hablar... intuía lo
ocurrido y, a veces, se quería asomar a sus labios una sonrisa, pero
intuía también, que en defensa de su integridad física, debía evitar que
Beinen la viera. El
Indio Jacinto pensaba: ¡Que locos son estos porteños! y menos mal que no
pudo tocarme con eso, ¡Debía quemar como el diablo! ¡Qué loco Bain, que
cara ponía! ... ¡Menos mal que no pudo tocarme...! Beinen
pensaba: ¡maldita tijera! ¡Maldito cable! ¡Maldita bobina! ¡Maldito Jeep!
¡Malditos caballos! ... Buenos
Aires, marzo de 1972. –––––––––––– Una
vez consulté el caso con un juez amigo: No podían decirse de "eso" que
fueran "apremios ilegales”... quizás "intimidación". El método en sí no
era malo... por lo menos había demostrado ser eficaz... En caso de
generalizarse habría que estudiarlo mas a fondo... Estuve
a punto de comentárselo a otro amigo, Comisario Inspector de la Policía
Federal, pero no me atreví, ¡Son tan suspicaces! Pensé
que era mejor dejar la cosa así, de cualquier manera podía contar con algo
más con qué sustentar mi opinión: La Ley de la P.I.O.I. eran puras
macanas. Al final las cosas hacen de por sí lo que más conviene al
hombre... a todos los hombres. Pero
el hombre se enfrenta una y otra vez hasta con las más elementales leyes
de la naturaleza. Procurando satisfacer su egoísmo todo lo olvida, la
prudencia, la experiencia de tantos errores pasados, el respeto que debe a
su hermano, a los bienes del otro, ¡a la vida del otro!
Para
él solo vale el aquí y el ahora de su pequeñita visión del mundo y después
es capaz de sostener tan seguro y tan soberbio que la Naturaleza le es
hostil. 6.5 SINIESTRO...
Cuando
los días grises del otoño mojan la ciudad con garúa fina y persistente y
un viento frío y húmedo llega del lado del río, se siente, allí en lo
Intimo del ser, un estremecerse injustificado, un sobresalto raro, que
viene de lejos, que no puede, ¡no!, relacionarse con esa calma fría y
mansa que plantea el tiempo, pero que cala hondo, como la misma garúa, más
allá de toda razón consciente. Parecería
que en días como esos afloran a las capas más superficiales del
subconsciente, olvidados momentos de angustia, recuerdos imprecisos de
frustraciones que fueron, de sensaciones de rabia y de impotencia que
pasaron. Si
uno tuviera más memoria, el dolor se haría consciente. Fueron días como
esos: grises, fríos, con viento persistente del sudeste, cuando leímos los
titulares: SON MILES LOS DAMNIFICADOS. Se organiza el socorro. "Suman
cientos los muertos y desaparecidos". CONMUEVE AL PAIS EL
SINIESTRO... Fueron
días como esos, en el año 1948, en el 54 y en el 59. y antes y después.
Fue en el mes de junio... y en agosto... y en julio y en setiembre... días
así: grises y fríos, con un viento persistente del sudeste. Cuanto
fastidio dio entonces saber cómo había pasado todo. La gente había
comprado un lotecito. Lo había comprado como pudo, donde la tierra parecía
más barata. Con esfuerzo construyeron sus casitas... algunos hasta
hicieron los ladrillos con la tierra del fondo... trabajo y esfuerzo de
meses y meses, sumado al duro trabajo y esfuerzo cotidiano. Luego los
muebles... y hasta la heladera y el televisor a pagar todavía en muchas
cuotas... ¡Y
esa noche!, nada hacía suponerlo, ¡si apenas garuaba! ... el viento,
quizás, un poco mas fuerte que otros días... pero nada más...
El
agua de la calle parecía que no bajaba... eso era todo... En realidad
subía... despacito, cada vez un poco más alto. Cubrió la calle hasta el
cordón... luego la vereda... despacio, llegó al umbral de la puerta de
calle y luego se empezó a filtrar, lentamente, en el vestíbulo y en el
dormitorio... ¡Es que no pararía nunca! ... ¡No!
¡No pararía nunca! Para algunos, por lo menos, no pararía nunca. Para el
hijo de doña Ramona que quiso salvar el televisor para ver el partido...
Para el bebé de Anita, que se ahogó en la cuna... Para la taradita
Eugenia, que se reía y no atinó a escapar... Para la vieja Martina... Para
ellos, el agua no paró nunca. ¡Y el
Gobierno! ¡¿Qué hace?! Gritábamos indignados. ¿Cómo puede dejarse que esto
suceda? ¿Acaso no se sabe que el río sube? ¡No es esta la primera
inundación! ¿Por qué dejan que se engañe así a la gente? ¿Qué
hace el Gobierno? Algún
funcionario municipal trató de dar una explicación... Existe la Ley
6.254... pero es muy resistida... y no se cumple... Aquí tenemos la
ordenanza 3.272 pero... ¡Ya sabe!, la gente dice que son cosas de la
burocracia... ¿Ud. sabe...? ¿Quién frena a los rematadores? Ellos lotean
la tierra, hacen la propaganda... que está sobre el pavimento... que está
a pocas cuadras de la estación... que tiene agua y luz... ¡Sí, sobre todo
agua, cuando caen cuatro gotas! ... y la pobre gente compra. La
tarde es gris y fría y ha comenzado a levantarse un vientecito del
sudeste... Pienso si será esta noche... o mañana... o el próximo julio o
agosto... Volveremos
a leer los titulares... volveremos a organizar colectas y a dar la ropa
vieja... ¡Todo el país se movilizará! ... y volveremos a gritar
indignados: ¡Y el Gobierno!, ¿Qué hace? Siguen
en vigencia la Ley 6.254 y la ordenanza 3.272, pero no se cumplen... y al
nuevo Decreto 14.381... lo siguen discutiendo. Los
rematadores dicen que son cosas de burócratas. Buenos
Aires, 2 de junio de 1970 6.6 ABSTRACTION
UND EINFÜLUNG
Y
para terminar con este tema de las cosas y sus relaciones con los hombres
es importante, también, conocer la opinión de las cosas. Desde luego que
ellas tienen su corazoncito, y les inquieta también conocer el cómo de su
participación en el cumplimiento del mandato de Dios Padre. Hace
muchos años, apenas salido de la facultad, escribí algo sobre esto. Abstraction
und Einfülung. Desde
mis primeras incursiones por la historia y la filosofía de la
Arquitectura, he sentido singular atracción por esta extraordinaria
concepción de los idealistas alemanes. En realidad creo que antes de
conocerla ya la practicaba. Quizás aquellas láminas de estereotomía que
nos obligaban a sentirnos dovelas para comprender el luneto marcaron mi
iniciación en los principios Worringerianos, y ahora, en pleno ejercicio
de la profesión (es un modo de decir), me sorprendo muchas veces cavilando
con criterio de hierro redondo o de ladrillo cuadrado. ¡Y
cuánto simplifica los problemas la aplicación de esa teoría! Uno siente,
comprueba, ¡vive!, los elementos mismos con que construye. Se da cuenta
cabal de las mil herejías que con que ellos comete a diario, de las cosas
que les obliga a hacer, de la forma como les obliga a mentir, de las
substituciones y las postergaciones injustas que tantas veces les hace
sufrir. Entonces,
recapacitando, uno se compromete solemnemente a respetarlos, quererlos
como a buenos amigos, que lo son de veras, y sintiendo en todo su valor la
universalidad de la oración de San Francisco, jura aplicarla a estos
hermanos nuestros que si no viven como los animalitos o las flores, tanto
o más que ellos, trabajan y sufren por nosotros. Yo quisiera hacer llegar
a todos, eso que siente cuando logro ubicarme en el lugar de los
materiales con que construyo. Supongamos
que Ud. es una baldosa. Una buena baldosa, consciente, trabajadora, bien
asentada. Desde que la pusieron en su sitio Ud. no se ha movido, pues,
comprende cabalmente su destino, decidió cumplir con su deber por pesado
que fuera. Jamás
se le ocurrió juntar agua los días de lluvia para salpicar a los
caminantes. Usted ni soñó siquiera con levantar una puntita apenas, pese a
que un inocente tropezoncito hubiera introducido alguna variedad en lo
monótono de su existencia. Tampoco pretende Ud. ser una
baldosa heroica, en la acepción común del vocablo. Usted sabe bien que el
heroísmo verdadero consiste en el diario cumplimiento del deber; que ese
deber de siempre puede presentarse un día en la forma de un hecho
extraordinario que Ud. cumplirá sencillamente como todos los días
realizando entonces, quizás, eso que llamen "acto heroico". Los diarios
podrán decir entonces con grandes titulares "Baldosa heroica salva la vida
a un transeúnte”... Pero Ud. no espera eso ¡Claro que no! Usted
quiere simplemente cumplir con su deber. Usted solo quiere que al final de
sus días puedan decir quienes la conocieron: “Era una buena baldosa" y que
al yacer sus restos sepultados en un frío contrapiso, pueda repetirse con
el Salmista: ... "Yo he procedido según mi inocencia... No me he apartado
del recto sendero". Usted
es esa baldosa. Forma parte de una vereda cualquiera. Miles de veces la
han pisoteado y Ud. ha resistido orgullosa de su función. Usted,
que con el tiempo aprendió a conocer a la gente hasta por las suelas de
sus zapatos y que a nadie negó su apoyo, por pobre y feo que fuera, Ud.,
cumple ese día, como tantos otros, su abnegado deber: Oye los pasos de
alguien que se acerca, los codazos de sus compañeras le indican que ya
está sobre ellas. Ud. se prepara a recibir el pisotón. Va a cumplir una
vez más esa acción de sostener. Ya ve encima el pie que ha de hollarla. Da
gracias a Dios por permitirle colaborar con Él desde puesto de tanta
modestia y el pie del chueco engañador pasa sobre Ud., sin rozarla
siquiera para caer con fuerza sobre su vecina distraída. Usted
no dice nada pero un dejo de amargura queda en su corazón... Usted
era una baldosa buena. No merecía ese desaire. Buenos Aires, agosto de 1950
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