|
|
CAPITULO 7 LOS
ANIMALES
7.1 EL
ROL DE LOS ANIMALES
Así como las cosas, los animales
comenzaron también a participar en el programa establecido por la Trinidad
Santa. También a ellos les tocó influir para que el hombre aceptara el
Plan de Salvación sumando roles y multiplicando la diversidad de su
participación en la tarea. Un
nuevo rol de los animales parece haber sido el de servir de alimento al
hombre: ''Todo lo que se mueve y tiene vida os servirá de alimento: todo
os lo doy, lo mismo que os di la hierba verde". Así dijo Dios Padre a Noé
al tiempo que le imponía una norma higiénica a la vez que moral: “Sólo
dejaréis de comer la carne con su alma, es decir con su sangre, y yo os
prometo reclamar vuestra propia sangre... " “Quien vertiere sangre de
hombre, por otro hombre será su sangre vertida, porque a imagen de Dios
hizo Él al hombre". Al
parecer Dios Padre no había asignado este papel a los animales. Se los
había dado a Adán, sí, pero ¿Para qué? quizás como proveedores de
vestimenta: "Yahvé Dios hizo para el hombre y su mujer túnicas de piel y
los vistió..." Pero esto también después del pecado; antes parece que no
lo necesitaban. El
servir de alimento parece, pues, en verdad una consecuencia del pecado y
una solución transitoria aceptada por la “dureza de corazón'' de los
hombres. Los
que dicen tener contactos con hombres de otros planetas suelen señalar la
circunstancia de que en esos planetas no hay animales. A veces no los hay
por que nunca los hubo o desaparecieron hace ya mucho tiempo; otras, por
que al mudarse de un planeta a otro la civilización migratoria consideró
innecesario llevarlos. Pensándolo
bien, no parece muy coherente que una civilización muy avanzada, poseedora
de una muy alta tecnología y que sea capaz por ello de sintetizar sus
alimentos tenga que recurrir a procedimientos tan degradantes como los son
todos esos que quedan expresados por la palabra "carnicería". Parecería
que la naturaleza entera, y los animales en particular, debieran ser
merecedores de mayor respeto. Más respeto por la vida, que es un
maravilloso don de Dios. Más respeto por la “dignidad'' de los animales,
masacrados con recursos inicuos, más respeto también por la "personalidad"
de los animales convertidos, en casos, por obra de la genética, en “cosas
para ser comidas". Quizás
en el futuro, cuando el hombre sea más sabio y más bueno, pueda prescindir
de este uso tan denigrante que hace de los animales, y ellos jueguen en
su vida, esos papeles, que ignoramos, para los que los creara el Padre
antes del pecado. 7.2 LOS MODELOS
¿Cuáles
serían esos papeles? ¿Proveer al hombre de fuerza motriz y de transporte?
¿Ponerle por delante ejemplos de potencia y velocidad que alcanzar? ¿De
astucia, ternura, prudencia, sagacidad, que imitar? ¿Ser
ejemplos para el hombre? Los
animales desde siempre han servido de modelo al hombre. Él los ha
observado y ha podido copiarlos e imitarlos en mil cosas y ello le ha
permitido avanzar como lo ha hecho, quemando etapas en su progreso a
medida que incorpora a su vida, cosas, actitudes, modalidades, costumbres
adaptadas de los animales. Y eso
es de ayer, y es también de hoy. Un hombre de ciencia ha dicho que la
Naturaleza ha estado operando en un vasto laboratorio durante dos mil
millones de años y que lo más probable es que cualquier cosa que el hombre
intente hacer, la Naturaleza lo haya hecho mejor en alguna especie del
reino animal. Así
es que las mayores esperanzas de progreso para el hombre se depositan hoy
en las posibilidades de adaptar a la vida práctica capacidades propias de
determinadas especies animales. Miles
de detalles sutiles de exquisita perfección ofrecen hoy los animales para
que el hombre pueda ir desentrañando los secretos de la Naturaleza y pueda
conocer mejor, a través de ellos, la maravilla que el Padre está tejiendo
en el tapiz. El
radar de los murciélagos y el ojo selectivo de la rana entre las más
conocidas, o el oído supersónico de la polilla o la capacidad de aprender
de los pulpos entre las menos, son funciones que los hombres de ciencia
están estudiando para aplicar a cosas prácticas y, lamentablemente,
también a cosas de la guerra, los principios que puedan deducir de
ellas. Cosas
como el sentido infrarrojo de la víbora de cascabel, el zumbido
anti–interferencia del mosquito, el lenguaje de cuervos y delfines, las
alas de curvatura cónica de aves planeadoras, los ojos métricos de los
escarabajos y cientos de funciones más abren perspectivas apasionantes
para la electrónica, la aero e hidrodinámica, la mecánica, etc. La "Biónica", ciencia relativamente
nueva y de maravilloso futuro ha hecho justicia, al fin, a la trascendencia
de los animales como modelos para el hombre. 7.3 TAMBIEN
EN MORAL
Pero
no sólo para las cosas de orden físico los animales son modelo para el
hombre. Cuando
Dios Padre le dio los animales a Noé para que los comiera y puso esa norma
higiénica y moral que hemos comentado, los usó, quizás por primera vez
como modelo para el hombre: Así como demanda al pueblo que no coma la
carne con su sangre, símbolo de la vida, así demandará Él por la sangre
humana derramada, por la vida del hombre arrebatada. El respeto por la
sangre se convierte así por obra de ese ejemplo en símbolo del respeto por
la vida del hombre. Desde
entonces muchas veces tomó el hombre a los animales como modelos de
comportamiento moral. La
astucia del zorro, la ignorancia del burro, la laboriosidad de la hormiga.
Más sin razón que con ella, los fabulistas atribuyeron a los animales
virtudes y defectos humanos y no podrá decirse que sea mérito de los animales
pero sí que bien jugaron ellos su papel de modelos en procura de la formación
de una conciencia moral para un hombre al que, en este orden de cosas,
ninguna ejemplificación le es suficiente. 7.4 LA
ZAINA DEL ZOILO
El
Zoilo tenía una yegua zaina que alquilaba los veranos a "niños'' de los
chalets vecinos. De
yeguas mañeras, si las hay, la zaina era paradigma. No había forma de
hacer que se quedara quieta en el momento de montar, cuando no giraba,
tiraba a morder el estribo y era suficiente que uno hubiera levantado el
pie del suelo para que saliera al galope para cualquier lado. Esa
era una de las pocas veces que galopaba, por que, por lo general se
aferraba a un sobrepaso saltarín que le dejaba a uno el estómago, el
hígado, los riñones y otras partes de la anatomía como la mona. Las
otras veces que galopaba eran cuando se acercaba al boliche, cuando
volvíamos a casa y cuando queríamos ir más despacio o pretendíamos
bajarnos. A
veces queríamos ir más despacio por que el camino era difícil, en cuesta o
con obstáculos. La zaina ignoraba las dificultades: bajaba las cuestas
patinando los cascos sobre las piedras llenando de zozobra al eventual
jinete, pasaba rauda entre espinillos y piquillines y elegía los árboles
de ramas bajas para pasar junto a ellos y más de uno pudo evitar el
chichón pero perdió la boina, porque bajarse a recuperarla era aventura
para muy pocos. La
zaina a veces se empacaba y otras se espantaba. Una vez, serían vísperas
electorales, alguien escribió U C R con grandes letras blancas en el
pavimento. No hubo fuerza capaz de hacer pasar a la zaina sobre esas
letras; le parecerían víboras. Porque la zaina se espantaba si veía
víboras, también si veía papeles volando, o si pasaba un auto cerca, o una
liebre, o si había un animal muerto, o si... o si cualquier cosa...
Pero
a nosotros nos gustaba la zaina porque montar la zaina era todo un alarde
y llegar sobre ella, y sano, era ganar fama de buen jinete. Cuando
al atardecer volvíamos de la cabalgata, el Zoilo contaba los pesitos,
montaba sobre su zaina y rumbeaba al tranquito para el boliche. La
zaina, mansa y tranquila, esperaba junto al palenque coa las riendas
cruzadas sobre el lomo porque el Zoilo no creía necesario atarla. Y ya
muy entrada la noche, cuando después de cenar salíamos por el camino hasta
las piedras para ver las estrellas, veíamos volver al Zoilo montado en su
zaina. Con
el paso lento y parejo, con un andar tranquilo y seguro, sin que nada la
turbara, ni los autos que hacían rechinar las ruedas en las curvas y
encandilaban con sus faros, ni el olor al caballo muerto que a la tarde
motivara la empacada, ni la lechuza que se cruzaba en el camino y se
posaba en un poste a chillar agorera. El
Zoilo, con muchas ginebras de más, la cabeza caída y los brazos fláccidos
cruzados sobre la montura, se bamboleaba a uno y otro lado como una bolsa,
pero la zaina, acompañándolo con suaves movimientos, le hacía conservar el
equilibrio. Nunca
se nos ocurrió seguirlos a ver que pasaba cuando llegaban al rancho, pero
el comentario general era que la zaina lo llevaba hasta el catre y allí
lo hacía acostar al Zoilo, y hasta lo arropaba con el hocico. 7.5 EL
RINTIN
El
Rintin era un perro marca perro. Sólo que algunos genes heredados de un
antepasado ovejero alemán le habían dejado ciertas características que lo
asemejaban, pero poco, al lejano abuelo. Los
chicos de la villa lo encontraron parecido al famoso actor de cine y le
pusieron, abreviadamente, su nombre. El
Rintin no era buen guardián, ni buen cazador, no le gustaba pelear con
gatos ni perseguir ratas. No era hábil para hacer piruetas ni había
aprendido las clásicas perradas que parecen justificar a los perros de
familia. El Rintin era un perro perro y, la verdad, no servía para
nada. Se
había afincado en la casilla de la familia Robledo como podía haberse
afincado en cualquier parte. En realidad, su casa era la villa entera;
pero de la casilla de los Robledo entraba y salía como un tío viejo del
que nunca se sabe en que cosas anda. La
familia Robledo: padre, madre y tres hijos pequeños vivía en Villa
Alegría, barrio de emergencia levantado en unos terrenos expropiados hacia
ya treinta años para la construcción de una gran autopista de acceso al
sur de la ciudad. Las obras habían quedado interrumpidas luego de hacer
unos puentes y adelantar algo el movimiento de tierra. La tosca acopiada y
los terraplenes a medio hacer junto a los puentes recibían de los vecinos
el nombre de "las montañitas" y servían para que jugaran los chicos y
también para endicar el agua que se desbordaba de un zanjón próximo cuando
la sudestada hacía crecer el río. Robledo
padre hacía tres meses que había viajado al sur para trabajar en una
represa, le pagaban bien y podría juntar unos pesitos con que iniciar la
construcción de la casita que los sacaría de la Villa. Ya habían comprado
un terrenito en los Altos de San Esteban, (35 Km. al oeste, cerca de la
estación, a solo cinco cuadras del pavimento) y lo estaba pagando en
cuotas. Carmen,
su mujer, había conseguido una changuita de relevante en una fábrica. Era
por poco tiempo, en turno de 22 a 6 horas, un poco sacrificado, quizás,
pero podría sumar sus pesitos a los de su marido y salir cuanto antes de
la villa. ¿Y
los chicos?, bueno, los chicos eran buenitos, por lo menos cuando dormían,
y Carmen les daba un café con leche con pan y manteca, los metía en la
cama y con recomendaciones a la mayorcita, 8 años, de que cuidara al
chiquito, 3 meses, se iba intranquila a cumplir con su trabajo. Hacía
tres días que soplaba un suave viento del sudeste, pero el tiempo era
bueno. El zanjón tenía un poco más de agua que de costumbre, pero para eso
estaba ¿no? Las
nubes blancas que cruzaron el cielo durante el día y se tiñeron de rosado
al atardecer, a Carmen le parecieron negros nubarrones cuando salió esa
noche. Pero entre ellas brillaban las estrellas... ¡No iba a pasa
nada! Y ya
en la fábrica, con el calor, el ruido, el trabajo, ¡Qué se iba a acordar
del tiempo! Pero
el viento siguió soplando cada vez más fuerte y más frío, y el río siguió
subiendo, y las nubes se amontonaron y pronto entre relámpagos lejanos y
truenos sordos, comenzó la lluvia. Y el
agua del zanjón se desbordó y se endicó en las montañitas y se empezó a
inundar la villa. ¡Y
los chicos! El
Rintin entró esa noche a la casilla como siempre, silencioso, como un tío
viejo. Con los dientes arrastró el cajón que Carmen, aleccionada por la
asistente social, había preparado como cuna del chiquito. No habían caído
aun las primeras gotas cuando luego de trepar reculando la montañita el
Rintin dejaba la improvisada cunita bajo un voladizo del puente
abandonado. Luego
volvió a la casilla y con gruñidos y topetazos despertó a los más grandes
y los condujo al refugio elegido. Allí, con frío pero secos y seguros los encontraran los bomberos.
Con ellos estaba el Rintin, pero cuando comenzó la alharaca, se levantó,
se desperezó y se fue al trotecito, silencioso, como un tío viejo del
que nunca se sabe en que cosas anda. 7.6 ALGO
MAS, ENTONCES
Algo
más, entonces, que servir de alimento o proveer lana y cuero. Algo más que
ofrecer detalles técnicos para que el hombre copie. En
fin, la cuestión es que desde que la máquina entró en funciones, los
animales pasaron a cumplir importantes tareas dentro del Plan del Padre y
se prestaron, obedientes, a desempeñar en cada caso las directivas de la
Comp–Sal–Pro. Los
ejemplos dados como botón de muestra no agotan el anecdotario. Todos
recordamos haber leído historias sobre actos heroicos realizados por
animales: en incendios, en naufragios, en inundaciones, cuentos de guerra,
de hechos policiales, de luchas contra la enfermedad, siempre cuentos de
abnegación, de sacrificio, de curiosa oportunidad, de extraordinaria
lucidez. Como si una inteligencia superior los guiara. Pues bien, así es nomás. Una inteligencia superior que se ha empeñado en recuperar al hombre, al precio que sea y utilizando todos los recursos al alcance de la mano.
|