Revelación Apócrifa

   

por el Arq. Luis Alberto Vernieri López

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CAPITULO 7

LOS ANIMALES

7.1      EL ROL DE LOS ANIMALES

 Así como las cosas, los animales comenzaron también a participar en el programa establecido por la Trinidad Santa. También a ellos les tocó influir para que el hombre aceptara el Plan de Salvación sumando roles y multiplicando la diversidad de su participación en la tarea.

Un nuevo rol de los animales parece haber sido el de servir de alimento al hombre: ''Todo lo que se mueve y tiene vida os servirá de alimento: todo os lo doy, lo mismo que os di la hierba verde". Así dijo Dios Padre a Noé al tiempo que le imponía una norma higiénica a la vez que moral: “Sólo dejaréis de comer la carne con su alma, es decir con su sangre, y yo os prometo reclamar vuestra propia sangre... " “Quien vertiere sangre de hombre, por otro hombre será su sangre vertida, porque a imagen de Dios hizo Él al hombre".

Al parecer Dios Padre no había asignado este papel a los animales. Se los había dado a Adán, sí, pero ¿Para qué? quizás como proveedores de vestimenta: "Yahvé Dios hizo para el hombre y su mujer túnicas de piel y los vistió..." Pero esto también después del pecado; antes parece que no lo necesitaban.

El servir de alimento parece, pues, en verdad una consecuencia del pecado y una solución transitoria aceptada por la “dureza de corazón'' de los hombres.

Los que dicen tener contactos con hombres de otros planetas suelen señalar la circunstancia de que en esos planetas no hay animales. A veces no los hay por que nunca los hubo o desaparecieron hace ya mucho tiempo; otras, por que al mudarse de un planeta a otro la civilización migratoria consideró innecesario llevarlos.

Pensándolo bien, no parece muy coherente que una civilización muy avanzada, poseedora de una muy alta tecnología y que sea capaz por ello de sintetizar sus alimentos tenga que recurrir a procedimientos tan degradantes como los son todos esos que quedan expresados por la palabra "carnicería".

Parecería que la naturaleza entera, y los animales en particular, debieran ser merecedores de mayor respeto. Más respeto por la vida, que es un maravilloso don de Dios. Más respeto por la “dignidad'' de los animales, masacrados con recursos inicuos, más respeto también por la "personalidad" de los animales convertidos, en casos, por obra de la genética, en “cosas para ser comidas".

Quizás en el futuro, cuando el hombre sea más sabio y más bueno, pueda prescindir de este uso tan denigrante que hace de los animales, y ellos jueguen en su vida, esos papeles, que ignoramos, para los que los creara el Padre antes del pecado.


7.2      LOS  MODELOS

¿Cuáles serían esos papeles? ¿Proveer al hombre de fuerza motriz y de transporte? ¿Ponerle por delante ejemplos de potencia y velocidad que alcanzar? ¿De astucia, ternura, prudencia, sagacidad, que imitar?

¿Ser ejemplos para el hombre?

Los animales desde siempre han servido de modelo al hombre. Él los ha observado y ha podido copiarlos e imitarlos en mil cosas y ello le ha permitido avanzar como lo ha hecho, quemando etapas en su progreso a medida que incorpora a su vida, cosas, actitudes, modalidades, costumbres adaptadas de los animales.

Y eso es de ayer, y es también de hoy. Un hombre de ciencia ha dicho que la Naturaleza ha estado operando en un vasto laboratorio durante dos mil millones de años y que lo más probable es que cualquier cosa que el hombre intente hacer, la Naturaleza lo haya hecho mejor en alguna especie del reino animal.

Así es que las mayores esperanzas de progreso para el hombre se depositan hoy en las posibilidades de adaptar a la vida práctica capacidades propias de determinadas especies animales.

Miles de detalles sutiles de exquisita perfección ofrecen hoy los animales para que el hombre pueda ir desentrañando los secretos de la Naturaleza y pueda conocer mejor, a través de ellos, la maravilla que el Padre está tejiendo en el tapiz.

El radar de los murciélagos y el ojo selectivo de la rana entre las más conocidas, o el oído supersónico de la polilla o la capacidad de aprender de los pulpos entre las menos, son funciones que los hombres de ciencia están estudiando para aplicar a cosas prácticas y, lamentablemente, también a cosas de la guerra, los principios que puedan deducir de ellas.

Cosas como el sentido infrarrojo de la víbora de cascabel, el zumbido anti–interferencia del mosquito, el lenguaje de cuervos y delfines, las alas de curvatura cónica de aves planeadoras, los ojos métricos de los escarabajos y cientos de funciones más abren perspectivas apasionantes para la electrónica, la aero e hidrodinámica, la mecánica, etc.

La "Biónica", ciencia relativamente nueva y de maravilloso futuro ha hecho justicia, al fin, a la trascendencia de los animales como modelos para el hombre.


7.3       TAMBIEN EN MORAL

Pero no sólo para las cosas de orden físico los animales son modelo para el hombre.

Cuando Dios Padre le dio los animales a Noé para que los comiera y puso esa norma higiénica y moral que hemos comentado, los usó, quizás por primera vez como modelo para el hombre: Así como demanda al pueblo que no coma la carne con su sangre, símbolo de la vida, así demandará Él por la sangre humana derramada, por la vida del hombre arrebatada. El respeto por la sangre se convierte así por obra de ese ejemplo en símbolo del respeto por la vida del hombre.

Desde entonces muchas veces tomó el hombre a los animales como modelos de comportamiento moral.

La astucia del zorro, la ignorancia del burro, la laboriosidad de la hormiga. Más sin razón que con ella, los fabulistas atribuyeron a los animales virtudes y defectos humanos y no podrá decirse que sea mérito de los animales pero sí que bien jugaron ellos su papel de modelos en procura de la formación de una conciencia moral para un hombre al que, en este orden de cosas, ninguna ejemplificación le es suficiente.


7.4      LA ZAINA DEL ZOILO

El Zoilo tenía una yegua zaina que alquilaba los veranos a "niños'' de los chalets vecinos.

De yeguas mañeras, si las hay, la zaina era paradigma. No había forma de hacer que se quedara quieta en el momento de montar, cuando no giraba, tiraba a morder el estribo y era suficiente que uno hubiera levantado el pie del suelo para que saliera al galope para cualquier lado.

Esa era una de las pocas veces que galopaba, por que, por lo general se aferraba a un sobrepaso saltarín que le dejaba a uno el estómago, el hígado, los riñones y otras partes de la anatomía como la mona.

Las otras veces que galopaba eran cuando se acercaba al boliche, cuando volvíamos a casa y cuando queríamos ir más despacio o pretendíamos bajarnos.

A veces queríamos ir más despacio por que el camino era difícil, en cuesta o con obstáculos. La zaina ignoraba las dificultades: bajaba las cuestas patinando los cascos sobre las piedras llenando de zozobra al eventual jinete, pasaba rauda entre espinillos y piquillines y elegía los árboles de ramas bajas para pasar junto a ellos y más de uno pudo evitar el chichón pero perdió la boina, porque bajarse a recuperarla era aventura para muy pocos.

La zaina a veces se empacaba y otras se espantaba. Una vez, serían vísperas electorales, alguien escribió U C R con grandes letras blancas en el pavimento. No hubo fuerza capaz de hacer pasar a la zaina sobre esas letras; le parecerían víboras. Porque la zaina se espantaba si veía víboras, también si veía papeles volando, o si pasaba un auto cerca, o una liebre, o si había un animal muerto, o si... o si cualquier cosa...

Pero a nosotros nos gustaba la zaina porque montar la zaina era todo un alarde y llegar sobre ella, y sano, era ganar fama de buen jinete.

Cuando al atardecer volvíamos de la cabalgata, el Zoilo contaba los pesitos, montaba sobre su zaina y rumbeaba al tranquito para el boliche.

La zaina, mansa y tranquila, esperaba junto al palenque coa las riendas cruzadas sobre el lomo porque el Zoilo no creía necesario atarla.

Y ya muy entrada la noche, cuando después de cenar salíamos por el camino hasta las piedras para ver las estrellas, veíamos volver al Zoilo montado en su zaina.

Con el paso lento y parejo, con un andar tranquilo y seguro, sin que nada la turbara, ni los autos que hacían rechinar las ruedas en las curvas y encandilaban con sus faros, ni el olor al caballo muerto que a la tarde motivara la empacada, ni la lechuza que se cruzaba en el camino y se posaba en un poste a chillar agorera.

El Zoilo, con muchas ginebras de más, la cabeza caída y los brazos fláccidos cruzados sobre la montura, se bamboleaba a uno y otro lado como una bolsa, pero la zaina, acompañándolo con suaves movimientos, le hacía conservar el equilibrio.

Nunca se nos ocurrió seguirlos a ver que pasaba cuando llegaban al rancho, pero el comentario general era que la zaina lo llevaba hasta el catre y allí lo hacía acostar al Zoilo, y hasta lo arropaba con el hocico.


7.5      EL RINTIN

El Rintin era un perro marca perro. Sólo que algunos genes heredados de un antepasado ovejero alemán le habían dejado ciertas características que lo asemejaban, pero poco, al lejano abuelo.

Los chicos de la villa lo encontraron parecido al famoso actor de cine y le pusieron, abreviadamente, su nombre.

El Rintin no era buen guardián, ni buen cazador, no le gustaba pelear con gatos ni perseguir ratas. No era hábil para hacer piruetas ni había aprendido las clásicas perradas que parecen justificar a los perros de familia. El Rintin era un perro perro y, la verdad, no servía para nada.

Se había afincado en la casilla de la familia Robledo como podía haberse afincado en cualquier parte. En realidad, su casa era la villa entera; pero de la casilla de los Robledo entraba y salía como un tío viejo del que nunca se sabe en que cosas anda.

La familia Robledo: padre, madre y tres hijos pequeños vivía en Villa Alegría, barrio de emergencia levantado en unos terrenos expropiados hacia ya treinta años para la construcción de una gran autopista de acceso al sur de la ciudad. Las obras habían quedado interrumpidas luego de hacer unos puentes y adelantar algo el movimiento de tierra. La tosca acopiada y los terraplenes a medio hacer junto a los puentes recibían de los vecinos el nombre de "las montañitas" y servían para que jugaran los chicos y también para endicar el agua que se desbordaba de un zanjón próximo cuando la sudestada hacía crecer el río.

Robledo padre hacía tres meses que había viajado al sur para trabajar en una represa, le pagaban bien y podría juntar unos pesitos con que iniciar la construcción de la casita que los sacaría de la Villa. Ya habían comprado un terrenito en los Altos de San Esteban, (35 Km. al oeste, cerca de la estación, a solo cinco cuadras del pavimento) y lo estaba pagando en cuotas.

Carmen, su mujer, había conseguido una changuita de relevante en una fábrica. Era por poco tiempo, en turno de 22 a 6 horas, un poco sacrificado, quizás, pero podría sumar sus pesitos a los de su marido y salir cuanto antes de la villa.

¿Y los chicos?, bueno, los chicos eran buenitos, por lo menos cuando dormían, y Carmen les daba un café con leche con pan y manteca, los metía en la cama y con recomendaciones a la mayorcita, 8 años, de que cuidara al chiquito, 3 meses, se iba intranquila a cumplir con su trabajo.

Hacía tres días que soplaba un suave viento del sudeste, pero el tiempo era bueno. El zanjón tenía un poco más de agua que de costumbre, pero para eso estaba ¿no?

Las nubes blancas que cruzaron el cielo durante el día y se tiñeron de rosado al atardecer, a Carmen le parecieron negros nubarrones cuando salió esa noche. Pero entre ellas brillaban las estrellas... ¡No iba a pasa nada!

Y ya en la fábrica, con el calor, el ruido, el trabajo, ¡Qué se iba a acordar del tiempo!

Pero el viento siguió soplando cada vez más fuerte y más frío, y el río siguió subiendo, y las nubes se amontonaron y pronto entre relámpagos lejanos y truenos sordos, comenzó la lluvia.

Y el agua del zanjón se desbordó y se endicó en las montañitas y se empezó a inundar la villa.

¡Y los chicos!

El Rintin entró esa noche a la casilla como siempre, silencioso, como un tío viejo. Con los dientes arrastró el cajón que Carmen, aleccionada por la asistente social, había preparado como cuna del chiquito. No habían caído aun las primeras gotas cuando luego de trepar reculando la montañita el Rintin dejaba la improvisada cunita bajo un voladizo del puente abandonado.

Luego volvió a la casilla y con gruñidos y topetazos despertó a los más grandes y los condujo al refugio elegido.

Allí, con frío pero secos y seguros los encontraran los bomberos. Con ellos estaba el Rintin, pero cuando comenzó la alharaca, se levantó, se desperezó y se fue al trotecito, silencioso, como un tío viejo del que nunca se sabe en que cosas anda.


7.6      ALGO MAS, ENTONCES

Algo más, entonces, que servir de alimento o proveer lana y cuero. Algo más que ofrecer detalles técnicos para que el hombre copie.

En fin, la cuestión es que desde que la máquina entró en funciones, los animales pasaron a cumplir importantes tareas dentro del Plan del Padre y se prestaron, obedientes, a desempeñar en cada caso las directivas de la Comp–Sal–Pro.

Los ejemplos dados como botón de muestra no agotan el anecdotario. Todos recordamos haber leído historias sobre actos heroicos realizados por animales: en incendios, en naufragios, en inundaciones, cuentos de guerra, de hechos policiales, de luchas contra la enfermedad, siempre cuentos de abnegación, de sacrificio, de curiosa oportunidad, de extraordinaria lucidez. Como si una inteligencia superior los guiara.

Pues bien, así es nomás. Una inteligencia superior que se ha empeñado en recuperar al hombre, al precio que sea y utilizando todos los recursos al alcance de la mano.

 

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