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CAPITULO 8 LOS
MARCIANOS
8.1 ¿QUIÉNES
SON? ¿CÓMO SON?
Hemos
afirmado ya en 3.7. que son muchos los planetas de nuestro Universo U+342
y de los demás universos de orden superior e inferior, incluyendo los de
signo negativo, que tienen habitantes. Nos referimos, por supuesto, a
habitantes creados como los hombres
“a imagen y semejanza de Dios”, ya que planetas con vida más o
menos primitiva del tipo de la animal o vegetal hay muchísimos más. Las
características físicas de estos hombres están lógicamente condicionada
por las circunstancias ecológicas de sus respectivos hábitats, pero algo
tienen que es común a todos: todos poseen discernimiento, libertad y
voluntad y todos son conscientes. Y
algo más tienen en común: A ninguno de ellos se le ocurrió, como a Adán,
romper relaciones con el Padre. El
grado de evolución de estos seres es muy diverso. Los hay que recién están
en el despertar de su conciencia y son poco más que animalitos que poco a
poco empiezan a descubrirse a sí mismos, y los hay también que han
recorrido trechos enormes y se encuentran en un estadio muy cercano a la
perfección. En
todos los casos, estando unidos al Padre y cumpliendo ellos la parte
correspondiente al Plan original, su vida se desliza en medio de felices
expectativas descubriendo a cada momento nuevas maravillas que el Padre ha
hecho y ha puesto en su camino para que aprendan a conocerlo y amarlo como
Él los conoce y los ama. A
todos les dio el mismo mandamiento al crearlos: “Creced y multiplicaos.
Henchid la tierra y dominadla". A todos, pues, los hizo sus colaboradores,
participantes activos en la dilatación de su gloria. A
todos les puso una condición que cumplir, sólo una, para que la libertad
tuviera existencia real. Esta condición ha sido, hasta ahora, cumplida por
todos, menos por nosotros. A todos
los hizo herederos de esa gloria imperecedera, recreada permanentemente
con la libre y consciente participación de cada uno, y a la que cada uno
llega luego de cumplir sin angustias ni zozobras la tarea impuesta por
el Padre como justa y meritoria parte en la tarea común. 8.2 ¿QUÉ
SE DICE DE ELLOS?
Quienes
dicen tener contactos con seres de otros planetas, y aquellos que han
creído descubrir rastros de anteriores intervenciones extraterraqueas, no
han tenido en cuenta, como es lógico, la circunstancia que he señalado en
el punto anterior, y ello les ha llevado a atribuir a causas equivocadas
algunas de las condiciones que les atribuyen. Así
es común que asocien la bondad de un pueblo con su grado de evolución. Por
ser muy evolucionados, por tener una tecnología muy avanzada, por disponer
de fuentes energéticas de ilimitado poder, por ello, son buenos,
pacíficos, tolerantes. Nada más falso. La historia humana debiera bastar
para negar este aserto. Si tales pueblos tienen semejantes virtudes es por
la única y sencilla razón de que permanecen unidos al Padre. También
es común que, ante la sospecha de algún cataclismo cósmico, se le atribuya
el ser consecuencia de alguna acción de guerra entre beligerantes
espaciales. Así,
para un escritor suizo de señalado éxito literario y cinematográfico, los
asteroides serían restos de un planeta que saltó en pedazos destruido por
un pueblo en despiadada guerra de exterminio, contra otro. También esto es
falso: la guerra es un producto exclusivamente terráqueo y consecuencia
directa del pecado. Este
problema de los asteroides y su origen ha dado lugar a las más variadas
conjeturas. Para otro autor, amigo y confidente de un actual habitante de
Ganímedes, el 5° planeta, el ubicado entre Marte y Júpiter, estalló no por
acción de guerra sino por circunstancias naturales y fue, precisamente, el
conocimiento previo de tales circunstancias, lo que obligó a sus
habitantes a emigrar al satélite de Júpiter. Unos
y otros de los autores que se ocupan de este tema, y no me refiero a los
novelistas de ciencia–ficción, han descubierto distintas formas de
intervención de los extraterráqueos en la vida de los hombres. Se les
atribuye, por ejemplo, el ser los autores de las pirámides de Egipto, o,
por lo menos, los que aportaron los conocimientos y el instrumental
necesario para su construcción. También serían los constructores de las
edificaciones mayas y aztecas, y los que colocaron en su sitio las cabezas
de la isla de Pascua, y cosas como esas. Es
cierto que son muchos los misterios arqueológicos y es comprensible la
tentación de atribuir a “habitantes de otros planetas" cualquier cosa rara
que no sepamos explicar. Pero
ello tiene el grave inconveniente de confundir lo verdadero con lo falso,
cosas que son comprobadas con otras que no lo son, y así alejarnos las más
de las veces de la verdad en lugar de acercarnos a ella. Algunos
autores, como nuestro amigo el suizo, desean encontrarle explicación
"natural" a todo y para ello no encuentran mejor manera que el atribuir
condiciones prácticamente "sobrenaturales" a nuestros hermanos
extraterráqueos. Así, para él, ellos serían los "dioses" que crearon al
hombre "a imagen y semejanza" al haber provocado, con sus grandes
conocimientos genéticos y sus maravillosas posibilidades técnicas, la
evolución del mono. Otros
autores prefieren "espiritualizarlo" todo y para ellos los extraterráqueos
son una especie de ángeles o de “sutiles formas cerebrales" que a fuerza
de pensamiento se comunican con algunos elegidos de entre nosotros, viajan
por el espacio y todo eso. Pues
bien, sépase que todo esto es exagerado y poco serio: los extraterráqueos
son hombres, hijos de Dios como nosotros, más o menos evolucionados, con
más o menos recursos técnicos, pero hombres al fin. Cabe
mencionar ahora la vasta información periodística sobre los "Platos
voladores" y sus tripulantes: las misteriosas apariciones de UFOS y OVNIS,
sus evoluciones, su fantástica velocidad, la variedad de formas y tamaños
observados, las huellas y rastros dejados, las encontradas descripciones
de sus tripulantes: altos, esbeltos, vestidos con relucientes monos
plateados, peticitos de color verde... La
información es abundante y variada y alguna aporta elementos de juicio de
verdadero interés. Pero
hay algo que es muy importante de destacar: nuestra prensa catastrófica,
tan amiga siempre de narrar detalladamente siniestros y desgracias, no ha
dado jamás una noticia relacionada con la aparición de un OVNI que tuviera
alguna relación con hechos de sangre, violencia o destrucción. Desde
luego los "marcianos" son distintos a nosotros, vean si no el sucedido
que les voy a contar. 8.3 MARCIANOS
EN TANDIL
–
Vení, petiso, que te cuento: vi un plato volador... Así
me dijo mi amigo Carlos Kasper cuando lo encontré en la calle
Florida. Carlos
es Ingeniero Civil y se ha dedicado a fabricar aparatos electrónicos que
tienen que ver no sé qué con la cardiología. –
Entremos a tomar algo y te cuento. Entramos
a un café y me contó: – Fue
en la estancia de Pedro Ramos, en Tandil, justo cuando nos veníamos.
Estábamos en la galería después de cenar, hacía mucho calor: había llovido
y el tiempo seguía pesado. –
Manuca, mi mujer... vos la conoces... salió a mirar el tiempo y volvió
diciendo: – Parece que va a mejorar... hay estrellas. – No
– dije yo – Si está todo encapotado. –
Debe estar abriendo, porque yo vi una estrella – insistió ella. –
Salimos todos, estábamos con Pedro y la Negra, tanto por las estrellas
como para ver si hacía un poco más de fresco afuera, y vimos, entre los
árboles, cerca del zenit, una estrella grande, rojiza. – Si,
debe estar abriendo – dije yo, y no había terminado de decirlo cuando la
estrella se movió: se corrió un poco más abajo, hacia el oeste. Vieras
que julepe, petiso, de golpe fue como si todo fuera distinto, irreal, todo
me pareció confuso... ya no entendía nada. La
estrella se quedó unos segundos en la nueva posición y ¡zas! volvió al
lugar de antes. – Es
un satélite dijo Pedro. –
¡Qué satélite! – dije yo – es un plato volador: los satélites no vuelven
para atrás... Nos
quedamos mirándolo. El plato volador se movía de una posición a la otra,
se quedaba un ratito quieto y de repente volvía al lugar anterior. Y
también, cada tanto, hacía unos zigzagueos rarísimos a velocidad increíble
y volvía al sitio de antes. Nosotros
mirábamos al plato volador, nos mirábamos unos a otros pero no decíamos
nada: no sabíamos que decir. Estábamos
en eso cuando de repente desde atrás de un monte vemos aparecer otro
artefacto, mucho más grande, más bajo: se venía derechito hacia donde
estábamos nosotros. Te juro, petiso, que nunca tuve más susto en mi
vida. El
cusifai pasó por encima de nuestras cabezas, parejito, silencioso,
iluminando todas las cosas con su luz rojiza. Era
un plato volador, pibe, un plato volador como los del cine: estaba allí,
no te puedo decir ni la altura, ni el tamaño, pero estaba, seguro casi se
podía tocar. Pasó
de largo, derechito, y se perdió detrás de otros árboles. El de arriba
comenzó a bajar y se fue detrás del otro. Y
empezamos a hablar todos al mismo tiempo: Y viste eso... y viste
aquello... Mirábamos
por donde se habían ido. Detrás de los árboles se veían unos destellos
azulados como los de soldadura eléctrica. –
Mirá, bajaron allí... –
Tenemos que ir a ver... Todos
dábamos ideas: queríamos ir, pero no nos animábamos... así de noche... el
camino de tierra... ¡quién se metía! Nos
quedamos mirando un buen rato a ver si los veíamos irse, pero nada, solo
los resplandores azulados, cada tanto, pero nada más. –
Viste, todavía están allí... Por
fin, a eso de las doce, resolvimos irnos a dormir y dejar la investigación
para cuando aclarara. ¡Dormir!,
¡Te imaginás cómo dormimos! ... Al
día siguiente nos levantamos a las seis. Llamamos a los peones, juntamos
un par de escopetas, palos, horquillas. guadañas, sogas, ¡Qué sé yo! Nos
fuimos en el auto y en la camioneta de la estancia. Pedro, que conoce bien
el lugar, estaba seguro del sitio donde habían bajado y nos guió hasta
allí. Yo
estaba excitadísimo, tenía una escopeta y la abría y cerraba a cada rato
para ver si tenía cartuchos: Yo quería cazar un marciano y estaba
dispuesto a todo... No
pensé si eran hombres o animales, ni si eran más inteligentes que
nosotros, ni se me ocurrió pensar las armas que ellos podían tener Yo
quería cazar uno, vivo o muerto... Tenía que cazar uno. Dimos
como mil vueltas hasta cerca del mediodía, pero no vimos nada. Pedro
insistía: – Tiene que ser por aquí... Pasemos por aquel lado... a
ver... Pero
no vimos nada, ni huellas, ni pasto quemado, ni nada... Por
fin, cansados, confusos, desilusionados, excitados... ¡qué sé yo! volvimos
al casco... Petiso,
¡qué querés que te diga! ¡Yo lo vi, todos lo vimos! Era un plato
volador! Mirá,
habrá sido lo que vos quieras, pero. ahora, cuando lo pienso, yo me agarro
la cabeza... Sabés,
petiso: yo quería cazar uno... Y, vos sabés, vos me conoces, yo soy un
tipo bueno... buen cristiano, casi, pero si se me pone delante ¡lo cazo!
... Petiso,
estoy abochornado: ¡Soy una mala bestia! ... 8.4
LA
REALIDAD
Evidentemente
los marcianos no son como nosotros. Si lo fueran ya nos habrían dado más
de un disgusto. Por que si de “cazar" se trata, con sus recursos técnicos
no creo que valieran mucho túneles o escondites. Lo de
túneles viene a cuento por lo que sostiene ese autor suizo del que les
hablé. Él piensa que los túneles descubiertos en Ecuador y Perú fueron
construidos por los habitantes de aquel planeta a la defensiva que se
refugiaron en la Tierra. Ellos serían los mismos que hicieron que el mono
se convirtiera en hombre, y sus enemigos los que hicieron explotar el “5°
planeta". Posteriormente, los monos evolucionados, es decir, nuestros
abuelitos, habrían hecho nuevos túneles para protegerse a su vez de los
''dioses que los crearon a su imagen y semejanza". Pasando
por alto lo de la guerra, por las razones que Uds. saben, lo demás tampoco
es verosímil. Con cavernitas a tipos capaces de hacer explotar planetas...
¡Vamos hombre! Hay
una realidad y son los túneles, y otro montón de realidades que también
hacen pensar: algunas de las figurillas de barro japonesas del período
Jomon. Las cabezas de la isla de Pascua, el "astronauta" del sarcófago de
Palenque, algunas pictografías como las de nuestra Talampaya, en La Rioja,
y toda esa colección de cosas de tan difícil interpretación. Pero
ante ellas sólo cabe una actitud: seguir investigando con rigor y
perseverancia. Es
muy probable que pueda verificarse la presencia de extraterráqueos en
tiempos pretéritos, como es posible que pueda verificarse su presencia hoy
mismo. Y es probable también que, trabajando con seriedad, analizando
inteligentemente los indicios hallados y usando de sanos razonamientos
libres de prejuicios se pueda llegar a interpretar la actitud de tales
viajeros en unas y otras oportunidades. Eso,
a nivel científico... Pero
yo les digo desde ya, porque así me fue revelado, que nuestros buenos
hermanos de otros planetas están muy ocupados cumpliendo la voluntad del
Padre y que en cumplimiento de esa voluntad trabajan, estudian e
investigan: tratan de desentrañar los misterios de la Naturaleza, que no
es más que la forma como quiere Dios hacerse conocer. Tratan de "henchir
la tierra y dominarla" como el Padre les ha mandado y como, mal que mal,
también hacemos nosotros. Y,
claro, para eso también viajan, aun por el espacio, y así, más de un
pueblo y más de una vez se han acercado a nuestro conflictuado Sol III.
Pero en cada oportunidad que lo han hecho, como son naturalmente buenos,
han procedido de la mejor manera posible. A
veces han usado a la Tierra como base de operaciones, cuando ello no
perjudicaba ni poco ni mucho a nadie. Otras han intervenido dando una
manito a pueblos primitivos, como ocurrió antaño, y de ahí los indicios
dejados en inscripciones y leyendas. Y otras veces, como ocurre ahora,
actuando con la mayor discreción, respetando la libertad de los demás, que
saben que es tan cara al Padre, cumpliendo con sus propios fines sin
interferir, en la medida de lo posible, en asuntos que los hombres tienen
que arreglar por sí mismos. Y con ese comportamiento, muy bien aprovechado por la
Comp–Sal–Pro, los “marcianos" también contribuyen, esta vez consciente y
libremente, no como las cosas y los animales, a la recuperación de sus
hermanos terráqueos cuya peculiar situación conocen y ponderan porque por
ella han cobrado conciencia de la maravillosa fidelidad de Dios por sus
criaturas, de esa bondad infinita que lo llevó a encarnarse, a hacerse
hombre, para que hasta el más pequeño de ellos pudiera participar de su
gloria.
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