Revelación Apócrifa

   

por el Arq. Luis Alberto Vernieri López

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CAPITULO 9

EL PRINCIPIO DEL FIN

9.1      CONFIGURACIONES RARAS

En el Centro de Computación Celeste las cosas siguen su marcha habitual. Las máquinas inventadas por Dios Espíritu Santo son una maravilla de técnica y funcionan al pelo, claro que con una u otra caída de "tensión" que requiere la intervención personal de la Santísima Trinidad.

Los analistas, programadores y operadores no pueden, sin embargo dormirse sobre sus laureles porque las exigencias de Dios Padre son tales que les obligan a permanentes ajustes y hasta la eventual intercalación de subrutinas para casos de excepción.

Rafael, gerente general del Centro, está estudiando un nuevo proceso cuando uno de los subgerentes a cargo del equipo de operadores se le acerca:

– Perdón, Rafael, ¿puedo interrumpirte?

– ¡Sí, por favor! . ¿En qué puedo servirte?

– Quisiera saber si puedo usar la cinta 4.A. que por lo que veo está en desuso y me vendría muy bien para el nuevo programa.

– Yo no tengo inconvenientes, pero... ¿estás seguro que está en desuso? .., Mirá, mejor preguntale a Ariel que está a cargo de este programa.

– Bueno, macanudo, así lo haré. – y sale en busca de Ariel.

Lo encuentra en la sala de programación y le repite el pedido.

– ¡Cómo que está en desuso!, ¿Quién te dijo?

– Nadie me dijo. Yo veo que la cinta 4.A. hace dos días que no se mueve y para mí la conclusión es obvia

No, viejito, la 4.A. está en uso, debe pasar algo raro, vamos a ver un poco...

Ambos se dirigen a la sala de operación.

– Ahí tenés, mirá la 4.A. quietita como una nena buena

– Te aseguro que a estas horas tendría que estar dando vueltas como una bailarina enloquecida... ¿Qué pasa? ... A ver la consola.

Se acercan a la consola donde cientos de cuadraditos luminosos de distintos colores se encienden y se apagan alternativamente formando figuras solo comprensibles para los muy iniciados.

Ariel no es tan ducho como su colega en lo que a operar la máquina se refiere pero no puede dejar de notar, en uno de los parpadeos, algo que parece como una configuración anómala: se han prendido en un momento todas las luces de un sector y sólo ellas.

– ¡¿Y eso?! – pregunta sorprendido.

– ¡Cierto!, es la primera vez que aparece...

– O que la ves.

 – Sí... Puede ser... reconoce Ariel modestamente, y agrega – Llamémoslo a Rafael.

– ¡Perdón, Rafael, nuevamente... Perdoná que te moleste pero te necesito en la consola.

– No es molestia. ¿Qué pasa?

– No sé... me parece que algo no anda... la consola refleja configuraciones raras... y además... eso de la cinta 4.A. ... no sé... algo anda mal...

– Veamos... dice Rafael, y allí van ambos.

Las luces del “Display pannel" siguen con sus parpadeos habituales y cada tanto una agrupación insólita llama la atención de los atentos observadores.

– Otra vez, mirá...

– Y esa otra... ¡No!, aquí pasa algo...

– Bien – dice Rafael – No esperemos más... Hay que ejecutar un "Trace" para ver qué está pasando. Hagan el rastreo y luego avisen, estoy pensando si no habrá una falla en el sistema operativo...

Rafael, algo preocupado ahora, intuye que la situación planteada supera sus atribuciones, por lo que prefiere consultarla con Dios Espíritu Santo.

– Señor – le dice cuando le encuentra en su salita de trabajo –Estoy preocupado porque el equipo acusa una incoherencia... un desequilibrio... No sé bien que pasa... Pero he tomado algunas providencias...

– Bien – aconseja Dios Espíritu Santo – No te preocupes: ¡Ocúpate! que ya se irá aclarando todo. Y manteneme informado.

Rafael vuelve a la sala de operación donde sus muchachos siguen con la tarea encomendada.

Gabael, el Jefe de los operadores le informa:

– El ''trace'' nos ha permitido determinar que, efectivamente, existe un desequilibrio en la aplicación de los distintos subprogramas. Mientras unos aparecen como sobre solicitados, otros, como el registrado en la cinta 4.A, por ejemplo, apenas ha sido llamado en los últimos días. No podría decirte si se trata de una falla en el sistema operativo, de un redimensionamiento desproporcionado del universo considerado... o... o qué?

– Bien – dispuso Rafael – Vamos a intercalar una nueva subrutina, Vos, Ariel, programala, vamos a pedir se nos informe sobre la intervención en valores absolutos y relativos de cada subprograma, a ver si podemos apreciar qué está pasando.

Los resultados que se obtienen con el nuevo proceso interpuesto son realmente alarmantes. Evidentemente se ha producido un desequilibrio. Si bien el juego del bien y del mal en el mundo, que la Comp–Sal–Pro controla, sigue su apenas equilibrado proceso, hay un punto, sólo uno, en la malla espacio–temporal, que parece concentrar en sí, en forma paulatina y creciente, una inimaginable dimensión de mal.

Se trata de un solo punto de la malla espacio– temporal, pero es tal la cantidad de mal que concentra y tan fuerte su poder de radiación, que vuelca hacia él, en forma que supera todo lo previsto, los esfuerzos por lograr un equilibrio.

– Tenemos que arreglar esto – dice Rafael – y pronto: Ya se nos quedó colgado un subprograma y corremos el riesgo de que otros también suenen, o hasta que nos aborte el programa entero... Quizás tengamos que redimensionar todo el programa... y todas las subrutinas... ¡Menudo choclo!

En el saloncito de estar están reunidos Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo discurriendo entusiasmados sobre un tema, al parecer apasionante, que ha planteado Dios Espíritu Santo.

Rafael, seguido por Ariel y Gabael, han entrado a la salita y se dirigen a Dios Padre:

– Señor.

– ¿Qué?, hijo.

– Estamos frente a una emergencia, Señor.

– ¿Sí?, ¿Qué pasa?

– Un profundo cambio en las circunstancias operantes en Sol III nos va a obligar a cambiar todos los programas... Sin embargo no descartamos la posibilidad de una falla en el sistema operativo, así que... yo quisiera que ustedes lo vieran... a ver que hacemos...

– He estado pensando en eso – intervino Dios Espíritu Santo – descartá la falla del sistema, el sistema anda bien. Tenemos que analizar el porqué de ese cambio de circunstancias.

Dios Padre pone en funcionamiento su tablero de control y en sus pantallas de televisión aparecen en forma sucesiva las habituales escenas provenientes de la Tierra. Los consabidos horrores de siempre, pero también, a veces más, a veces menos, según las épocas, otras escenas mucho más reconfortantes:

Gente trabajando, simplemente entregada a sus labores; una madre cambiando los pañales a su hijito; Un colectivero buscando monedas para un vuelto; Unos obreros telefónicos trepados en un poste procurando restablecer una comunicación interrumpida; Un vigilante ordenando el tránsito... Gente dedicada a hacer el bien a sus semejantes; Una maestra enseñando a leer a treinta y cinco chiquilines; una enfermera dando de comer a un lisiado; un grupo de médicos en un quirófano; un misionero barbudo y con sotana blanca enseñando catecismo a quince simpáticos negritos; unos monjes trapenses labrando la tierra; unas monjas de clausura tejiendo batitas y rezando el Rosario...

Gente que trabaja... Gente que sirve a los demás... Gente que reza y se sacrifica por los otros... los que hacen andar la máquina,... los que en todos los tiempos... a veces más, a veces menos, equilibran el mal en que el pecado sumió a la Tierra.

– ¿En qué lugar han detectado las irregularidades que les preocupan?– pregunta Dios Padre.

– Es en Nueva Ur, la Capital de la Confederación Mundial de Naciones.

– ¿En qué época?

– Unos 40 Giga–años desde tiempo absoluto Cero.

– ¡Por favor! ¡Un poco más de precisión!

– Bueno... Vamos a ver si lo logramos en Kilo-años... A ver... Nos da 40.007.623,523 Kilo–años, con las milésimas estimadas...

– Vamos a ver que pasa – dice Dios Padre buscando las coordenadas en sus cuadrantes.

En la pantalla central aparece la Ciudad de Nueva Ur y, ajustando más los diales, el palacio ocupado por Ciro Dan, el Secretario General de la Confederación Mundial de Naciones.

La ciudad ofrece, a primera vista, un aspecto de orden: se ve gente circulando por las calles, hombres trabajando, niños en las escuelas y todo eso... pero una cierta profusión de grandes carteles, inusual abundancia de gente uniformada y ciertas expresiones en los rostros de los habitantes hacen sospechar que no todo anda bien.

– Háganme un "survey" completo – dispone Dios Padre Y me ven cuando esté listo.


9.2      CIRO DAN

Nieto de un famoso apóstata y millonario, Ciro Dan había sido educado por su abuelo para ocupar el importante cargo que en la oportunidad detentaba.

Joven, buen mozo, inteligente, preparado en ciencias y artes, astuto como una serpiente y prudente como una paloma, tenía un encanto que enloquecía a las mujeres y subyugaba a los hombres.

Empezó su carrera política cuando aprovechando méritos de sus ascendientes maternos, las relaciones comerciales de su abuelo con los magnates petroleros y sus fabulosas dotes naturales, actuó de mediador entre árabes e israelíes y puso fin a la secular contienda.

Le valió ello el Premio Nobel de la Paz, primero, la Secretaria General de las Naciones Unidas, después; y el ser fundador y primer Presidente de la República Unida MEDIO–ORIENTAL más tarde.

Allí comenzó su verdadera carrera. Al poder económico unió el poder político y a éste el poder de las armas. Constituyó un poderoso ejército en el que destacaba la fuerza aérea con sus escuadrillas superadiestradas, con pilotos de largas cabelleras, que como mangas de langostas oscurecían el cielo en desfiles y contiendas, y también sus apuestos guardias de seguridad de rojas corazas llamados los “Jenízaros" en recuerdo de aquellas tropas elegidas de los tiempos de Soliman el Magnífico.

Recurriendo más a la astucia y a la intriga que a la fuerza fue incorporando a su República todas las naciones colindantes y otras que no lo eran tanto.

Muchas de las que un día fueran naciones independientes se le unieron constituyendo así una federación de naciones capaz de influir fuertemente por su poderío económico, militar y político en las decisiones de las Naciones Unidas. A pocos kilómetros al Sud de donde estuviera Bagdad, sobre el río Eufrates, fundó su Capital a la que llamó Nueva Ur, y a la que hizo proyectar y construir “ad ovo" por un famoso urbanista llamado Zepol Ireinrev.

Con todo ese poder y toda su habilidad política logró constituir la Confederación Mundial de Naciones integrada por los diez países más poderosos de la Tierra. Nueva Ur fue su capital y Ciro Dan recibió el título de Secretario General de la Confederación Mundial de Naciones, que no alcanzaba a disimular el hecho de ser un verdadero emperador.

El espíritu y las modalidades que Ciro impusiera a su República se fueron difundiendo por todo el mundo. Sus melenudos pilotos y sus impresionantes jenízaros aumentaron en número y poderío y sus normas gubernamentales, sus filos y sus fobias se generalizaron hasta ser comunes a toda la tierra habitada.

Como no podía ser menos, la Confederación tuvo su régimen político que se conoció como Capital–Socialismo, tuvo sus extremistas de derecha y de izquierda: los “felicistas" y los "satanistas", tuvo también su bandera y su escudo. La bandera era negra con el escudo en el centro, corrido algo hacia el asta, y el escudo era una estrella blanca de cinco puntas, con una punta para abajo y en el centro, en rojo, un símbolo especial, algo así como un círculo con tres ganchos, como un 6 con tres colitas dispuestas a 120 grados una de otra.

Los "filos" del nuevo estado fueron las logias iniciáticas, los desfiles populares y militares, las drogas, la producción, la propaganda y los grandes espectáculos. Las "fobias": la poesía, la belleza, el silencio, las religiones espiritualistas y, sobre todo, el Cristianismo.

Ciro Dan, excelente orador, recorría el mundo en campañas políticas que ponderaban su acción de gobierno. En todas partes lo aclamaban multitudes, las calles se llenaban de carteles con su foto y con su nombre, y con los títulos que su nombre sugería: “Ciro Dan, Luz, Faro y Guía". "Ciro Dan, Respetado y Querido Líder", "Ciro Dan, Afectuoso Padre''.

Ciro Dan visitaba las fábricas y demostraba su conocimiento de la maquinaria empleada mucho más allá que el más hábil de los capataces.

Ciro Dan visitaba las escuelas y corregía faltas de los alumnos que se habían pasado por alto a sus maestras.

Ciro Dan iba al campo y enseñaba a los agricultores a mejor cultivar la tierra.

Ciro Dan iba al Parlamento y hablaba; iba a las Naciones Unidas y hablaba; iba a todas partes, y hablaba. Y entonces ponderaba al Capital–Socialismo y al luminoso modo de vida “Universal y concreto", y fustigaba severamente a los enemigos del régimen: si en Oriente a Confucio, si en Occidente a Cristo. Y halagaba a las multitudes con mil recursos demagógicos y las lanzaba excitadas y vociferantes a destruir a esos "enemigos emboscados" culpables siempre de la escasez, de la miseria, del trabajo inhumano, de la peste y de la guerra que asolaban cada país y todos los países.

Llegaba entonces la hora de los grupos activistas que capitaneaban sus huestes y las lanzaban unas contra otras.

Los "felicistas" luchaban por la felicidad de los pueblos y cifraban ésta en la satisfacción de sus necesidades materiales y de sus pasiones: comer, beber, drogarse, tener toda suerte de relaciones sexuales, no ocuparse de nada que pudiera inquietar la conciencia. Eran amigos del "amor'' y de la ''paz'' y solo por una necesidad impuesta por circunstancias que lamentaban luchaban con dientes y uñas contra los amantes del odio y de la guerra.

Los amantes del odio y de la guerra eran los "satanistas". Ellos habían llegado a la conclusión de que nada sería posible hasta el cambio total de las "estructuras" y que en resumidas cuentas, ese cambio solo se daría en el "reino de Satanás". Por eso luchaban por destruir el orden reinante, resabio de tiempos obscurantistas. No obstante ser enemigos acérrimos de los felicistas, ellos también comían, bebían, se drogaban, tenían toda suerte de relaciones sexuales y no se ocupaban de nada que pudiera inquietar sus conciencias pero, claro, solo lo hacían por ayudar a destruir de una vez a este mundo de caducos, exhibiendo sus contradicciones.

Ambos grupos, al influjo de las palabras fogosas y polivalentes de Ciro Dan se ponían al frente de las multitudes enardecidas que arrasaban cuanto encontraban a su paso hasta enfrentarse en bataholas a las que a duras penas ponía fin la presencia de los jenízaros.

El saldo era siempre cientos de contusos y detenidos, nuevos contingentes para los campos de trabajos, grandes titulares periodísticos culpando a los obscurantistas y un nuevo discurso de Ciro Dan o de la autoridad local que por lo general daba lugar a un nuevo encontronazo.

El "Survey" que los gerentes prepararon para Dios Padre incluía, además de la información relativa a la vida pública de Ciro Dan, muchos detalles de su vida privada, se deducía de él que Ciro Dan era intrigante y camandulero por principio y que a esa actitud absolutamente inescrupulosa, plagada de traiciones y falluterías debía su gran éxito político.

Pudo saberse también que era hedonista, gozador, goloso y lujurioso como el que más, que bajo la apariencia de austeridad con que engañaba a sus súbditos se ocultaba la más desordenada persecución de los más abyectos placeres que el género humano hubiera conocido.

Se puso en evidencia, por fin, que ese racionalista, materialista "concreto" que pregonaba su desprecio por las supersticiones obscurantistas era en realidad un ser profundamente religioso, practicante cotidiano de misteriosos ritos, pero que su Dios era el mismísimo Satanás a quien invocaba a cada instante pidiéndole su ayuda para lograr los fines que se había propuesto.

Todo esto surgió del estudio realizado explicándose así las “configuraciones anómalas" de la Comp–Sal–Pro y las inquietudes despertadas en el Staff celestial.


9.3      DIOS HIJO SE DECIDE

Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo analizan detenidamente la nueva situación planteada. Reunidos en la salita de descanso, flanqueada por el panel de control, ahora en reposo, y por el amplio ventanal que abre al jardín del Cielo, releían y comentaban uno y otro detalle del informe preparado por los gerentes.

Se trataba ahora de estudiar los ajustes necesarios al Plan del Padre y a la maquinaria que lo implementaba, ante el influjo de esta poderosa personalidad que tendía a distorsionarlo todo.

– ¡No! – dijo Dios Padre ante un impaciente improperio de Dios Espíritu Santo – Este es hijo mío, tan hijo mío como cualquiera de los seres humanos... y el Plan y sus reglas son tan válidos para él como para todos.

– ¡Sí! pero entonces o cambiamos el Plan o cambiamos el equipo o todo se va al bombo...

– El Plan es bueno...

– El equipo también es bueno...

– ¿Y, entonces?

– Yo sé lo que tengo que hacer – interrumpió entonces Dios Hijo en forma por demás decidida.

– ¿Vos, qué tenés que hacer?

– Vean, este asunto es conmigo, no me cabe duda. – Estuve releyendo algunos pasajes del Antiguo Testamento: Isaías, Ezequiel, Daniel y lo llamé a Juan para que me explicara algunas cosas de su Apocalipsis, y ahora estoy seguro: Ciro es él... Yo voy a ir a Sol III a conversar con él, trataré de llegar a un acuerdo... Para él no hay Plan ni circunstancias que valgan. Esto lo vamos a tener que arreglar mano a mano.

– Pero, ¿Cómo? ¿Vas a volver a la Tierra por un sólo hombre...?

– ¡Sí!, por uno solo hubiera ido la primera vez, y por uno solo voy a ir ahora. Claro, ésta no es una visita oficial... éste es un asunto privado... Ya saben como piensa Ciro... él es, e íntimamente quiere ser el Anti–Cristo. Quiere destruir hasta el más pequeño recuerdo de mi obra... No ven... el asunto es conmigo y lo tengo que arreglar Yo...

Dios Padre y Dios Espíritu Santo se han quedado callados pensando y como eso de que “quien calla otorga" vale también en el Cielo, Dios Hijo continúa, ya preparando los detalles de su viaje:

 Le voy a pedir a Gabriel que me acompañe...

– Mejor llevátelo a Miguel, que de un... plumazo...

– No, no es así el asunto. Eso no seria jugar limpio como Abba quiere. Voy a proponerle un plan, algo que pueda aceptar... y al final la decisión quedará en sus manos...

– Bien, hijo – dice Dios Padre – Cierto que éste es asunto tuyo. Yo te los di ya hace tiempo para que me los trajeras a todos aquí, ahora se presenta esto, –¡Así es, Hijo! Ve, no más, y que no se pierda ninguno, ­ ¡Ninguno!, ¿Entendido? ...

–Sí, Padre, – Ninguno...


9.4      LA VISITA A NUEVA UR

Dios Hijo, acompañado por Gabriel bajan a Sol III. Se aparecen a Nueva Ur paseando por una de las calles céntricas. Quieren reunir alguna experiencia directa antes de entrevistarse con Ciro Dan.

Dios Hijo aparenta los treinta y tres años que tenía cuando dejó la Tierra, está vestido con un pantalón de franela gris, blazer azul con botones dorados, camisa blanca y corbata a franjas horizontales azules y rojas. El cabello oscuro algo largo, a la usanza de la época y la barba castaña cuidadosamente recortada. Gabriel, aparenta menos edad, usa pantalón de franela también gris, un saco color ladrillo y una polera blanca. Su cabello, más largo, que el de Dios Hijo es de un rubio claro de raros reflejos y no usa barba. En su mano derecha lleva algo así como un "attaché" negro de mediano tamaño.

Ambos, con tal indumentaria, se asemejaban bastante a cualquier habitante medio de la ciudad.

En esa ‚poca del año la temperatura no es desagradable y el tiempo es bueno. Sería un placer caminar por las calles si no fuera por que... ¡y bueno! ... por que no lo es.

No hace calor pero está pesado, se torna difícil respirar, algo hay en el aire que irrita las mucosas, que hace picar los ojos, la garganta.

Hay demasiado ruido, los autos pasan con sus escapes libres y se abren paso a bocinazos, de algunos negocios sale una música rítmica y disonante que intranquiliza y cansa, otros parlantes reproducen un discurso político cuyas palabras se pierden en el barullo. Los vendedores ambulantes vocean mercaderías, los mendigos piden monedas y algunos yacen indiferentes sobre los umbrales, muchachones, al parecer desocupados, forman patotas que chacotean y que se meten con los transeúntes atemorizados y a cada rato se oye el estridente ulular de sirenas y autos llenos de gente armada pasan veloces por las calles.

Los autos lucen calcomanías que dicen "Yo quiero a Ciro Dan... y Vos?" o "Sonríe, Ciro Dan te ama", pero allí nadie sonríe y parece que nadie ama a nadie.

Grandes carteles cruzan las calles de línea a línea de edificación y en ellos pueden leerse frases de Ciro Dan relativas a la paz, a la guerra, a la producción, al progreso y cuanto sea y otros donde las frases son como estas: “Nuestro pueblo es muy feliz por que tiene con él a Ciro Dan, respetado y querido líder" o "Confiemos en nuestro afectuoso padre Ciro Dan”.

En una plazoleta se alza una gran estatua de Ciro recordatoria de la promulgación de la constitución de la República Unida, obra personal suya. En una esquina un busto suyo con una placa que recuerda una visita y expresa la gratitud de los vecinos de ese barrio: Villa Lealtad.

Grandes afiches cubren las paredes de los edificios, muchos de ellos son escenas de guerra en las que gente de pueblo en mangas de camisa, con palos o machetes vencen a soldados con caras patibularias armados hasta los dientes en cuyos cascos y uniformes se distinguen claramente las cruces que usan como escarapela. Los carteles tienen leyendas que dicen: "No pasaran”, "Ningún enemigo puede perpetuar la división del mundo”, ''El pueblo capital–socialista vencerá siempre al oscurantismo armado" y cosas por el estilo.

Dios Hijo y Gabriel recorren sin hacer comentarios las calles de Nueva Ur y, paso a paso se van acercando a la “Casa de la Secretaría", nombre con que se conoce el Palacio–fortaleza de Ciro Dan.

Haciendo uso de la propiedad preternatural de hacerse invisibles, pasan a través de sucesivas guardias armadas y de controles de toda clase que se interponen entre la calle y el despacho del "Secretario".

Ya llegando a él, una guardia de lo más selecto del cuerpo de jenízaros custodia la maciza puerta blindada que también pasan como si no existiera y se aparecen frente a Ciro Dan que está trabajando en unos papeles por los que se administra justicia.

La justicia del Anticristo. ¡Dios nos ampare!


9.5      BIENAVENTURANZA

Don Vergara trabajaba desde hacia 18 años en la Delegación Río Gallegos del Ministerio de Trabajos Públicos.

Simple empleado primero, llegó a ser Jefe de la Delegación quizás no tanto por sus propios méritos sino porque, poco a poco, se fueron jubilando, o simplemente se alejaron de la administración, quienes estaban más alto que él.

De hecho fue ascendiendo en atribuciones y responsabilidades y, por obras de decretos de economías, de congelación de vacantes y de todas esas cosas, se fue quedando en la categoría A–10 a la que había llegado como empleado común.

Todos sabían, sus superiores más que nadie, que por lo menos le correspondía un 19, pero ¡Qué se le iba a hacer!

Don Vergara había pasado por todas las funciones, conocía todos los trámites, y conocía también a toda la gente: la de adentro y la de afuera. Sabía a quienes favorecía con lo que hacía y también a quienes perjudicaba.

Poco a poco, a medida que fue encargándose de las distintas funciones que en definitiva configuraban su jefatura, fue asumiendo también la responsabilidad por las cosas confiadas y por la gente a su cargo.

– Don Vergara, ya es 12 del mes y no llegó la remesa de los sueldos.

– ¡Qué novedad!, se habrá traspapelado en Buenos Aires.

– Sí, pero la cuenta del almacenero no se traspapela...

– Y, ¿Qué quieren que yo haga?

– ...¿Y? ...

Ese... ¿Y? quería decir mucho. Él sabía todo lo que quería decir.

Así que fue hasta el armario, sacó el libro de combustibles, verificó que había saldo suficiente, tomó la libreta de cheques y comenzó a llenarlos.

Pagar los sueldos con la partida de combustibles era una malversación de fondos, él lo sabía.

(¿Cómo se llamará en términos burocráticos a no pagar los sueldos a tiempo?)

Era, sí, una malversación de fondos, pero su gente tenía que seguir viviendo.

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– Don Vergara, ¿Qué hacemos con el telegrama de Esperanza?

– Y... Hay que hacer una inspección ...

– Sí, pero la camioneta no funciona, se le trabó el dínamo... debe ser un rulemán...

– Hay que arreglarla. Llevala al taller del Chino.

– ¿Y con qué le pagamos? Con la caja chica no se puede, son más de un millón de pesos.

– Entonces no hagan la inspección.

– Pero... ¿Y si hay no más peligro de derrumbe?

– Y, ¿Qué quieren que yo haga?

– ... ¿Y? ...

Ese... ¿Y? ... también quería decir mucho. Don Vergara pensó un rato, revisó unos libros, y le dijo por fin a su empleado:

– Llevale la camioneta al Chino, que la arregle no más. Y decile que me haga tres facturas: una por un juego de bujías, otra que ponga por afinación, y la otra, ¡qué sé yo! que se le ocurra algo. Que no les ponga la misma fecha eh!. Las voy a pagar por caja chica.

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Desde que le asignaron la función de actualizar las libretas de trabajo, Don Vergara tenía una clientela especial.

La revalidación de la libreta debía hacerse cada 6 meses y sin ese requisito ningún empleador podía contratar a trabajador alguno.

El trámite era simple, solo había que verificar la identidad del interesado, su domicilio, pedirle el certificado de buena conducta expedido por la policía y nada más. Claro que no siempre los documentos de identidad estaban en regla, o el domicilio era una choza de dirección imposible de consignar, o el certificado de buena conducta estaba vencido...

Y la gente que quería trabajar sin sus papeles en orden quedaba a merced de contratistas inescrupulosos que le daban trabajo lo mismo, claro está, pero le pagaban la mitad.

– Don Vergara, fírmeme la libreta que si no voy a perder el trabajo.

– No puedo, m'hijo, este certificado de buena conducta ya no vale.

– Pero vea Don, tengo que ir a la policía y a mí el comisario me tiene entre ojos desde lo de los carnavales.

– Y ¿Qué querés que yo le haga?

– Y... Ud. sabrá Don ...

Don Vergara sabía...

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– Don Vergara, a mí me dicen en la policía que tengo que sacar los documentos en Buenos Aires, porque la cédula que perdí la había sacado allí.

– Bueno m'hija haga los trámites y cuando tenga la cédula me viene a ver no?

– Pero Don Vergara, qué quiere, ¿Qué me vaya a Buenos Aires?

– Que alguien te haga el trámite...

– Si yo no conozco a nadie...

– Es asunto suyo m'hija.

– Pero Don Vergara, Ud. no podría... Ud. que conoce a tanta gente.

– No m'hija, yo no puedo.

– Entonces me voy a quedar sin trabajo... Sea bueno Don Vergara, yo sé que al Camilo Ud. le hizo hacer los trámites. Yo le pago lo que sea. Consígame la cédula. –Sea bueno!

– Sea bueno! –Sea bueno! ... Ese no es asunto mío, qué querés que le haga.

– ... ¿Y?...

Y Don Vergara aflojaba una vez más, le daba el nombre de un gestor, la alertaba acerca del costo del trámite y le recomendaba que por favor no dijera nada a nadie.

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Don Jaime, el contratista, estaba de mal humor. Cinco changarines en tres días se le habían ido por que tenían "papeles" en orden y querían trabajar a convenio.

Su whisky diario en el Club Social se le agriaba con comentarios desagradados sobre los "negros", los "chilotes" y los ''padres de los pobres" que los protegían.

– A mí ya me tiene harto. Parece mentira que por las dos gallinas con que le pagan a ese tipo, sea capaz de firmar cualquier cosa.

– No se aflija – contestaba el Comisario, habitual contertulio de Don Jaime – A ese yo lo voy a poner en vereda. Déjeme un tiempito más... Ya va a ver...

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RÍO GALLEGOS (TELAM) El Juez Federal de Primera Instancia de Río Gallegos, Doctor Felipe Suárez Cazón dictó autos de prisión preventiva contra Francisco Javier Vergara, alias Don Vergara, a cargo de la Delegación del Ministerio de Trabajos Públicos en esta Capital. El magistrado considera al mencionado autor responsable "prima facie" de los delitos de malversación de fondos, cohecho, falsedad de documentos públicos y negociaciones incompatibles con el ejercicio de las funciones públicas, al haberse comprobado irregularidades en esa dependencia nacional.

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Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia porque de ellos es el Reino de los cielos.

Mateo 5, 10

Buenos Aires, junio de 1978.

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Pero la "máquina" seguía funcionando y a veces de la “justicia" se deducían resultados insospechados...

   

9.6      LA JUBILACION DEL GORDO GARRONE

El Gordo Garrone no había trabajado nunca, pero quería jubilarse.

Mediaba ya el año 58 y se sentía cansado. En los últimos meses las cosas no se le habían dado según su gusto y, a su sentir, estaba llegando el momento de asegurar y oficializar su largo descanso.

Sobre todo, asegurar, por que ahora, con el reciente cambio de gobierno, había perdido su último padrino y se encontraba solo, allí en su viejo empleo del Ministerio de Salud Pública, a merced del nuevo jefe que, a todas luces, pretendía hacer de él un empleado útil.

El Gordo recontaba sus años de servicio: los que pasó en Río Negro, los del Consejo de Educación, los del Ministerio... Los computaba con los años que tenía de edad haciendo todas las combinaciones que preveía la ley, y siempre le faltaban dos.

¡Dos años! Tenía que aguantar dos años más. Y con ese cancerbero que miraba la hora disimuladamente cuando salía a tomar su café y que hasta le puso, mala cara cuando lo encontró haciendo las palabras cruzadas de La Nación...

¡Dos años!, ¡Ah! Si le hubiese hecho caso a su pobre Viejo y hubiera empezado a trabajar antes...

¡Su viejo!, ¡Ah! ¡Pobre viejo!  ¡Si lo había hecho sufrir! El también quería hacerlo trabajar. Cada quince días se le aparecía con un trabajo nuevo: Una vez de mandadero de farmacia, otra de ayudante de carpintero, otra de vendedor de tienda, otra... de qué sé yo... Pero él no aguantaba una semana en ninguna parte.

Hasta lo hizo entrar como cadete en la Escuela de Policía...

Cuando se acordó de la Escuela de Policía, al Gordo se le prendió la lamparita. Él había estado apenas seis meses en la Escuela, luego vinieron las elecciones y hubo que reforzar los cuadros y a todos los cadetes los nombraron meritorios. Fueron los primeros pesitos que ganó en su vida... y luego... ¿Qué pasó? ¡Ah!, ¡sí! ... los echaron a todos...

Eso fue cuando la revolución del 30. Las elecciones habían sido en el 28: subió el Gobierno y a los dos años ¡plaf! ... la revolución y todos a la calle... A los dos años...

Dos años. El Gordo revolvía el dato en el cerebrito... Dos años Esos dos años los había trabajado, ¡Claro que los había trabajado! ¿No le valdrían ahora para la jubilación? ... ¡Dos años!

El Gordo se fue esa mañana al Departamento de Policía. Inseguro pero esperanzado se dirigió a la Dirección de Personal donde pensaba habrían de aclarar sus dudas.

El empleado de la ventanilla 18 lo atendió con deferencia y escuchó paciente el confuso relato con que el Gordo pretendía a la vez justificarse, influir sobre la voluntad del empleado, darse esperanzas a sí mismo, y quizás algunas cosas más.

– ¿Cuándo empezó a trabajar?

– Fue en enero del 28 cuando las elecciones, tengo la Resolución... Yo... – y empezaba de nuevo.

– ¿Y cuándo dejó?

– En setiembre del 30. me mandaron un telegrama, por que habían dado un Decreto que decía que todos los entrados en el 28... – y seguía el Gordo.

– Setiembre del 30 – repitió el empleado como para sí mismo y preguntó – ¿Conoce Ud. la Ley N° 14.436?

– No.

– Mire, compre el Boletín Oficial del jueves pasado, se lee la Ley y me viene a ver. No lo comente con nadie, Ud. lea la Ley y se me viene, ¿estamos?

El Gordo, más desconcertado aún, farfullando explicaciones todavía, se retiró de la ventanilla asegurando que a la brevedad haría lo indicado.

En el Ministerio tenían el Boletín Oficial y por una vez quizás en los últimos quince años el Gordo llegó temprano al trabajo.

No dicen las crónicas del Ministerio de Salud Pública las caras que pusieron sus compañeros cuando lo descubrieron leyendo el Boletín Oficial en lugar de las consabidas páginas de Turf, pero nosotros nos las podemos imaginar.

El Gordo leía ensimismado: la susodicha Ley era larga y abstrusa. Los considerandos solos, llenos de referencias históricas, ocupaban más de tres columnas y el articulado se refería a tantas cosas distintas que a veces no se sabía bien cual era el asunto de que la Ley trataba.

Pero el trasfondo de la cosa parecía más claro, El Gordo, que no era ningún negado, empezó a ver bajo tanta agua. Y lo que veía le gustaba... le gustaba... pero no lo podía creer.

Al día siguiente, con el Boletín bajo el brazo, se apersonó en la ventanilla donde el empleado lo esperaba con evidente y desusado interés.

– ¿Y? ¿Leyó la Ley? – le preguntó con entusiasmo.

– Sí, pero...

– ¿Pero qué? ... Es su caso, ¿no?

– Mire... Yo no sé... ¿A Ud. le parece?

– Pero si está clarísimo... Ud. entró en el 28 y lo echaron en el 30 ¿No?

– Sí.

– Bien, es de aplicación el Art. 25. Además Ud. pertenecía a las fuerzas de Seguridad ¿no?

– Sí.

– Es de aplicación el Art. 31

– Pareciera que sí.

– Y luego no lo repusieron ¿no?

– No.

– Cabe entonces el Artículo 46, además Ud. tiene 58 años de edad, 24 años de servicio en la Administración Pública, de los cuales los primeros 4 años, entre 1931 y 1935 los pasó en la Patagonia ¿Sí o no?

– Bien, corresponden los Artículos 20, 21 y 68 inciso c) ¿Qué le parece?

– ¿A mí? ... Yo no sé... Al Gordo se le barajaban en el cerebro los artículos y los incisos y lo poco que había creído comprender ahora se le esfumaba por completo.

– Mire – Se aventuró a decir con timidez – A mí lo que me interesa es que se me computen los dos años que me...

– ¡Pero, señor! ¡Los dos años! ... ¿Pero no leyó la Ley...?

– Sí, pero...

– Escúcheme, señor – lo encaró el empleado decidido y misterioso apoyándose sobre la ventanilla para acercar los labios a su oído – Ud. tiene aquí la solución de sus problemas; si Ud. quiere, por una pequeña comisión yo le hago los trámites.

– Escuche – medio se encrespó el Gordo que algo sabía de comisiones Yo no puedo darle ningún dinero y además...

– Pero no, ¡Señor! Ud. no tiene que darme nada – se defendió el empleado mirando receloso a su alrededor – Según como se hagan las cosas Ud. podría tener unos cuantos pesitos a cobrar, por un mínimo porcentaje de lo que cobre, un diez por ciento, digamos, yo le hago las cosas y Ud. no se tiene que molestar.

– ¿Cómo pesos a cobrar? Yo solo quiero esos dos años, ¿Pesos a cobrar? – preguntó de nuevo el Gordo recapacitando.

– Sí, seguro que algo hay...

– Bueno, si es así es otra cosa...

– ¡Claro, señor!, déjeme a mí. Ud. traiga estos datos: Copia de la Resolución por la que lo designaron, copia del telegrama de cesantía. Si la conserva tráigase la credencial de la repartición, y además sus datos personales: Nombre completo, dirección, números de documentos de identidad, fecha de nacimiento, en fin, esas cosas... Me llena este formulario y se me viene cualquier día hábil de 8 a 13, y lo demás me lo deja a mí, ¿estamos? – terminó el empleado con un tonito de complicidad que le gustó al Gordo.

Gracias a la manía papelera de su viejita, el Gordo tenía todos los documentos, hasta el carnet con la foto de cadete; y al día siguiente se apareció de nuevo en la ventanilla con todo lo pedido.

El empleado recibió todo, formó un legajo, le hizo firmar aquí y acá, puso un par de sellos, sacó de un cajón una tarjetita verde en la que garrapateó un par de cosas y le dijo:

– Bueno, señor Garrone, dentro de 15 días se presenta en la oficina 26 con esta tarjeta y sus documentos de identidad. Lo van a llamar por su nombre... y... Lo felicito!

¡Lo felicito!, le chocó al Gordo la felicitación. De cualquier manera conseguiría por fin los dos añitos que le faltaban. – ¡Sí!, después de todo era para felicitarlo.

– Gracias – le dijo y agregó – Ud. cuente con lo suyo – Y ambos se intercambiaron miradas de complicidad.

El Gordo sufrió los quince días, pero los sufrió con gusto, su jubilación estaba por fin a la vista. Y, cumplido el plazo, se presentó en la oficina 26.

En la ventanilla correspondiente le tomaron la tarjeta y le indicaron que se sentara a esperar que lo llamarían por grado y nombre.

– Por grado y nombre. Volvería a la infancia: –Cadete Garrone!. Y, costumbres de la Fuerzas Armadas...

– Sub Comisario Garrone – llamaron.

– Sub Comisario Garrone – insistió el llamado.

El Gordo no se había atrevido a presentarse.

¿Qué lío le había hecho ese tipo por ganarse unos pesitos de comisión? Él le había dicho muy claro, apenas si Meritorio, además estaba en todos los papeles. ¡A ver si ahora lo metían preso!

– Sub Comisario Garrone – tronó la voz desde la ventanilla.

Bueno, había que apechugar...

– Sí, señor – dijo el Gordo presentándose con timidez – Yo soy Garrone, pero no soy Subcomisario. Debe haber un error.

– No señor, no hay ningún error. Aquí está el Decreto por el que se hace lugar a su reclamo ascendiéndolo al grado correspondiente de acuerdo a lo dispuesto por la Ley. Firme aquí, por favor.

– Pero yo...

– Está todo bien, señor Subcomisario, no se preocupe, firme aquí y pase por contaduría: Oficina 24.

Al Gordo le gustó lo de Contaduría, y firmó.

En la oficina 24 lo hicieron pasar a una salita donde había una mesa y un par de sillas.

– Esta es la liquidación – le dijo una empleada entregándole un fajo de papeles – estúdiela con tranquilidad y si está conforme la firma y pasa por Tesorería.

Las planillas eran un bodrio: Carácter de los servicios, año tal del día tal a tal día, cargo función, haberes percibidos, con aporte, sin aporte, bonificaciones, afectaciones, intereses devengados. ¡Cualquier cantidad de cosas!

Columnas y columnas llenas de fechas, números, designaciones, porcentajes, de las que no entendía absolutamente nada.

Pero... ¿No sería un error? Sin embargo, lo de pasar por Tesorería era tentador, así que llamó a la empleada, preguntó dónde tenía que firmar y firmó.

La empleada, viendo las dudas del Gordo, intentó una aclaración:

– Esta liquidación corresponde a los ejercicios vencidos según lo dispuesto por el Decreto 1128 y estas otras dos son las correspondientes a los recursos a que se refiere el Art. 49 de la Ley. Las correspondientes al Art.– 50. los tres últimos años, se harán más adelante con refuerzos de la partida global.

Nuestro pobre Gordo entendía cada vez menos, pero disimuló como pudo, puso cara de comprenderlo todo y se fue a la Tesorería como le habían indicado.

Allí se presentó en la ventanilla donde le pidieron sus documentos de identidad y, verificados, el tesorero se puso a contar dinero.

Cinco minutos después seguía contando dinero.

– ¿Quiere empezar a recontar, señor? – preguntó el empleado – esto lleva tiempo – aclaró.

El Gordo seguía sin entender nada, ya habían contado cuatro o cinco fajos y seguían contando.

–– Señor – dijo por fin el empleado alcanzándole los últimos fajos – esto corresponde a las liquidaciones firmadas: Son sus haberes entre setiembre de 1930 y diciembre del 55 con los correspondientes ajustes e intereses. Vuelva a la ventanilla 18 donde le van a entregar su credencial.

El Gordo no sabía que hacer con la plata ¡Todos los sueldos desde el año 30 al 55 más ajustes e intereses! Los fajos de billetes no le cabían en ninguna parte pero, con su natural ingenio para ciertas cosas, consiguió por fin acomodarlos y se fue para la ventanilla 13 para que le dieran qué sé yo...

En la ventanilla lo esperaba su viejo conocido.

– ¿Cómo está, señor Subcomisario? – lo saludó con cierto sonsonete – ¡Vio como había "algo"! ¿Qué le parece?

– ¿A mí? ... Yo... ¿No habrá un error? ¿Por qué? ¿Yo que hice?...

– Ud. no hizo nada, sólo que cayó parado. No se asuste, todo está bien. Mire, esta Ley la hizo promulgar el actual Presidente para favorecer a dos amigos. Eran dos capitanes que se resistieron cuando la revolución del 30 y los degradaron y confinaron en el Sud. ¡Pobres! ­ ¡Casi los fusilan! Ahora que hay nuevo Gobierno y con las vueltas que tiene la política decidieron hacerles justicia, pero claro, como hacer una ley para beneficio de solo dos personas queda feo, hicieron ésta con tantos artículos y complicaciones para que pereciera una cosa de orden general y pasara disimulada. A Ud. le cayó de chiripa, por que aun está en mejores condiciones que ellos... así que... ¡Ya ve! ¿Vio que yo tenía razón?

– Claro ¡Qué me dice!, y Ud. se ganó su parte, ¡bien que se la ganó! – dijo el Gordo manoteando los billetes.

– No, ¡espere! – lo frenó el otro –– ¡tranquilo! Vaya a su casa, cuente el dinero con calma, separe lo que sea y ya nos volveremos a ver. Por ahora tenga esto y firme aquí.

– Esto. ¿Y qué es?

– Es su medalla y su credencial de Subcomisario. Y este número es el de la tramitación de su retiro.

– ¿?...

– Sí, su retiro. Como Ud. ha superado los años de edad y de servicio, computando doble los que pasó en la Patagonia, le corresponde el retiro. A fin del mes que viene se debe presentar a cobrarlo con esta credencial. Bien, firme aquí. Cualquier día de estos se me viene y arreglamos el otro asunto ¿estamos?

El Gordo se separó casi sin despedirse. Caminaba como sonámbulo con los bolsillos del sobretodo que le pesaban toneladas y le parecían hinchados como globos.

Recurriendo a sus últimas reservas de serenidad tomó un taxi y llegó a su casa.

No forma parte de este cuento todo lo que se vivió en esa casa. Puede el lector imaginarlo. Sepa solo que, como el Gordo era un buen tipo, en menos de tres días había repartido entre hijos, hermanos, cuñados y nueras la mitad de su "retroactividad".

Y no habían pasado quince días cuando un telegrama colacionado lo intimaba lacónicamente a pasar en el término de 48 horas por la Tesorería del Departamento de Policía, "por asuntos que se harán saber".

– Ves – le decía el Gordo a su mujer en el borde de la desesperación. – Yo te decía, tenía que ser un error. Y ahora que nos gastamos casi toda la plata. ¡Ahora sí que voy preso, Vieja!

Pero, como un hombre, se presentó lo mismo. Asustado sí, pero con la firme voluntad de hacer frente dignamente a su responsabilidad.

Presentó la citación en la ventanilla y esperó que lo llamaran.

– Subcomisario Garrone... – llamaron.

Por lo menos no lo habían degradado y ya más confiado se presentó.

– Señor, si quiere verificar, por favor, este es el ajuste correspondiente al articulo 50: del año 1955 a junio del 58, sírvase Ud. – y le arrimaron otro fajo de billetes. – Para cobrar el retiro – continuó el empleado – debe presentarse del 5 al 10 de cada mes con su credencial en la ventanilla 27.

Cuando me lo encontré al Gordo en la calle Florida me dijo:

– ¡Petiso!, ¡Tanto tiempo! que gusto de verte... Vení, vamos a tomar un vermut y te cuento lo que me pasó.

Entramos en un bar, me contó todo esto y agregó al final:

– ¡Petiso!, esto es mucho mejor que sacarse la lotería, ¡Mucho mejor!, a la lotería te la pagan una vez y a mí me pagan todos los meses...

Buenos Aires, setiembre de 1975.

 

9.7      LA ENTREVISTA

El despacho es majestuoso, amplio, revestido de lujosas maderas. Un gran ventanal flanqueado de pesados cortinados hace fondo al alto respaldo del sillón, dejando a contraluz a quien lo ocupa y encandilando a los interlocutores ubicados de este lado de un amplio escritorio. Sobre él, teléfonos, telespiquers, botoneras y todas esas cosas. En un costado de la sala se define un rincón de conversar con un amplio sofá, dos sillones y una mesita baja, y, sobre ella, una estatuilla de un macho cabrío, auténtica pieza prehistórica, que un día desapareciera misteriosamente del Museo del Louvre.

En la pared opuesta una puerta doble, entreabierta, permite ver un raro ambiente exóticamente decorado e iluminado con una luz rojiza, como de fuego, que se refleja en piezas doradas: candelabros de varios brazos, hornacinas o relicarios o cosas por el estilo. Diríase que se trata de una capilla, y hasta se distingue sobre el fondo de una gran estrella blanca algo así como una rara cruz de madera negra cuyo brazo horizontal está exageradamente desplazado hacia abajo.

Dios Hijo y Gabriel se hacen visibles ya dentro del salón. Dios Hijo se queda parado frente a Ciro Dan, absorto en sus papeles, en tanto que Gabriel se ubica en una silla próxima a la puerta de entrada con su "attache" sobre las rodillas.

Solo un instante tarda Ciro en notar esta presencia. Levanta los ojos entre sorprendido y enojado y les increpa:

– ¿¡Quién les ha autorizado a entrar? – al tiempo que intenta apretar uno de los botones con que llama a su guardia.

Dios Hijo lo detiene con un gesto suave al tiempo que le pregunta:

– Ciro, ¿No me reconoces?

Ciro sí lo reconoce, lo reconoce enseguida, le han bastado para ello sus extraordinarias dotes naturales y, quizás, una ayudita parapsicológica de Dios Hijo.

– Sí, te reconozco, tú eres Cristo. ¿Qué haces aquí? ¿Qué quieres?

– Si, soy Cristo, y sólo quiero conversar un poco contigo: dime, ¿Por qué me persigues?

No sabemos si Cristo pensó usar la misma fórmula que con San Pablo, pero sí que Ciro pescó al vuelo la posibilidad y contestó:

– Yo no soy Saulo. Ni me vas a impresionar con apariciones misteriosas. Y menos me vas a tirar del caballo así como así... por otra parte, yo no te persigo... Sos vos y los tuyos los que se interponen en mi camino. Yo sé dónde voy y qué quiero y no hay fuerza humana o sobrehumana que pueda pararme... ¡estamos!


9.8        AJUSTANDO EL PLAN

Mientras en el palacio de Ciro Dan daba comienzo este diálogo tan poco prometedor, en el Cielo se seguía trabajando en el ajuste del Plan del Padre y del equipo ante las nuevas circunstancias creadas. Fundamentalmente se había planteado un serio problema con relación al "tiempo", ese famoso invento de Dios Padre.

Efectivamente, el Plan del Padre, inamovible en sus aspectos fundamentales, comprometía a dar a los hombres todo el tiempo que fuera necesario para su salvación, pero ahora, con las nuevas cosas que estaban pasando, la dimensión de ese tiempo se estaba haciendo exageradamente larga. Por una parte se restringían los nacimientos, por otra parte se prolongaba la vida más y más: el mundo tendía a envejecer, ello restaba una buena cuota de inocencia y de frescura y agregaba otra de desencanto y mala intención, total: más desorden y más tiempo necesario para lograr el equilibrio.

– Hemos hecho una proyección prospectiva y los resultados no son nada halagüeños – explicó Rafael – Tendremos que aumentar el tiempo medio por persona a cifras alarmantes.

– Me hace acordar a cuando hice la conscripción – dice Miguel – Teníamos un compañero con tres días de arresto por cada día de servicio. Y cada día que pasaba se ligaba tres días más... Bueno, se iba a tener que jubilar de soldado...

– ¡Esto no es chiste! – insiste Rafael preocupado – Te das cuenta que al final va a ser igual que si hubieran comido el fruto del Arbol de la Vida, y el Viejo los sacó del Paraíso para evitarlo... Te imaginás a esa pobre gente... viviendo así, eternamente...

– A Dios Padre no le va a gustar nada esto... Yo veo una sola posibilidad: forzar las circunstancias, o mejor aún: presionar, obligar lisa y llanamente a los hombres para que hagan lo que deben...

– ¡No! ¡Viejo! El Padre dijo bien claro: Atenti que la libertad es libre! ... Podremos permitir ciertas circunstancias más bravas que otras, pero la decisión en todos los casos debe ser personal y, sobre todo, ¡Libre!

– Bueno, entonces... ¡Yo que sé!

La cosa no parecía nada fácil y se hacía necesaria la intervención de Dios Espíritu Santo:

– Bien, muchachos – dijo éste enterado de los nuevos informes – Dios Hijo y Gabriel han bajado a Sol III para tratar de arreglar las cosas. Como Uds. saben, Dios Hijo, expresando lo que es sin duda la voluntad del Padre y también la mía, tratará, en un último esfuerzo, de lograr del Secretario General de la Confederación Mundial de Naciones una actitud positiva. Como con los demás hombres, la decisión final dependerá solamente de su voluntad. Gabriel lleva en un "attache" un equipo capaz de poner en marcha dos programas alternativos. Dios Hijo va a explicar a Ciro Dan las dos posibilidades y luego le dejará el equipo para que él, a solas con su conciencia, elija libremente.

El equipo cuenta con dos "starts": uno blanco y otro rojo. Si decide apretar el blanco quiere decir que ha optado por el Plan del Padre y el mundo y él mismo se habrán salvado. Si decide apretar el rojo es que ha votado en contra del Padre, que ha elegido su propia perdición, y que desea sumir al mundo en el más horrible de los desastres. Para este último caso tenemos que hacer los ajustes necesarios.

Las premisas son las siguientes:

a) El desorden introducido ya obliga a reajustar la relación tiempo–vida y a interponer un lapso equilibrador.

b) Si Ciro vota en rojo, la maldad se desencadenará y habrá una tribulación tan grande como no la hubo desde el principio del mundo. Si eso siguiera así, la verdad es que no se salvaría nadie, por eso y en atención a la buena gente, vamos a tener que ajustar otra vez la función tiempo, abreviando los días–

Con respecto a a) vamos a trabajar ya mismo. Busquemos un nuevo tipo de relación tiempo–vida en la que todo lo que haga el hombre sea meritorio, lo intercalaremos entre la vida actual y la vida eterna, de tal manera podremos compensar el desequilibrio de una vida desordenada.

Con respecto a b), tengan los elementos preparados, retomaremos el tema cuando vuelvan Dios Hijo y Gabriel.


9.9      LA DECISION DE CIRO

–¡Vamos, Ciro! – dijo Cristo en tono conciliador – No te enojes, venimos en son de paz, queremos llegar a un acuerdo con vos.

– ¡Son de paz!, graciosas palabras, ¿Y qué me ofrecen a cambio de la paz?

– Ciro, vos ya sabés lo que yo te ofrezco. Te ofrezco paz en la Tierra, la Vida Eterna, la convivencia con el Padre, la participación libre y creadora en la dilatación de Su Reino...

– ¡Bah!, Yo tengo MI reino y es la dilatación de MI reino lo único que me importa. Este es un mundo muy chico y aquí no cabe más que un Príncipe... y el Príncipe de este Mundo SOY YO!

– No, tu no eres más que su siervo, su apóstol, su devoto adorador.

– ¡No! él es mi siervo, él hace lo que yo le pido... lo que yo le digo!

– ¡Hijo! ... No...

– No me llames hijo...

– ¡Bueno! No es como crees, él es el Padre de la Mentira, te está engañando. Te hace creer que te sirve para perderte...

– ¡Perderme!, que lindo ¡perderme a mí! ¿Pero vos sabés quien soy? o te hacés el tarado? Yo soy el que manda aquí. Soy el dueño de todo. Soy el Señor, todos me obedecen, todos me temen.

– Sí, pero cuánto va a durar eso...?

– Va a durar lo que yo quiera. Primero aquí en la Tierra, hasta que muera, y soy muy joven todavía... Aquí no hay quien pueda quitarme ni esto de lo que he ganado – siguió hablando Ciro ya casi histérico, haciendo un gesto con el pulgar y el índice frente a la cara de Cristo – Y luego voy a reinar en el Infierno, allí voy a reinar Yo, allí van a ir todos éstos a seguir sirviéndome...

– ¡Pero! ¡Reinar en el Infierno!

– ¡Sí!, prefiero reinar en el Infierno a servir en el Cielo ¿Y qué?

– Y tu reinado de aquí y de allí va a seguir siendo tan próspero y feliz como éste?

– Yo soy próspero y feliz... lo demás no importa.

– Pero ¿Cómo puedes ser feliz? ... La mitad del mundo está en guerra, en la otra mitad, la guerrilla desangra a los pueblos. ¿Eso es lo que quieres?

– Sí, eso es lo que quiero. El poder lo logré con el comercio de armas y el comercio de armas sigue siendo mi mayor fuente de recursos. Mientras haya guerras venderé armas y para que no se acaben las guerras tengo a los terroristas de ambas puntas y a los ideólogos... ¡No te parece bestial!

– Sí, francamente bestial...

– ¡Bah! ¡Chauchón! Siempre fuiste un chauchón. Hasta cuando Satanás te ofreció darte todo si lo adorabas... ¡qué ganso! ... preferías pasar hambre... Mirá, yo le hago creer que lo adoro y él me da lo que le pido.

– Y decime, también te hace feliz el hambre... y la peste?

– No me hace feliz, pero no me importa. El que es vivo come. Yo como, que le vas a hacer...

– Y te hace feliz cómo se está deteriorando la Naturaleza. Estuve paseando por tu propia ciudad. Tu orgullosa Nueva Ur; el aire es casi irrespirable, el agua está contaminada, el humo y el polvo lo invaden todo. Se acabaron las noches plateadas de Luna, ahora apenas brilla rojiza, como de sangre, entre tanto polvo suspendido... Y el agua... es amarga como ajenjo... ni los peces pueden vivir en ella... ¿ Esto es lo que has logrado con tu maravillosa tecnología?

– ¡Pibe! ... ¡Nada se consigue gratis! ... Yo tengo aire acondicionado y el agua me la envasan en un manantial...

– Y además, ¡Tu tecnología! Muchas máquinas, muchos servomecanismos, mucha cibernética, mucha industria "capital–intensiva", pero la pobre gente, la pobre gente sin trabajo, que nadie quiere, que a nadie importa... la pobre gente que no sirve para nada... ¡Cuánto darían estos pobres por que alguien los explotara y le sustrajera la plusvalía! ¡Esta pobre gente, Ciro! son tus hermanos, Ciro. ¡Tus hermanos!

– ¿Mis hermanos? ... Yo no tengo hermanos... Soy hijo único de padre soltero, ¡já! Soy hijo adoptivo de Satanás, él es mi padre y no tengo hermanos ni hijos ni nada.

– ¡Pero, cómo! Si los carteles en la calle hablan de ''nuestro afectuoso padre".

– ¡Eso es para la gilada! Yo no quiero a nadie.

– Y cuando en Chansón le llevaste los zapatos a esa familia desvalida, o cuando levantaste a la viejita cansada en el auto, allí en la aldea de Buloc, o cuando tapaste con tu saco al activista satanista de Pionyan... ¿¡ Eso no es amor!?

– No, Pibe, no es amor, yo no quiero a nadie. Cuando hago algo de eso es para la gilada, ya te lo dije, pero la mayoría de esas cosas son invento de los periodistas, ¡para eso les pago! Mirá, ya hemos perdido mucho tiempo, andate que tengo que trabajar y dejame de hinchar eh!. Llevate a los grasas esos, ¡mis hermanos! si los querés, y a mí me dejas en paz... Si no te voy a perseguir de veras y vas a saber lo que es bueno.

– ¡Mirá, lo siento! no te puedo dejar en "paz", como vos decís. Vos estas engañado, te están usando y cuando quieras arrepentirte ya va a ser tarde. Pensá en lo que te digo: Volvé al Padre, dejá de lado toda esta locura de principados y reinados, estas pompas, que solo son eso: pompas de jabón. Volvé al Padre que te espera con los brazos abiertos... solo quiere de vos un gesto positivo... un gesto solo...

– Yo...

– No, no me interrumpas... Hemos decidido facilitarte las cosas. Aquí Gabriel en la valijita negra trae un equipo electrónico: él te permitirá optar por una de las dos alternativas. Si te decidís por el Plan del Padre, apretá el botón blanco, entonces vos y el mundo serán salvos. Te garantizamos que tu dignidad de funcionario mundial saldrá limpia, y que tendrás las mejores oportunidades y los menores inconvenientes: una computadora ha programado todas tus circunstancias para que todo salga bien. Si optas por tu propio plan, apretá el botón rojo: las cosas ocurrirán entonces según tus deseos, serás príncipe, presidente o lo que quieras en esta tierra pero no te garantizamos por cuánto tiempo y te advertimos sobre lo que te ha de ocurrir con ese a quien llamas tu padre...

El apretar cualquiera de los dos botones definirá y precipitará las cosas. Tenés todo el tiempo que quieras para pensar, y entre tanto todo seguirá como hasta ahora: vos con tus cosas y nosotros con las nuestras...

– Yo no quiero ningún plan de ustedes. No necesito más botones que los que tengo en este escritorio... Ni me importa un pito lo que ustedes quieran o dejen de querer. Aquí mando Yo... Hago lo que quiero. Si quiero aprieto el blanco... el rojo... los dos o no aprieto nada y se van al corno todos... Traé esa valija, vos, ¡zanahoria! Yo te voy a dar botoncitos... ¿cuál querés que apriete?, el blanco no... ¡Já! ...

– ¡No!, ¡Así no! estás muy excitado, tomalo con calma... nosotros nos vamos ya... pensá bien... aun te queda tiempo... aprovechalo, aprovechalo para bien...

Dios Hijo y Gabriel se esfumaron lentamente ante los ojos de Ciro Dan, aun parado detrás del escritorio, rojo de ira y de impotencia.

Ciro volvió a su escritorio, se sentó, quedó un momento pensativo y luego, con un leve gesto de fastidio y tanto como para hacer cualquier cosa, oprimió uno de los botones de su escritorio.

Pronto apareció uno de sus servidores.

– Traéme de beber – le dijo.

Mientras bebía el vaso recién servido, prosiguió el curso de sus pensamientos, ahora con gesto más seguro. Comprendió que la cosa iba en serio y que se hacía necesaria una decisión. Se daba cuenta claramente que estando así las cosas, Cristo llevaba las de ganar; la duda no podía favorecerlo de ninguna manera.

Audacia, desaprensión, seguridad y rapidez, esas habían sido sus cartas ganadoras hasta ahora. Esas tenían que ser las que seguiría usando.

Entonces se levantó, corrió los cortinados dejando el salón solo iluminado por los resplandores rojizos que provenían de la capilla contigua. Sobre un reclinatorio que había en el centro del templete apoyó el maletín abierto. Tomó de un recipiente de oro un poco de un polvo oscuro que arrojó en los dos braseros que iluminaban el lugar, y un humo blanco y un perfume dulzón y ominoso llenó el ambiente.

Parado frente a la negra cruz invertida que se recortaba sobre la estrella blanca, extendió los brazos como si con ellos quisiera abarcar el mundo, los fue girando lentamente hacia arriba y hacia el centro para bajarlos por delante con las manos unidas hasta su pecho.

Se acercó al maletín, levantó la vista, miró fijamente la cruz, sonrió y pronunciando en francés una famosa frase: `Ecrasons l'infâme”... de un fuerte puñetazo hizo añicos al sutil artefacto.

 

 

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